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El abrazo del coronavirus

El abrazo del coronavirus

Por: Daniela Sánchez Martínez

Era 6 de marzo pasado, y transcurría un día común y corriente en Leticia, Amazonas. Eran alrededor de las 5 de la tarde, el calor se había evaporado y la humedad ascendía, penetraba en la piel, pero creaba un ambiente perfecto para acompañar la vista de los cientos de árboles moviendo sus ramas por el suave soplar del viento y el hermoso atardecer que solo en la bella Amazonía se puede admirar.

Y perdidos entre el radiante color naranja del atardecer se empezaban a distinguir unos pequeños puntitos negros que poco a poco se iban acercando e iban descendiendo de los cielos extensos e infinitos. De un momento a otro, la completa calma se convertía en un espectáculo de miles de loros que a las 5:30 en punto llegan sin falta cada día a demostrar su belleza, danzando y cantando sobre los turistas que se quedan extasiados viendo semejante espectáculo por casi una hora. Para los leticianos es pan de todos los días, pero no deja de formar parte de la hermosa identidad del pueblo amazónico. De esta manera se iba acabando un día más en la punta sur de Colombia, famosa por su paz, tranquilidad, belleza y múltiples turistas, que aunque eran pocos, por la temporada baja, no dejaban de admirarse por la exquisita cultura de la región.

De pronto, después de los quehaceres rutinarios del día, las noticias empezaban a asomar en todos los locales alrededor del parque de los loros. Mientras estos animales de color negro, amarillo y verde seguían cantando al fondo, los leticianos, que esperaban llegar a su casa como cualquier otro día, se encontraban con una noticia que esperaban que nunca fuera a llegar: el coronavirus había llegado al país. Todo el “alboroto” se centraba en Bogotá, ciudad que tenía el primer caso, y aunque era un acontecimiento preocupante, la región amazónica seguía su curso habitual por casi más de un mes. Los comerciantes seguían vendiendo, el turismo había disminuido aún más, así que no había mucho que hacer; sin embargo, los loros seguían llegando sin falta cada día al centro de Leticia para demostrarles a los ciudadanos que todo seguía su rumbo.

Esta tranquilidad inquietante se acabó el 14 de abril, cuando el mundo ya estaba sumergido en una pandemia incesante y los colombianos se encontraban aislados desde hacía varias semanas. En la Amazonía lo indeseable había llegado. El primer caso de coronavirus estaba entrando como un intruso en las calles de Leticia; ya había sucedido en Tabatinga, el pueblo hermano brasilero, separado tan solo por un bache, pero ese bache se convertía en un posible enemigo, ya que las personas de las dos ciudades lo único que no compartían era el país al que pertenecían. Los leticianos, como en muchas ocasiones, creyeron que su aislamiento constante del resto del país, en este caso sería positivo, pero lo positivo se dio cuando un hombre de 26 años, sin síntomas aparentes, se convirtió en el primer contagiado de esta ciudad.

Los doctores de la ciudad empezaban a entrar en pánico pues sabían que sus dos centros de salud de segundo nivel, el Hospital San Rafael y la Fundación Clínica Leticia, y el poco personal no iban a ser capaz de apaciguar un virus que se expandía sin clamor alrededor del mundo. Los indígenas sabían que la madre tierra que siempre los protegía, posiblemente no podría hacerlo en esta ocasión. La continua interacción de las personas en esta pequeña ciudad ahora se convertía en una prohibición, los unos veían como amenaza a cualquiera que se acercara y, así, en menos de 2 semanas, la vida de la capital amazónica de Colombia cambió en un dos por tres.

Los loros seguían llegando al centro de Leticia para demostrar su belleza, pero ya no podían ser admirados por nadie, ni por turistas, ni por familias, ni por comerciantes, que habían tenido que esconderse en sus casas, como si de un maleficio se tratara, queriendo arrasar con todo lo que se cruzara por el camino.

Los médicos, desesperados, veían como llegaban más y más casos de Covid-19 mientras tenían otros esperando para ser confirmados, varios de ellos incluso tuvieron que ser tomados en tubos de ensayo usados porque no había más insumos. En menos de 15 días, ya habían más de 77 contagiados y 3 muertos, algunos habían aparecido en la calle, generando cada vez más pánico que no estaba subestimado pues, en un abrir y cerrar de ojos, la población que se había desarrollado entre el hermoso verde de los bosques, el cantar de los pájaros, la espesura del inmenso río Amazonas y la pureza de la cultura indígena, se convertía en la más afectada de Colombia y posiblemente la más desprotegida.

Ahora los pocos doctores que hay en Leticia empiezan a abandonar sus labores, no por falta de solidaridad o profesionalismo, simplemente porque, al igual que todos los demás habitantes, son personas vulnerables al virus e incluso en una mayor medida y deben protegerse, a sí mismos y a sus familias. No tienen las formas para responder antes semejante crisis y tampoco reciben la ayuda necesaria por parte del gobierno. Lo cierto es que la situación se torna cada vez más incierta y preocupante. Los contagios siguen llegando, los muertos aumentando, los médicos desfalleciendo y los de las gafas cada vez son más.

Hasta el momento, los leticianos siguen esperando un milagro, ya sea del gobierno, de la medicina o, si es necesario, y tal vez más eficaz, de la madre tierra, a ella se aferran para poder volver a disfrutar todos juntos de la hermosa vista de los loros bailando, cantando y uniendo de nuevo a un pueblo con una riqueza mágica.

 

Foto: Antonio Bolívar, actor de "El abrazo de la serpiente", quien falleció afectado por el coronavirus.

