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El feminismo excluyente

Últimamente se ha hablado mucho de feminismo y con tantos casos de violencia, abuso, feminicidios y acoso que nos azotan a diario, no era para menos. Ya era hora de poner en el diálogo mundial la lucha por los derechos de las mujeres y de hacer algo por ello, pero ¿cuántas veces el foco se centra en los discursos feministas o en las mujeres que lideran las causas?

Muchas feministas se han jactado hablando de inclusión y respeto, de mostrar con gran orgullo que hay mujeres diversas y, por lo tanto, que existen múltiples maneras de serlo, y algunas de ellas tal vez aún inexploradas. Sin embargo, muchas veces esa inclusión es apenas discursiva, pues hay mujeres que se han sentido excluidas por grupos feministas a causa de su clase social, nivel académico, raza y/o sexualidad.

Parece ser que hay ciertos grupos de feministas e individuas que han determinado cómo debe ser el sujeto feminista o el que defiende la causa, aplicando de cierta manera, un filtro para definir quiénes encajan en su perfil y quiénes no. Las críticas suelen ir dirigidas a mujeres blancas occidentales, regularmente académicas y heterosexuales, ya que son quiénes lideran los discursos y movimientos sociales y políticos gracias a sus privilegios; en ciertas ocasiones ellas omiten las violencias y luchas de negras, lesbianas, transexuales y/o no académicas y esto es lo que se ha denominado como el eurocentrismo del feminismo.

Hillary Clinton es el caso perfecto. Ha sido criticada a pesar de declararse feminista, ya que muchos movimientos y mujeres, entre ellas la feminista, filósofa y política Nancy Fraser, han afirmado que solo se preocupa por las mujeres blancas de clase media-alta que generalmente buscan llegar al poder.
Estas exclusiones parecen terminar en la división de dos grandes grupos que parecen tener los mismos intereses y luchas pero cada uno con individuos de distintas características, como si un feminismo fuera la antípoda del otro.

Ya hablaba la afroamericana Ángela Davis, activista por la igualdad racial, sexual y económica, del dominio que las mujeres blancas privilegiadas tienen sobre el movimiento feminista y las consecuencias que esto conlleva. Ella afirmaba que “la lucha por la igualdad es deficiente, hay un racismo latente, las preocupaciones u objetivos giran en torno a preocupaciones que responden a sus intereses de clase y no tanto a los de sus hermanas negras, latinas o asiáticas; así, las mujeres blancas o clase media pueden conseguir sus objetivos particulares sin asegurar ningún progreso ostensible para las mujeres del Tercer Mundo o las racialmente oprimidas” Ángela Davis se refería a un feminismo de clase, básicamente.

Así, podemos notar, por ejemplo, cómo en los estudios de género de universidades el foco suele situarse en la mujer académica. Es el caso del departamento de Filosofía de la Universidad del Bosque, el cual ha organizado un coloquio para exponer ponencias de alumnos, quienes han manejado temas enfocados al feminismo. Algunos de sus temas son: mujeres filósofas y pensamiento feminista; la función crítica del feminismo; el rechazo a la mujer intelectual en la antigua Grecia; psicoanálisis en femenino; brechas de género en los programas de filosofía en Colombia; pensamiento femenino en la modernidad.

Allí se evidencia cómo el feminismo es abordado por, para y desde mujeres que tienen acceso a la educación, como si las mujeres que no cuentan con estos privilegios no pudieran estar en el centro del debate o su discurso fuera innecesario. En estos espacios la presencia de mujeres no privilegiadas o con las características mencionadas es nula o en algunos caos mínima.

Hace falta que el feminismo, sobre todo el occidental, se piense desde la interseccionalidad, enfatizando en una perspectiva consciente de los privilegios y las diferencias de clase, etnia, raza, sexualidad, género y demás. Una lucha excluyente no tiene sentido como tampoco lo tiene defenderla desde los privilegios que la alejan de otros espacios y situaciones.

Se debe entender que el feminismo puede ser una herramienta de lucha desde distintos campos de acción, con privilegios o sin ellos y que debe ser una lucha que vaya más allá de la investigación académica; hay que mirar los espacios que permiten llegar a dónde la academia es aún ausente, porque es allí donde se presentan las peores formas de violencia.

