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Patrimonio arquitectónico: olvidado en el tiempo

ACN ENSAYO PATRIMONIO

Escrito por: Karol Preciado Sierra

Con frecuencia se puede escuchar en las conversaciones, sobre todo en las épocas de vacaciones y festividades, que viajar al exterior para conocer otro tipo de cultura e historias es un experiencia maravillosa y lo debemos hacer, por lo menos, una vez en nuestra vida. Lo que no se tiene en cuenta, en las mismas circunstancias, es que al interior del país o ciudad natal existe mucha cultura, historia y lugares emblemáticos, por los cuales se transita todos los días pero, donde no se (re)conoce la importancia y trascendencia que tiene para nuestra identidad cultural y colectiva.

Esto nos lleva a preguntarnos por qué existe la falta de apropiación de nuestra cultura y especialmente con el patrimonio arquitectónico, si se tienen todos los recursos básicos, como son la movilización, la alimentación, el hospedaje y expertos en el tema que nos pueden guiar en el proceso, para poder aprovechar de una manera idónea los sitios de interés de nuestra ciudad, como lo es, en este caso, Bogotá D.C.

De esta manera, primero es importante definir algunos términos para lograr comprender la dimensión de esta falta de apropiación de la cultura. “El turismo cultural es un fenómeno de aquellas ciudades o territorios que disponen de un importante legado patrimonial en donde es indispensable la conservación como también el desarrollo socioeconómico de la zona donde se ubica.” (Citado en Campos como parafraseo de Parrondo, 2011, p. 342). De allí podemos decir que patrimonio es un elemento, tangible o intangible, que heredamos de nuestros ancestros y representa parte de la historia que tenemos como grupo asentado en un lugar geográfico, en el cual se llevaba a cabo un proceso de conformación de identidad colectiva, como el conjunto de acciones, tradiciones y emblemas, que representan lo que somos como sociedad y nos diferencia de los demás.

Ya situándonos en la capital de país, existen variedad de atractivos turísticos inmuebles que podemos visitar ilimitadas veces o transitamos por allí. Sin embargo, no existe un interés en la razón de su ubicación e historia, como lo son los museos, teatros, bibliotecas, edificios administrativos, plazoletas, estaciones de ferrocarril, universidades antiguas, monumentos o el caso del cementerio central, donde está la tumba de varios personajes de historia colombiana.

Todos estos sitios hacen parte de lo que se conoce como patrimonio arquitectónico que “son los bienes de interés cultural que cada comunidad le otorga valor simbólico, con el paso de los años. Todavía más, por su historia, arquitectura o atractivo cultural que represente” (Campos, 2018, p.12).

Es de esta manera, como este conjunto de lugares emblemáticos se encuentran principalmente en las localidades de La Candelaria, Santa Fe y Usaquén como lo muestra la infografía obtenida en el estudio realizado por el Observatorio de Turismo en el 2017. Estos espacios públicos impulsan la economía de la ciudad, debido a la constante visita de los turistas extranjeros atraídos por planes turísticos y publicidad, para conocer la cultura e historia con la que cuenta la capital, considerada hoy en día una ciudad activa en el mercado turístico. Como lo declara Paula Cortés Calle, presidente ejecutiva de ANATO

…la llegada de visitantes al país en 2018 tuvo un 10,4% más que lo obtenido durante 2017, según datos provisionales suministrados por el Ministerio de Comercio Industria y Turismo. De hecho, cada uno de los meses del año pasado rompieron los récords de sus pares anteriores (Citado en ANATO).

Pero teniendo en cuenta lo anterior, es posible interpretar que solo se impulsa la visita y la adquisición del conocimiento de este tipo de patrimonio, en los turistas extranjeros y no en los nacionales o más puntualmente en los bogotanos, ya que se tiene la idea generalizada de que lo exterior es siempre mejor que el interior de nuestro país, basados en una noción, aún hoy en día, colonialista traída de Europa hace más de cinco siglos y que sigue expandiéndose con la globalización de consumo. Basándome en cifras dadas por Migración Colombia, “con un aumento del 8.34%, en 2018 se alcanzó la cifra de 3.920.200 turistas, mientras que en 2017 fue de 3.618.430” (Citado en ANATO) de salida de nacionales hacia el exterior.

