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El silencio tras los rostros de la violencia de género en la guerra

Laura Mártinez

 ACN se une a los #16DiasDeActivismo contra la violencia hacía las mujeres.

Somos sin duda un país acostumbrado al dolor, a la guerra, al conflicto y a un sinnúmero de situaciones que han adaptado nuestra forma de vivir. Pero, Colombia es una nación con una cultura diversa y colorida, que no ha permitido que ese sufrimiento manche la alegría que la caracteriza Sin embargo, es cierto que aunque nos debatamos entres esos dos escenarios, de tristeza y entusiasmo, se esconden en el medio historias, que no solo son un aviso de que hemos invisibilizado ciertos tipos de violencia, sino que le hemos dado la espalda a una realidad latente.

Es con esa afirmación contundente que inicia el informe Mujeres y Guerra del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), un texto que sorprende por su crudeza y por los datos que arroja, por los testimonios que logra retomar y lo que expone: la guerra es machista y sus víctimas han sido silenciadas. Y si, ese silencio debe convertirse en un grito que demuestre que las víctimas no solo existen, sino que además, exigen que haya verdad y no repetición.

La Universidad Central fue anfitriona del informe de esta entidad llamado La guerra inscrita en el cuerpo, una investigación que toca de cerca la violencia de género, enfocándola aún más en todo lo relacionado a violencia sexual por parte de grupos armados contra la población, principalmente femenina. El informe de Mujeres y Guerra de 2011, sin duda es un antecesor y un abrebocas del que se lanzó hace tres días por parte del CNMH, pues fue un estudio realizado en zonas controladas por paramilitares como los Montes de María, y parte del departamento del Magdalena, como un intento de visibilizar los diferentes tipos de violencia contra las mujeres.

Pero ¿qué es violencia de género y por qué hablar de ella? Es un concepto complejo, que apunta a comprender que no todas las víctimas sufren de igual manera y que hubo muchos afectados en razón de su género, ya que este representaba desventaja a los ojos de los actores armados. Hasta hace unos años no se había hecho un reconocimiento explícito de lo que eran estas violencias y los daños que podían haber causado en la población. No se trata solo de violencia sexual – aunque entra en esta categoría – es imponer una sola forma de ser mujer, es la discriminación por etnia hacia las mujeres, es la homofobia…es un cuento de terror que se hizo realidad hace décadas y del que hasta ahora la gente puede hablar.

 

Laura Mártinez

 

El inicio del cuento de horror

No buscamos caer en el cliché, pero aquí lo cierto es que ni la ficción podría haber descrito los momentos de angustia que vivió el Caribe colombiano. El informe afirma que el acceso carnal violento, la esclavitud sexual y doméstica y el establecimiento y exigencia de pautas para la relación afectiva entre hombres y mujeres, fueron en parte las razones de la reconfiguración social que vivieron aquellos pueblos de vallenatos y cumbias, que un día vieron llegar a los ‘paras’ y desde entonces nunca más volvieron a ser lo que eran.

Empezaron cambiando las fiestas, eliminando todo rastro de cultura afro descendiente y remplazándola con festivales donde reinaba el alcohol, el desorden y donde poco a poco se perdía la tradición del lugar. Después, iniciaron un control sobre el territorio, allí no solo entendieron de su propiedad la tierra, sino las mujeres que en ella habitaban. Fue entonces donde se prohibieron las faldas, la ropa reveladora, los paseos por el pueblo o las conversaciones entre vecinas, puesto que esto no era lo moralmente aceptado por estos grupos. Las mujeres debían ser como ellos las idealizaban y pronto se convirtieron en seres enjaulados en sus propios hogares.

El entremedio

Una vez tomado el control de estos pueblos, afirman los/as investigadores, inició una ola de violencia en contra de las mujeres. No solo les prohibieron ciertas actitudes y las confinaron a las labores domésticas, sino que se aprovechaban de su poder para cometer violaciones, o, según confesó uno de los hombres perteneciente a estos grupos armados, vender la virginidad de las jóvenes de los pueblos entre los comandantes de las regiones.

Quien desobedecía las órdenes era sacada a rastras de  su vivienda para ser torturada o violada, de esta forma amedrentaron a muchas líderes y convirtieron a las mujeres y niñas en botín de guerra. Sin embargo, los castigos no se limitaron a sus propios cuerpos, sino a su mente, sometiéndolas a humillaciones públicas. El informe asegura que una de las cosas que estaba prohibido hacer era armar escándalo a la pareja, o “chismosear” con otras mujeres; quien no cumpliera con lo impuesto debía barrer toda la plaza del pueblo (uno de ellos llamado La Libertad), bajo el sol ardiente por largas jornadas sin bebida o comida. Mientras realizaban esta actividad las mujeres cargaban un cartel en el que se describía su falta: infiel, chismosa, entre otras.

