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El código de los ángeles

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 Y ella cerró los ojos, mientras su cuerpo se apagaba lentamente. Yo estaba parada ahí, a su lado, viéndola morir, sin poder hacer nada, sin aplacar su dolor.

 

 

 

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Llegó diciembre y con este mes, la música estridente, las luces y por qué no, la fiesta. Ese 8 de diciembre, Virginia, ese era su nombre, compró muchas velas de colores, faroles y se vistió de gala para celebrar como cada año, la noche de las velitas.

A pesar de que no había tenido una infancia fácil, ella a sus 55 años aún mantenía ese espíritu tan joven, vital y poderoso, que hacía que todo un barrio le rindiera pleitesía. Algo que a su familia no le sorprendía.

Pero era de esperarse, ella, la mayor de los 10 hijos de doña Benilda Carrero, había nacido para mandar, para ser obedecida, para ser el núcleo de una familia campesina proveniente de la misma tierra, que vio nacer al caudillo Jorge Eliecer Gaitán.

Y como él, Virginia tenía belleza mestiza: su piel bronceada, su cabello negro azabache y sus rasgos tan finos que aún eran motivo del elogio de algunos caballeros. Pero su carácter era otra cosa, no se dejaba doblegar por nada, ni por nadie.

Por eso, cuando en esa noche de velitas sintió que sus labios fuertes e implacables, comenzaron a torcerse como una viga de acero al calor de las brasas, no sintió miedo. Se miró en el espejo y salió con la frente en alto para decirle a sus hijas: algo anda mal, vámonos para el hospital.

 

Por: Luz Angelica Villalba Cardenas.

 

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La noche fría inundaba los pasillos de aquella clínica, Virgina hizo gala de su fortaleza para caminar tan derecha como pudo, mientras sus hijas la miraban preocupadas, pues su boca parecía la de otra mujer.

“Señorita buenas noches, estos son mis documentos, ¿qué debo hacer?”. Esto fue lo que quiso decirle a la mujer, detrás de la ventanilla. Pero las palabras que salieron de sus labios eran confusas y dispersas. Las mejillas de Virginia se pusieron muy rojas. Ángela, su hija mayor rápidamente tomó el control de la situación y le habló a la señorita, mientras Cristina cogió de la mano a su madre y la alejó de la vergüenza.

Mientras esperaban, doctores y enfermeras pasaban por su lado vestidos de un blanco casi celestial, discutiendo sobre las posibilidades de cada caso, que para ellos era eso, un caso. Parecía una escena de sala de urgencias o de Dr. House, pero no. Se habían salido de la ficción, para diagnosticar con la sabiduría que les dieron sus posgrados, maestrías y doctorados en la academia, pero con los escasos recursos provenientes de una crisis hospitalaria, que llevaba casi una década.

Las tres trataban de reír y de recordar tal vez algún chisme, para olvidar el motivo por el cual estaban esperando. Ellas creían firmemente que lo que tenía Virginia era algo pasajero, como esa última visita que había tenido Virginia, a ese lugar, tres meses atrás y que los sabios doctores diagnosticaron como depresión por estrés.

Esa noche Virginia Carrero de Villamarin, cómo le gustaba que la llamaran, ya no tendría más ese nombre, ahora era 2378672.  Ese era su número de afiliación al sistema de salud, ese era su código.

Por fin llamaron al  2378672. En ese momento, las tres no le prestaron atención al hecho de que no le dijeron su nombre de pila. Corrieron a la puerta como si se les acabara el tiempo. A Virginia le pareció un lugar frío y hasta inhumano.  Para ese momento su boca ya no le pertenecía, estaba tan torcida que se le dificultaba pronunciar alguna frase.

Eso jamás le había pasado en sus 55 años de vida, la palabra era su característica más privilegiada. Aunque no pudo terminar sus estudios secundarios, ella se jactaba de tener una inteligencia casi sobrenatural.

Hacía 15 años, Se había convertido en maestra de los niños del barrio, les enseñaba no sólo a leer sino a enfrentar la vida con entereza. Tanta era su capacidad de amar, que muchos de ellos la llamaban mamá. Cosa que a Virginia la llenaba de orgullo.

Su trabajo como madre comunitaria la había llevado a ser una líder y sí, hablaba en público sobre los derechos de este trabajo con discursos tan elocuentes, que hasta el mismísimo Jorge Eliécer Gaitán la habría envidiado.

