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El Salado: eslabón de “masacres clásicas”

El Salado

 

Por: Camilo Andrés Pérez Izquierdo

 

La superficialidad y trivialidad que maneja el Estado con las narrativas del conflicto no es algo nuevo con el manejo que se da a los casos de los líderes sociales. El 18 de febrero del año 2000 en El Salado, Bolívar, sucedió una masacre por parte de los paramilitares, que duró 5 días, dejó 61 muertos y toda una red afectada sentimental y económicamente solo por la sospecha de que aquel pueblo cooperaba con un campamento guerrillero que se encontraba cerca. Aquellas son las únicas que quedan en nuestra mente, las cifras, porque estamos acostumbrados a vivir sin dios y sin ley en una cadena sin fin de hechos violentos, donde ante tanta cantidad se ve ahogada nuestra conciencia y se limita a indignarse momentáneamente por cifras, no por personas.

Aquel es un malestar del contexto colombiano provocado por los medios. La superficialidad y alta cantidad de noticias cumplen una función dopante en los espectadores. Se manejan y por lo tanto se perciben de forma lejana, tanto que nos sentimos satisfechos con saber las cifras, ya que no se puede hacer nada.

Esas dos narrativas y nuestro gusto por el saber fácil son los factores que, como el fiscal general de aquel entonces, nos hacen normalizar los hechos a tal punto de que la opinión pública describa lo sucedido en El Salado como una “masacre clásica”, algo estandarizado y tolerado como para crear una clasificación como “clásica”.

Para generar cambio, debe haber acciones concordantes, y para haber acciones concordantes debe haber conciencia colectiva de los hechos, no de las cifras y el titular. Pensar en cómo un ejército de 450 de paramilitares llega a un pueblo y, conociendo su naturaleza, financiados por quién. Conocer las voces de los directos afectados, aquellos que comentaban que los ponían en una fila y cada quince personas mataban a una, mientras en otro lado tres hombres decidían a su antojo quiénes morían y quiénes no. Pero uno de aquellos dice que “no se hizo nada del otro mundo, fueron muertes normales, no hubo ahorcados, ni robo de tiendas, ni de ganado. Esa gente de ser como más seriecita en decir lo que pasó”. Inconscientemente se está dejando el papel de los afectados como el menos relevante, los que no tienen voz o, peor, no se les escucha. Se creó un imaginario de “buenos” y “malos”, “policías” y “ladrones” donde los afectados, los que están en medio, entran en el juego de roles solo si se consideran como las víctimas echadas a perder que dan lástima. Al abrir nuestros horizontes podemos notar que todo está mal como para estandarizarlo.

Han pasado 20 años de la masacre de El Salado y, ante tal crueldad, su memoria es poca y la indiferencia entre colombianos es mucha. Los conflictos se han añadido en nuestros cuadros de rutina y consecuentemente se han añadido a la matriz del espectáculo. Las soluciones no son fáciles, pero es hora de activar la conciencia, la política está en nosotros, no en las leyes de los que no dan garantías de vida y menos una digna.

Foto: unidadvictimas.gov.co

OPINIÓN

ACTUALIDAD

El Salado: eslabón de “masacres clásicas”

El Salado

 

Por: Camilo Andrés Pérez Izquierdo

 

La superficialidad y trivialidad que maneja el Estado con las narrativas del conflicto no es algo nuevo con el manejo que se da a los casos de los líderes sociales. El 18 de febrero del año 2000 en El Salado, Bolívar, sucedió una masacre por parte de los paramilitares, que duró 5 días, dejó 61 muertos y toda una red afectada sentimental y económicamente solo por la sospecha de que aquel pueblo cooperaba con un campamento guerrillero que se encontraba cerca. Aquellas son las únicas que quedan en nuestra mente, las cifras, porque estamos acostumbrados a vivir sin dios y sin ley en una cadena sin fin de hechos violentos, donde ante tanta cantidad se ve ahogada nuestra conciencia y se limita a indignarse momentáneamente por cifras, no por personas.

Aquel es un malestar del contexto colombiano provocado por los medios. La superficialidad y alta cantidad de noticias cumplen una función dopante en los espectadores. Se manejan y por lo tanto se perciben de forma lejana, tanto que nos sentimos satisfechos con saber las cifras, ya que no se puede hacer nada.

Esas dos narrativas y nuestro gusto por el saber fácil son los factores que, como el fiscal general de aquel entonces, nos hacen normalizar los hechos a tal punto de que la opinión pública describa lo sucedido en El Salado como una “masacre clásica”, algo estandarizado y tolerado como para crear una clasificación como “clásica”.

Para generar cambio, debe haber acciones concordantes, y para haber acciones concordantes debe haber conciencia colectiva de los hechos, no de las cifras y el titular. Pensar en cómo un ejército de 450 de paramilitares llega a un pueblo y, conociendo su naturaleza, financiados por quién. Conocer las voces de los directos afectados, aquellos que comentaban que los ponían en una fila y cada quince personas mataban a una, mientras en otro lado tres hombres decidían a su antojo quiénes morían y quiénes no. Pero uno de aquellos dice que “no se hizo nada del otro mundo, fueron muertes normales, no hubo ahorcados, ni robo de tiendas, ni de ganado. Esa gente de ser como más seriecita en decir lo que pasó”. Inconscientemente se está dejando el papel de los afectados como el menos relevante, los que no tienen voz o, peor, no se les escucha. Se creó un imaginario de “buenos” y “malos”, “policías” y “ladrones” donde los afectados, los que están en medio, entran en el juego de roles solo si se consideran como las víctimas echadas a perder que dan lástima. Al abrir nuestros horizontes podemos notar que todo está mal como para estandarizarlo.

Han pasado 20 años de la masacre de El Salado y, ante tal crueldad, su memoria es poca y la indiferencia entre colombianos es mucha. Los conflictos se han añadido en nuestros cuadros de rutina y consecuentemente se han añadido a la matriz del espectáculo. Las soluciones no son fáciles, pero es hora de activar la conciencia, la política está en nosotros, no en las leyes de los que no dan garantías de vida y menos una digna.

Foto: unidadvictimas.gov.co

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