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Una vida esquirlada

Por: Laura Paola Novoa Rodríguez

Puede que el dolor envejezca más que el tiempo, pero este no se acaba; día tras día, te recuerda aquella historia que poco a poco va quedando empolvada. La tristeza y el dolor son protagonistas, de aquel recuerdo que se mantiene vivo en el cuerpo y en la memoria de uno de los sobrevivientes del atentado en Chita, Boyacá.

Una vida esquirlada.3Hace 17 años, Carlos Andrés Albarracín Quiroga, con tan solo 21 años, era Cabo del Ejército Nacional, tenía al mando alrededor de 70 soldados, los cuales debían resguardar aquel pueblo atemorizado, por las distintas amenazas del frente 45 de las Farc, aquel pueblo sin centros de salud, sin ambulancias y sin seguridad pública.

La moral no puede bajar nunca, cuenta Carlos Andrés; a pesar de que el lugar de tránsito estuviera minado, que las reservas de comida se estaban acabando, que nadie del pueblo les quería vender por miedo a lo que pudiese suceder, y que las dificultades iban en constante ascenso, nunca se bajó la moral.

¿Qué tan amenazado estaba el pueblo para no poder venderle alimentos a un grupo de uniformados que solo querían protegerlos?, mucho, tanto así que el alcalde de ese entonces, Rodulfo de Jesús Gómez Centina, tuvo que huir a Socha. ¿Cuál podría ser la suerte de aquellos chitanos ajenos a una guerra sin cuartel?

Era 10 de septiembre de 2003, día de mercado, donde algunos campesinos bajaron con caballos, mulas y burros para vender sus productos agrícolas. A Carlos Andrés, le correspondía hacer el control militar de área con los 16 soldados a su mando, para ganarse la confianza de las personas del pueblo.

Pasado el mediodía, con un sol escondido entre las nubes, se encontraban cerca al parque principal cuando estalló un caballo bomba. La onda explosiva los alcanzó, todos cayeron al suelo, pero encima de Carlos Andrés quedó su compañero, “el chispas”, quien llevaba el radio de comunicaciones.

Una vida esquirlada.2

En un abrir y cerrar de ojos, la cuadra, conocida como La Cadena, quedó totalmente destruida. Carlos Andrés despertó luego de haber quedado inconsciente, se dio cuenta que el radio había atravesado al “chispas”, hasta quedar incrustado en su tórax, causándole una muerte fulminante.

¿Qué se puede hacer en esos momentos de dolor?, miras a tu alrededor y solo ves caos, no hay cuerpos completos, no sabes cuál extremidad es de quién. Es un horror que te atormenta, ¿cómo le dirás a esas madres esperanzadas de volver a ver a sus hijos, que no pudiste protegerlos, que no queda nada de ellos?

Carlos Andrés solo tenía una preocupación, sus muchachos, sus hermanos de la patria. A pesar de que sus extremidades estaban sangrando, el desasosiego le inundaba la cabeza. Con un dolor inimaginable se levantó y comenzó a recogerlos en bolsas de basura, mientras esperaba un apoyo para evacuarlos.

La espera era insoportable, algunos pueblos aledaños enviaron ambulancias para los chitanos heridos; en ese momento, Carlos Andrés vio la oportunidad de movilizar lo que quedaba de su tropa para salvarlos, pero no podía arriesgarse a que quedaran en manos de los subversivos. Nos convertiremos en un blanco fácil, pensó.

Finalmente, un apoyo aéreo los recogió para trasladarlos al Hospital Militar; durante el recorrido hacia Bogotá, Carlos Andrés recibió los primeros auxilios donde se percató que todo su cuerpo estaba lleno de esquirlas (fragmentos delgados que se desprende de un artefacto al estallar), y que su brazo izquierdo estaba pendiendo de dos tendones. 

Al llegar al hospital, quedó inconsciente por la pérdida excesiva de sangre. Pareciera que este oscuro episodio se terminara ahí, pero la verdad, es el comienzo de una constante lucha. 

Estuvo internado en el pabellón de psiquiatría para borrar esos episodios de horror, en los que murieron 8 civiles, entre ellos un niño, y 5 soldados; pero ¿cómo olvidarlo cuando aún tienes esquirlas en tus pulmones?

Ya no había tiempo para gritar más versos quejumbrosos, su proceso de recuperación ha sido largo, ha estado en constantes tratamientos y cirugías para corregir los tendones y ajustar la prótesis interna que tiene en el codo. Sin contar que tiene marcapasos, ya que la explosión le quemó el nodo del corazón.

Sin duda, la vida militar te llena de distintos acontecimientos dolorosos e inolvidables, pero no hay nada más triste que ver la muerte de aquellos hermanos de la patria y personas ajenas a una guerra desmedida, que devoraba todo a su paso. Explica el hoy, sargento en retiro, Carlos Andrés Albarracín. 

Una vida esquirlada.1

Como última palabra, los invito a que conozcan el testimonio en la voz de su protagonista, Carlos Andrés Albarracín Quiroga, en el siguiente audio. 