Su hija Ángela, tímida e introvertida, siempre había admirado esa cualidad en su madre, esa capacidad de convencer, de pararse en una tarima a defender lo que le parecía justo. Tal vez, por eso, decidió estudiar periodismo, para algún día ser cómo ella, no como esos periodistas, que no tienen la firmeza de decir lo que piensan, y que no tienen el carácter de hablar con la verdad.

Pero esa noche, Ángela y Cristina no vieron a Virginia sino al código 2378672, su espalda estaba doblada hacia adelante, su cara parecía que envejecía con cada minuto que pasaba. El médico implacable sentenció: es un derrame, se  tiene que quedar esta noche.

No dijo nada más.  Ahora su mamá no le pertenecía a la libertad que tanto amo, desde ese instante, ese hospital era su prisión y el código era su nombre. Pero cómo ese número se había convertido en la mujer que más amaban, esa que luchó cada día de su vida por ser feliz, era algo que sus hijas no podían comprender.

Virginia se acostó en la camilla sin decir nada, en un pasillo de ese hospital. Sola pensaba en que tal vez era algo pasajero, y que debía descansar, pero en el fondo de su corazón, ella presentía que su vida se le escapaba.

Tres meses antes, cuando entró por primera vez a ese tenebroso lugar, comenzó a sentir un olor particular, a flores, a sangre, pero recordó que alguien le había dicho que los ángeles se le estaban manifestando y así lo creyó firmemente. ¿Será que los ángeles quieren decirme algo?, ¿será que pongo una vela blanca?, ¿será que me escogieron para alguna misión?

Sentía que ese olor se apoderaba de su cabeza y se durmió soñando que tal vez, por fin, había sido escogida para algo más que ser la esposa perfecta y la madre incondicional. Su boca torcida sonrió pensando que había llegado su momento.  

Cuando abrió los ojos, Virginia sintió que de nuevo era ella, los ángeles ahora estaban a su lado y nada la podría vencer, como siempre había sido.  Se levantó pero su cuerpo se fue hacia la izquierda y cayó sobre la cama, las enfermeras corrieron para socorrerla.

Pero, ¿cómo podía ser esto?, se supone que los ángeles están conmigo, ¿por qué me siento débil?, me duele la cabeza como si un martillo me estuviera golpeando dentro del cráneo, y ese olor no me deja en paz.  ¡Señorita, por favor, quite esas rosas que no soporto el olor!. Señora, cálmese, no hay flores cerca de usted.

¿Qué es un diagnóstico? según la Real Academia de la Lengua, es determinar el carácter de una enfermedad mediante el examen de sus signos. Una definición que sus hijas no entendían.  Cada día, ella perdía más la movilidad, su cuerpo estaba inclinado hacia la izquierda, con cada minuto que pasaba se apoderaba de Virginia: el código 2378672.

Pero no sólo ella estaba sufriendo una metamorfosis, su familia también. Enrique,  el hombre que la acompañó desde aquel 19 de diciembre de 1964, cuando ella le dio el sí en el altar, ese mismo que siempre le perdonó sus errores porque para él la sonrisa de su princesa era lo más importante en su vida. No importaba nada más. Ese hombre volvió hacer su novio de juventud.

Llegó al hospital, caminando con la velocidad de un hombre de 70 años, pero con el romanticismo de un adolescente. Siempre trataba de lidiar con los caprichos de su Virginia. Un día, ella le dijo quiero que me cocines un ajiaco. Se lo dijo así como era ella, firme con voz de mando. Él sólo asintió con la cabeza. Al día siguiente y sin la ayuda de nadie, escogió meticulosamente cada ingrediente, cada sabor que iría en esa comida, que seguramente le ayudaría a su esposa a pararse de la cama. En silencio, combinó todos los sabores que a ella le gustaban, sirvió la sopa, con mucho cuidado y despacio, y salió presuroso para cumplirle un deseo más  a su mujer.

Cristina era tan sólo una chica díscola que aún se creía el bebé de mamá, pero en un instante, Virgina se convirtió en su hija. A pesar de su contextura muy delgada, lograba sacar fuerzas para levantar a su madre, bañarla, vestirla y hacerle bromas a pesar de que la situación no era realmente graciosa. Pero así era la hija menor, la consentida.

