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"UNO TAMBIÉN ES UN ASESINO"

Por Edilson Silva Liévano 

De vuelta a Bogotá, un hombre detuvo su auto y con amabilidad ofreció traerme. Me dijo: “Usted no parece de por aquí”. Yo le contesté: Sí, sí lo soy, me había ido, pero he vuelto porque estoy recogiendo historias sobre la violencia en Colombia. Me pidió que no lo grabara ni le tomará fotografías ni dijera su nombre. Le advertí que tenía buena memoria, que si él me contaba su historia,  yo iba a recordarla. Como en un poco desafiante me dijo,  veamos qué tanto puede recordar. El viaje duró 3 horas y cuando ya íbamos llegando a Zipaquirá,  en un tono muy burlón me dijo. “Y entonces, cómo es que va a quedar mi historia”.  Así que en los próximos minutos me dediqué a contarle su historia. El hombre la escuchó con atención, cuando llegamos a la calle 170 se bajó del auto, me dio un abrazo y me dijo: Entonces publíquela porque ahora es suya, ya no es solo mía.  

>>Uno también es un asesino. Solo que nos preparamos para no pensar en eso. Cada seis meses iban las psicólogas para hacernos la evaluación, para ver qué había pasado con nuestras vidas. Entonces uno terminaba recordando los episodios que ya poco a poco iba dejando atrás, pero no era fácil dejarlo todo atrás como si nada. En las noches. algunas imágenes volvían a hacerse latentes, yo veía el guerrillo dando vueltas  por el  disparo que le había dado.  A veces  no sabíamos si el otro había muerto o no, esos eran sus muertos, los que más pesaban eran los nuestros, saber que hasta hace un momento era mi amigo, uno caminando con su lanza al lado, y quién iba a saber que en las próximas horas uno lo iba a llevar montado sobre un caballo, muerto. Yo no olvido cuando en Dolores, Tolima, a mi contrapunteo le dieron. Era de apellido Chávez, pero le decíamos Cochinilla porque no le gustaba bañarse, y no por eso olía feo, es que no le gustaba que lo viéramos desnudo cuando nos bañamos en los potreros, en los tomaderos de agua de las vacas. Usted sabe, el pelotón se presta para todo. En nuestro pelotón eran 36 y en la escuadra 10. Le decía, en ese combate nos emboscaron y nos disparaban desde la loma, yo acababa de estrenarme un camuflado que prácticamente me hacía invisible y me tiré entre el pastal, pero a él le alcanzaron a dar. Cuando ya supe que podía ir, me arrastré hasta él y lo tiré hacia mí, todo su cuerpo sonó, porque cuando el cuerpo se muere se desploma, se desgonza, suena. Lo puse contra mis piernas, pero ya hacía su último esfuerzo por respirar. Él ya no tendría que estar ahí porque ya había pedido la baja, muchos queríamos irnos, eso no era vida, y entonces en el Estatuto del soldado está que cuando uno pide la baja debe ser recluido en guarnición, y no ir más a área, pues corre el riesgo del combate. Lo paradójico es que eso no se cumple, lo enviaron y miré, lo mataron sin que pudiera cumplirle a su novia la promesa de casarse.

Sí, uno también es un criminal, aunque uno diga que no mata a nadie, porque siempre el otro es un enemigo, pero la diferencia no es mayor. Yo era soldado profesional de una contraguerrilla; uno allá siempre está en una relación con la vida y con la muerte. Uno allá aprende de todo porque la tropa se presta para todo. Por ejemplo, antes de especializarme como rastreador[1] yo era puntero, siempre adelante. En el Putumayo trabajamos de la mano con los “paracos” porque la guerrilla era más que la tropa, y había un soldado entre nosotros a quién le habían matado su padre, su madre y su hermano menor porque la guerrilla le cobraba vacuna, y además, les exigían que su hijo desertara del ejército. Así que la cuestión era de odio, cuando algún guerrillero quedaba vivo se remataba antes que llegaran los paramédicos, pero hasta eso había que saberlo hacer, había que mirar de donde había venido el primer disparo, la ojiva deja un orificio pequeño por donde entra, pero un boquete por donde sale porque la trayectoria es circular por el efecto de cañón. Pero en mi pelotón él siempre se pedía rematarlos, estudiaba la distancia y la trayectoria y luego terminaba con ellos. Era un hombre con la sangre caliente. Así que cuando a mí me mataron mi lanza, me replegaron, me hicieron ir atrás, porque yo iba como loco, con la emoción desbocada, y eso lo único que logra es una baja más. En ese estado uno sale y se hace matar.

