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Elkin Ramírez

De entrada, debo decir que yo no soy el más indicado para escribir sobre él, pues no soy su fan, ni colecciono ni escucho su música porque no es de mi completo gusto, pero quiero escribir sobre él porque reconozco, como un simple amante de la música, su gran aporte al rock colombiano. 
 
 Y quiero hablar de las dos veces que lo vi en concierto. 
 
La primera vez fue en el año de 1997 tal vez. Me gustaba mucho una mujer que estudiaba psicología en la universidad donde yo también estudié. Ella me dijo un día que iba a ir a un concierto de Kraken y Sandy & Papo (¿Kraken y Sandy & Papo?, es una combinación rara, pensé… del rock al merengue house…). Iba con una de sus mejores amigas y también amiga mía. Yo no tenía dinero, así que no pude decirle que la acompañaba… 
 
Pero esa noche, por cosas de la vida, a un amigo del barrio le regalaron unas boletas para el concierto, y él, sin saber siquiera el favor que me estaba haciendo, me invitó. 
 
Adentro, en el Coliseo del Café, me dediqué a buscar a aquella muchacha entre la multitud que empezaba a sentarse en las gradas para ver a los artistas. Y la vi al otro costado de donde yo me encontraba con mi amigo. Es decir, tenía que atravesar todo el coliseo para ir a saludarla. Y cuando me disponía a hacer eso, Kraken salió al escenario. La gente se levantó para verlo a él, y él respondió con un saludo y un agradecimiento. Entonces también lo vi, con su pelo largo tapándole el pecho y vestido todo de negro, cantando con esa voz tan delgada que parecía poseerlo y nos amansaba los oídos. Lo vi a él con la bandera de Colombia terciada entre su cuello, como una larga bufanda tricolor. Y lo vi cantar Lenguaje de mi piel, y el coliseo estalló de emoción, y mi amigo cantaba a todo pulmón, y la muchacha que me gustaba no dejaba de mirarlo. Y yo también lo miré y canté lo poco que sabía de esa canción, y lo vi conectado con su público, poniendo el micrófono a la gente para escuchar cómo la letra de su canción se convertía en un himno para los que allí estábamos, se sentía lo que ya era, una leyenda. Esa fue su última canción… 
 
Luego salieron Sandy & Papo y pude ir a saludar a la muchacha.
 
La segunda vez que lo vi, fue hace tres años en un concierto que hizo en Bogotá, una bella combinación entre él y la orquesta filarmónica. Esas combinaciones me gustan. Invité a mi novia de esos días que es también una gran seguidora de él y su música. 
 
Fue un concierto diferente al de los años 90. Me senté en una de las sillas del teatro Jorge Eliecer Gaitán a ver a un hombre que fue aplaudido toda la noche, que de leyenda pasó a ser un ícono, un hombre que ya había dejado escrito su nombre en la historia del rock colombiano. 
 
Vi a un hombre, que en medio de la oscuridad del teatro, lo bañaba una serie de luces de colores, como si fuera una pintura psicodélica a la que hay iluminar; vi a un hombre que detrás de él, tenía toda una orquesta y un coro especial solo para dedicarse a su música; vi a un hombre con menos pelo, pero con la misma voz que me había llamado la atención hace muchos años; Vi a un hombre agradecido con la vida moviéndose en una tarima, había logrado lo que quería y mucho más, tal vez sin saberlo, sin esperarlo… Vi a un hombre despojado de su cuerpo y convertido en aire, en música, en rock.
 
Él era el rock. 
 
Esa noche conocí más canciones de él y su banda, mi novia las cantaba y podía sentir las bellas letras que acompañaba a los golpes secos de la batería y de la guitarra diezmada por los violines de la filarmónica. Esa noche entendí lo que él significaba para éste país, para la música de éste país. 
 
Al final dedicó un buen rato a agradecer a todos los que habían hecho posible ese concierto, hasta su hijo hizo parte del equipo de trabajo. Transmitía calma mientras hablaba, la sentí entrar por mis oídos… 
 
Esas fueron las dos veces que lo vi, que me encontré con él, que escuché su música sin conocerla. 
 
A Él, al hombre que no le gustaba que “poguearan” en sus conciertos, la muerte lo acaba de convertir en historia, ahora es un inmortal de alto grado, como dice Kundera. Porque serán muchas generaciones las que pasarán antes de que su nombre no sea más que letras escritas en una piedra fría.

Jerónimo García

Docente del Departamento de Comunicación Social y Periodismo 

Este artículo fue publicado con la Revista Corónica

 
 

 

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