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“Uno no necesita un tanque de guerra para hacer periodismo”: Javier Osuna

javierosuna

Por: Gabriela García Aguilar

La publicación ‘Me hablarás del fuego’ de Javier Osuna, recibió la mención especial al libro periodístico en la edición número 42 del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en el 2017. El Comunicador Social y Periodista de la Universidad de la Sabana ha tenido varios reconocimientos: en el 2009, también en los Simón Bolívar, recibió el premio con el reportaje “la prensa silenciada”, en el mismo año el Premio Nacional de Periodismo CPB en la categoría nuevos medios con el portal Verdadabierta.com. Se dedica a la docencia universitaria y se encarga de proyectos para el desarrollo a través de la cultura. Desde hace diez años es el director de la Fundación Fahrenheit 451, una organización sin ánimo de lucro que trabaja con la literatura como herramienta de transformación social con sectores vulnerables en el país.

Osuna menciona el arduo proceso investigativo y las amenazas que recibió como consecuencia de su investigación, donde se devela uno de los episodios más infames de la historia reciente colombiana: la construcción de hornos crematorios en el Norte de Santander, donde más de 560 personas fueron incineradas por parte de los paramilitares.

Gabriela García: Además de un ejercicio de construcción de memoria ¿qué otra motivación lo llevó a escribir ‘Me hablarás del fuego’?

Javier Osuna: Yo llego al libro ‘Me hablarás del fuego’ como resultado de mi trabajo en Verdadabierta.com. Ese portal pretendía construir una verdad relacionada con el conflicto armado y concretamente con el paramilitarismo, que en ese tiempo iniciaba un tránsito de desmovilización.

G.G: ¿Por qué le interesó el tema de los hornos crematorios en Norte de Santander?

J.O: Creo que uno de los principales problemas del país es que construimos la narrativa de estos crímenes siempre desde un testimonio de poder de centro, hay pocos intentos de construir relatos desde puntos alternativos como el de las víctimas, que auténticamente resignifiquen sus sufrimientos. El libro es el resultado de una deuda que a mí me quedó y que tiene que ver con ofrecer una reconstrucción de estos crímenes y dimensionar la pérdida, a veces hablamos de esto como 500 o 600 personas incineradas y nos referimos solo a una cifra.

G.G: ¿Qué fue lo más difícil de ese proceso de investigación?

J.O: Fue difícil porque alrededor de Norte de Santander la estructura del paramilitarismo sigue absolutamente firme, tanto en su estructura armada, como política, a pesar de que hubo un proceso de desmovilización.

G.G: Menciona en el libro a varios servidores públicos que contribuyeron al paramilitarismo, además de las declaraciones de Jorge Iván Laverde ¿qué otras afirmaciones utilizó?

J.O: Planteo una tesis que comparto con la Magistrada Alexandra Valencia, responsable de emitir la sentencia contra Jorge Iván Laverde y de Salvatore Mancuso, y es que el paramilitarismo en Norte de Santander es una invención estatal. Había personas no necesariamente vestidas de camuflados, pero que eran funcionarios públicos y tenían un “alias”. El principal drama de esta tragedia es que ocurre amparada por un Estado cómplice.

G.G: ¿Cómo se ha transformado su vida a partir de la declaración de las relaciones entre funcionarios públicos y el paramilitarismo ante la opinión?

J.O: Estoy en el programa de protección a periodistas después de un atentado en mí contra el 22 de agosto del 2014. Desde ahí seguimos a la espera de que la justicia esclarezca lo que ocurre conmigo en materia de seguridad. A partir de esto aprendí que cuando a uno se le da el espacio para hablar en condiciones de opresión, tiene la responsabilidad de decir algo más importante que su propio nombre Yo podría victimizarme, pero creo que ese es su objetivo y es un mensaje que no me gustaría transmitir. Este libro demuestra que, a pesar de la opresión y las amenazas, se puede hacer investigación y periodismo en este país. Al final, el compromiso por la verdad está por encima de cualquier tipo de artificio que los violentos puedan intentar construir para silenciarlo. “Me hablarás del fuego” se quedó sin editorial tres veces porque nadie lo quería publicar, pero por más poderosos que se muestren los violentos, jamás lo serán como la libertad de expresión. Mi trabajo no es el que me tiene puesto un sistema de seguridad, eso me lo tiene puesto los corruptos, las personas cómplices del paramilitarismo.

