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El temor de ser mujer y mamá a la vez

Por: Valentina Gómez Salazar

En Mesitas-Huila, aquella mañana, como un sol sin rayos, María José empacaba su ropa, sí, la poca ropa que tenía, estaba un poco melancólica y pensativa, no sabía que iba a ser de su vida porque desde aquel momento todo empezaría a cambiar.

La niña de los ojos de la abuela, se marchaba rumbo a la gran ciudad, no se podía salir a la calle sin que se llenase de lágrimas los ojos. Eran las 6:00 de la tarde y se acercaba la hora de partir. 3. El temor de ser mujer y mamá a la vez

María José quiso ir por última vez al árbol de mangos, agarró uno con prisa, tomó su pequeña maleta, y pasó su mirada alrededor del lugar que por doce años la vio crecer, allí se quedaron largas carcajadas, unos cuantos regaños de la abuela y los juegos interminables con sus Barbies y la tacita de té.

Don Eliseo, conocido como el acarrero del pueblo se ofreció a llevar a la pequeña a la terminal de transporte, Maria José temerosa de lo que estaba pasando, abrazó a su abuela, le dio el beso en la frente como de costumbre y salió. 

El camino se hizo largo, ya empezaba anochecer y las luciérnagas celestes hacían de las suyas en aquella noche oscura. 

Don Eliseo iba tranquilo, hasta se veía contento tarareando la canción que ponían en la radio, mientras tanto, recostada en la ventana bajan las lágrimas y el corazón cada vez latía más rápido, recuerda Maria José. 2. El temor de ser mujer y mamá a la vez

Llegó el momento de bajar del campero del señor Eliseo, él como cualquier otro, con su particular sonrisa y su acento opita a lo lejos gritó “guambi, suerte en la gran ciudad”, mientras la joven con recelo pasaba la calle frente al bus de la Cootranshuila rumbo a Bogotá.

Habían pasado varias horas y la pastilla de mareol empezaba a cobrar efecto, Maria José estaba cada vez más cerca de llegar a la terminal de transportes de Bogotá. 

Había acordado con su madre que estaría allí para recogerla, y el ayudante del bus iba atento de entregar a Maria José cuando llegaran al destino. 

 

Eran las 5 de la mañana…

Maria José bajó del autobús y estaba consternada, sorprendida y asustada. Temblaba del frío, su mirada estaba perdida en la inmensidad que cubría la ciudad llena de edificios, caos y personas deprisa.

En lo más lejano del pasillo saliendo de la terminal oyó una voz familiar, era su madre y en un salto ligero estuvo dentro de sus brazos, las lágrimas no se hicieron esperar, sin embargo, la pequeña extrañaba su pueblo, su ciudad natal y a su abuela.

Un día cualquiera del año 1998, Maria José se había acoplado más a la ciudad, estaba estudiando en un colegio del cual, al ahora recordarlo, sonríe y añade:

“el uniforme era verde, lo detestaba y ya se imagina como era de feo, pero yo y mis amigas lo sabíamos vestir y teníamos varios pretendientes” (risas).

Maria José ya tenía 16 años, estaba en grado décimo y su vida transcurría muy rápido, como aquel descanso, uno de los tantos que tuvo en su época de colegio, pero tan diferente a tal punto que le cambiaría su vida. 

Conoció a un hombre 8 años mayor que ella, que en poco tiempo se volvería su novio, y que en medio de la ingenuidad de la adolescencia quedaría embarazada de una niña a la cual llamó Luciana. Ya no era la pequeña guambi y opita de aquellos tiempos, su vida tomaría un rumbo diferente, tendría una secuaz a sus pies, llamándola ¡mamá!. 

En ese momento Maria José quería desaparecer, no entendía lo que estaba pasando era tan joven, aún una niña y ya tenía una vida de una mujer hecha y derecha como le decía su madre. 

5 años después… 

La vida de Maria José seguía cambiando, ya no era esa niña campesina de 12 años que llegó un día cualquiera a la capital, ahora tenía a cargo a Luciana, pero también tenía la responsabilidad de trabajar y de buscar quien cuidara de su hija. 

