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A los 30 años de la reincorporación del M-19: De salida… ¿o de entrada?

Crónica incluida en el libro "Anecdotario de mis guerras", al conmemorarse 30 años de la reincorporación del M-19 a la vida civil

M19 Santo Domingo 8 marzo 1990

Por: Javier Correa Correa

Ocho buses de pueblo, cargados de esperanzas, dejaban atrás un año de campamento. Seguía un viaje largo, silencioso, de angustias y temores, de expectativas, de polvo desprendido de la empinada carretera que desciende al valle del río Cauca, de pañoletas amarillas-azules-rojas, de despedidas. Solo una lágrima. La de la anciana que, desde la puerta de su choza campesina, decía adiós con la mano. O, sin que nadie más lo supiera, le decía algo a Dios.

No voltear a mirar atrás. Solo al futuro y, algunas veces, a los lados para detallar las tanquetas con soldados que aguardaban a que los 300 guerrilleros desocuparan Santo Domingo, para subir ellos a desandar los pasos de la primera guerrilla que se desmoviliza desde cuando el general Duarte Blum recibió los fusiles a los liberales en los Llanos Orientales, por allá en 1953.

No hubo, siquiera, guayabo. Pese a que la víspera, y violando la propia ley seca, los “guerrillos” se habían despedido de las armas disparando los últimos cartuchos –veinte mil– y tomándose unos tragos en la única tienda en la que quedaba aguardiente. Unos pocos no pudieron tomar, los que hacían la guardia postrera en la fría noche caucana.

Era el viernes 9 de marzo, a las doce del día y tres minutos, cuando inició la marcha el primer bus, que en su puerta de emergencia tenía dibujada una efigie del Che Guevara. Tras ese bus, arrancaron siete más, y cinco camperos ocupados por los comandantes Otti Patiño, Arjaid Artunduaga, Libardo Parra –Óscar– y Carlos Erazo –Nicolás–, así como por periodistas de varios medios de comunicación nacionales y extranjeros.

En el último bus, dos corronchos trataban de bromear, de elevar el ánimo. Pero ni el suyo propio lo estaba, así que solo lograron que fuera acomodada en el costado derecho del vehículo, entre las ventanillas tres y siete, la gran bandera que la víspera había sido arriada del punto más alto del campamento. Otros vientos soplarán para ella, desde entonces.

“¡Dejad las armas!”

Las lágrimas ya habían sido derramadas. Por los amigos de antes, por lo que no podrán –nunca más– estar, por el futuro. Dos guerrilleras internacionalistas venidas de España, Victoria y Betty, de rostros cuarteados por el sol que ahora miraban de soslayo, liberaron, cada una de ellas, furtivas lágrimas de sus ojos izquierdos, cuando, el jueves 8 de marzo a las 4:15 de la tarde, Nicolás dio la orden, una de sus últimas órdenes en el monte: “Por Colombia, por la paz, ¡dejad las armas!”.

Las miradas de todos –incluidas las de las cámaras– estaban fijas en las armas que, silenciosamente, eran colocadas sobre una rústica mesa de madera cubierta con la bandera de Colombia. Quedó tiempo para silbar para adentro una canción…

Fueron los últimos 45 fusiles que portó el M-19. Después, Carlos Pizarro, quien acababa de llegar en helicóptero, dejó su pistola. Dijo entonces que “rendimos homenaje a los hombres que hicieron posibles estas armas y nos indicaron el camino de respeto al país”.

“Ha llegado el momento –afirmó– de comenzar un camino distinto. Ha llegado el momento de convertirnos todos en verdaderos conductores de este país. Confiamos en nosotros mismos y en el Dios de nuestros padres para que defienda una posibilidad de paz y cierre el ciclo infinito de las guerras civiles en Colombia”, concluyó el desde entonces excomandante Pizarro.

Cuando cayó el sol fue la última rumba de los guerrilleros, con una resaca anticipada, pues se habían dado cita en Plomo Sólido, la única discoteca en la que hasta esa noche estaban permitidas las armas. La historia no sabrá qué ocurrió allí, pues la consigna era que “lo que pasa en Plomo Sólido, en Plomo Sólido se queda”. Allá estuve un rato, me tomé uno o dos aguardientes hasta que dieron la postrera orden de ir a dormir. Como si alguien hubiera podido hacerlo esa noche.

Caloto

El mismo Pizarro presidió, el viernes 9, la ceremonia de desmovilización, efectuada en el estadio del municipio caucano de Caloto. Fue una ceremonia sobria, en medio de un calor pegajoso al que se adhería el polvo recogido en la carretera.