Video “Loros en Parque Santander, Leticia, Colombia”: Camilo Ortega P., tomado de https://www.youtube.com/watch?v=lKuvFJI9FfM

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El abrazo del coronavirus

El abrazo del coronavirus

Por: Daniela Sánchez Martínez

Era 6 de marzo pasado, y transcurría un día común y corriente en Leticia, Amazonas. Eran alrededor de las 5 de la tarde, el calor se había evaporado y la humedad ascendía, penetraba en la piel, pero creaba un ambiente perfecto para acompañar la vista de los cientos de árboles moviendo sus ramas por el suave soplar del viento y el hermoso atardecer que solo en la bella Amazonía se puede admirar.

Y perdidos entre el radiante color naranja del atardecer se empezaban a distinguir unos pequeños puntitos negros que poco a poco se iban acercando e iban descendiendo de los cielos extensos e infinitos. De un momento a otro, la completa calma se convertía en un espectáculo de miles de loros que a las 5:30 en punto llegan sin falta cada día a demostrar su belleza, danzando y cantando sobre los turistas que se quedan extasiados viendo semejante espectáculo por casi una hora. Para los leticianos es pan de todos los días, pero no deja de formar parte de la hermosa identidad del pueblo amazónico. De esta manera se iba acabando un día más en la punta sur de Colombia, famosa por su paz, tranquilidad, belleza y múltiples turistas, que aunque eran pocos, por la temporada baja, no dejaban de admirarse por la exquisita cultura de la región.

De pronto, después de los quehaceres rutinarios del día, las noticias empezaban a asomar en todos los locales alrededor del parque de los loros. Mientras estos animales de color negro, amarillo y verde seguían cantando al fondo, los leticianos, que esperaban llegar a su casa como cualquier otro día, se encontraban con una noticia que esperaban que nunca fuera a llegar: el coronavirus había llegado al país. Todo el “alboroto” se centraba en Bogotá, ciudad que tenía el primer caso, y aunque era un acontecimiento preocupante, la región amazónica seguía su curso habitual por casi más de un mes. Los comerciantes seguían vendiendo, el turismo había disminuido aún más, así que no había mucho que hacer; sin embargo, los loros seguían llegando sin falta cada día al centro de Leticia para demostrarles a los ciudadanos que todo seguía su rumbo.

Esta tranquilidad inquietante se acabó el 14 de abril, cuando el mundo ya estaba sumergido en una pandemia incesante y los colombianos se encontraban aislados desde hacía varias semanas. En la Amazonía lo indeseable había llegado. El primer caso de coronavirus estaba entrando como un intruso en las calles de Leticia; ya había sucedido en Tabatinga, el pueblo hermano brasilero, separado tan solo por un bache, pero ese bache se convertía en un posible enemigo, ya que las personas de las dos ciudades lo único que no compartían era el país al que pertenecían. Los leticianos, como en muchas ocasiones, creyeron que su aislamiento constante del resto del país, en este caso sería positivo, pero lo positivo se dio cuando un hombre de 26 años, sin síntomas aparentes, se convirtió en el primer contagiado de esta ciudad.

Los doctores de la ciudad empezaban a entrar en pánico pues sabían que sus dos centros de salud de segundo nivel, el Hospital San Rafael y la Fundación Clínica Leticia, y el poco personal no iban a ser capaz de apaciguar un virus que se expandía sin clamor alrededor del mundo. Los indígenas sabían que la madre tierra que siempre los protegía, posiblemente no podría hacerlo en esta ocasión. La continua interacción de las personas en esta pequeña ciudad ahora se convertía en una prohibición, los unos veían como amenaza a cualquiera que se acercara y, así, en menos de 2 semanas, la vida de la capital amazónica de Colombia cambió en un dos por tres.

Los loros seguían llegando al centro de Leticia para demostrar su belleza, pero ya no podían ser admirados por nadie, ni por turistas, ni por familias, ni por comerciantes, que habían tenido que esconderse en sus casas, como si de un maleficio se tratara, queriendo arrasar con todo lo que se cruzara por el camino.

Los médicos, desesperados, veían como llegaban más y más casos de Covid-19 mientras tenían otros esperando para ser confirmados, varios de ellos incluso tuvieron que ser tomados en tubos de ensayo usados porque no había más insumos. En menos de 15 días, ya habían más de 77 contagiados y 3 muertos, algunos habían aparecido en la calle, generando cada vez más pánico que no estaba subestimado pues, en un abrir y cerrar de ojos, la población que se había desarrollado entre el hermoso verde de los bosques, el cantar de los pájaros, la espesura del inmenso río Amazonas y la pureza de la cultura indígena, se convertía en la más afectada de Colombia y posiblemente la más desprotegida.

Ahora los pocos doctores que hay en Leticia empiezan a abandonar sus labores, no por falta de solidaridad o profesionalismo, simplemente porque, al igual que todos los demás habitantes, son personas vulnerables al virus e incluso en una mayor medida y deben protegerse, a sí mismos y a sus familias. No tienen las formas para responder antes semejante crisis y tampoco reciben la ayuda necesaria por parte del gobierno. Lo cierto es que la situación se torna cada vez más incierta y preocupante. Los contagios siguen llegando, los muertos aumentando, los médicos desfalleciendo y los de las gafas cada vez son más.

Hasta el momento, los leticianos siguen esperando un milagro, ya sea del gobierno, de la medicina o, si es necesario, y tal vez más eficaz, de la madre tierra, a ella se aferran para poder volver a disfrutar todos juntos de la hermosa vista de los loros bailando, cantando y uniendo de nuevo a un pueblo con una riqueza mágica.

 

Foto: Antonio Bolívar, actor de "El abrazo de la serpiente", quien falleció afectado por el coronavirus.

Video “Loros en Parque Santander, Leticia, Colombia”: Camilo Ortega P., tomado de https://www.youtube.com/watch?v=lKuvFJI9FfM

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