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Soy Génesis, una luz contra el olvido

“Óyeme Chocó, oye por favor, tú no tienes por qué estar sufriendo así”

Himno de la comunidad de Cacarica

 

En medio de la insaciable oscuridad que devora la selva en una noche sin luna, una luz brilló. La llama que representa la verdad, esa que les ha sido esquiva durante 20 años, fue encendida y compartida con cada hombre, mujer y niño que se aprestaba a caminar por la vida, la dignidad y la resistencia en el territorio. Una vez más, los pobladores de la cuenca del río Cacarica, jurisdicción del municipio de Río Sucio en el Bajo Atrato chocoano, prepararon sus pies y corazones para emprender rumbo por los polvosos caminos que un día los vieron salir; algunos hacia el puerto de Turbo, otros hacia Bahía Solano o a Panamá, huyendo apenas con lo que llevaban puesto.

 

En dos décadas de veranos inclementes, intensas lluvias y ante todo de mucha indiferencia y abandono, es muy difícil encontrar el rastro de las pisadas que 3500 personas marcaron durante su desplazamiento, de ahí la necesidad de hacer memoria y recordar para combatir el olvido. La marcha que les convoca en la noche de conmemoración es distinta. La alegría de la música que retumba como un llamado ancestral de la selva, remplaza al terror producido por el estruendo de las bombas y los Kfir, “pájaros metálicos” que sobrevolaron las comunidades de Salaquí, Truandó, Perancho y Cacarica entre el 24 y el 27 de febrero de 1997 durante la Operación Génesis ejecutada por militares de la Brigada XVII del Ejército colombiano, coordinada con la Operación paramilitar Cacarica, adelantada por el bloque Chocó de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu). También es diferente porque en esta ocasión no marchan solos; decenas de personas provenientes de otros procesos sociales que, como ellos, exigen la restitución de sus derechos vulnerados en lugares como Putumayo, Meta, Valle del Cauca y Huila;  a su lado organizaciones nacionales e internacionales, amigos, hermanos y compañeros de lucha, tratan de seguir el ritmo de su paso solidariamente.

 

Las flameantes antorchas elaboradas de manera artesanal a partir de latas rellenas de ACPM con “bañisco”, cascarilla del arroz que utilizan para las letrinas, permiten ver con detalle los rostros negros y orgullosos, algunos con de piel bastante curtida, como un caparazón que sólo se endurece a punta de resistir los embates de la injusticia. El tono de sus facciones contrasta con el blanco de las camisetas y pañoletas preparadas para la ocasión, que llevan estampados los colores del arcoíris, identitarios de las Comunidades de autodeterminación vida dignidad del cacarica CAVIDA, y sobre estos la frase “Soy Génesis” consigna que busca devolver a una comunidad fuertemente religiosa y espiritual, el sentido de “nacimiento y creación” a un título bíblico que para ellos se transformó en un éxodo, un calvario.

 

 

La macha inicia rondando las 7 de la noche en el punto conocido como “El limón”, lugar al que las comunidades llegaron en 1997 buscando algún tipo de embarcación para huir. Un letrero metálico elaborado para la conmemoración demarca que allí se ubica la zona de pesca y transporte. El parlante de alta potencia que sirve para acompañar sus fiestas, permite a los asistentes escuchar la voz de Janis Orejuela; los dreadlocks de su cabello caen sobre sus hombros como las enredaderas caen de los árboles que en cincuenta variedades abundan en la zona. Con la experticia que le da ser un apasionado artista del “hip hop”, toma el micrófono con ambas manos para explicar la importancia que para ellos tiene el río “es donde nos hemos criado, por donde fuimos desplazados, tiene mucho significado porque en él hemos llorado, hemos visto bajar por él a nuestros hermanos desaparecidos, nuestros muertos”. Luego de un pequeño silencio reflexivo, entona un par de rimas que son recibidas con una lluvia de aplausos.

