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HACE FALTA EDUCACIÓN

ACN FALTAEDU

Muchas de las problemáticas que han sido observadas en las ciudades son efecto de la falta de educación que hay en las mismas, y Bogotá no es la excepción. La capital del país cuenta con una cantidad considerable de problemas con los que se enfrentan a diario sus habitantes, entre los cuales se encuentra el acoso callejero. Para una buena parte de la población se ha vuelto natural toparse con este fenómeno, los hombres en su mayoría como espectadores y las mujeres como víctimas, y son pocos los casos en los que hay alguna reacción más allá de la indignación. Miradas, palabras y toques obscenos son solo palabras que no le hacen justicia a lo que sucede en las calles a diario, sin importar la hora o el lugar.

Con el tiempo, dicho problema se ha vuelto incluso un tema habitual de conversación entre mujeres. Pocas de ellas, tienen una respuesta hacia su agresor, o por el contrario justifican que el fenómeno suceda debido a factores como el modo de vestir, pero todas en conjunto, reúnen anécdotas que resultan increíbles. El acoso callejero puede empezar desde una mirada lasciva, pero puede terminar en persecuciones bien sea caminando o en un vehículo a las víctimas o incluso, que ellas mismas vean cómo el agresor realiza actos para nada agradables frente a ella, como masturbarse. Las mujeres que pasan por este tipo de situaciones se sienten claramente incómodas al vivirlo e incluso al recordarlo, pero, más aún, se sienten indefensas.

Al hablar del tema, la mayoría llega a la conclusión de que son vistas como cosas. Un algo que no merece respeto, al que se le puede decir y hacer lo que sea, y no tiene derecho alguno a defenderse. Es ofensivo concluir algo como eso, y más allá de eso es indignante saber de la problemática  y no saber qué hacer para darle un alto de una vez por todas. Gran parte las víctimas teme responder al agresor, pues nunca se sabe qué tipo de persona es, si tendrá una respuesta violenta, o si lleva consigo algún tipo de arma. Y por otro lado, quienes están alrededor sean hombres o mujeres, en la mayoría de casos deciden ignorar la situación.

ACN FALTAEDU2

Las víctimas se han visto forzadas a cohibirse de usar determinadas prendas de vestir, asegurando que cuando se usa por ejemplo, una falda o una blusa con escote pronunciado, es más probable que sean acosadas, incluso más de una vez al día. Dejan de frecuentar lugares y usar ciertos medios de transporte, como Transmilenio, lugar donde se presenta frecuentemente la problemática. Según un estudio del periódico El Tiempo, divulgado en julio de 2019, “de cada 100 mujeres que usan Transmilenio, 37 han reportado un contacto sexual indeseado”. Y de dicho porcentaje ni una cuarta parte denuncia, pues afirman que “como está naturalizado, se califica a las mujeres que lo gritan de histéricas y exageradas”.

En algunos casos específicos se ha visto que personas del entorno tienen una respuesta violenta hacia el agresor, armándose de valor y reclamando o incluso junto con otras personas golpeándolo. Sin embargo, esta no es la solución al problema, pues son ocasionales los casos en que sucede y, además, desembocan en consecuencias mucho peores. La psicóloga Camila Lombana coincide en que la violencia no es el tipo de castigo que debería dárseles, y agrega que el sistema penal tampoco es eficiente en cuanto al problema. Así pues, plantea otra alternativa: el reclamo colectivo.

Lombana asegura que los seres humanos, desde corta a edad, le tememos a la ridiculización: “es más eficiente cuando una mamá le dice a su hijo que lo va a dejar solo o con un desconocido como castigo, que cuando le da una palmada; lo mismo sucede con el acoso, si el agresor sabe que podría enfrentarse a un escándalo en la calle, probablemente lo piense dos veces”. Plantea que al haber un reclamo por parte de varias personas, el sujeto sabrá que su comportamiento está desaprobado por quienes lo rodean y por lo tanto se detendrá. Sin embargo, esta sería solo una parte de la solución, que sería complementada por medio de la educación.

En los colegios, desde los grados más pequeños se les ha sido recalcado a los niños que nadie tiene el derecho de abusar de su cuerpo a modo de prevención de violaciones; no obstante, también sería idóneo enseñarles que tampoco ellos tienen el derecho de violentar el de alguien más. Por medio de la empatía, y el discurso de “ponerse en los zapatos del otro”, se daría inicio a un proceso de prevención en contra de posibles agresores en el futuro, beneficiando a su vez a otras problemáticas, como el bullying. Es importante que el proceso empiece desde el colegio, pues es el entorno en donde las personas pasan de niñez a adolescencia, trayendo consigo el inicio del deseo sexual.

