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Conversaciones de sala

Ensayo teatro

Dedicado a todos y a cada uno de los que aman el teatro

Por: Pipe Vallejo

En mi regazo moldeaban a sus pequeños para que aprendieran a comportarse en sociedad. Además, se disponía de los mejores adornos y de la mejor ubicación de los enseres, para dar una breve sensación de confianza y de prosperidad a los ilustres y bienvenidos convidados.

En mis dominios se hablaba del progreso, de las alegrías, de las penurias. Pude ver las peores disputas cuando la tertulia se convertía en contradicciones personales, por causa de una hipófisis embadurnada con alcohol. Algunos se convertían en lo que no eran, y otros, en lo que nunca dejaron de ser. Mi nombre, llamado por el primer mundo living room, traducido al español, diría de manera literal: “cuarto vivo”.

Durante muchos años he abrigado el ocio y la diversión. He sido un paso obligado para el recién llegado a casa. Incubé las nuevas amistades; los primeros besos a escondidas, aquellos cuya duración de una millonésima de segundo les hacía sentir astutos frente al monarca de casa. Fui cuidada de manera casi sagrada, para proteger las costosas sedas que cubrían a algunos miembros de mi séquito

En un santiamén, pasé de ser un lugar en donde hasta sus muertos velaban, a un espacio ocupado por un aparato llegado a Colombia en 1954, de la mano de un general, quien sí tenía quién le escribiera. Empecé a extrañar las conversaciones profundas, algunas amorosas, y otras, no tanto, casi en tonos usados por una soprano.

Empecé a ser relegada, ya no podía participar de las mejores decisiones familiares. El polvo que reposaba de manera frecuente en mi piel desapareció, pues ya no era tan exclusiva: ahora, todos permanecían aquí, horas y horas… era la primera vez que, sin convidados, estaba rodeada de todos, acompañada de una soledad inefable.

Las historias dejaron de ser contadas por un ser de carne y hueso; ahora se las narraban miles de pixeles, cuya urdimbre eran unas imágenes capturadas por un celuloide o por una tarjeta electrónica, que ahora eran las encargadas de mostrar a los presentes y en alta definición, lo que creían que tenían en su corazón, o a veces: en sus vísceras.

Los colores, los olores y los sabores se habían vuelto digitales. Ahora los bailes eran danzados por convidados que nunca se postraron sobre mis dominios.

Sin entender mucho sobre la ausencia humana; ipso facto, llamé a nuestra abuela mayor: al contestar mi llamada, lo primero que le pregunté fue por su característica y enorme falda roja de casi 6 metros. “Ahora está menos remangada que de costumbre”, aseveró.

Claramente, ella siempre tuvo la luz que todas queríamos: luz para pasar por diferentes mundos, diferentes emociones, y hasta para trasegar a toda velocidad por un calendario. Con tímido tacto le pregunté: “¿Qué ha pasado en tus dominios?”. Su sabiduría recurrente no me sorprendía, pues los mejores convidados siempre fueron su fuerte. Un poco impaciente y con algo de ansiedad, le formulé de nuevo la pregunta: “¿qué ha pasado en tus dominios?”. Ella, con la sapiencia que siempre le ha caracterizado, me contestó:

- Oí que mis convidados están encerrados. Mi ejército de madera y tela los preguntan a diario; pero de jueves a domingo se inquietan aún peor. No les he querido contar la verdad, y tampoco les he revelado que nuestros convidados están jugando a vernos sin tocarnos, sin olernos, sin sentirnos, tal como lo están haciendo en tu casa.

  • ¡No puede ser! En mi casa no caben tus floreros –impugné–.
  • Sí que caben; las que no caben son las flores que contienen…

Sin entender mucho de lo que la matrona de las salas me quería decir, torpemente interpelé:

- Cuando hablas de flores, ¿te refieres a las que te lanzan tus convidados después de las conversaciones que tienen tus miembros más cercanos en tu piso de tablas de cedro?

Con nobleza, sabiduría y de manera afable, me respondió:

- Veo que estás perdiendo la profundidad, veo que estás pensando digital. A ver, pequeña, escúchame con atención: Mis flores las puedes oler, en aquellos quienes construyen con tornillos enroscados dentro de la sabiduría de sus manos, mundos en donde los convidados imaginan un lugar en el cual se vale soñar y ser otro. Mis flores están en las suaves manos de aquellos que tejen e hilan cada seda o cada terciopelo, con el único objetivo de vestir lo que los convidados anhelan y desvestir sus demonios. Mis flores están en los que iluminan sus ideas, para darles luz en la oscuridad del todo. Esas pintorescas flores están en aquellos, quienes, sobre unas mejillas ajenas, pintan una emoción usando las entrañas de un árbol. Mis flores están en cada báculo con punta de paja, conducido por aquellos que frotan las tablas, para dignificar la suciedad del vertiginoso tumulto. Mis flores están en quienes graban en pentagramas vientos de emociones, golpes de sensaciones y ondas de decepciones, para que retumben en los brazos y en los poros de los convidados; generándoles paroxismos de nostalgia, de alegría y de excitación. Mis flores están en quienes enteran a los convidados, haciendo tocar su campana de la creatividad, para que el ruido llegue a todos. Mis flores están en aquellos a quienes Pitágoras ungió con las fórmulas para hacerlo realidad. Esas flores están en aquellos que con un pabilo como aliado, van y vuelven por cualquier dimensión posible e imposible, con un único medio de transporte para hacerlo: un alfabeto. Y por última: mi flor solitaria, aquella que las une y que logra hacerlas florecer a todas, aquella que a veces parece espinosa y agria; pero que no es más que un polen cargado de sensibilidad y liderazgo, para lograr juntar los pétalos y aromatizar todos mis dominios.

