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El PAÍS DEL SAGRADO CORAZÓN

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Realizado por: Maria Camila Cruz Mejía - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

La vida tiene una característica particular, que bien puede ser bendición o maldición, y es que es tan imprevista como sorprendente. Para nadie es un secreto que el presente año (2020) ha sido el más desafiante en el último lustro. Definitivamente declarar una pandemia global  no es cualquier cosa. Mucho menos encerrar de repente a más de ocho millones de personas, particularmente en Bogotá. 

Hoy, sentada frente a la computadora, quisiera referirme a tal acontecimiento de manera que se sienta que fue hace años, tal vez décadas; y es que de alguna manera, es como yo he sentido el encierro.Con todo esto del aislamiento, la interacción por redes sociales y el involucramiento en las mismas, ha ido en crecimiento. Físicamente no se podrá salir, pero lo que un clic y un par de letras pueden hacer, es casi, casi lo mismo.

Hace un par de meses hice varios amigos latinoamericanos cuando me involucré en un grupo de Facebook. Debo admitir que al comienzo estaba un poco escéptica a eso de interactuar a profundidad con sujetos que no conocía, sin embargo,  resultó ser una experiencia interesante.

A la par que esto sucedía,  mi mamá - una mujer en extremo religiosa - incrementó su dedicación a las oraciones que diariamente hace. Cada una decidió conversar con sujetos que no podemos ver, así que en principio recibir  respuesta fue difícil. Ella por su parte, para ver la respuesta a todas esas oraciones, y yo en lo que puede tardar el construir una relación medianamente  confiable. En el último mes, gracias a las conversaciones con mis amigos de Perú, México, Chile y Argentina; logré alimentar la inconformidad que tengo desde hace décadas, y es que aunque no tengo más de dos en lo que ha sido mi vida, la inconformidad tiene eso, el parecer es eterna y se renueva, hoy aquí,mañana allí, hoy en mí, mañan en ti.

En todo caso, a la hora de sentarme a hacer el ejercicio,  mi indignación me guiaba al mismo punto. A reflejar mi frustración e inconformidad política, en situaciones, que probablemente solo entendería un colombiano.

La vida es chistosa, porque mi abuela fue quien me dio la premisa perfecta para lo irónico que es el país en sí. La Constitución Política que nos rige actualmente declara a Colombia, como un país con libertad de culto. Sin embargo, hasta no hace mucho la consagración al Sagrado Corazón de Jesús era una fiesta de suma importancia, incluso cada año dicha consagración era precedida por el presidente de la república.

En este momento, en el que me siento a pensar, mi primer pensamiento se dirige a que  realmente no puedo entender en qué momento dicho ritual, terminó siendo la ironía más grande del país.  

No sé si ustedes, como yo, han escuchado el dicho de 'solo en el país del Sagrado Corazón'; para referirse a una situación absurda  y casi cómica.  Sobre todo en cuanto a política se trata.

Por otro lado, este año, más que cualquier otro, me ha hecho entender que los miedos tienen la energía de atracción más potente de la que pueda dar fe. Así que si mi miedo fue en algún punto que alguien de mi familia se enfermara, pues justo eso fue lo que me dio la vida. Enfermedad.

Mis bisabuelos y abuelos maternos cayeron enfermos todos en un lapso de un mes. Mi abuelo y mi bisabuelo fallecieron, pero mi abuela y mi bisabuela lograron sobrevivir.  La primera con la salud casi intacta, y la otra con la vida sin poder vivirla. 

Cuando mi bisabuela -de 97 años- cayó enferma, todos pensamos que iba a ser la última vez que la viéramos. La ingresaron a cuidados intensivos y se firmó un acuerdo para no reanimarla en caso de que cualquier cosa sucediera. 