Como yo era de un batallón nos habían asignado la zonas del Rionegro y Medina, Parte de Boyacá, parte de Cundinamarca y veníamos de una operación grande de Chiragauní, Cudinamarca, llegamos al Peñón para una operación de cierre en el 2002. Entonces yo ya me había vuelto un rastreador, yo debía seguirle el rastro al Zorro, que era un hombre muy buscado, íbamos de campamento en campamento siguiendo las huellas, oliendo los excedentes, analizando los restos de cenizas, mirando las hojas quebradas del pasto, y ya estábamos muy cerca. Pero yo había conocido a la que quiero hoy, la que es mi esposa. La vi un día bajarse del bus con su uniforme de colegiala, y me enamoré, se me metió entre ceja y ceja, las pesadillas se fueron cambiando por mi chica sonriendo, feliz de encontrarnos a hurtadillas en la calle de los Tramposos. Ese día también supe que aquí andaban muchos guerrilleros, porque uno como rastreador aprende a leer el cuerpo del otro, el cuerpo incorpora el peso del equipo al caminar, un hombre cuando es militar vota el peso a lado y lado para amortiguarlo, y esa cadencia se le queda al caminar, para toda la vida. Si usted analiza bien, no camina igual un joven o un hombre que ha caminado años llevando equipo, fusil, cananas sobre sus hombres. Mírese usted cómo camina, verá que es diferente la cadencia. Yo le dije a mi comandante que los guerrillos estaban rondando el pueblo, seguro nos iban a atacar. Él me dijo, no. Ya vienen las Águilas Negras, el combate es entre ellos. Fue cuando se enfrentaron en Guayabal, la gente tuvo que irse.

Yo nunca me había imaginado casarme con una mujer de campo, pero me fui enamorando y un día ella me dijo: Anoche el Zorro pasó por la a casa. Entendí que nos estaban cazando, era ella o yo, que nos estaban buscando, y que, más temprano que tarde iba ser uno de los dos, el Zorro o yo. Ese día me di cuenta que no valía la pena estar ahí, ni los 630.000 mil pesos que ganaba por trabajar todos los días sin descanso, sin horas nocturnas. Me dije a mí mismo. Me voy, pedí la baja, me la dieron y para que no me pasara lo mismo que mi lancita Chávez, me fui del pueblo, me casé, tengo dos hijos, estoy tranquilo. Apenas estoy volviendo para hacerle una casita a la madre de mi esposa. 

Exsoldado profesional

 

[1] Es decir, hacía operaciones de inteligencia.

TERRITORIO 

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"UNO TAMBIÉN ES UN ASESINO"

Por Edilson Silva Liévano 

De vuelta a Bogotá, un hombre detuvo su auto y con amabilidad ofreció traerme. Me dijo: “Usted no parece de por aquí”. Yo le contesté: Sí, sí lo soy, me había ido, pero he vuelto porque estoy recogiendo historias sobre la violencia en Colombia. Me pidió que no lo grabara ni le tomará fotografías ni dijera su nombre. Le advertí que tenía buena memoria, que si él me contaba su historia,  yo iba a recordarla. Como en un poco desafiante me dijo,  veamos qué tanto puede recordar. El viaje duró 3 horas y cuando ya íbamos llegando a Zipaquirá,  en un tono muy burlón me dijo. “Y entonces, cómo es que va a quedar mi historia”.  Así que en los próximos minutos me dediqué a contarle su historia. El hombre la escuchó con atención, cuando llegamos a la calle 170 se bajó del auto, me dio un abrazo y me dijo: Entonces publíquela porque ahora es suya, ya no es solo mía.  

>>Uno también es un asesino. Solo que nos preparamos para no pensar en eso. Cada seis meses iban las psicólogas para hacernos la evaluación, para ver qué había pasado con nuestras vidas. Entonces uno terminaba recordando los episodios que ya poco a poco iba dejando atrás, pero no era fácil dejarlo todo atrás como si nada. En las noches. algunas imágenes volvían a hacerse latentes, yo veía el guerrillo dando vueltas  por el  disparo que le había dado.  A veces  no sabíamos si el otro había muerto o no, esos eran sus muertos, los que más pesaban eran los nuestros, saber que hasta hace un momento era mi amigo, uno caminando con su lanza al lado, y quién iba a saber que en las próximas horas uno lo iba a llevar montado sobre un caballo, muerto. Yo no olvido cuando en Dolores, Tolima, a mi contrapunteo le dieron. Era de apellido Chávez, pero le decíamos Cochinilla porque no le gustaba bañarse, y no por eso olía feo, es que no le gustaba que lo viéramos desnudo cuando nos bañamos en los potreros, en los tomaderos de agua de las vacas. Usted sabe, el pelotón se presta para todo. En nuestro pelotón eran 36 y en la escuadra 10. Le decía, en ese combate nos emboscaron y nos disparaban desde la loma, yo acababa de estrenarme un camuflado que prácticamente me hacía invisible y me tiré entre el pastal, pero a él le alcanzaron a dar. Cuando ya supe que podía ir, me arrastré hasta él y lo tiré hacia mí, todo su cuerpo sonó, porque cuando el cuerpo se muere se desploma, se desgonza, suena. Lo puse contra mis piernas, pero ya hacía su último esfuerzo por respirar. Él ya no tendría que estar ahí porque ya había pedido la baja, muchos queríamos irnos, eso no era vida, y entonces en el Estatuto del soldado está que cuando uno pide la baja debe ser recluido en guarnición, y no ir más a área, pues corre el riesgo del combate. Lo paradójico es que eso no se cumple, lo enviaron y miré, lo mataron sin que pudiera cumplirle a su novia la promesa de casarse.