Esta falta de apropiación del patrimonio arquitectónico por parte de los nacionales, también es influenciada por los medios de comunicación.  Lo anterior, se puede evidenciar mediante el análisis de los anuncios publicitarios de las agencias de viajes operadoras, con enfoque en turismo cultural, y centrándome en el mercado objetivo al que estos le apuntan, en el momento de llevar un nuevo producto al mercado. En su mayoría, son extranjeros que desean conocer los lugares mágicos de Colombia y dentro de los cuales está la capital histórica, industrial y tecnológica. Aunque para el caso de los nacionales esto varia, ya que se muestra una oferta de productos enfocados a conocer otros lugares de Colombia o del mundo, como lo son Italia, Emiratos Árabes Unidos y Canadá, los cuales fueron promocionados en la vitrina de ANATO como invitados especiales en Corferias (El tiempo, 2019).

Además, de todas estas cifras dadas por las instituciones distritales, encargadas del monitoreo de la actividad turística del país, se tiene en cuenta el aporte del antropólogo francés Marc Augé como un punto también para analizar ya que, a partir de la observación y la realización de cartografías en una comunidad tradicional de África, nombró los no-lugares según la clasificación de determinados sitios que carecen de aspectos como la organización social, prácticas culturales y referentes históricos.

Los no lugares son tanto las instalaciones necesarias para la circulación acelerada de personas y bienes (vías rápidas, empalmes de rutas, aeropuertos) como los medios de transporte mismos o los grandes centros comerciales, o también los campos de tránsito prolongado donde se estacionan los refugiados del planeta (Augé, 1993, p. 41).

De esta manera, los no-lugares son parte de las ciudades transitadas con frecuencia por la misma sociedad con un uso permanente, pero que con el paso del tiempo van a perder su valor cultural e histórico y así mismo su identidad.

Según lo anterior, se puede tener una aproximación a la posible realidad de los nacionales, los cuales transitan todos los días por lugares históricos de Bogotá, como en las localidades de Santa Fe, La Candelaria o Chapinero, sin conocer su verdadero valor cultural-arquitectónico, pasando a ser, en esa medida, un elemento inmueble del contexto pero a su vez temporal, en nuestra memoria, durante la jornada de movilización y, así mismo, convirtiéndose parte del paisaje caótico de la capital.

Es como podemos concluir que más allá de la falta de apropiación de los nacionales por el patrimonio arquitectónico de Bogotá, por razones como falta de interés real en los espacios o los denominados no-lugares, existen factores que los limitan e influyen todo el tiempo para no involucrarse en actividades enfocadas en la adquisición de conocimiento y que no es solo un problema que exista en estas localidades sino, que al contrario, son asuntos que se pueden presentar hasta en una pequeña comunidad.

 

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Escrito por: Karol Preciado Sierra

Con frecuencia se puede escuchar en las conversaciones, sobre todo en las épocas de vacaciones y festividades, que viajar al exterior para conocer otro tipo de cultura e historias es un experiencia maravillosa y lo debemos hacer, por lo menos, una vez en nuestra vida. Lo que no se tiene en cuenta, en las mismas circunstancias, es que al interior del país o ciudad natal existe mucha cultura, historia y lugares emblemáticos, por los cuales se transita todos los días pero, donde no se (re)conoce la importancia y trascendencia que tiene para nuestra identidad cultural y colectiva.

Esto nos lleva a preguntarnos por qué existe la falta de apropiación de nuestra cultura y especialmente con el patrimonio arquitectónico, si se tienen todos los recursos básicos, como son la movilización, la alimentación, el hospedaje y expertos en el tema que nos pueden guiar en el proceso, para poder aprovechar de una manera idónea los sitios de interés de nuestra ciudad, como lo es, en este caso, Bogotá D.C.

De esta manera, primero es importante definir algunos términos para lograr comprender la dimensión de esta falta de apropiación de la cultura. “El turismo cultural es un fenómeno de aquellas ciudades o territorios que disponen de un importante legado patrimonial en donde es indispensable la conservación como también el desarrollo socioeconómico de la zona donde se ubica.” (Citado en Campos como parafraseo de Parrondo, 2011, p. 342). De allí podemos decir que patrimonio es un elemento, tangible o intangible, que heredamos de nuestros ancestros y representa parte de la historia que tenemos como grupo asentado en un lugar geográfico, en el cual se llevaba a cabo un proceso de conformación de identidad colectiva, como el conjunto de acciones, tradiciones y emblemas, que representan lo que somos como sociedad y nos diferencia de los demás.

Ya situándonos en la capital de país, existen variedad de atractivos turísticos inmuebles que podemos visitar ilimitadas veces o transitamos por allí. Sin embargo, no existe un interés en la razón de su ubicación e historia, como lo son los museos, teatros, bibliotecas, edificios administrativos, plazoletas, estaciones de ferrocarril, universidades antiguas, monumentos o el caso del cementerio central, donde está la tumba de varios personajes de historia colombiana.

