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La partida

Guayabal del Peñón

Por: Edilson Silva Liévano

Le dicen El Churrusco, y aún vive para contarlo, vive en un pueblo llamado Guayabal del Peñón. El caserío está a cuarenta minutos viajando en una moto que lo lleva desde el pueblo principal, es lo que en Colombia llaman una “inspección de policía”, pero ahora no hay policías, el edifico sí, pero sin policía. El caserío es una cruz de casas con una capilla en la cabecera, ahora parece un gran ancianato, sin niños, sin jóvenes, solo viejos apostillados a lado y lado de la calle. Recientemente cuando el alcalde fue con su comitiva a celebrar el día del niño solo aparecieron diez niños, pero antes del 23 enero del año 2002 el pueblo llegó a tener hasta colegio y aún era posible enamorarse, casarse o construir una familia. El Churrusco estaba en la capilla haciendo lo que mejor le gustaba: “pañetar las paredes, pegar ladrillos, arreglar las tejas, fumar”. Ese día prendía, uno tras otro, cigarrillos marca Pielroja, sin filtro, total, la capilla no estaba de servicio y trabajaba a puerta cerrada para que nadie lo viera; en una grabadora vieja escuchaba música ranchera, Radio Recuerdos, aunque las emisoras interrumpían para dar una avance de noticias, y cuando el suceso era muy importante, se enlazaban una con otras para que el mensaje llegara todo el mundo. Estaba tarareando esa canción que dice: “como las sombras de un fantasma por las noches, cruzando montes, barrancos y poblados, va un hombre triste montado en su caballo, su perro le acompaña rastreando los sembrados, todos dicen, por ahí viene el arracadas, lleva patillas, chamarras de vaquero…” Así que El Churrusco estaba escuchando su música, y de vez en cuando se llevaba un trago a la boca.

“Siempre pensé que todos los hombres empiezan a parecerse, por una u otra razón. Por aquí no era el Arracadas, lo que todos decían era por ahí viene el Zorro.

El Zorro: no era fácil dar con el Zorro, eso cualquier campesino lo sabía. La fuerza pública también lo sabía, y los campesinos habían escuchado de varios zorros a lo largo de violencia. Uno de ellos había nacido en le Dovio, Valle del Cauca hacia 1960, cuatro años del famoso evento de Marquetalia que le daría origen a las FARC. Su nombre completo era Fray David Martínez Salcedo. Su tío Emilson Contreras, alias Jacobo Arenas, uno de los máximos jefes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC-EP. Cuando Fray David que aún no era el Zorro, apenas tenía 16 años, su tío lo sedujo para que entrara en la escuela de cuadros de la organización. Una mañana de 1978, seducido por las ideas del marxismo y el leninismo, marxismo-leninismo juró lealtad a su organización. Razón por la cual no se había presentado a las negociaciones del Caguán que se adelantaban en el 1998 durant el gobierno conservador de Andrés Pastrana, y que ahora, justo ahora, acababan de romperse el 20 de febrero de 2002. Durante ese periodo encontró en el Peñón, una meseta montañosa de la cordillera Oriental, refugio para escabullirse de las tropas que tantos años atrás habían perseguido otras “chusmas”, “otras guerrillas”. El Zorro siempre quiso conocer al otro Zorro, el del Ejército de Liberación Nacional, siempre quiso preguntarle cuál era su marca, pero se murió primero.

“Hacía tres días que lo del Caguán había fracasado, yo estaba en la capilla escuchando mi música y cundo se me acabaron los cigarrillos, me dije, voy a donde doña Julia a comprar unos nuevos. Cuando abrí la puerta me encontré de frente con los paramilitares del bloque Águilas Negras. Unos dos mil hombres habían invadido el pueblo. Y todo eso había pasado como en los últimos veinte minutos porque no hacía poco me había saludado con Idalio y todo parecía normal. Las cosas en este pueblos pasan así, en un abrir y cerrar los ojos. Yo era el único que quedaba del pueblo. Todos los demás de habían ido, pero yo no me había dado por entrado.

