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Quijotadas

Adiós a todas las armas 

Pasó más de medio siglo de guerra fratricida y por fin, a partir de hoy, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, inician la dejación de armas con miras a su desmovilización definitiva en la primera mitad de este año.

Tras la firma del acuerdo de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y el comandante de esa organización alzada en armas, Rodrigo Londoño Echeverri, Timonchenko, el proceso ha sido tan difícil como el de la guerra misma, con un plebiscito que de manera absurda fue manipulado, con la ocupación de territorios por parte de los paramilitares, con los enemigos agazapados de la paz cada vez menos agazapados…

Pero los colombianos que hemos sufrido –directa o indirectamente– la guerra, seguimos convencidos de que la paz es la mejor salida para este país y quienes aquí vivimos.

Por eso, lo menos que se puede sentir es alegría al saber que ya fueron silenciados los fusiles de 8 mil guerrilleros que cuentan con el respaldo de 8 mil milicianos, en una tregua de varios meses.

Y esa alegría es mayor hoy, debido a que empieza la dejación de las armas: las que escupen fuego y producen heridos y muertos. Falta, sin embargo, dejar las armas que escupen odio, en el Congreso de la República, en algunos medios de comunicación, en las redes sociales, en las calles, en los medios de transporte, en las aulas…

La paz no es entre el gobierno y los insurgentes –de las FARC y del ELN– sino que la paz es un asunto que nos compete a todos, por haber sufrido la guerra en el pasado, por seguirla sufriendo en el presente y por la alegre posibilidad de no sufrirla en el futuro.

Aunque la paz no es solo el silenciamiento de los fusiles, pues esta es también justicia social y respeto a la convivencia, la dejación de las armas sí es un paso importante. Ya se vio cuando el M-19 le dijo adiós a la guerra, el 8 de marzo de 1990, y del Ejército Popular de Liberación –EPL– y el indigenista Movimiento Armado Quintín Lame –MAQL–, ambos en 1991, por lo que se pudo avanzar en la conformación de una Asamblea Nacional Constituyente que reunió fuerzas de todas las tendencias sociales y políticas y dictó la Constitucional Nacional que nos rige desde 1991.

Hoy, insisto, están dadas las condiciones para que las FARC dejen las armas, paso que deberá ser seguido por el Ejército de Liberación Nacional –ELN–, que ya se encuentra en negociación pública.

No es exceso de optimismo, pero sí es una necesidad que empieza a traducirse en hechos, con el respaldo de la comunidad internacional. Avancemos, pues, en contra de quienes se han enriquecido con la guerra, mediante la venta de armas, el despojo de tierras a los campesinos, el otorgamiento de medallas a los perpetradores de falsos positivos, el atiborramiento de imágenes violentas que garantizan audiencia en los noticieros, el desalojo de miles de hectáreas para megaproyectos mineros, el incremento de los precios en los alimentos para beneficio de comerciantes inescrupulosos, etcétera.

La guerra es un buen negocio. Pero la paz es mejor. Incluso como negocio, que favorece no a unos pocos sino a la mayoría. Y es esa mayoría, no solamente 8 mil excombatientes, quienes debemos decirles adiós a todas las armas.

Por: Javier Correa

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