Uno de los testimonios más increíbles es el de una mujer que cuenta como alias ‘El Oso’ le arrancó el cuero cabelludo, en un intento por quitarle el cabello, simplemente porque la acusaba de ser fiestera y no respetar a su esposo. Desafortunadamente esta acción violenta le costó un alto número de puntos en la cabeza, heridas graves que tuvieron que ser atendidas fuera del pueblo, además de obligarla a desplazarse por miedo a nuevas represalias.

¿El final?

Esta historia que ojalá fuera ficción sucedió en el Caribe hace años, sin embargo, lejos de que se haya terminado el sufrimiento sigue. Esta vez no es una afirmación del CNMH, sino la de un par de jóvenes pertenecientes al colectivo de Nuevas Masculinidades, que visitan territorios de zona roja tratando de incentivar la igualdad de género a través de talleres en colegios rurales con altos índices de violencia y maternidad infantil.

Camilo Bohorquez y Andrés Díaz han recorrido el país dictando estos talleres, la guerra, reconocen, desde su práctica ha formado hombres de lucha y mujeres de casa, y es sin duda un detonante del machismo. En el Huila, en un pueblo al que no le mencionan el nombre, tal vez porque la anécdota le gana al dato y ya llevan tiempo explicando cómo en esos territorios de zona roja la mayor parte de las niñas ya están casadas, aseguran que los paramilitares ponen la reglas y los límites, “la mayoría de las niñas se casan por protección y estabilidad” asegura Díaz.

Él, que las ha visto llorar en los talleres que realiza por los bebés perdidos a los 14 y el peso que tienen encima y no son capaces de reconocer, solo puede alegar que sí hay otra causa del machismo en el país es la mala educación, porque desde las escuelas y la casa se construyen los estereotipos que luego el conflicto termina de cimentar. Lo que cuentan, lo han escuchado en uno y otro lado, en la Guajira, en Los Montes de María y todo lugar donde el Colectivo de Hombres y Nuevas Masculinidades les ha permitido entrar.

Es así como el informe del CNMH no solo no ha perdido vigencia, sino es un aviso de lo que ya ocurrió y no puede volver a pasar. Los jóvenes deben hacer esfuerzos en cambiar las dinámicas que fomentan la violencia de género, aquellas que permean el conflicto y no solo nos deja con una guerra destructiva capaz de arrasar con pueblos enteros, sino con un conflicto que posiciona y ratifica los roles de género y destruye vidas a través de esa acción.

 

Laura Mártinez

 Por: Laura Martínez.

ACTUALIDAD

El silencio tras los rostros de la violencia de género en la guerra

Laura Mártinez

 ACN se une a los #16DiasDeActivismo contra la violencia hacía las mujeres.

Somos sin duda un país acostumbrado al dolor, a la guerra, al conflicto y a un sinnúmero de situaciones que han adaptado nuestra forma de vivir. Pero, Colombia es una nación con una cultura diversa y colorida, que no ha permitido que ese sufrimiento manche la alegría que la caracteriza Sin embargo, es cierto que aunque nos debatamos entres esos dos escenarios, de tristeza y entusiasmo, se esconden en el medio historias, que no solo son un aviso de que hemos invisibilizado ciertos tipos de violencia, sino que le hemos dado la espalda a una realidad latente.

Es con esa afirmación contundente que inicia el informe Mujeres y Guerra del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), un texto que sorprende por su crudeza y por los datos que arroja, por los testimonios que logra retomar y lo que expone: la guerra es machista y sus víctimas han sido silenciadas. Y si, ese silencio debe convertirse en un grito que demuestre que las víctimas no solo existen, sino que además, exigen que haya verdad y no repetición.

La Universidad Central fue anfitriona del informe de esta entidad llamado La guerra inscrita en el cuerpo, una investigación que toca de cerca la violencia de género, enfocándola aún más en todo lo relacionado a violencia sexual por parte de grupos armados contra la población, principalmente femenina. El informe de Mujeres y Guerra de 2011, sin duda es un antecesor y un abrebocas del que se lanzó hace tres días por parte del CNMH, pues fue un estudio realizado en zonas controladas por paramilitares como los Montes de María, y parte del departamento del Magdalena, como un intento de visibilizar los diferentes tipos de violencia contra las mujeres.

Pero ¿qué es violencia de género y por qué hablar de ella? Es un concepto complejo, que apunta a comprender que no todas las víctimas sufren de igual manera y que hubo muchos afectados en razón de su género, ya que este representaba desventaja a los ojos de los actores armados. Hasta hace unos años no se había hecho un reconocimiento explícito de lo que eran estas violencias y los daños que podían haber causado en la población. No se trata solo de violencia sexual – aunque entra en esta categoría – es imponer una sola forma de ser mujer, es la discriminación por etnia hacia las mujeres, es la homofobia…es un cuento de terror que se hizo realidad hace décadas y del que hasta ahora la gente puede hablar.