Dicen que en la enfermedad se conoce a la familia y es así. Saca lo mejor y lo peor de cada ser humano, para luchar contra lo desconocido. Esa tarde, Virginia no podía del dolor de cabeza, la medicación no tenía ningún efecto para los síntomas. El maldito olor a sangre que no se iba.

Ángela la tímida, la introvertida, no lo soportó más. ¿Quiénes eran ellos para no saber qué era lo que tenía su madre?, ¿luego no habían estudiado en las mejores facultades de medicina?,¿ cómo no íban a tener una respuesta?. Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta del director de neurocirugía y con la sangre en el cuello le grito: “¿Cuándo le van hacer el maldito tac de contraste, la van a dejar morir en el pasillo, ¿para qué carajos estudió medicina si no va a cumplir con su trabajo?”

Sentía como su corazón vibraba en medio del pecho y su cuerpo temblaba cómo aquella vez que le dijo a su madre: “Es sicológico, no tienes nada”, pero esta vez estaba segura, que Virginia tenía algo más que una depresión por estrés o un derrame cerebral.

El doctor Ortiz, apenado porque odiaba los escándalos solo atinó a decir, lo vamos hacer esta tarde, por favor salga de mi oficina. Ángela no dijo nada más, tal vez porque su voz se había apagado con aquel grito, pero estaba tranquila. En pocas horas, lo sabría.

Virginia abrió sus ojos entre dormida y los vio ahí, a su familia. El amor no se había ido, pero el dolor tampoco. Se sentía mareada, adormilada y otra vez no podía hablar, sus labios se entumecieron. Agua por favor…  ¿Por qué tienen esas caras largas? Nada mamá no es nada, estamos cansados, eso es todo.

El olor a flores no era la visita de los ángeles, ni una misión que Dios le había encomendado. Era algo más, que estaba carcomiendo su cerebro día tras día, algo que había empezado a crecer sin razón. La frase más temida había sido pronunciada por uno de los sabios de bata blanca: Ella tiene cáncer cerebral etapa 4.  ¡Hay que sacárselo ya!.  

Y, ¿qué es eso? ¿veamos en Internet? ¿Quién le dice a mi papi? Te toca, tú eres la mayor. Discutían sin realmente saber qué significaba la palabra cáncer. Leyeron mil veces el diagnóstico del código 2378672 y encontraron la palabra tumor, ambas vieron la radiografía y creyeron que  lo habían entendido.

Virginia ya no se sentía la de antes, sabía que tenía algo grave, y era hora de poner todo en orden. Como en el ejército cuando el comandante llama a sus filas a revista, ella planeó lo que tenía que decirle a cada miembro de su familia.

Tenía que hacerlo, tal vez nunca más los volvería a ver. Se llenó de valor para no llorar, aunque sentía que las lágrimas rodaban adentro de su corazón. Impartió órdenes, tú debes quedarte con mi escuela, deben ser organizadas, ese Mauricio no le sirve, pilas con mi nieto, no me lo vaya a abandonar.  Ángela, mija no se vaya a quedar sola, búsquese un buen hombre, cuidado con el dinero, traten de no tener deudas, pero cuando llegó Enrique su compañero se quedó callada, durante 30 años se habían dicho todo. No había nada más que decir. Él ya lo sabía y por eso la acompañó, tomado de su mano.

Se despertó sin abrir los ojos, tal vez con la esperanza de que todo esto fuera una pesadilla, sin embargo un punzón agudo y certero  en la cabeza, le recordó que el cáncer había llegado a su puerta sin previo aviso, y se preguntaba por qué a mí, y si era una equivocación.

La voz de sus hijas la sacaron de su propio panel de preguntas. Las dos estaban allí paradas, al lado de su cama, con la mirada de niñas asustadas, esperando a que su madre, la matrona, les solucionara la vida.

Virginia lo entendió así. ¿Qué hacen ahí mirándome? Ya levántenme que debo bañarme. Me trajeron una pijama nueva. Ni crean que voy a ir desarreglada a esa ridícula cirugía. Ella las vio correr para alistarlo todo, mientras su corazón se rompía en pedazos. ¿Qué iba a pasar con la vida de estas niñas ya mujeres, sin mi guía? En ese momento sintió furia, una rabia que le carcomía el pecho. ¿Por qué los ángeles le estaban haciendo esto? No valía todo el sufrimiento que había vivido cuando era una pequeña, ¿qué estaba pagando?