“A nosotros nos avisaron como a las dos de la tarde, alguien hizo una llamada desde la Palma-, recuerda doña Julia. La mujer octogenaria reposa en su vieja casona de descanso, cien metros debajo de su tienda, en la esquina del vértice de la cruz; acompañada por su hijo ha decidido hablar de ese día; su esposo se desentiende de las cosas, con la memoria puesta en otros recuerdos, quizá más felices.

“Una vez tuve que enfrentarme al Zorro, porque le fueron con chismes al Zorro, y entonces el Zorro me mandó llevar al centro de la plaza. Y yo le dije: Mire Zorro, si me va matar, máteme aquí, delante de mi familia, de mi gente, porque usted no me va a hacer lo que le hicieron a la Cecilia, que la mataron en la montaña y nunca supimos dónde dejaron el cadáver. Entonces el Zorro me miró con rabia, y me dijo: “Sabe una cosa Julia, no la mató porque usted habla como mi mamá, y usted es tan verraca como ella”.

Por esos días los guerrilleros de el Zorro habían volado los puentes de la vía principal que llevaba los buses de Bogotá a la Palma a lo largo del río Negro, a la altura de Charco Largo. Entonces la empresa de buses desviaba por esa trocha en lo alto de la cordillera que atravesaba varios ríos y montañas. Cuando los buses llegaban a Guayabal, bajaban a la gente, cobraban la vacuna, una especie de peaje para poder transitar. Ese día tenían los buses ahí, y del mismo modo que la noticia le llegó a la gente del pueblo, también le llegó a los paramilitares. La loma del cementerio servía de torre de vigía, pues desde allí podía divisarse a lo lejos los hombres que venían por los caminos o la trocha que llaman carretera. Cuando el campanero de los guerrilleros vio la mancha de hombres que avanzaba a lo lejos avisaron a los suyos y al pueblo. Calcularon que en 20 minutos estarían ahí, así que eso fue lo que le dieron a la gente para abandonar el pueblo: ¡Aquí habrá una guerra! Gritó el Zorro. Doña Julia estaba en la tienda, solo se percató de decirle a su marido: “Toma el dinero de la junta de acción comunal y el de la tienda, y súbase al primer bus, voy a la casa”. Era como un torbellino de gente que revoleteaba de un lado para otro, unos apresuraban el paso para ir por sus hijos que estaban en las casas, ajenos a los que estaba pasando, otros de paso le gritaban al vecino. Las personas sacaban los animales a la calle, ya fueran pájaros, perros, gatos, cerdos, vacas o caballos, la idea era dejarlos libres para que tomaran camino y pudieran sobrevivir. Puertas que se abren, puertas que se cierran, ventanas que se corren, voces en bajo que cunden la alarma, llanticos someros. Alguien dice: ¡De por Dios, díganle a Julita que le apure, que los buses ya se van! Julita con unas pocas cosas en una maleta, el corazón que se le quiere salir, ya era una mujer avanzada en años y los pasos se le acortaban, trémulos entre resuellos entrecortados, ahogada en rabia y miedo. Apenas sí pudo contestarle una llamada a su hijo que desde Bogotá estaba a punto de enloquecer: ¡Hijo, nos matan, que nos matan, vienen las Águilas Negras, vienen las Águilas! Y no pudo pronunciar palabra más, palabra menos. Sentada en el bus, aferrada a la mano de su marido, a Julita le pareció que los años se le habían vuelto a atrás, a 1954 cuando su padre las llevaba a ella y su hermana Eda metidas en un camión para escapar de la policía conservadora que andaba persiguiendo la “chusma liberal”, quemando pueblos “cachiporros”. Otra vez la desazón de no saber a dónde ir, en qué va a parar todo esto.

“Lloré, mijo, me quedé sin aliento. No podía respirar, pero es que dígame en qué país, al nacer lo recibe una guerra, y al morir lo despide otra. Díganme, en qué lugar del mundo la tierra pare gente tan desalmada, tan cruel, tan mala. Eso no tiene presentación.

