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Libertad de expresión o apología del delito

Andrés Felipe Arias AIS

 

Por: Javier Correa Correa

 

Hace 69 meses, en un caso que trascendió las fronteras porque el delincuente huyó del país, se agudizó el debate sobre Andrés Felipe Arias, quien en 2014 había sido condenado a 17 años y 4 meses de cárcel, por corrupción.

En su calidad de ministro de Agricultura, repartió a manos llenas subsidios que iban dirigidos a campesinos pobres, entre quienes no los necesitaban. Entre quienes no necesitaban ni los subsidios ni a los campesinos. Así, miles de millones de pesos fueron a parar a las arcas de terratenientes, políticos, Luis Carlos Sarmiento Angulo (el banquero y hombre más rico del país), amigos, y hasta una exreina de belleza.

Considerado la mano derecha de Álvaro Uribe Vélez, Arias también había favorecido con un “subsidio” con platas del Estado a su jefe, cuando este era presidente de la República “(¿O cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga o el que paga por pecar?”, había preguntado la monja y escritora mexicana Juana Inés de la Cruz).

El caso es que Arias, juzgado y condenado por la Corte Suprema de Justicia, viajó clandestino a Estados Unidos, donde fue capturado y enviado a una prisión de máxima seguridad. Apeló todo lo que pudo, pero finalmente fue extraditado a Colombia. Aquí le ha ido mejor que allá. Llegó a una casa fiscal en el Cantón Norte, de Usaquén, la misma guarnición militar que se hizo famosa en los años ochenta porque era centro de torturas en la nefasta época del Estatuto de Seguridad.

Y le ha ido tan bien, que, hasta su exjefe, el que se benefició con el “subsidio”, presentó e impulsó una ley con el nombre de Andrés Felipe Arias, para que este pueda quedar en libertad. Solo faltaría que nos tocara pagarle una indemnización por los supuestos daños causados. Con la plata de nuestros impuestos, claro, porque su exjefe presentó declaración de renta en ceros. Pero ese es otro tema, pobrecito.

En el Cantón Norte, el exministro de Agricultura recibe visitas de familiares, amigos, políticos, cómplices, periodistas. Una comunicadora, que no me atrevo a llamar periodista porque los periodistas son éticos y ella no lo es, entrevistó al delincuente.

Ayer publicó en Semana TV una larga entrevista con el exministro subjudice quien, obviamente, se defendió y atacó a diestra y siniestra. Siniestra, sí. La entrevista seguirá esta noche. Y no hago apología para que alguien la vea.

La invitación que hacía la comunicadora española, de cuyo nombre no quiero acordarme, rezaba así: “Andrés Felipe Arias hablará sobre su caso, su paso por una prisión de máxima seguridad en Estados Unidos y sobre los libros que está escribiendo y publicando”. En el video, preguntaba: “¿cuál es su delito: ser prepotente, ser uribista?”.

Bonito así.

“Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”, es la frase que se atribuye a un filósofo mexicano. Y una cosa es la libertad de expresión, consagrada en el artículo 20 de la Constitución Política colombiana, y otra cosa es la apología del delito.

Vi y escuché apenas una partecita de la entrevista a Arias, conocido con el remoquete de Uribito. “Me condenaron sin pruebas, en un fallo espurio”, dijo, entre otras cosas, el exministro de Agricultura y excandidato presidencial, quien hizo toda una defensa, con lágrimas en los ojos, como es ya usual. “Flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones”, entonaría una canción.

Eso no es periodismo: eso es apología del delito. Así estamos, y eso es lo que nos toca cambiar en el periodismo. Y en este país.

OPINIÓN

ACTUALIDAD

Libertad de expresión o apología del delito

Andrés Felipe Arias AIS

 

Por: Javier Correa Correa

 

Hace 69 meses, en un caso que trascendió las fronteras porque el delincuente huyó del país, se agudizó el debate sobre Andrés Felipe Arias, quien en 2014 había sido condenado a 17 años y 4 meses de cárcel, por corrupción.

En su calidad de ministro de Agricultura, repartió a manos llenas subsidios que iban dirigidos a campesinos pobres, entre quienes no los necesitaban. Entre quienes no necesitaban ni los subsidios ni a los campesinos. Así, miles de millones de pesos fueron a parar a las arcas de terratenientes, políticos, Luis Carlos Sarmiento Angulo (el banquero y hombre más rico del país), amigos, y hasta una exreina de belleza.

Considerado la mano derecha de Álvaro Uribe Vélez, Arias también había favorecido con un “subsidio” con platas del Estado a su jefe, cuando este era presidente de la República “(¿O cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga o el que paga por pecar?”, había preguntado la monja y escritora mexicana Juana Inés de la Cruz).

El caso es que Arias, juzgado y condenado por la Corte Suprema de Justicia, viajó clandestino a Estados Unidos, donde fue capturado y enviado a una prisión de máxima seguridad. Apeló todo lo que pudo, pero finalmente fue extraditado a Colombia. Aquí le ha ido mejor que allá. Llegó a una casa fiscal en el Cantón Norte, de Usaquén, la misma guarnición militar que se hizo famosa en los años ochenta porque era centro de torturas en la nefasta época del Estatuto de Seguridad.

Y le ha ido tan bien, que, hasta su exjefe, el que se benefició con el “subsidio”, presentó e impulsó una ley con el nombre de Andrés Felipe Arias, para que este pueda quedar en libertad. Solo faltaría que nos tocara pagarle una indemnización por los supuestos daños causados. Con la plata de nuestros impuestos, claro, porque su exjefe presentó declaración de renta en ceros. Pero ese es otro tema, pobrecito.

En el Cantón Norte, el exministro de Agricultura recibe visitas de familiares, amigos, políticos, cómplices, periodistas. Una comunicadora, que no me atrevo a llamar periodista porque los periodistas son éticos y ella no lo es, entrevistó al delincuente.

Ayer publicó en Semana TV una larga entrevista con el exministro subjudice quien, obviamente, se defendió y atacó a diestra y siniestra. Siniestra, sí. La entrevista seguirá esta noche. Y no hago apología para que alguien la vea.

La invitación que hacía la comunicadora española, de cuyo nombre no quiero acordarme, rezaba así: “Andrés Felipe Arias hablará sobre su caso, su paso por una prisión de máxima seguridad en Estados Unidos y sobre los libros que está escribiendo y publicando”. En el video, preguntaba: “¿cuál es su delito: ser prepotente, ser uribista?”.

Bonito así.

“Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”, es la frase que se atribuye a un filósofo mexicano. Y una cosa es la libertad de expresión, consagrada en el artículo 20 de la Constitución Política colombiana, y otra cosa es la apología del delito.

Vi y escuché apenas una partecita de la entrevista a Arias, conocido con el remoquete de Uribito. “Me condenaron sin pruebas, en un fallo espurio”, dijo, entre otras cosas, el exministro de Agricultura y excandidato presidencial, quien hizo toda una defensa, con lágrimas en los ojos, como es ya usual. “Flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones”, entonaría una canción.

Eso no es periodismo: eso es apología del delito. Así estamos, y eso es lo que nos toca cambiar en el periodismo. Y en este país.

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