Un poco contrariada y asimilando la información, de nuevo, pregunté:

  • ¿Y el agua para esas flores?

- ¡Son mis actores! Ellos… son el agua que les humedece los sentidos, les ahoga el existencialismo y les refresca el alma a los convidados. Esa agua jamás correrá por los pixeles que desde hace poco te acompañan en tu casa y que emulan mis emociones.

Inmediatamente pensé en nuestra pariente más cercana y cuestioné de nuevo:

  • ¿Y qué va a pasar con nuestra pariente que vive del maíz que estalla en sus dominios?

- Ella… seguirá esperando a los convidados; al igual que yo, sin olvidar que fui la primera en hacer vibrar a las multitudes. ¿Hemos hablado? ¡Claro! Y con mucho respeto y reverencia me ha dicho: “Estoy un poco confundida y contrariada, ¿quieren que el agua de tus flores sea vista en un tamaño minúsculo y como si fuera poco, no pueden beber de ella?”. Y yo, haciendo este momento menos amargo, le contesté: “un poco de agua sucia no le cae mal al sistema inmune”. Reímos como dos locas de atar.

Una vez más, la mamá de todas las salas me daba una lección de sabiduría y me hacía sentir ignorante al querer reunirla desde mis dominios, con mis únicos convidados desde hace ya cuatro meses. Sin embargo, al cerrar mi conversación con ella fue enfática cuando me dijo algo que aún retumba en mis oídos: “Puedes cobrarles por intentar tocar mis flores, pero no les cobres como si fueran a olerlas”.

Pipe Vallejo:

Instagram: https://www.instagram.com/pipevallejo77/

Facebook: https://www.facebook.com/pipevallejo77

YouTube: https://www.youtube.com/channel/UCgImi1F9CL2vx6o_CMz5ZdQ?view_as=subscriber

Foto: Felipe Vallejo, por Raúl Higuera

 

Felipe Vallejo por Raúl Higuera

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Dedicado a todos y a cada uno de los que aman el teatro

Por: Pipe Vallejo

En mi regazo moldeaban a sus pequeños para que aprendieran a comportarse en sociedad. Además, se disponía de los mejores adornos y de la mejor ubicación de los enseres, para dar una breve sensación de confianza y de prosperidad a los ilustres y bienvenidos convidados.

En mis dominios se hablaba del progreso, de las alegrías, de las penurias. Pude ver las peores disputas cuando la tertulia se convertía en contradicciones personales, por causa de una hipófisis embadurnada con alcohol. Algunos se convertían en lo que no eran, y otros, en lo que nunca dejaron de ser. Mi nombre, llamado por el primer mundo living room, traducido al español, diría de manera literal: “cuarto vivo”.

Durante muchos años he abrigado el ocio y la diversión. He sido un paso obligado para el recién llegado a casa. Incubé las nuevas amistades; los primeros besos a escondidas, aquellos cuya duración de una millonésima de segundo les hacía sentir astutos frente al monarca de casa. Fui cuidada de manera casi sagrada, para proteger las costosas sedas que cubrían a algunos miembros de mi séquito

En un santiamén, pasé de ser un lugar en donde hasta sus muertos velaban, a un espacio ocupado por un aparato llegado a Colombia en 1954, de la mano de un general, quien sí tenía quién le escribiera. Empecé a extrañar las conversaciones profundas, algunas amorosas, y otras, no tanto, casi en tonos usados por una soprano.

Empecé a ser relegada, ya no podía participar de las mejores decisiones familiares. El polvo que reposaba de manera frecuente en mi piel desapareció, pues ya no era tan exclusiva: ahora, todos permanecían aquí, horas y horas… era la primera vez que, sin convidados, estaba rodeada de todos, acompañada de una soledad inefable.

Las historias dejaron de ser contadas por un ser de carne y hueso; ahora se las narraban miles de pixeles, cuya urdimbre eran unas imágenes capturadas por un celuloide o por una tarjeta electrónica, que ahora eran las encargadas de mostrar a los presentes y en alta definición, lo que creían que tenían en su corazón, o a veces: en sus vísceras.

Los colores, los olores y los sabores se habían vuelto digitales. Ahora los bailes eran danzados por convidados que nunca se postraron sobre mis dominios.