Con la prisa doña Julita había apagado el celular, y vino a darse cuenta cuando ya los buses llegaban al Peñón para pedir refugio del que quisiera brindarles, correr el riesgo.

“Cuando íbamos llegando al Peñón, le pregunté a mi marido: "¿Mijo, trajo el dinero?". Y él, como desconsolado, mi miró y me dijo: “Ay Julia, yo solo traje esto”. Abrió la mano y me mostró un puñado de monedas. Todo se había quedado en la tienda. Pasamos la noche en colchonetas que la gente reunió en el Colegio Antonio Nariño, los que no cupieron ahí se fueron la Policarpa Salavarrrieta. De pronto alguien gritaba a la altura de Monserrate: ¡No me maten, de por Dios, no me maten¡ Era El churrusco.

“Cuando salí de la capilla iba camino a la tienda de Julia. Me encañonaron, y uno de los “paras” me tiró contra el piso y me puso el pie en la nuca. ¡Dónde están esos hijueputas guerrilleros! Yo les gritaba que no sabía nada, que había visto gente extraña, sí, pero que hacía unos días que se habían ido, que no sabía nada, que yo solo era un monaguillo de una capilla sin cura. Entonces me hacían disparos y los fogonazos a quemarropa me chamuscaron la camisa, el cabello de la cabeza y una pierna. Uno de ellos me preguntó si quería vivir: ¡Se lo suplico señor, no me mate! Y ese hombre me dijo: Que los pies le den al culo, pero vaya y dígales a esos guerrilleros hijueputas, que los vamos a matar a todos. Vamos a contar a hasta cinco para no verlo más. Uno, dos, tres… Salí como alma que lleva el diablo, las balas me hacían trastabillar lo mismo que las piedras de la trocha, pero sobreviví. Lloré abrazado de Julita. Ella me consoló como si yo fuera un niño, como si ella fuera mi madre. Yo que era un hombre, yo que tanto gustaba del Arracadas, pero le tenía miedo a el Zorro.

OPINIÓN

ACTUALIDAD

La partida

Guayabal del Peñón

Por: Edilson Silva Liévano

Le dicen El Churrusco, y aún vive para contarlo, vive en un pueblo llamado Guayabal del Peñón. El caserío está a cuarenta minutos viajando en una moto que lo lleva desde el pueblo principal, es lo que en Colombia llaman una “inspección de policía”, pero ahora no hay policías, el edifico sí, pero sin policía. El caserío es una cruz de casas con una capilla en la cabecera, ahora parece un gran ancianato, sin niños, sin jóvenes, solo viejos apostillados a lado y lado de la calle. Recientemente cuando el alcalde fue con su comitiva a celebrar el día del niño solo aparecieron diez niños, pero antes del 23 enero del año 2002 el pueblo llegó a tener hasta colegio y aún era posible enamorarse, casarse o construir una familia. El Churrusco estaba en la capilla haciendo lo que mejor le gustaba: “pañetar las paredes, pegar ladrillos, arreglar las tejas, fumar”. Ese día prendía, uno tras otro, cigarrillos marca Pielroja, sin filtro, total, la capilla no estaba de servicio y trabajaba a puerta cerrada para que nadie lo viera; en una grabadora vieja escuchaba música ranchera, Radio Recuerdos, aunque las emisoras interrumpían para dar una avance de noticias, y cuando el suceso era muy importante, se enlazaban una con otras para que el mensaje llegara todo el mundo. Estaba tarareando esa canción que dice: “como las sombras de un fantasma por las noches, cruzando montes, barrancos y poblados, va un hombre triste montado en su caballo, su perro le acompaña rastreando los sembrados, todos dicen, por ahí viene el arracadas, lleva patillas, chamarras de vaquero…” Así que El Churrusco estaba escuchando su música, y de vez en cuando se llevaba un trago a la boca.

“Siempre pensé que todos los hombres empiezan a parecerse, por una u otra razón. Por aquí no era el Arracadas, lo que todos decían era por ahí viene el Zorro.