Por: Andrea Carolina Tapia Godoy

OPINIÓN

ACTUALIDAD

El feminismo excluyente

Últimamente se ha hablado mucho de feminismo y con tantos casos de violencia, abuso, feminicidios y acoso que nos azotan a diario, no era para menos. Ya era hora de poner en el diálogo mundial la lucha por los derechos de las mujeres y de hacer algo por ello, pero ¿cuántas veces el foco se centra en los discursos feministas o en las mujeres que lideran las causas?

Muchas feministas se han jactado hablando de inclusión y respeto, de mostrar con gran orgullo que hay mujeres diversas y, por lo tanto, que existen múltiples maneras de serlo, y algunas de ellas tal vez aún inexploradas. Sin embargo, muchas veces esa inclusión es apenas discursiva, pues hay mujeres que se han sentido excluidas por grupos feministas a causa de su clase social, nivel académico, raza y/o sexualidad.

Parece ser que hay ciertos grupos de feministas e individuas que han determinado cómo debe ser el sujeto feminista o el que defiende la causa, aplicando de cierta manera, un filtro para definir quiénes encajan en su perfil y quiénes no. Las críticas suelen ir dirigidas a mujeres blancas occidentales, regularmente académicas y heterosexuales, ya que son quiénes lideran los discursos y movimientos sociales y políticos gracias a sus privilegios; en ciertas ocasiones ellas omiten las violencias y luchas de negras, lesbianas, transexuales y/o no académicas y esto es lo que se ha denominado como el eurocentrismo del feminismo.

Hillary Clinton es el caso perfecto. Ha sido criticada a pesar de declararse feminista, ya que muchos movimientos y mujeres, entre ellas la feminista, filósofa y política Nancy Fraser, han afirmado que solo se preocupa por las mujeres blancas de clase media-alta que generalmente buscan llegar al poder.
Estas exclusiones parecen terminar en la división de dos grandes grupos que parecen tener los mismos intereses y luchas pero cada uno con individuos de distintas características, como si un feminismo fuera la antípoda del otro.

Ya hablaba la afroamericana Ángela Davis, activista por la igualdad racial, sexual y económica, del dominio que las mujeres blancas privilegiadas tienen sobre el movimiento feminista y las consecuencias que esto conlleva. Ella afirmaba que “la lucha por la igualdad es deficiente, hay un racismo latente, las preocupaciones u objetivos giran en torno a preocupaciones que responden a sus intereses de clase y no tanto a los de sus hermanas negras, latinas o asiáticas; así, las mujeres blancas o clase media pueden conseguir sus objetivos particulares sin asegurar ningún progreso ostensible para las mujeres del Tercer Mundo o las racialmente oprimidas” Ángela Davis se refería a un feminismo de clase, básicamente.

Así, podemos notar, por ejemplo, cómo en los estudios de género de universidades el foco suele situarse en la mujer académica. Es el caso del departamento de Filosofía de la Universidad del Bosque, el cual ha organizado un coloquio para exponer ponencias de alumnos, quienes han manejado temas enfocados al feminismo. Algunos de sus temas son: mujeres filósofas y pensamiento feminista; la función crítica del feminismo; el rechazo a la mujer intelectual en la antigua Grecia; psicoanálisis en femenino; brechas de género en los programas de filosofía en Colombia; pensamiento femenino en la modernidad.

Allí se evidencia cómo el feminismo es abordado por, para y desde mujeres que tienen acceso a la educación, como si las mujeres que no cuentan con estos privilegios no pudieran estar en el centro del debate o su discurso fuera innecesario. En estos espacios la presencia de mujeres no privilegiadas o con las características mencionadas es nula o en algunos caos mínima.

Hace falta que el feminismo, sobre todo el occidental, se piense desde la interseccionalidad, enfatizando en una perspectiva consciente de los privilegios y las diferencias de clase, etnia, raza, sexualidad, género y demás. Una lucha excluyente no tiene sentido como tampoco lo tiene defenderla desde los privilegios que la alejan de otros espacios y situaciones.

Se debe entender que el feminismo puede ser una herramienta de lucha desde distintos campos de acción, con privilegios o sin ellos y que debe ser una lucha que vaya más allá de la investigación académica; hay que mirar los espacios que permiten llegar a dónde la academia es aún ausente, porque es allí donde se presentan las peores formas de violencia.

Por: Andrea Carolina Tapia Godoy

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