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Aventurero

Ojo

Por: Nicolás Suárez Aldana

Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, así es como nos han representado la existencia de los seres vivos, pero ¿en qué momento empiezo a vivir?

Desde que somos niños nos hemos acostumbrado a que nuestra vida debe ser manipulada por ese ente externo al cual tenemos que ver en la cima; los padres, eligen qué comemos, cómo nos vestimos y de manera arbitraria eligen qué debemos adorar. En los más remotos recuerdos de mi niñez, sobresalía un pensamiento, un afán de darle explicación a todo, ¿mamá, por qué tenemos que dar un diezmo?, ¿Por qué yo tengo un PlayStation y otros niños no tienen nada que comer?, preguntas que no son tan fáciles de responder y mi madre daba su versión de los hechos y convencido o no me mostraba satisfecho. El tiempo siguió corriendo y a los cinco años mis padres me amarraron en aquella banda trasportadora que me movilizaría cíclicamente por los próximos doce años, lo único que recuerdo es que dicho artefacto de la época de la inquisición se apretaba cada vez más al momento de celebrar una vuelta a nuestra estrella, la que nos proporciona luz y calor. Bien dicen que “a todo se acostumbra el hombre, menos al hambre”, uno termina encariñándose con su torturador.

Entendí que cada sacrificio tendría una recompensa en el porvenir, aprendí a arder cada instante de libertad, caminé por lugares donde nunca imaginé pisar, me aventuré en hacer de mi vida un poco menos monótona de lo que estaba acostumbrado, conocí gente que impactó mi existencia, me dejé perforar el corazón por el indoloro piquete del amor, pero sobre todo aprendí a deleitarme de estar acompañado conmigo mismo. Este párrafo es solo un poco de lo bello y utópico que quise que fuera mi adolescencia.

Mi estancia en dicha banda trasportadora se veía culminada con ese vago trofeo de papel, el mismo que hoy acumula polvo en algún lado bajo mi cama. En ese momento solo me preguntaba una cosa, ¿valió la pena?, ¿en realidad mi esfuerzo, sacrificio, tiempo, lágrimas en muchos casos, mi juventud y mis ideas pueden valer lo mismo que el folio y la tinta con que muy ilustremente dibujaron mi nombre? El día del grado me di cuenta de que no era más que un triunfo vacío, que esa alegría que decían que recorría todo tu cuerpo jamás llego a mí, muchas veces pensamos solamente en la meta sin saber que la fortuna está en el recorrido.

Mis sueños y objetivos se veían siempre frustrados por la necesidad de garantizar un futuro económicamente rentable, pero a riesgo de sonar como un tarado, una periodista de RCN Radio me dijo: “la radio es una cuestión de pasión, pues de esto no se vive”. Mi mente en ese momento se iluminó, me dije a mí mismo, ¿quiero ser igual al resto o hacer de mi vida un experimento, en el que vamos a hacer que el resultado valga la pena? Así es como entré a estudiar algo fuera de lo común, al menos dentro de los ideales de mis padres, y llegué al lugar donde vive la universalidad de conocimientos, llegué a mi alma máter, donde quería desaprender todo y cultivar pensamientos nuevos.

La vida da muchas vueltas, el mundo me ilusionó con la idea de haber soltado dichas correas, pero no fue así, no sabía que debía estar condenado a cargarlas toda la vida, pasé de estar subordinado a mis maestros, mi jefe y mi presidente. Cansado de desayunar migajas y trabajar montones, decidí volver a aquellos ideales que me impulsaron a estudiar comunicación social, volvió a mí la frase que trascendió el tiempo, “hacer que valga la pena”, y renuncié a todo.

Decidí alienarme y vivir mi sueño, capturar por medio de un lente la magia que trae cada amanecer, caminar por el mundo en búsqueda de nuevas aventuras, ahí fue cuando me di cuenta de las consecuencias que lleva ser un soñador apasionado, pronto el castillo de naipes que había construido se vino abajo, mi círculo de confort se hacía cada vez más pequeño, pero yo seguía firme. Entendí que, si no valía la pena morir por la vida que tenía, entones tampoco valía la pena vivir por eso.

Hoy no soy más que parte de una ciudad que está a 2600 metros más cerca de las estrellas, sin pensarlo dicha acción me llevó a ser la persona más rica de toda la capital, mi casa está ubicada al norte y al sur, puedo dormir si quiero en un lado diferente los 365 días del año, y mi cama es patrocinada por Samsung o LG; solo puedo decir que es como despertar entre las flores. Así es como vivo mi vida, capturando recuerdos en mi mente, caminado sin rumbo fijo como una polilla, dándole colores a nuestra lúgubre realidad, poniendo una sonrisa a cada ser humano que me cruzo por mi camino, aun así, la vida me recompensa con miradas de odio, comentarios denigrantes y sin una sola moneda al final del día.

Puedo decir que valió la pena, puedo vivir mis sueños sin límites de cordura, puedo ser lo que siempre quise ser: la fantástica ave que vuela libre y dibuja en el cielo una sonrisa, buscando cada madrugada alcanzar el sol.