Sí, uno también es un criminal, aunque uno diga que no mata a nadie, porque siempre el otro es un enemigo, pero la diferencia no es mayor. Yo era soldado profesional de una contraguerrilla; uno allá siempre está en una relación con la vida y con la muerte. Uno allá aprende de todo porque la tropa se presta para todo. Por ejemplo, antes de especializarme como rastreador[1] yo era puntero, siempre adelante. En el Putumayo trabajamos de la mano con los “paracos” porque la guerrilla era más que la tropa, y había un soldado entre nosotros a quién le habían matado su padre, su madre y su hermano menor porque la guerrilla le cobraba vacuna, y además, les exigían que su hijo desertara del ejército. Así que la cuestión era de odio, cuando algún guerrillero quedaba vivo se remataba antes que llegaran los paramédicos, pero hasta eso había que saberlo hacer, había que mirar de donde había venido el primer disparo, la ojiva deja un orificio pequeño por donde entra, pero un boquete por donde sale porque la trayectoria es circular por el efecto de cañón. Pero en mi pelotón él siempre se pedía rematarlos, estudiaba la distancia y la trayectoria y luego terminaba con ellos. Era un hombre con la sangre caliente. Así que cuando a mí me mataron mi lanza, me replegaron, me hicieron ir atrás, porque yo iba como loco, con la emoción desbocada, y eso lo único que logra es una baja más. En ese estado uno sale y se hace matar.

Como yo era de un batallón nos habían asignado la zonas del Rionegro y Medina, Parte de Boyacá, parte de Cundinamarca y veníamos de una operación grande de Chiragauní, Cudinamarca, llegamos al Peñón para una operación de cierre en el 2002. Entonces yo ya me había vuelto un rastreador, yo debía seguirle el rastro al Zorro, que era un hombre muy buscado, íbamos de campamento en campamento siguiendo las huellas, oliendo los excedentes, analizando los restos de cenizas, mirando las hojas quebradas del pasto, y ya estábamos muy cerca. Pero yo había conocido a la que quiero hoy, la que es mi esposa. La vi un día bajarse del bus con su uniforme de colegiala, y me enamoré, se me metió entre ceja y ceja, las pesadillas se fueron cambiando por mi chica sonriendo, feliz de encontrarnos a hurtadillas en la calle de los Tramposos. Ese día también supe que aquí andaban muchos guerrilleros, porque uno como rastreador aprende a leer el cuerpo del otro, el cuerpo incorpora el peso del equipo al caminar, un hombre cuando es militar vota el peso a lado y lado para amortiguarlo, y esa cadencia se le queda al caminar, para toda la vida. Si usted analiza bien, no camina igual un joven o un hombre que ha caminado años llevando equipo, fusil, cananas sobre sus hombres. Mírese usted cómo camina, verá que es diferente la cadencia. Yo le dije a mi comandante que los guerrillos estaban rondando el pueblo, seguro nos iban a atacar. Él me dijo, no. Ya vienen las Águilas Negras, el combate es entre ellos. Fue cuando se enfrentaron en Guayabal, la gente tuvo que irse.

Yo nunca me había imaginado casarme con una mujer de campo, pero me fui enamorando y un día ella me dijo: Anoche el Zorro pasó por la a casa. Entendí que nos estaban cazando, era ella o yo, que nos estaban buscando, y que, más temprano que tarde iba ser uno de los dos, el Zorro o yo. Ese día me di cuenta que no valía la pena estar ahí, ni los 630.000 mil pesos que ganaba por trabajar todos los días sin descanso, sin horas nocturnas. Me dije a mí mismo. Me voy, pedí la baja, me la dieron y para que no me pasara lo mismo que mi lancita Chávez, me fui del pueblo, me casé, tengo dos hijos, estoy tranquilo. Apenas estoy volviendo para hacerle una casita a la madre de mi esposa. 

Exsoldado profesional

 

[1] Es decir, hacía operaciones de inteligencia.

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