Después, y mientras los exguerrilleros volvían a ocupar sus puestos en los buses, un desafinado altoparlante cantaba solo, mágicamente, las notas marciales del himno del M-19: “Comandante, Comandante Pablo…”.

De Caloto pasar a Corinto, donde se firmó la tregua en agosto de 1984, y de ahí a Cali, a la Casa de la Paz frente a otro estadio, el del América de Álvaro Fayad y el Deportivo Cali de Carlos Pizarro.

Los primeros votos

Desde esa misma tarde, el trabajo en “la civil” era concluir los preparativos para las elecciones.

Y fue ese, precisamente, el primer grafiti que encontraron los buses a su ingreso a Cali: el que invitaba a votar por Antonio Navarro para la alcaldía de esa ciudad.

Empacar votos, distribuirse para los comicios y alistar, los que tuvieran, la cédula para poder votar.

El domingo 11 fue el “palo” del M-19 al obtener la curul de Vera Grabe en la Cámara, quien en un acto de reconciliación había conformado la lista con integrantes de las Fuerzas Armadas, como el general Matallana, su suplente. Se logró también un insospechado número de votos por Pizarro en Bogotá, se ganó una alcaldía en el Cauca y otra en la costa Atlántica. Y hubo  denuncia de fraude en Yumbo, donde un repentino apagón permitió voltear los escrutinios.

La denuncia fue complementada días después con la toma de la iglesia parroquial de Soacha –Cundinamarca– y la manifestación pacífica en un céntrico sector bogotano, la que fue reprimida a bolillo y tinta por parte de la Policía.

Ya en Bogotá, Otti Patiño –a quien los militantes continúan llamando “comanche”– dijo que “estamos preparados para enfrentar esas eventualidades”.

Agregó que en ese momento el Eme –sin el 19 ni las armas– tiene “la madurez de una gente que sabe cómo están los elementos de la confrontación” y que “esa realidad toca superarla”.

Indicó que la Asamblea Nacional Constituyente, que no será convocada por la administración Barco, es un “mandato nacional” que debe ser acatado y que el Eme tiene ya propuestas concretas, fruto de las mesas de trabajo.

Impulsar su realización será una de las primeras tareas una vez pase el “aguacero” electoral y se haya logrado la reinserción de los exguerrilleros a la vida civil.

Reinserción de los guerrilleros como individuos y del Eme como colectividad, que apenas sale del campo militar para entrar a la arena política.

OPINIÓN

ACTUALIDAD

A los 30 años de la reincorporación del M-19: De salida… ¿o de entrada?

Crónica incluida en el libro "Anecdotario de mis guerras", al conmemorarse 30 años de la reincorporación del M-19 a la vida civil

M19 Santo Domingo 8 marzo 1990

Por: Javier Correa Correa

Ocho buses de pueblo, cargados de esperanzas, dejaban atrás un año de campamento. Seguía un viaje largo, silencioso, de angustias y temores, de expectativas, de polvo desprendido de la empinada carretera que desciende al valle del río Cauca, de pañoletas amarillas-azules-rojas, de despedidas. Solo una lágrima. La de la anciana que, desde la puerta de su choza campesina, decía adiós con la mano. O, sin que nadie más lo supiera, le decía algo a Dios.

No voltear a mirar atrás. Solo al futuro y, algunas veces, a los lados para detallar las tanquetas con soldados que aguardaban a que los 300 guerrilleros desocuparan Santo Domingo, para subir ellos a desandar los pasos de la primera guerrilla que se desmoviliza desde cuando el general Duarte Blum recibió los fusiles a los liberales en los Llanos Orientales, por allá en 1953.

No hubo, siquiera, guayabo. Pese a que la víspera, y violando la propia ley seca, los “guerrillos” se habían despedido de las armas disparando los últimos cartuchos –veinte mil– y tomándose unos tragos en la única tienda en la que quedaba aguardiente. Unos pocos no pudieron tomar, los que hacían la guardia postrera en la fría noche caucana.

Era el viernes 9 de marzo, a las doce del día y tres minutos, cuando inició la marcha el primer bus, que en su puerta de emergencia tenía dibujada una efigie del Che Guevara. Tras ese bus, arrancaron siete más, y cinco camperos ocupados por los comandantes Otti Patiño, Arjaid Artunduaga, Libardo Parra –Óscar– y Carlos Erazo –Nicolás–, así como por periodistas de varios medios de comunicación nacionales y extranjeros.

En el último bus, dos corronchos trataban de bromear, de elevar el ánimo. Pero ni el suyo propio lo estaba, así que solo lograron que fuera acomodada en el costado derecho del vehículo, entre las ventanillas tres y siete, la gran bandera que la víspera había sido arriada del punto más alto del campamento. Otros vientos soplarán para ella, desde entonces.