El Zorro: no era fácil dar con el Zorro, eso cualquier campesino lo sabía. La fuerza pública también lo sabía, y los campesinos habían escuchado de varios zorros a lo largo de violencia. Uno de ellos había nacido en le Dovio, Valle del Cauca hacia 1960, cuatro años del famoso evento de Marquetalia que le daría origen a las FARC. Su nombre completo era Fray David Martínez Salcedo. Su tío Emilson Contreras, alias Jacobo Arenas, uno de los máximos jefes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC-EP. Cuando Fray David que aún no era el Zorro, apenas tenía 16 años, su tío lo sedujo para que entrara en la escuela de cuadros de la organización. Una mañana de 1978, seducido por las ideas del marxismo y el leninismo, marxismo-leninismo juró lealtad a su organización. Razón por la cual no se había presentado a las negociaciones del Caguán que se adelantaban en el 1998 durant el gobierno conservador de Andrés Pastrana, y que ahora, justo ahora, acababan de romperse el 20 de febrero de 2002. Durante ese periodo encontró en el Peñón, una meseta montañosa de la cordillera Oriental, refugio para escabullirse de las tropas que tantos años atrás habían perseguido otras “chusmas”, “otras guerrillas”. El Zorro siempre quiso conocer al otro Zorro, el del Ejército de Liberación Nacional, siempre quiso preguntarle cuál era su marca, pero se murió primero.

“Hacía tres días que lo del Caguán había fracasado, yo estaba en la capilla escuchando mi música y cundo se me acabaron los cigarrillos, me dije, voy a donde doña Julia a comprar unos nuevos. Cuando abrí la puerta me encontré de frente con los paramilitares del bloque Águilas Negras. Unos dos mil hombres habían invadido el pueblo. Y todo eso había pasado como en los últimos veinte minutos porque no hacía poco me había saludado con Idalio y todo parecía normal. Las cosas en este pueblos pasan así, en un abrir y cerrar los ojos. Yo era el único que quedaba del pueblo. Todos los demás de habían ido, pero yo no me había dado por entrado.

“A nosotros nos avisaron como a las dos de la tarde, alguien hizo una llamada desde la Palma-, recuerda doña Julia. La mujer octogenaria reposa en su vieja casona de descanso, cien metros debajo de su tienda, en la esquina del vértice de la cruz; acompañada por su hijo ha decidido hablar de ese día; su esposo se desentiende de las cosas, con la memoria puesta en otros recuerdos, quizá más felices.

“Una vez tuve que enfrentarme al Zorro, porque le fueron con chismes al Zorro, y entonces el Zorro me mandó llevar al centro de la plaza. Y yo le dije: Mire Zorro, si me va matar, máteme aquí, delante de mi familia, de mi gente, porque usted no me va a hacer lo que le hicieron a la Cecilia, que la mataron en la montaña y nunca supimos dónde dejaron el cadáver. Entonces el Zorro me miró con rabia, y me dijo: “Sabe una cosa Julia, no la mató porque usted habla como mi mamá, y usted es tan verraca como ella”.