Sin entender mucho sobre la ausencia humana; ipso facto, llamé a nuestra abuela mayor: al contestar mi llamada, lo primero que le pregunté fue por su característica y enorme falda roja de casi 6 metros. “Ahora está menos remangada que de costumbre”, aseveró.

Claramente, ella siempre tuvo la luz que todas queríamos: luz para pasar por diferentes mundos, diferentes emociones, y hasta para trasegar a toda velocidad por un calendario. Con tímido tacto le pregunté: “¿Qué ha pasado en tus dominios?”. Su sabiduría recurrente no me sorprendía, pues los mejores convidados siempre fueron su fuerte. Un poco impaciente y con algo de ansiedad, le formulé de nuevo la pregunta: “¿qué ha pasado en tus dominios?”. Ella, con la sapiencia que siempre le ha caracterizado, me contestó:

- Oí que mis convidados están encerrados. Mi ejército de madera y tela los preguntan a diario; pero de jueves a domingo se inquietan aún peor. No les he querido contar la verdad, y tampoco les he revelado que nuestros convidados están jugando a vernos sin tocarnos, sin olernos, sin sentirnos, tal como lo están haciendo en tu casa.

  • ¡No puede ser! En mi casa no caben tus floreros –impugné–.
  • Sí que caben; las que no caben son las flores que contienen…

Sin entender mucho de lo que la matrona de las salas me quería decir, torpemente interpelé:

- Cuando hablas de flores, ¿te refieres a las que te lanzan tus convidados después de las conversaciones que tienen tus miembros más cercanos en tu piso de tablas de cedro?

Con nobleza, sabiduría y de manera afable, me respondió:

- Veo que estás perdiendo la profundidad, veo que estás pensando digital. A ver, pequeña, escúchame con atención: Mis flores las puedes oler, en aquellos quienes construyen con tornillos enroscados dentro de la sabiduría de sus manos, mundos en donde los convidados imaginan un lugar en el cual se vale soñar y ser otro. Mis flores están en las suaves manos de aquellos que tejen e hilan cada seda o cada terciopelo, con el único objetivo de vestir lo que los convidados anhelan y desvestir sus demonios. Mis flores están en los que iluminan sus ideas, para darles luz en la oscuridad del todo. Esas pintorescas flores están en aquellos, quienes, sobre unas mejillas ajenas, pintan una emoción usando las entrañas de un árbol. Mis flores están en cada báculo con punta de paja, conducido por aquellos que frotan las tablas, para dignificar la suciedad del vertiginoso tumulto. Mis flores están en quienes graban en pentagramas vientos de emociones, golpes de sensaciones y ondas de decepciones, para que retumben en los brazos y en los poros de los convidados; generándoles paroxismos de nostalgia, de alegría y de excitación. Mis flores están en quienes enteran a los convidados, haciendo tocar su campana de la creatividad, para que el ruido llegue a todos. Mis flores están en aquellos a quienes Pitágoras ungió con las fórmulas para hacerlo realidad. Esas flores están en aquellos que con un pabilo como aliado, van y vuelven por cualquier dimensión posible e imposible, con un único medio de transporte para hacerlo: un alfabeto. Y por última: mi flor solitaria, aquella que las une y que logra hacerlas florecer a todas, aquella que a veces parece espinosa y agria; pero que no es más que un polen cargado de sensibilidad y liderazgo, para lograr juntar los pétalos y aromatizar todos mis dominios.

Un poco contrariada y asimilando la información, de nuevo, pregunté:

  • ¿Y el agua para esas flores?

- ¡Son mis actores! Ellos… son el agua que les humedece los sentidos, les ahoga el existencialismo y les refresca el alma a los convidados. Esa agua jamás correrá por los pixeles que desde hace poco te acompañan en tu casa y que emulan mis emociones.

Inmediatamente pensé en nuestra pariente más cercana y cuestioné de nuevo:

  • ¿Y qué va a pasar con nuestra pariente que vive del maíz que estalla en sus dominios?

- Ella… seguirá esperando a los convidados; al igual que yo, sin olvidar que fui la primera en hacer vibrar a las multitudes. ¿Hemos hablado? ¡Claro! Y con mucho respeto y reverencia me ha dicho: “Estoy un poco confundida y contrariada, ¿quieren que el agua de tus flores sea vista en un tamaño minúsculo y como si fuera poco, no pueden beber de ella?”. Y yo, haciendo este momento menos amargo, le contesté: “un poco de agua sucia no le cae mal al sistema inmune”. Reímos como dos locas de atar.

Una vez más, la mamá de todas las salas me daba una lección de sabiduría y me hacía sentir ignorante al querer reunirla desde mis dominios, con mis únicos convidados desde hace ya cuatro meses. Sin embargo, al cerrar mi conversación con ella fue enfática cuando me dijo algo que aún retumba en mis oídos: “Puedes cobrarles por intentar tocar mis flores, pero no les cobres como si fueran a olerlas”.

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Foto: Felipe Vallejo, por Raúl Higuera

 

Felipe Vallejo por Raúl Higuera

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