Aún no sé si para fortuna o para desgracia de mi abuela, no se tuvo que acudir a tal acuerdo. Sin embargo, eso no ha representado nada bueno. Durante el mes y medio que estuvo mi bisabuela en un hospital en Engativá, solo he podido confirmar ese dicho irónico de 'solo en el país del Sagrado Corazón'. Mi bisabuela fue ingresada como paciente Covid-19, por protocolo fue puesta en aislamiento. Ella y mi abuela entraron al mismo tiempo al hospital pues estaban juntas a la hora de contagiarse. Ambas tuvieron que ser sometidas a antibióticos y retrovirales muy potentes; exámenes de sangre, toma de gases arteriales, etc. Sin embargo, mi abuela contó con que, por sus rezos, dice mi mamá; la dejaran a ella (a mi mamá) estar con mi abuela 24/7. En realidad parece que el hospital en el que ambas estaban tenía poco personal para atenderlas.

Durante la estadía de mi bisabuela en aquella sala de cuidados intensivos, nadie pudo verla y de repente, mi bisabuela perdió total conexión con nosotros, no había información, no había visitas, no había nada. Unos tres días más tarde, desde la última noticia, por alguna razón que desconozco, dejaron de alimentarla. Conseguimos una enfermera que nos ayudara dentro de tal área del hospital, pero solo para darnos cuenta que mi bisabuela estaba mal. Tenía llagas en la espalda porque nadie había ido a moverla, aun cuando ella nunca perdió la consciencia y tampoco tuvo que ser entubada. No la alimentaban porque decían que con el suero que le estaban dando bastaba. Después de un tiempo, ya cuando mi bisabuelo, su marido, había muerto un piso más abajo, en aquel hospital; con morfina hasta el techo para que no sintiera dolor mientras estuvo tres días en una silla esperando su muerte. Decidieron que era momento de solicitar la salida de mi bisabuela para poderla cambiar de hospital y pedir segunda opinión sobre su estado de salud. 

Mi abuela fue ingresada como paciente Covid, pero nunca una prueba para  corroborar eso. Sin embargo, estuvo un mes internada allá, recibiendo solo suero como alimento y aislada, con llagas en su cuerpo porque nadie fue capaz de moverla, recuerdo que mi mamá dijo que estaban casi como si estuviesen esperando que muriera. No fue hasta unos días después que entendí lo que económicamente eso significaba para el hospital. Aunque debo admitir que tal conspiración me parecía muy ególatra. Adicionalmente, mi abuelo, que estaba en el mismo hospital (todos estaban juntos a la hora del contagio y todos fueron llevados al mismo centro de atención) no corría con suerte, él sí tuvo que ser entubado y sus pulmones no respondieron bien a los tratamientos, las enfermeras hacían video llamadas diarias para mostrarnos a mi abuelo y dar el diagnóstico del día. 

Solo un día no recibimos la llamada diaria de las cinco de la tarde. Pensamos que tal vez las cosas se habían complicado y que no había podido llamarnos, así que a eso de las siete decidimos ser nosotros quienes llamaran al hospital, solo para darnos por enterados de que mi abuelo había fallecido ese día a las cinco de la mañana.

Todo esto suena a teoría conspirativa, a mala suerte o quizás ficción. Y qué más quisiera yo, que fuera eso, pero la realidad es que no. A mi familia nunca la golpeó la violencia o el conflicto, nunca pasamos hambre, nunca nada, hasta esto. Y no es hasta cuándo llega el turno propio que uno abre los ojos. 

En la coyuntura actual cientos de pacientes han sido reportados como pacientes Covid aun cuando su situación está lejos de dicha enfermedad, solo porque eso representa un beneficio económico para el hospital. Los reportes al ministerio de salud son cada vez más imprecisos y las EPS no permiten citas presenciales aún en sus pacientes en recuperación, ¿cómo un doctor va a saber si los pulmones de alguien ya se han desinflamado a través de una llamada telefónica? 

 Y bueno, digamos que es una situación que nos ha tomado por sorpresa, y por hablar de la salud como ejemplo.  En este país, los delincuentes pululan, dejan libre a violadores y feminicidas porque si, los pedófilos no son procesados como debiesen, ni hablemos de los políticos; ellos están más allá del bien y del mal, y todo lo manejan con la billetera. 

En este país 'del Sagrado Corazón' todo el mundo es religioso y se rasga las vestiduras en las Iglesias y en las marchas pro-vida, pero no somos capaces de mirar al lado. La ironía de aquella frase, reúne todo lo que somos en este país, pretenciosos, pero un chiste al fin y al cabo.