Cerca de su casa encontró un jardín, Luciana se sentía cómoda y Maria José un poco más tranquila de saber que su hija estaría en buenas manos mientras ella iba a trabajar. 

4. El temor de ser mujer y mamá a la vezUna mañana de esas rutinarias de alistar a su hija, empacar su almuerzo y salir hacia el jardín, sucedió algo que dejaría a Maria José perpleja, sin palabras, pero sobre todo temerosa de su condición de mujer y de mamá. 

Camino al jardín, un hombre iba justo detrás de ellas, al caminar un poco más deprisa y al percatarse que cada vez se acercaba más el hombre, Maria José sintió temor por ella y por su hija. 

Se detuvo en una tienda, pero el hombre desvió la calle, sin embargo, unas cuadras más adelante se repetía la misma escena, así que la mujer fingió un juego de carreras con Luciana para no alertar a su hija, los pasos eran más apresurados, pero ya era demasiado tarde.

El hombre se postró en una esquina, se burlaba mientras se subía el cierre de la cremallera de su pantalón y miraba con morbo a la mujer que se encontraba al otro lado de la calle sujetando a su hija mientras derramaba un mar de lágrimas. 

Al otro lado de la acera, Maria José se percató de lo que había ocurrido, aquel hombre sucio y asqueroso, como ella lo relata, se había masturbado justo detrás de ella y de su hija.

Una sensación húmeda y viscosa en su espalda baja, la mancha protuberante en su pantalón fue lo que terminó de ratificar lo que había sucedido.

La madre se quedó perpleja, dejó a su hija en el jardín y al regreso a su casa, las lágrimas bañaban sus mejillas. “Me sentía culpable, sucia, temerosa y me repetía una y otra vez ¿fue por ese pantalón ajustado que llevaba?” señala. 

Al llegar a su casa, con odio y desprecio arrojó la ropa a la basura, se postró en su cama y hasta el día de hoy, 15 años más tarde, contó su historia y el temor que aún siente por ella y por su hija que hoy por hoy ya tiene 20 años. 

No se pierda la oportunidad de conocer más sobre esta crónica.

Los invito a que escuchen el final de esta historia en el siguiente audio: 

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El temor de ser mujer y mamá a la vez

Por: Valentina Gómez Salazar

En Mesitas-Huila, aquella mañana, como un sol sin rayos, María José empacaba su ropa, sí, la poca ropa que tenía, estaba un poco melancólica y pensativa, no sabía que iba a ser de su vida porque desde aquel momento todo empezaría a cambiar.

La niña de los ojos de la abuela, se marchaba rumbo a la gran ciudad, no se podía salir a la calle sin que se llenase de lágrimas los ojos. Eran las 6:00 de la tarde y se acercaba la hora de partir. 3. El temor de ser mujer y mamá a la vez

María José quiso ir por última vez al árbol de mangos, agarró uno con prisa, tomó su pequeña maleta, y pasó su mirada alrededor del lugar que por doce años la vio crecer, allí se quedaron largas carcajadas, unos cuantos regaños de la abuela y los juegos interminables con sus Barbies y la tacita de té.

Don Eliseo, conocido como el acarrero del pueblo se ofreció a llevar a la pequeña a la terminal de transporte, Maria José temerosa de lo que estaba pasando, abrazó a su abuela, le dio el beso en la frente como de costumbre y salió. 

El camino se hizo largo, ya empezaba anochecer y las luciérnagas celestes hacían de las suyas en aquella noche oscura. 

Don Eliseo iba tranquilo, hasta se veía contento tarareando la canción que ponían en la radio, mientras tanto, recostada en la ventana bajan las lágrimas y el corazón cada vez latía más rápido, recuerda Maria José. 2. El temor de ser mujer y mamá a la vez

Llegó el momento de bajar del campero del señor Eliseo, él como cualquier otro, con su particular sonrisa y su acento opita a lo lejos gritó “guambi, suerte en la gran ciudad”, mientras la joven con recelo pasaba la calle frente al bus de la Cootranshuila rumbo a Bogotá.

Habían pasado varias horas y la pastilla de mareol empezaba a cobrar efecto, Maria José estaba cada vez más cerca de llegar a la terminal de transportes de Bogotá. 