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Descubre la entrevista realizada al Capitán de Navío retirado, Orlando Segura, sobre la rehabilitación del personal uniformado: El CRI como catalizador de oportunidades

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Una vida esquirlada

Por: Laura Paola Novoa Rodríguez

Puede que el dolor envejezca más que el tiempo, pero este no se acaba; día tras día, te recuerda aquella historia que poco a poco va quedando empolvada. La tristeza y el dolor son protagonistas, de aquel recuerdo que se mantiene vivo en el cuerpo y en la memoria de uno de los sobrevivientes del atentado en Chita, Boyacá.

Una vida esquirlada.3Hace 17 años, Carlos Andrés Albarracín Quiroga, con tan solo 21 años, era Cabo del Ejército Nacional, tenía al mando alrededor de 70 soldados, los cuales debían resguardar aquel pueblo atemorizado, por las distintas amenazas del frente 45 de las Farc, aquel pueblo sin centros de salud, sin ambulancias y sin seguridad pública.

La moral no puede bajar nunca, cuenta Carlos Andrés; a pesar de que el lugar de tránsito estuviera minado, que las reservas de comida se estaban acabando, que nadie del pueblo les quería vender por miedo a lo que pudiese suceder, y que las dificultades iban en constante ascenso, nunca se bajó la moral.

¿Qué tan amenazado estaba el pueblo para no poder venderle alimentos a un grupo de uniformados que solo querían protegerlos?, mucho, tanto así que el alcalde de ese entonces, Rodulfo de Jesús Gómez Centina, tuvo que huir a Socha. ¿Cuál podría ser la suerte de aquellos chitanos ajenos a una guerra sin cuartel?

Era 10 de septiembre de 2003, día de mercado, donde algunos campesinos bajaron con caballos, mulas y burros para vender sus productos agrícolas. A Carlos Andrés, le correspondía hacer el control militar de área con los 16 soldados a su mando, para ganarse la confianza de las personas del pueblo.

Pasado el mediodía, con un sol escondido entre las nubes, se encontraban cerca al parque principal cuando estalló un caballo bomba. La onda explosiva los alcanzó, todos cayeron al suelo, pero encima de Carlos Andrés quedó su compañero, “el chispas”, quien llevaba el radio de comunicaciones.

Una vida esquirlada.2

En un abrir y cerrar de ojos, la cuadra, conocida como La Cadena, quedó totalmente destruida. Carlos Andrés despertó luego de haber quedado inconsciente, se dio cuenta que el radio había atravesado al “chispas”, hasta quedar incrustado en su tórax, causándole una muerte fulminante.

¿Qué se puede hacer en esos momentos de dolor?, miras a tu alrededor y solo ves caos, no hay cuerpos completos, no sabes cuál extremidad es de quién. Es un horror que te atormenta, ¿cómo le dirás a esas madres esperanzadas de volver a ver a sus hijos, que no pudiste protegerlos, que no queda nada de ellos?

Carlos Andrés solo tenía una preocupación, sus muchachos, sus hermanos de la patria. A pesar de que sus extremidades estaban sangrando, el desasosiego le inundaba la cabeza. Con un dolor inimaginable se levantó y comenzó a recogerlos en bolsas de basura, mientras esperaba un apoyo para evacuarlos.

La espera era insoportable, algunos pueblos aledaños enviaron ambulancias para los chitanos heridos; en ese momento, Carlos Andrés vio la oportunidad de movilizar lo que quedaba de su tropa para salvarlos, pero no podía arriesgarse a que quedaran en manos de los subversivos. Nos convertiremos en un blanco fácil, pensó.

Finalmente, un apoyo aéreo los recogió para trasladarlos al Hospital Militar; durante el recorrido hacia Bogotá, Carlos Andrés recibió los primeros auxilios donde se percató que todo su cuerpo estaba lleno de esquirlas (fragmentos delgados que se desprende de un artefacto al estallar), y que su brazo izquierdo estaba pendiendo de dos tendones. 

Al llegar al hospital, quedó inconsciente por la pérdida excesiva de sangre. Pareciera que este oscuro episodio se terminara ahí, pero la verdad, es el comienzo de una constante lucha. 

Estuvo internado en el pabellón de psiquiatría para borrar esos episodios de horror, en los que murieron 8 civiles, entre ellos un niño, y 5 soldados; pero ¿cómo olvidarlo cuando aún tienes esquirlas en tus pulmones?

Ya no había tiempo para gritar más versos quejumbrosos, su proceso de recuperación ha sido largo, ha estado en constantes tratamientos y cirugías para corregir los tendones y ajustar la prótesis interna que tiene en el codo. Sin contar que tiene marcapasos, ya que la explosión le quemó el nodo del corazón.

Sin duda, la vida militar te llena de distintos acontecimientos dolorosos e inolvidables, pero no hay nada más triste que ver la muerte de aquellos hermanos de la patria y personas ajenas a una guerra desmedida, que devoraba todo a su paso. Explica el hoy, sargento en retiro, Carlos Andrés Albarracín. 

Una vida esquirlada.1

Como última palabra, los invito a que conozcan el testimonio en la voz de su protagonista, Carlos Andrés Albarracín Quiroga, en el siguiente audio. 

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