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La vida tiene una característica particular, que bien puede ser bendición o maldición, y es que es tan imprevista como sorprendente. Para nadie es un secreto que el presente año (2020) ha sido el más desafiante en el último lustro. Definitivamente declarar una pandemia global  no es cualquier cosa. Mucho menos encerrar de repente a más de ocho millones de personas, particularmente en Bogotá. 

Hoy, sentada frente a la computadora, quisiera referirme a tal acontecimiento de manera que se sienta que fue hace años, tal vez décadas; y es que de alguna manera, es como yo he sentido el encierro.Con todo esto del aislamiento, la interacción por redes sociales y el involucramiento en las mismas, ha ido en crecimiento. Físicamente no se podrá salir, pero lo que un clic y un par de letras pueden hacer, es casi, casi lo mismo.

Hace un par de meses hice varios amigos latinoamericanos cuando me involucré en un grupo de Facebook. Debo admitir que al comienzo estaba un poco escéptica a eso de interactuar a profundidad con sujetos que no conocía, sin embargo,  resultó ser una experiencia interesante.

A la par que esto sucedía,  mi mamá - una mujer en extremo religiosa - incrementó su dedicación a las oraciones que diariamente hace. Cada una decidió conversar con sujetos que no podemos ver, así que en principio recibir  respuesta fue difícil. Ella por su parte, para ver la respuesta a todas esas oraciones, y yo en lo que puede tardar el construir una relación medianamente  confiable. En el último mes, gracias a las conversaciones con mis amigos de Perú, México, Chile y Argentina; logré alimentar la inconformidad que tengo desde hace décadas, y es que aunque no tengo más de dos en lo que ha sido mi vida, la inconformidad tiene eso, el parecer es eterna y se renueva, hoy aquí,mañana allí, hoy en mí, mañan en ti.

En todo caso, a la hora de sentarme a hacer el ejercicio,  mi indignación me guiaba al mismo punto. A reflejar mi frustración e inconformidad política, en situaciones, que probablemente solo entendería un colombiano.

La vida es chistosa, porque mi abuela fue quien me dio la premisa perfecta para lo irónico que es el país en sí. La Constitución Política que nos rige actualmente declara a Colombia, como un país con libertad de culto. Sin embargo, hasta no hace mucho la consagración al Sagrado Corazón de Jesús era una fiesta de suma importancia, incluso cada año dicha consagración era precedida por el presidente de la república.

En este momento, en el que me siento a pensar, mi primer pensamiento se dirige a que  realmente no puedo entender en qué momento dicho ritual, terminó siendo la ironía más grande del país.  

No sé si ustedes, como yo, han escuchado el dicho de 'solo en el país del Sagrado Corazón'; para referirse a una situación absurda  y casi cómica.  Sobre todo en cuanto a política se trata.

Por otro lado, este año, más que cualquier otro, me ha hecho entender que los miedos tienen la energía de atracción más potente de la que pueda dar fe. Así que si mi miedo fue en algún punto que alguien de mi familia se enfermara, pues justo eso fue lo que me dio la vida. Enfermedad.

Mis bisabuelos y abuelos maternos cayeron enfermos todos en un lapso de un mes. Mi abuelo y mi bisabuelo fallecieron, pero mi abuela y mi bisabuela lograron sobrevivir.  La primera con la salud casi intacta, y la otra con la vida sin poder vivirla. 

Cuando mi bisabuela -de 97 años- cayó enferma, todos pensamos que iba a ser la última vez que la viéramos. La ingresaron a cuidados intensivos y se firmó un acuerdo para no reanimarla en caso de que cualquier cosa sucediera. 