Al ofrecer esta segunda parte de la solución, Lombana dice que es fundamental iniciar con la estrategia de pedagogía desde que los niños entran al colegio, pues “aproximadamente a los cuatro o cinco años se inicia un proceso de diferenciación entre niños y niñas y por lo tanto el reconocimiento sexual. Este se pausa y se reinicia a los trece o catorce años, cuando empiezan los primeros toques con su propio cuerpo”. Afirma que debe ser a temprana edad porque se aprenderá fácilmente a reconocer el error, no solo en su caso, sino también con sus amigos o compañeros o incluso en su entorno familiar, y además de ello es probable que intente brindar una solución frente a él.

La manera como se debe infundir la empatía debe ser transversal, en todas las materias en que sea posible el tema debe ser involucrado en lo más mínimo, así el niño se familiarizará con él y finalmente lo apropiará. Con ambos métodos siendo aplicados en simultáneo, la problemática puede ser minimizada sin necesidad de utilizar agresiones físicas o similares. Las generaciones más jóvenes son educadas para no tener este tipo de comportamientos, mientras que a las que lo tienen en la actualidad se les muestra que sus actos no son justificados por ningún motivo.

Por supuesto el cambio no será inmediato, requerirá de tiempo ver cambios de gran escala. No obstante, es importante adoptar un método en el que se pueda defender a la víctima y al mismo tiempo no se vea afectada la integridad de nadie, para empezar con la minimización de la problemática. Víctimas y espectadores coinciden en que se debe hacer algo al respecto, pues dejarlo pasar solo implicaría que se hiciera más grande e incluso se naturalizara por completo.

Es claro que las prioridades son otras en casa y en los colegios, siendo ambos lugares donde se educa. Reorganizarlas es el único modo en que podremos transformar la sociedad y dejar de vivir no solo con esta problemática, sino con muchas otras de las que nos quejamos a diario.

Realizado por : XIMENA LIMAS 

OPINIÓN

ACTUALIDAD

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Muchas de las problemáticas que han sido observadas en las ciudades son efecto de la falta de educación que hay en las mismas, y Bogotá no es la excepción. La capital del país cuenta con una cantidad considerable de problemas con los que se enfrentan a diario sus habitantes, entre los cuales se encuentra el acoso callejero. Para una buena parte de la población se ha vuelto natural toparse con este fenómeno, los hombres en su mayoría como espectadores y las mujeres como víctimas, y son pocos los casos en los que hay alguna reacción más allá de la indignación. Miradas, palabras y toques obscenos son solo palabras que no le hacen justicia a lo que sucede en las calles a diario, sin importar la hora o el lugar.

Con el tiempo, dicho problema se ha vuelto incluso un tema habitual de conversación entre mujeres. Pocas de ellas, tienen una respuesta hacia su agresor, o por el contrario justifican que el fenómeno suceda debido a factores como el modo de vestir, pero todas en conjunto, reúnen anécdotas que resultan increíbles. El acoso callejero puede empezar desde una mirada lasciva, pero puede terminar en persecuciones bien sea caminando o en un vehículo a las víctimas o incluso, que ellas mismas vean cómo el agresor realiza actos para nada agradables frente a ella, como masturbarse. Las mujeres que pasan por este tipo de situaciones se sienten claramente incómodas al vivirlo e incluso al recordarlo, pero, más aún, se sienten indefensas.

Al hablar del tema, la mayoría llega a la conclusión de que son vistas como cosas. Un algo que no merece respeto, al que se le puede decir y hacer lo que sea, y no tiene derecho alguno a defenderse. Es ofensivo concluir algo como eso, y más allá de eso es indignante saber de la problemática  y no saber qué hacer para darle un alto de una vez por todas. Gran parte las víctimas teme responder al agresor, pues nunca se sabe qué tipo de persona es, si tendrá una respuesta violenta, o si lleva consigo algún tipo de arma. Y por otro lado, quienes están alrededor sean hombres o mujeres, en la mayoría de casos deciden ignorar la situación.