 

La siguiente parada es en la escuela, allí la palabra escogida es la educación. Un hombre alto y robusto, con la barba bifurcada en dos trenzas, se para en las escalerillas que dan acceso al lugar. Su apariencia ruda difícilmente deja entrever que se trata del profe Henry Angulo, líder y docente de la comunidad. Con tono firme toma la vocería para destacar el valor que ha tenido y tiene la etnoeducación, o educación propia, en todo su proceso organizativo “la idea es tener estudiantes críticos analíticos de su propia realidad, que conozcan su entorno y que puedan pensar libremente sin educación impuesta, cada uno puede adaptarse a su medio, trabajar con calendario de cosecha, eso es algo que no está fuera del marco de la constitución”. Rostros de aprobación lo rodean mientras termina su intervención diciendo que a pesar de no contar con el apoyo del Ministerio de educación han logrado graduar 75 bachilleres desde el año 2000, cuando aún se encontraban desplazados en el coliseo de Turbo, hasta la presente.

 

 

La noche es fresca, a pesar de vivir uno de los veranos más intensos de los últimos años donde a medio día fácilmente se alcanzan los 35 grados. Anclado a un árbol se puede leer un nuevo cartel que indica la siguiente parada. Uno de los pobladores se acerca para recordar que bajo sus ramas se realizaron las primeras reuniones comunitarias, tras el último de los 3 retornos que tuvieron lugar entre los años 2001 y 2009, por aquellos que tomaron valor para volver a sus territorios a pesar de la falta de garantías por parte del Estado. En ese punto organización es la palabra, acomodando sus anteojos, John Jairo Mena, líder de la comunidad, explica que no ha sido fácil consolidar el proceso organizativo de los 23 consejos comunitarios, figura posible por la ley 70 de 1993, que les otorga títulos colectivos a las comunidades negras que han habitado baldíos en las cuencas del pacífico, difícil pero “no es imposible” afirma con decisión “han querido apagar ese sueño de patriarcas y matriarcas y de los niños que son el futuro de nuestras comunidades” refiriéndose a las continuas acciones y amenazas de grupos paramilitares de “volver para quedarse” en el territorio y al incumplimiento del gobierno a los acuerdos de La Habana que deberían beneficiarles.

 

 

Las ráfagas de los flashes de cámaras y celulares, acompañan el camino registrando para la memoria cada una de las intervenciones. Las siguientes estaciones estaban reservadas para los principios identitarios de CAVIDA como organización: verdad, libertad, justicia, solidaridad y fraternidad. “La verdad nos permite mantener la esperanza, de que no haya impunidad, de seguir denunciando los hechos que nos oprimen, somos verdad, nos desplazaron, retornamos, volvieron a hacer incursiones, seguimos luchando”, con ojos brillantes mientras enciende una vela la joven Ledys Orejuela eleva su voz al cielo “así como brilla el sol, queremos que esta luz permanezca con nosotros, es la esperanza”. Para hablar de libertad, escrito con letras color rojo que evoca la sangre de sus muertos en 20 años,  Jarlenson Angulo, “Amincho” para los amigos, decide entornar un pequeño pero pegajoso verso que reza “Soy chocoano y vivo feliz, en esta tierra donde nací, rodeado de la naturaleza la cual me inspira y me da fortaleza”,  seguido por la voz y palmas llevando el ritmo de otros jóvenes de la comunidad.

 

Aunque el cansancio por el duro viaje de más de 6 horas empieza a hacer mella en los caminantes, el paso no se detiene ni cojea como si lo ha hecho la justicia, una palabra que el Estado Colombiano no conoce a pesar de sentencias como la proferida por la Corte Interamericana el 27 de diciembre de 2013, que lo condena por su participación en los hechos, por la falta de atención a las comunidades durante los cuatros años que permanecieron hacinadas en el coliseo de Turbo y por permitir el despojo de los territorios para usos empresariales. Areiza Salazar, busca como definir la justicia “hace 20 años la gente corrió dejo todo, y a veces pareciera que la memoria se nos borrara que no nos cansemos de caminar de la tapa hasta aquí y continuemos esta lucha”. Al terminar y con los ojos de todos puestos sobre ella, clama por un minuto de silencio en nombre de todos los hermanos, amigos, desaparecidos, torturados y todas las víctimas de la guerra, sin ruido o palabra la caminata continúa.