Al salir del cuarto una compañera de la habitación le preguntó: ¿Para dónde la llevan? Me van a cortar la cabeza, ¿contenta? Sus hijas se sonrojaron y le sonrieron a la impertinente mujer, pero Virginia no se avergonzó de su respuesta. ¿Acaso no era la verdad? Le iban a cortar su cabeza, su cerebro. ¡Que le importaba a esa vieja! Tenía tanta impotencia, ahí estaba ella, sentada en una silla de ruedas.

 En su mente pasaban imágenes de sus días de adolescente, cuando los muchachos la cortejaban por su belleza casi ancestral, su hermoso cabello largo y grueso como el de una diosa indígena. Ella caminaba con su espalda erguida, silenciosa, casi etérea.

Ahora estaba sentada torcida, doblada, y sí, estaba en silencio pero esta vez ese silencio le pertenecía al miedo, a la muerte, al más allá, a lo desconocido. Esos temas a Virginia le apasionaban y trataba de recordar lo que había leído y  podía poner en práctica, pero por más que se esforzaba, no podía traer a su mente nada, sólo sentía miedo.

Las enfermeras tomaron su silla y Virginia no quiso ver a los ojos a sus hijas. Ella no quería que la descubrieran desnuda, sin su armadura de poder.  

Familiares del código 2378672. A Ángela y a Cristina se les paralizó el alma cuando escucharon el número, porque tan rápido las llamaron. En la puerta estaba un doctor con su rostro desencajado. ¿Ustedes son las hijas? ¿por qué le dieron estas pastillas a la paciente? ¿Cuáles pastillas? La enfermera se la recetó para aliviar el dolor de cabeza, nosotras seguimos las instrucciones de la señorita. Cometieron un terrible error. Esta medicación adelgaza la sangre. ¿Cómo es su nombre?. Ángela. Bueno pues tiene que firmar este papel en donde usted se hace responsable si algo le pasa a su mamá, por culpa de esa medicación  no tiene coagulación.

Ángela sintió que el mundo se le caía encima, ni siquiera podía pensar. Firmó aunque su esperanza moría lentamente. Abrazó a su hermana y lloraron sin descanso. Todo estaba consumado.

Pasaron horas, que parecían siglos y por fin se abrió la puerta: era ella. Familiares del código 2378672. Somos nosotras. Está en coma. La operación fue un éxito, pero es cáncer, ustedes saben. La verdad ellas no sabían nada, eran como dos seres indefensos esperando un milagro.

Virginia no pasó por el túnel de luz o esas cosas que dicen sobre las experiencias cercanas a la muerte, en cambio, ella se vio acostada como entre sueños, el dolor había desaparecido y estaba conectada a muchos cables y aparatos. Vio como  Ángela su hija entró a la habitación, parecía que no caminaba sino que volaba. Se sentó en un escritorio cerca de la cama y comenzó a escribir en una vieja máquina. No escribas nada. No firmes nada, es un engaño, por favor no firmes. Pero su hija no la escucho y siguió tecleando algo, y sí firmó una hoja.  De pronto abrió los ojos y la vio parada mirándola, sin verla.  

Ella estaba conectada a un tubo que le atravesaba la garganta, era imposible hablar, quería decirle a su hija que no firmará nada, pero luego vio el resto de la habitación y no estaba la vieja máquina de escribir, ni la mesa. Sintió un alivio, Ángela no firmó nada.

Me siento extraña, ¿por qué no puedo mover mi lado izquierdo? ¿será que quedé inválida? Dios. Virginia estaba como clavada en la cama, y no pudo evitar recordar que su día empezaba a las 5 de la mañana, recibía al primer ángel, cómo les llamaba a sus alumnos, luego corría a hacerles un desayuno nutritivo cómo se lo habían enseñado en los cursos y luego la algarabía: llegaban todos los niños. Los ruidos, los llantos, la revolución infantil le inyectaban vida.

Enseñaba a escribir, a leer con canciones, pero también con disciplina. La única vez que ella dudo de su vocación fue un día en el que se ofreció a ser voluntaria de una escuela infantil del centro de la ciudad, donde se cuidaban niños hijos de prostitutas. Junto a varias compañeras visitaron algunas casas, y de pronto, Virginia vio a un pequeño, quien no se inmutó por la presencia de todas esas señoras. Tenía un pantalón corto, roto por la miseria y su cabello tan rubio que el sol se reflejaba en su cabeza. Ella se acercó sigilosa para no interrumpir su juego y cuando pudo ver lo que tenía en las manos, el motivo de su curiosidad, la piel se le erizó. Era un condón usado.