 

Laura Mártinez

 

El inicio del cuento de horror

No buscamos caer en el cliché, pero aquí lo cierto es que ni la ficción podría haber descrito los momentos de angustia que vivió el Caribe colombiano. El informe afirma que el acceso carnal violento, la esclavitud sexual y doméstica y el establecimiento y exigencia de pautas para la relación afectiva entre hombres y mujeres, fueron en parte las razones de la reconfiguración social que vivieron aquellos pueblos de vallenatos y cumbias, que un día vieron llegar a los ‘paras’ y desde entonces nunca más volvieron a ser lo que eran.

Empezaron cambiando las fiestas, eliminando todo rastro de cultura afro descendiente y remplazándola con festivales donde reinaba el alcohol, el desorden y donde poco a poco se perdía la tradición del lugar. Después, iniciaron un control sobre el territorio, allí no solo entendieron de su propiedad la tierra, sino las mujeres que en ella habitaban. Fue entonces donde se prohibieron las faldas, la ropa reveladora, los paseos por el pueblo o las conversaciones entre vecinas, puesto que esto no era lo moralmente aceptado por estos grupos. Las mujeres debían ser como ellos las idealizaban y pronto se convirtieron en seres enjaulados en sus propios hogares.

El entremedio

Una vez tomado el control de estos pueblos, afirman los/as investigadores, inició una ola de violencia en contra de las mujeres. No solo les prohibieron ciertas actitudes y las confinaron a las labores domésticas, sino que se aprovechaban de su poder para cometer violaciones, o, según confesó uno de los hombres perteneciente a estos grupos armados, vender la virginidad de las jóvenes de los pueblos entre los comandantes de las regiones.

Quien desobedecía las órdenes era sacada a rastras de  su vivienda para ser torturada o violada, de esta forma amedrentaron a muchas líderes y convirtieron a las mujeres y niñas en botín de guerra. Sin embargo, los castigos no se limitaron a sus propios cuerpos, sino a su mente, sometiéndolas a humillaciones públicas. El informe asegura que una de las cosas que estaba prohibido hacer era armar escándalo a la pareja, o “chismosear” con otras mujeres; quien no cumpliera con lo impuesto debía barrer toda la plaza del pueblo (uno de ellos llamado La Libertad), bajo el sol ardiente por largas jornadas sin bebida o comida. Mientras realizaban esta actividad las mujeres cargaban un cartel en el que se describía su falta: infiel, chismosa, entre otras.

Uno de los testimonios más increíbles es el de una mujer que cuenta como alias ‘El Oso’ le arrancó el cuero cabelludo, en un intento por quitarle el cabello, simplemente porque la acusaba de ser fiestera y no respetar a su esposo. Desafortunadamente esta acción violenta le costó un alto número de puntos en la cabeza, heridas graves que tuvieron que ser atendidas fuera del pueblo, además de obligarla a desplazarse por miedo a nuevas represalias.

¿El final?

Esta historia que ojalá fuera ficción sucedió en el Caribe hace años, sin embargo, lejos de que se haya terminado el sufrimiento sigue. Esta vez no es una afirmación del CNMH, sino la de un par de jóvenes pertenecientes al colectivo de Nuevas Masculinidades, que visitan territorios de zona roja tratando de incentivar la igualdad de género a través de talleres en colegios rurales con altos índices de violencia y maternidad infantil.

Camilo Bohorquez y Andrés Díaz han recorrido el país dictando estos talleres, la guerra, reconocen, desde su práctica ha formado hombres de lucha y mujeres de casa, y es sin duda un detonante del machismo. En el Huila, en un pueblo al que no le mencionan el nombre, tal vez porque la anécdota le gana al dato y ya llevan tiempo explicando cómo en esos territorios de zona roja la mayor parte de las niñas ya están casadas, aseguran que los paramilitares ponen la reglas y los límites, “la mayoría de las niñas se casan por protección y estabilidad” asegura Díaz.

Él, que las ha visto llorar en los talleres que realiza por los bebés perdidos a los 14 y el peso que tienen encima y no son capaces de reconocer, solo puede alegar que sí hay otra causa del machismo en el país es la mala educación, porque desde las escuelas y la casa se construyen los estereotipos que luego el conflicto termina de cimentar. Lo que cuentan, lo han escuchado en uno y otro lado, en la Guajira, en Los Montes de María y todo lugar donde el Colectivo de Hombres y Nuevas Masculinidades les ha permitido entrar.

Es así como el informe del CNMH no solo no ha perdido vigencia, sino es un aviso de lo que ya ocurrió y no puede volver a pasar. Los jóvenes deben hacer esfuerzos en cambiar las dinámicas que fomentan la violencia de género, aquellas que permean el conflicto y no solo nos deja con una guerra destructiva capaz de arrasar con pueblos enteros, sino con un conflicto que posiciona y ratifica los roles de género y destruye vidas a través de esa acción.

 

Laura Mártinez

 Por: Laura Martínez.

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