 

 

Unos metros más adelante la cabeza de la congregación hace una pausa, un círculo de mosquitos atraídos por la sangre nueva, ronda piernas y brazos hasta el deleite. Detenidos bajo la palabra solidaridad, un par pequeños ataviados con trajes típicos de la cultura pacífica, traen en sus manos lo que parece una bandeja de madera, extendiendo las manos la presentan frente a todos mientras recitan con memoria envidiable: “En nuestro territorio realizamos la pesca, la siembra del maíz, el arro’ y la cacería, gracias damos a la madre tierra y a dios todo poderoso por alimentarnos en su seno por eso hoy ofrecemos a ustedes todas las bondades de la pacha mama”.

 

Casi dos horas después de empezar el camino, la comitiva se encuentra por fin con el portón de madera que da acceso a “Nueva Esperanza en Dios”, espacio humanitario donde habitan gran parte de los retornados y epicentro de la conmemoración. El humo de la cocina se alcanza a ver desde la distancia, indicio de que al terminar el acto estará lista la comida. Atraviesan el caserío hasta detenerse frente a un arbusto, allí una mujer recuerda que hace menos de dos semanas, cuando un nuevo grupo de paramilitares ingresó a la zona de manera intempestiva, su única reacción fue empezar a cantar a todo pulmón, mientras pensaba cómo su canción podía convertirse en una reflexión sobre la paz, sin mediar más palabra empezó de su boca empezó a entonar "Solo le pido a Dios, que las propuestas no nos hagan diferentes" parodiando la canción que se hizo popular en la persona de Mercedes Sosa; el grado de emotividad fue tal que todos, incluso aquellos que no conocían bien la letra, se unieron a su voz tarareando.

 

Aprovechando el estado general de apaciguamiento, Rosalba Córdoba, lideresa consumada desde los años del desplazamiento, se apropió del micrófono para recordar con el fragmento de un alabao que ese árbol también es guardián de la memoria "adiós casita bonita, casa donde yo viví, adiós todita mi gente ya no vivo más aquí, esta tierra tan bonita hasta luego la deje, y hasta luego Marino López, tu memoria quedó". Mencionar al tristemente célebre Marino López, decapitado en Bijao durante la incursión de las tropas comandadas por el General Rito Alejo del Río, quienes jugaron fútbol con su cabeza, mueve las fibras de aquellos que lo conocieron y de quienes se enteraron del caso difundido por medios nacionales e internacionales,  aciago episodio que se convirtió en símbolo de los crímenes cometidos por el Estado y su oscura alianza con grupos paramilitares.

 

La jornada llegaba a su fin, y que mejor manera de despedirla que moviendo el cuerpo. Una pila de ramas y palos secos dispuesta frente al mural que plasma pictóricamente los tres momentos del desplazamiento, esperaba con ansias arder hasta el cielo, cada antorcha depositada avivaba más el fuego, podría decirse que por un momento la noche se volvió día, con el aporte de todos y todas la luz había vuelto en medio de la maleza y la penumbra de tantos años. El tambor empezó a sonar y un bullerengue penetró los huesos de Erika, joven de la comunidad que frenéticamente inició la danza. Como si se tratará de algo contagioso, propios y extraños se unieron al baile mientras el profe Henry, embriagado por el sentimiento, alentaba a todos a festejar “esta es una danza con alegría y armonía, hoy estamos de fiesta, por la memoria, por la lucha por la resistencia, esta luz nos da fuerza energía, es naturaleza es justicia es verdad lo que nosotros hemos venidos desde siempre clamando y luchando”.  A manera de porra con el último aliento de la noche pregunto: “¿Yo soy?” y al unísono la selva, los animales y todos los cuerpos presentes  respondieron: “Génesis”.

 

 

Por: Andrés Santiago Lozano Castro

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