Virginia no pudo evitar recordar que había perdido a su primer hijo, Juan Carlos cuando apenas tenía una semana de vida,  también era de cabello rubio y piel de ángel. ¿Cómo aquel pequeño  jugaba inocente con ese asqueroso pedazo de plástico usado quien sabe por quién?. Se acercó más y el niño le sonrió, así que le cantó suavemente, mientras le quitaba de sus manitas, ese condón, símbolo de ese hueco infernal, donde crecía la inocencia.

Junto a las demás señoras, lo bañaron, lo vistieron, jugaron con él y mientras se marchaban, Virginia y el niño se miraron, sabían que era la última vez que se encontrarían, pero también sintieron que jamás se olvidarían.

El código 2378672 cambió. Su mirada era de tristeza, sentía que la vida se le escapaba, pero ella no quería dejarla ir. En pocos días cumpliría 56 años, era muy joven. Siempre pensó que enterraría a su esposo y se había preparado para darle el último adios al viejo, como le decía. El destino le tendía una irónica trampa .

Cristina llegó a su habitación y comenzó a alistar todo para bañarla. Hoy no me quiero bañar . Y es que tenía una razón poderosa para evitar entrar a esa ducha. La sensación de estar desnuda, sin que nada cubriera esos 40 kilos, de un cuerpo al que le faltaban fuerzas para mantenerse erguido. El tumor estaba hacia la parte derecha de su cabeza, y por una extraña razón hacía que se inclinara hacia el otro lado, también estaba paralizada.

¿Y es que quien podría imaginarse que de la noche de la mañana, ese rostro y ese cuerpo objeto del deseo, se convirtiera con el paso de los años o de la enfermedad en una caja marchita, de donde el alma se quiere escapar?

Pero no había lugar a una fuga, estaba ahí sola sin poder moverse. Cristina la alzó con una fuerza inimaginable. Ese cuerpo deteriorado pesaba más que las penas de un moribundo. La vistió, la peinó y le puso la pijama para que se viera coqueta como siempre.  Virginia cerró los ojos y soñó con vestirse de gala, con esos abrigos que tanto le gustaban.

Ángela caminaba por las calles buscando la dirección de un eminente neurocirujano que le habían recomendado para que leyera la biopsia, ese examen, que le roba al paciente,  un poquito del cuerpo  y que revela lo que tiene realmente, bueno eso es lo que dicen los médicos.  Ella  había recolectado dinero para pagar esta cita, simplemente porque le gustaba saber la verdad de primera mano, para tal vez lograr conseguir una respuesta, que evitara el dolor a su madre.

Por fin llegó, timbró. Buenas tardes, ¿es usted el doctor Martín?, vengo recomendada del doctor Cárdenas, él me dijo que usted… claro mija pasé. No se preocupe. Ya me contaron su caso, déjeme ver los resultados de la biopsia y del tac de contraste.

Ángela temblaba como una gelatina, no por el miedo, sino porque quería conocer  la verdad. Quería saber si podía conservar la esperanza, observaba a Martín para adivinar la respuesta. Pero no, ese doctor no tenía expresión, nada.

Luego se paró a buscar un libro, y se lo pasó. Ella lo recibió sorprendida y le dijo mire la página 320. Habían muchas fotos con tumores, pero en realidad no distinguía nada. Él señaló una fotografía.

Se le paralizó el cuerpo, por fin veía al enemigo, al asesino sin rostro que le estaba cambiando la vida. Era una cabeza partida a la mitad por una bola misteriosa. La línea que separa los dos hemisferios del cerebro estaba torcida. Y ella no lo soportó, sus manos temblaron. Al fin lo entendió.

Mire señorita. No le quiero darle falsas esperanzas, la clase de ese tumor es  muy maligno, no me cabe duda que en poco tiempo volverá a crecer, bla,  bla, bla. Ella no lo podía escuchar. Sus pensamientos iban y venían sin control. Recordó a esa enfermera diciéndole: es una crisis depresiva, dele activan y listo, cuando internaron  a Virginia, por primera vez.

Luego, Ángela escuchaba en su mente las voces de los doctores:  es un derrame, no es cáncer, su mamá se va a sanar, no…ella simplemente va a morir.