Nicolás Suárez Aldana

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Aventurero

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Por: Nicolás Suárez Aldana

Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, así es como nos han representado la existencia de los seres vivos, pero ¿en qué momento empiezo a vivir?

Desde que somos niños nos hemos acostumbrado a que nuestra vida debe ser manipulada por ese ente externo al cual tenemos que ver en la cima; los padres, eligen qué comemos, cómo nos vestimos y de manera arbitraria eligen qué debemos adorar. En los más remotos recuerdos de mi niñez, sobresalía un pensamiento, un afán de darle explicación a todo, ¿mamá, por qué tenemos que dar un diezmo?, ¿Por qué yo tengo un PlayStation y otros niños no tienen nada que comer?, preguntas que no son tan fáciles de responder y mi madre daba su versión de los hechos y convencido o no me mostraba satisfecho. El tiempo siguió corriendo y a los cinco años mis padres me amarraron en aquella banda trasportadora que me movilizaría cíclicamente por los próximos doce años, lo único que recuerdo es que dicho artefacto de la época de la inquisición se apretaba cada vez más al momento de celebrar una vuelta a nuestra estrella, la que nos proporciona luz y calor. Bien dicen que “a todo se acostumbra el hombre, menos al hambre”, uno termina encariñándose con su torturador.

Entendí que cada sacrificio tendría una recompensa en el porvenir, aprendí a arder cada instante de libertad, caminé por lugares donde nunca imaginé pisar, me aventuré en hacer de mi vida un poco menos monótona de lo que estaba acostumbrado, conocí gente que impactó mi existencia, me dejé perforar el corazón por el indoloro piquete del amor, pero sobre todo aprendí a deleitarme de estar acompañado conmigo mismo. Este párrafo es solo un poco de lo bello y utópico que quise que fuera mi adolescencia.

Mi estancia en dicha banda trasportadora se veía culminada con ese vago trofeo de papel, el mismo que hoy acumula polvo en algún lado bajo mi cama. En ese momento solo me preguntaba una cosa, ¿valió la pena?, ¿en realidad mi esfuerzo, sacrificio, tiempo, lágrimas en muchos casos, mi juventud y mis ideas pueden valer lo mismo que el folio y la tinta con que muy ilustremente dibujaron mi nombre? El día del grado me di cuenta de que no era más que un triunfo vacío, que esa alegría que decían que recorría todo tu cuerpo jamás llego a mí, muchas veces pensamos solamente en la meta sin saber que la fortuna está en el recorrido.

Mis sueños y objetivos se veían siempre frustrados por la necesidad de garantizar un futuro económicamente rentable, pero a riesgo de sonar como un tarado, una periodista de RCN Radio me dijo: “la radio es una cuestión de pasión, pues de esto no se vive”. Mi mente en ese momento se iluminó, me dije a mí mismo, ¿quiero ser igual al resto o hacer de mi vida un experimento, en el que vamos a hacer que el resultado valga la pena? Así es como entré a estudiar algo fuera de lo común, al menos dentro de los ideales de mis padres, y llegué al lugar donde vive la universalidad de conocimientos, llegué a mi alma máter, donde quería desaprender todo y cultivar pensamientos nuevos.

La vida da muchas vueltas, el mundo me ilusionó con la idea de haber soltado dichas correas, pero no fue así, no sabía que debía estar condenado a cargarlas toda la vida, pasé de estar subordinado a mis maestros, mi jefe y mi presidente. Cansado de desayunar migajas y trabajar montones, decidí volver a aquellos ideales que me impulsaron a estudiar comunicación social, volvió a mí la frase que trascendió el tiempo, “hacer que valga la pena”, y renuncié a todo.

Decidí alienarme y vivir mi sueño, capturar por medio de un lente la magia que trae cada amanecer, caminar por el mundo en búsqueda de nuevas aventuras, ahí fue cuando me di cuenta de las consecuencias que lleva ser un soñador apasionado, pronto el castillo de naipes que había construido se vino abajo, mi círculo de confort se hacía cada vez más pequeño, pero yo seguía firme. Entendí que, si no valía la pena morir por la vida que tenía, entones tampoco valía la pena vivir por eso.

Hoy no soy más que parte de una ciudad que está a 2600 metros más cerca de las estrellas, sin pensarlo dicha acción me llevó a ser la persona más rica de toda la capital, mi casa está ubicada al norte y al sur, puedo dormir si quiero en un lado diferente los 365 días del año, y mi cama es patrocinada por Samsung o LG; solo puedo decir que es como despertar entre las flores. Así es como vivo mi vida, capturando recuerdos en mi mente, caminado sin rumbo fijo como una polilla, dándole colores a nuestra lúgubre realidad, poniendo una sonrisa a cada ser humano que me cruzo por mi camino, aun así, la vida me recompensa con miradas de odio, comentarios denigrantes y sin una sola moneda al final del día.

Puedo decir que valió la pena, puedo vivir mis sueños sin límites de cordura, puedo ser lo que siempre quise ser: la fantástica ave que vuela libre y dibuja en el cielo una sonrisa, buscando cada madrugada alcanzar el sol.

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