Había acordado con su madre que estaría allí para recogerla, y el ayudante del bus iba atento de entregar a Maria José cuando llegaran al destino. 

 

Eran las 5 de la mañana…

Maria José bajó del autobús y estaba consternada, sorprendida y asustada. Temblaba del frío, su mirada estaba perdida en la inmensidad que cubría la ciudad llena de edificios, caos y personas deprisa.

En lo más lejano del pasillo saliendo de la terminal oyó una voz familiar, era su madre y en un salto ligero estuvo dentro de sus brazos, las lágrimas no se hicieron esperar, sin embargo, la pequeña extrañaba su pueblo, su ciudad natal y a su abuela.

Un día cualquiera del año 1998, Maria José se había acoplado más a la ciudad, estaba estudiando en un colegio del cual, al ahora recordarlo, sonríe y añade:

“el uniforme era verde, lo detestaba y ya se imagina como era de feo, pero yo y mis amigas lo sabíamos vestir y teníamos varios pretendientes” (risas).

Maria José ya tenía 16 años, estaba en grado décimo y su vida transcurría muy rápido, como aquel descanso, uno de los tantos que tuvo en su época de colegio, pero tan diferente a tal punto que le cambiaría su vida. 

Conoció a un hombre 8 años mayor que ella, que en poco tiempo se volvería su novio, y que en medio de la ingenuidad de la adolescencia quedaría embarazada de una niña a la cual llamó Luciana. Ya no era la pequeña guambi y opita de aquellos tiempos, su vida tomaría un rumbo diferente, tendría una secuaz a sus pies, llamándola ¡mamá!. 

En ese momento Maria José quería desaparecer, no entendía lo que estaba pasando era tan joven, aún una niña y ya tenía una vida de una mujer hecha y derecha como le decía su madre. 

5 años después… 

La vida de Maria José seguía cambiando, ya no era esa niña campesina de 12 años que llegó un día cualquiera a la capital, ahora tenía a cargo a Luciana, pero también tenía la responsabilidad de trabajar y de buscar quien cuidara de su hija. 

Cerca de su casa encontró un jardín, Luciana se sentía cómoda y Maria José un poco más tranquila de saber que su hija estaría en buenas manos mientras ella iba a trabajar. 

4. El temor de ser mujer y mamá a la vezUna mañana de esas rutinarias de alistar a su hija, empacar su almuerzo y salir hacia el jardín, sucedió algo que dejaría a Maria José perpleja, sin palabras, pero sobre todo temerosa de su condición de mujer y de mamá. 

Camino al jardín, un hombre iba justo detrás de ellas, al caminar un poco más deprisa y al percatarse que cada vez se acercaba más el hombre, Maria José sintió temor por ella y por su hija. 

Se detuvo en una tienda, pero el hombre desvió la calle, sin embargo, unas cuadras más adelante se repetía la misma escena, así que la mujer fingió un juego de carreras con Luciana para no alertar a su hija, los pasos eran más apresurados, pero ya era demasiado tarde.

El hombre se postró en una esquina, se burlaba mientras se subía el cierre de la cremallera de su pantalón y miraba con morbo a la mujer que se encontraba al otro lado de la calle sujetando a su hija mientras derramaba un mar de lágrimas. 

Al otro lado de la acera, Maria José se percató de lo que había ocurrido, aquel hombre sucio y asqueroso, como ella lo relata, se había masturbado justo detrás de ella y de su hija.

Una sensación húmeda y viscosa en su espalda baja, la mancha protuberante en su pantalón fue lo que terminó de ratificar lo que había sucedido.

La madre se quedó perpleja, dejó a su hija en el jardín y al regreso a su casa, las lágrimas bañaban sus mejillas. “Me sentía culpable, sucia, temerosa y me repetía una y otra vez ¿fue por ese pantalón ajustado que llevaba?” señala. 

Al llegar a su casa, con odio y desprecio arrojó la ropa a la basura, se postró en su cama y hasta el día de hoy, 15 años más tarde, contó su historia y el temor que aún siente por ella y por su hija que hoy por hoy ya tiene 20 años. 

No se pierda la oportunidad de conocer más sobre esta crónica.

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