Todos estos sitios hacen parte de lo que se conoce como patrimonio arquitectónico que “son los bienes de interés cultural que cada comunidad le otorga valor simbólico, con el paso de los años. Todavía más, por su historia, arquitectura o atractivo cultural que represente” (Campos, 2018, p.12).

Es de esta manera, como este conjunto de lugares emblemáticos se encuentran principalmente en las localidades de La Candelaria, Santa Fe y Usaquén como lo muestra la infografía obtenida en el estudio realizado por el Observatorio de Turismo en el 2017. Estos espacios públicos impulsan la economía de la ciudad, debido a la constante visita de los turistas extranjeros atraídos por planes turísticos y publicidad, para conocer la cultura e historia con la que cuenta la capital, considerada hoy en día una ciudad activa en el mercado turístico. Como lo declara Paula Cortés Calle, presidente ejecutiva de ANATO

…la llegada de visitantes al país en 2018 tuvo un 10,4% más que lo obtenido durante 2017, según datos provisionales suministrados por el Ministerio de Comercio Industria y Turismo. De hecho, cada uno de los meses del año pasado rompieron los récords de sus pares anteriores (Citado en ANATO).

Pero teniendo en cuenta lo anterior, es posible interpretar que solo se impulsa la visita y la adquisición del conocimiento de este tipo de patrimonio, en los turistas extranjeros y no en los nacionales o más puntualmente en los bogotanos, ya que se tiene la idea generalizada de que lo exterior es siempre mejor que el interior de nuestro país, basados en una noción, aún hoy en día, colonialista traída de Europa hace más de cinco siglos y que sigue expandiéndose con la globalización de consumo. Basándome en cifras dadas por Migración Colombia, “con un aumento del 8.34%, en 2018 se alcanzó la cifra de 3.920.200 turistas, mientras que en 2017 fue de 3.618.430” (Citado en ANATO) de salida de nacionales hacia el exterior.

Esta falta de apropiación del patrimonio arquitectónico por parte de los nacionales, también es influenciada por los medios de comunicación.  Lo anterior, se puede evidenciar mediante el análisis de los anuncios publicitarios de las agencias de viajes operadoras, con enfoque en turismo cultural, y centrándome en el mercado objetivo al que estos le apuntan, en el momento de llevar un nuevo producto al mercado. En su mayoría, son extranjeros que desean conocer los lugares mágicos de Colombia y dentro de los cuales está la capital histórica, industrial y tecnológica. Aunque para el caso de los nacionales esto varia, ya que se muestra una oferta de productos enfocados a conocer otros lugares de Colombia o del mundo, como lo son Italia, Emiratos Árabes Unidos y Canadá, los cuales fueron promocionados en la vitrina de ANATO como invitados especiales en Corferias (El tiempo, 2019).

Además, de todas estas cifras dadas por las instituciones distritales, encargadas del monitoreo de la actividad turística del país, se tiene en cuenta el aporte del antropólogo francés Marc Augé como un punto también para analizar ya que, a partir de la observación y la realización de cartografías en una comunidad tradicional de África, nombró los no-lugares según la clasificación de determinados sitios que carecen de aspectos como la organización social, prácticas culturales y referentes históricos.

Los no lugares son tanto las instalaciones necesarias para la circulación acelerada de personas y bienes (vías rápidas, empalmes de rutas, aeropuertos) como los medios de transporte mismos o los grandes centros comerciales, o también los campos de tránsito prolongado donde se estacionan los refugiados del planeta (Augé, 1993, p. 41).

De esta manera, los no-lugares son parte de las ciudades transitadas con frecuencia por la misma sociedad con un uso permanente, pero que con el paso del tiempo van a perder su valor cultural e histórico y así mismo su identidad.

Según lo anterior, se puede tener una aproximación a la posible realidad de los nacionales, los cuales transitan todos los días por lugares históricos de Bogotá, como en las localidades de Santa Fe, La Candelaria o Chapinero, sin conocer su verdadero valor cultural-arquitectónico, pasando a ser, en esa medida, un elemento inmueble del contexto pero a su vez temporal, en nuestra memoria, durante la jornada de movilización y, así mismo, convirtiéndose parte del paisaje caótico de la capital.

Es como podemos concluir que más allá de la falta de apropiación de los nacionales por el patrimonio arquitectónico de Bogotá, por razones como falta de interés real en los espacios o los denominados no-lugares, existen factores que los limitan e influyen todo el tiempo para no involucrarse en actividades enfocadas en la adquisición de conocimiento y que no es solo un problema que exista en estas localidades sino, que al contrario, son asuntos que se pueden presentar hasta en una pequeña comunidad.

 

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