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Las víctimas se han visto forzadas a cohibirse de usar determinadas prendas de vestir, asegurando que cuando se usa por ejemplo, una falda o una blusa con escote pronunciado, es más probable que sean acosadas, incluso más de una vez al día. Dejan de frecuentar lugares y usar ciertos medios de transporte, como Transmilenio, lugar donde se presenta frecuentemente la problemática. Según un estudio del periódico El Tiempo, divulgado en julio de 2019, “de cada 100 mujeres que usan Transmilenio, 37 han reportado un contacto sexual indeseado”. Y de dicho porcentaje ni una cuarta parte denuncia, pues afirman que “como está naturalizado, se califica a las mujeres que lo gritan de histéricas y exageradas”.

En algunos casos específicos se ha visto que personas del entorno tienen una respuesta violenta hacia el agresor, armándose de valor y reclamando o incluso junto con otras personas golpeándolo. Sin embargo, esta no es la solución al problema, pues son ocasionales los casos en que sucede y, además, desembocan en consecuencias mucho peores. La psicóloga Camila Lombana coincide en que la violencia no es el tipo de castigo que debería dárseles, y agrega que el sistema penal tampoco es eficiente en cuanto al problema. Así pues, plantea otra alternativa: el reclamo colectivo.

Lombana asegura que los seres humanos, desde corta a edad, le tememos a la ridiculización: “es más eficiente cuando una mamá le dice a su hijo que lo va a dejar solo o con un desconocido como castigo, que cuando le da una palmada; lo mismo sucede con el acoso, si el agresor sabe que podría enfrentarse a un escándalo en la calle, probablemente lo piense dos veces”. Plantea que al haber un reclamo por parte de varias personas, el sujeto sabrá que su comportamiento está desaprobado por quienes lo rodean y por lo tanto se detendrá. Sin embargo, esta sería solo una parte de la solución, que sería complementada por medio de la educación.

En los colegios, desde los grados más pequeños se les ha sido recalcado a los niños que nadie tiene el derecho de abusar de su cuerpo a modo de prevención de violaciones; no obstante, también sería idóneo enseñarles que tampoco ellos tienen el derecho de violentar el de alguien más. Por medio de la empatía, y el discurso de “ponerse en los zapatos del otro”, se daría inicio a un proceso de prevención en contra de posibles agresores en el futuro, beneficiando a su vez a otras problemáticas, como el bullying. Es importante que el proceso empiece desde el colegio, pues es el entorno en donde las personas pasan de niñez a adolescencia, trayendo consigo el inicio del deseo sexual.

Al ofrecer esta segunda parte de la solución, Lombana dice que es fundamental iniciar con la estrategia de pedagogía desde que los niños entran al colegio, pues “aproximadamente a los cuatro o cinco años se inicia un proceso de diferenciación entre niños y niñas y por lo tanto el reconocimiento sexual. Este se pausa y se reinicia a los trece o catorce años, cuando empiezan los primeros toques con su propio cuerpo”. Afirma que debe ser a temprana edad porque se aprenderá fácilmente a reconocer el error, no solo en su caso, sino también con sus amigos o compañeros o incluso en su entorno familiar, y además de ello es probable que intente brindar una solución frente a él.

La manera como se debe infundir la empatía debe ser transversal, en todas las materias en que sea posible el tema debe ser involucrado en lo más mínimo, así el niño se familiarizará con él y finalmente lo apropiará. Con ambos métodos siendo aplicados en simultáneo, la problemática puede ser minimizada sin necesidad de utilizar agresiones físicas o similares. Las generaciones más jóvenes son educadas para no tener este tipo de comportamientos, mientras que a las que lo tienen en la actualidad se les muestra que sus actos no son justificados por ningún motivo.

Por supuesto el cambio no será inmediato, requerirá de tiempo ver cambios de gran escala. No obstante, es importante adoptar un método en el que se pueda defender a la víctima y al mismo tiempo no se vea afectada la integridad de nadie, para empezar con la minimización de la problemática. Víctimas y espectadores coinciden en que se debe hacer algo al respecto, pues dejarlo pasar solo implicaría que se hiciera más grande e incluso se naturalizara por completo.

Es claro que las prioridades son otras en casa y en los colegios, siendo ambos lugares donde se educa. Reorganizarlas es el único modo en que podremos transformar la sociedad y dejar de vivir no solo con esta problemática, sino con muchas otras de las que nos quejamos a diario.

Realizado por : XIMENA LIMAS 

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