Aún no sé si para fortuna o para desgracia de mi abuela, no se tuvo que acudir a tal acuerdo. Sin embargo, eso no ha representado nada bueno. Durante el mes y medio que estuvo mi bisabuela en un hospital en Engativá, solo he podido confirmar ese dicho irónico de 'solo en el país del Sagrado Corazón'. Mi bisabuela fue ingresada como paciente Covid-19, por protocolo fue puesta en aislamiento. Ella y mi abuela entraron al mismo tiempo al hospital pues estaban juntas a la hora de contagiarse. Ambas tuvieron que ser sometidas a antibióticos y retrovirales muy potentes; exámenes de sangre, toma de gases arteriales, etc. Sin embargo, mi abuela contó con que, por sus rezos, dice mi mamá; la dejaran a ella (a mi mamá) estar con mi abuela 24/7. En realidad parece que el hospital en el que ambas estaban tenía poco personal para atenderlas.

Durante la estadía de mi bisabuela en aquella sala de cuidados intensivos, nadie pudo verla y de repente, mi bisabuela perdió total conexión con nosotros, no había información, no había visitas, no había nada. Unos tres días más tarde, desde la última noticia, por alguna razón que desconozco, dejaron de alimentarla. Conseguimos una enfermera que nos ayudara dentro de tal área del hospital, pero solo para darnos cuenta que mi bisabuela estaba mal. Tenía llagas en la espalda porque nadie había ido a moverla, aun cuando ella nunca perdió la consciencia y tampoco tuvo que ser entubada. No la alimentaban porque decían que con el suero que le estaban dando bastaba. Después de un tiempo, ya cuando mi bisabuelo, su marido, había muerto un piso más abajo, en aquel hospital; con morfina hasta el techo para que no sintiera dolor mientras estuvo tres días en una silla esperando su muerte. Decidieron que era momento de solicitar la salida de mi bisabuela para poderla cambiar de hospital y pedir segunda opinión sobre su estado de salud. 

Mi abuela fue ingresada como paciente Covid, pero nunca una prueba para  corroborar eso. Sin embargo, estuvo un mes internada allá, recibiendo solo suero como alimento y aislada, con llagas en su cuerpo porque nadie fue capaz de moverla, recuerdo que mi mamá dijo que estaban casi como si estuviesen esperando que muriera. No fue hasta unos días después que entendí lo que económicamente eso significaba para el hospital. Aunque debo admitir que tal conspiración me parecía muy ególatra. Adicionalmente, mi abuelo, que estaba en el mismo hospital (todos estaban juntos a la hora del contagio y todos fueron llevados al mismo centro de atención) no corría con suerte, él sí tuvo que ser entubado y sus pulmones no respondieron bien a los tratamientos, las enfermeras hacían video llamadas diarias para mostrarnos a mi abuelo y dar el diagnóstico del día. 

Solo un día no recibimos la llamada diaria de las cinco de la tarde. Pensamos que tal vez las cosas se habían complicado y que no había podido llamarnos, así que a eso de las siete decidimos ser nosotros quienes llamaran al hospital, solo para darnos por enterados de que mi abuelo había fallecido ese día a las cinco de la mañana.

Todo esto suena a teoría conspirativa, a mala suerte o quizás ficción. Y qué más quisiera yo, que fuera eso, pero la realidad es que no. A mi familia nunca la golpeó la violencia o el conflicto, nunca pasamos hambre, nunca nada, hasta esto. Y no es hasta cuándo llega el turno propio que uno abre los ojos. 

En la coyuntura actual cientos de pacientes han sido reportados como pacientes Covid aun cuando su situación está lejos de dicha enfermedad, solo porque eso representa un beneficio económico para el hospital. Los reportes al ministerio de salud son cada vez más imprecisos y las EPS no permiten citas presenciales aún en sus pacientes en recuperación, ¿cómo un doctor va a saber si los pulmones de alguien ya se han desinflamado a través de una llamada telefónica? 

 Y bueno, digamos que es una situación que nos ha tomado por sorpresa, y por hablar de la salud como ejemplo.  En este país, los delincuentes pululan, dejan libre a violadores y feminicidas porque si, los pedófilos no son procesados como debiesen, ni hablemos de los políticos; ellos están más allá del bien y del mal, y todo lo manejan con la billetera. 

En este país 'del Sagrado Corazón' todo el mundo es religioso y se rasga las vestiduras en las Iglesias y en las marchas pro-vida, pero no somos capaces de mirar al lado. La ironía de aquella frase, reúne todo lo que somos en este país, pretenciosos, pero un chiste al fin y al cabo.

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