“¡Dejad las armas!”

Las lágrimas ya habían sido derramadas. Por los amigos de antes, por lo que no podrán –nunca más– estar, por el futuro. Dos guerrilleras internacionalistas venidas de España, Victoria y Betty, de rostros cuarteados por el sol que ahora miraban de soslayo, liberaron, cada una de ellas, furtivas lágrimas de sus ojos izquierdos, cuando, el jueves 8 de marzo a las 4:15 de la tarde, Nicolás dio la orden, una de sus últimas órdenes en el monte: “Por Colombia, por la paz, ¡dejad las armas!”.

Las miradas de todos –incluidas las de las cámaras– estaban fijas en las armas que, silenciosamente, eran colocadas sobre una rústica mesa de madera cubierta con la bandera de Colombia. Quedó tiempo para silbar para adentro una canción…

Fueron los últimos 45 fusiles que portó el M-19. Después, Carlos Pizarro, quien acababa de llegar en helicóptero, dejó su pistola. Dijo entonces que “rendimos homenaje a los hombres que hicieron posibles estas armas y nos indicaron el camino de respeto al país”.

“Ha llegado el momento –afirmó– de comenzar un camino distinto. Ha llegado el momento de convertirnos todos en verdaderos conductores de este país. Confiamos en nosotros mismos y en el Dios de nuestros padres para que defienda una posibilidad de paz y cierre el ciclo infinito de las guerras civiles en Colombia”, concluyó el desde entonces excomandante Pizarro.

Cuando cayó el sol fue la última rumba de los guerrilleros, con una resaca anticipada, pues se habían dado cita en Plomo Sólido, la única discoteca en la que hasta esa noche estaban permitidas las armas. La historia no sabrá qué ocurrió allí, pues la consigna era que “lo que pasa en Plomo Sólido, en Plomo Sólido se queda”. Allá estuve un rato, me tomé uno o dos aguardientes hasta que dieron la postrera orden de ir a dormir. Como si alguien hubiera podido hacerlo esa noche.

Caloto

El mismo Pizarro presidió, el viernes 9, la ceremonia de desmovilización, efectuada en el estadio del municipio caucano de Caloto. Fue una ceremonia sobria, en medio de un calor pegajoso al que se adhería el polvo recogido en la carretera.

Después, y mientras los exguerrilleros volvían a ocupar sus puestos en los buses, un desafinado altoparlante cantaba solo, mágicamente, las notas marciales del himno del M-19: “Comandante, Comandante Pablo…”.

De Caloto pasar a Corinto, donde se firmó la tregua en agosto de 1984, y de ahí a Cali, a la Casa de la Paz frente a otro estadio, el del América de Álvaro Fayad y el Deportivo Cali de Carlos Pizarro.

Los primeros votos

Desde esa misma tarde, el trabajo en “la civil” era concluir los preparativos para las elecciones.

Y fue ese, precisamente, el primer grafiti que encontraron los buses a su ingreso a Cali: el que invitaba a votar por Antonio Navarro para la alcaldía de esa ciudad.

Empacar votos, distribuirse para los comicios y alistar, los que tuvieran, la cédula para poder votar.

El domingo 11 fue el “palo” del M-19 al obtener la curul de Vera Grabe en la Cámara, quien en un acto de reconciliación había conformado la lista con integrantes de las Fuerzas Armadas, como el general Matallana, su suplente. Se logró también un insospechado número de votos por Pizarro en Bogotá, se ganó una alcaldía en el Cauca y otra en la costa Atlántica. Y hubo  denuncia de fraude en Yumbo, donde un repentino apagón permitió voltear los escrutinios.

La denuncia fue complementada días después con la toma de la iglesia parroquial de Soacha –Cundinamarca– y la manifestación pacífica en un céntrico sector bogotano, la que fue reprimida a bolillo y tinta por parte de la Policía.

Ya en Bogotá, Otti Patiño –a quien los militantes continúan llamando “comanche”– dijo que “estamos preparados para enfrentar esas eventualidades”.

Agregó que en ese momento el Eme –sin el 19 ni las armas– tiene “la madurez de una gente que sabe cómo están los elementos de la confrontación” y que “esa realidad toca superarla”.

Indicó que la Asamblea Nacional Constituyente, que no será convocada por la administración Barco, es un “mandato nacional” que debe ser acatado y que el Eme tiene ya propuestas concretas, fruto de las mesas de trabajo.

Impulsar su realización será una de las primeras tareas una vez pase el “aguacero” electoral y se haya logrado la reinserción de los exguerrilleros a la vida civil.

Reinserción de los guerrilleros como individuos y del Eme como colectividad, que apenas sale del campo militar para entrar a la arena política.

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