Por esos días los guerrilleros de el Zorro habían volado los puentes de la vía principal que llevaba los buses de Bogotá a la Palma a lo largo del río Negro, a la altura de Charco Largo. Entonces la empresa de buses desviaba por esa trocha en lo alto de la cordillera que atravesaba varios ríos y montañas. Cuando los buses llegaban a Guayabal, bajaban a la gente, cobraban la vacuna, una especie de peaje para poder transitar. Ese día tenían los buses ahí, y del mismo modo que la noticia le llegó a la gente del pueblo, también le llegó a los paramilitares. La loma del cementerio servía de torre de vigía, pues desde allí podía divisarse a lo lejos los hombres que venían por los caminos o la trocha que llaman carretera. Cuando el campanero de los guerrilleros vio la mancha de hombres que avanzaba a lo lejos avisaron a los suyos y al pueblo. Calcularon que en 20 minutos estarían ahí, así que eso fue lo que le dieron a la gente para abandonar el pueblo: ¡Aquí habrá una guerra! Gritó el Zorro. Doña Julia estaba en la tienda, solo se percató de decirle a su marido: “Toma el dinero de la junta de acción comunal y el de la tienda, y súbase al primer bus, voy a la casa”. Era como un torbellino de gente que revoleteaba de un lado para otro, unos apresuraban el paso para ir por sus hijos que estaban en las casas, ajenos a los que estaba pasando, otros de paso le gritaban al vecino. Las personas sacaban los animales a la calle, ya fueran pájaros, perros, gatos, cerdos, vacas o caballos, la idea era dejarlos libres para que tomaran camino y pudieran sobrevivir. Puertas que se abren, puertas que se cierran, ventanas que se corren, voces en bajo que cunden la alarma, llanticos someros. Alguien dice: ¡De por Dios, díganle a Julita que le apure, que los buses ya se van! Julita con unas pocas cosas en una maleta, el corazón que se le quiere salir, ya era una mujer avanzada en años y los pasos se le acortaban, trémulos entre resuellos entrecortados, ahogada en rabia y miedo. Apenas sí pudo contestarle una llamada a su hijo que desde Bogotá estaba a punto de enloquecer: ¡Hijo, nos matan, que nos matan, vienen las Águilas Negras, vienen las Águilas! Y no pudo pronunciar palabra más, palabra menos. Sentada en el bus, aferrada a la mano de su marido, a Julita le pareció que los años se le habían vuelto a atrás, a 1954 cuando su padre las llevaba a ella y su hermana Eda metidas en un camión para escapar de la policía conservadora que andaba persiguiendo la “chusma liberal”, quemando pueblos “cachiporros”. Otra vez la desazón de no saber a dónde ir, en qué va a parar todo esto.

“Lloré, mijo, me quedé sin aliento. No podía respirar, pero es que dígame en qué país, al nacer lo recibe una guerra, y al morir lo despide otra. Díganme, en qué lugar del mundo la tierra pare gente tan desalmada, tan cruel, tan mala. Eso no tiene presentación.

Con la prisa doña Julita había apagado el celular, y vino a darse cuenta cuando ya los buses llegaban al Peñón para pedir refugio del que quisiera brindarles, correr el riesgo.

“Cuando íbamos llegando al Peñón, le pregunté a mi marido: "¿Mijo, trajo el dinero?". Y él, como desconsolado, mi miró y me dijo: “Ay Julia, yo solo traje esto”. Abrió la mano y me mostró un puñado de monedas. Todo se había quedado en la tienda. Pasamos la noche en colchonetas que la gente reunió en el Colegio Antonio Nariño, los que no cupieron ahí se fueron la Policarpa Salavarrrieta. De pronto alguien gritaba a la altura de Monserrate: ¡No me maten, de por Dios, no me maten¡ Era El churrusco.

“Cuando salí de la capilla iba camino a la tienda de Julia. Me encañonaron, y uno de los “paras” me tiró contra el piso y me puso el pie en la nuca. ¡Dónde están esos hijueputas guerrilleros! Yo les gritaba que no sabía nada, que había visto gente extraña, sí, pero que hacía unos días que se habían ido, que no sabía nada, que yo solo era un monaguillo de una capilla sin cura. Entonces me hacían disparos y los fogonazos a quemarropa me chamuscaron la camisa, el cabello de la cabeza y una pierna. Uno de ellos me preguntó si quería vivir: ¡Se lo suplico señor, no me mate! Y ese hombre me dijo: Que los pies le den al culo, pero vaya y dígales a esos guerrilleros hijueputas, que los vamos a matar a todos. Vamos a contar a hasta cinco para no verlo más. Uno, dos, tres… Salí como alma que lleva el diablo, las balas me hacían trastabillar lo mismo que las piedras de la trocha, pero sobreviví. Lloré abrazado de Julita. Ella me consoló como si yo fuera un niño, como si ella fuera mi madre. Yo que era un hombre, yo que tanto gustaba del Arracadas, pero le tenía miedo a el Zorro.

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