Se puso de pie como pudo, sus mejillas estaban tan pálidas que Martín le preguntó si quería una aromática. No gracias, me tengo que ir. Salió lo más rápido que pudo, y caminó por calles sin rumbo fijo, lloró, maldijo y otra vez, lloró.

Unos chicos con un cuchillo se acercaron para robarla, pero era tanta su tristeza que uno de ellos le dijo: ¿se siente bien?, Ángela no los miró, fue su alma la que los vio a los ojos y ellos se alejaron tal vez porque tuvieron miedo de que ese dolor fuera contagioso.

Virginia llegó a casa, pero no era la misma. Su lado izquierdo no respondía a sus órdenes, sentía que su brazo le colgaba del hombro, su pierna era un adorno. ¿De dónde sacar fuerzas, cuando el cuerpo te abandona a tu suerte? Pensaba. Tal vez debí irme el día de la cirugía, pero no. Aquí estoy sentada, atrapada en este cuerpo que late sólo por instinto, quiero irme, pero…  ¿y el viejo?, ¿será que estas niñas no me lo abandonan?, Dios que debo hacer.

En ese instante, llegaron sus hijas a cambiarle el pañal.  No puede haber algo más deprimente que depender de otras personas para algo tan básico, y luego las visitas, y es que Virginia no quería que la vieran así: derrotada, inválida, acompañada pero sola en su martirio.

Ya no quería hablar, tenía llagas en su cuerpo, su alma quería escapar, ¿dónde carajos están los ángeles? ¿dónde está Dios?, y luego el silencio. No podía pensar cuando el dolor llegaba. Era un torbellino de emociones sin sentido, las noches ya no eran noches, los días eran una tortura, comer era imposible, porque vomitaba al instante. ¡Para qué una vida así! Ella les quería decir a sus hijas no recen más por mí, pero luego pensaba que van a hacer si mí.

La familia trataba de ser optimista. Todos  cocinaban, le cambiaban los pañales, rezaban para que se obrara un milagro, pero el cáncer es así, se pega al cuerpo como un parásito que ya se siente el amo y señor. A los 20 días de la cirugía, el tumor estaba más grande y fuerte, latía con vida propia. No hay nada más qué hacer: la quimioterapia es la solución.

Ángela venga rápido a su mamá le pasa algo. La escena no podía ser más triste, Enrique tenía a su madre en sus brazos, ella desgonzada solo decía incoherencias, frases inconclusas. La llevaron a la clínica, médicos y enfermeras, todos corrían. Ángela paralizada veía como la conectaban a muchos aparatos ¿era acaso el principio del fin?

Se sentó en una vieja sala de espera, cerró los ojos y oraba con tanta fe: No te la lleves por favor, te lo suplico, no sé vivir sin ella, perdóname si he cometido errores, si es mi culpa, por favor perdóname. Ya no sé qué más hacer, pídeme lo que sea y lo hago.

De pronto, escuchó un grito que la sacó de su meditación, una meditación, que por primera vez en su vida era real.  Hola, me llamo Julia, necesito hablar con alguien, la que grita es mi mamá, lleva un año con cáncer de pulmón. Ya no es ella, no puede respirar, es un cuerpo adolorido. ¿Sabes Ángela? a veces es mejor dejar ir a los que realmente amamos, ese es el valor de un sentimiento tan puro, no seas egoísta.

Ángela no se preguntó porque esa mujer sabía su nombre. Sólo se paró, entró a la sala donde tenían a su madre. La tomó de la mano y le dijo. Te amo, pero ya debes irte, yo me haré cargo de todo, del viejo. No fue capaz de cubrir su pecho, que estaba descubierto por los aparatos, que tenía conectados, como una garrapata a la piel.

Luego se apartó, llegó su papá, su hermana, todos, ella sentía que estaba en una escena de una película de terror. Solo la voz del médico la sacó de su trance.

 -Está bien lo que le dijiste, el cáncer le invadió también el intestino. Ángela no lo escuchó, salió de la sala, y se sintió mal porque no podía llorar.

Buscó a esa mujer, pero ya no estaba, no había nadie y los gritos habían cesado. El doctor tocó su hombro y le dijo al oído: ya se fue. Y sólo en ese momento, Ángela entendió que su mamá tenía razón, los ángeles sí existían, ellos la sacaron de ese cuerpo roto, ya no era el código 2378672, el dolor se había ido, sólo quedaba el amor. Virginia era otra vez libre, era ella de nuevo. Sintió el olor a rosas, a sangre. Era verdad. 

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