G.G: ¿Cómo ha sido seguir con su trabajo periodístico, teniendo el acompañamiento de la Unidad Nacional de Protección? ¿No construye una barrera que dificulta la relación con las fuentes?

J.O: La exposición pública de mi trabajo ha favorecido que las instituciones y el gobierno asuman la responsabilidad de cuidarme. Lo anterior, dista con lo que pasa con los periodistas regionales y los periodistas de a pie, todos los días son amenazados y asesinados en silencio; cuenta de esto dan los informes de la Fundación para la Libertad de Prensa. Los periodistas no necesitamos esquemas de seguridad para hacer nuestro trabajo, necesitamos que la justicia identifique quiénes nos quieren silenciar. Efectivamente, esto plantea una barrera de contacto con la realidad, porque muchas de las poblaciones con las que trabajo, fueron víctimas de personas que tenían esos esquemas de seguridad.

G. G: ¿Quiénes son las personas que lo quieren silenciar? ¿cree el Estado también hace parte de este hostigamiento hacia los periodistas?

J.O: Yo estoy convencido de que el Estado juega un papel determinante, en mi caso y el de otros periodistas. Hace año y medio infiltraron el esquema, un militar que era compañero en la milicia de alias “Hernán”, el responsable de meter los cuerpos en los hornos, fue destinado por la Unidad Nacional de Protección para mi esquema de seguridad, entre todos los escoltas del país. A mí me vigilaba un hombre que mantenía una relación de cercanía, no sé si de complicidad, con una persona sobre la que yo escribí y que me estaba amenazando. Indudablemente existen sectores del paramilitarismo que no están felices con la investigación, pero le cae peor a los miembros de la fuerza pública relacionados con paramilitares.

G.G: Usted hace una similitud con la teoría de Hannah Arendt sobre la “banalidad del mal” ¿por qué menciona que los paramilitares asesinaban sin importar si eran guerrilleros, policías o civiles? ¿Cree que El Estado y la sociedad hemos normalizado la violencia?

J.O: Total, las leyes de justicia transicional son un escenario para eso, permanentemente estamos expuestos a la confesión sistemática de crímenes como algo trivial, hemos normalizado esa relación con la violencia. La obediencia ciega se ve expuesta de alguna manera en el libro, porque cuando se cree que existe una causa digna en nombre del bien, se hacen toda clase de crímenes y de atropellos. Muchas víctimas no tenían relación directa con los paramilitares o con el conflicto.

G.G: Usted en el libro le da espacio historias de los victimarios, como la de Jorge Iván Laverde, comandante del Frente Fronteras ¿Por qué mostrar el lado humano del autor intelectual de la construcción de los hornos crematorios? ¿Cree que esos relatos pueden reparar a las víctimas?

J.O: Para mí lo más valioso es cuando Laverde se hace el responsable públicamente de un crimen tan atroz, es un acto que pretende restituir la dignidad de sus víctimas. Creo que mostrar el lado humano aporta en la medida de aprender a relacionarnos con quienes cometieron estos crímenes a través de un filtro de humanidad, como con Jorge Iván Laverde, eran personas muy jóvenes, venían de zonas rurales y no tuvieron posibilidades de salir adelante. No estoy tratando de excusarlos, no es mi intención, pero creo que tenemos que entender la existencia de esas deficiencias estructurales que permiten existan ciudadanos como estos. He aprendido que la única manera de evitar la violencia en general es a través de la restitución de una condición elemental de humanidad que es negada.

G.G: También menciona las intimidaciones hacia otros periodistas, como el caso de Jhon Jairo Jácome de La Opinión de Cúcuta ¿qué aprendizajes obtuvo para su vida personal y profesional?

J.O: Aprendí que cuando a uno se le da el espacio para hablar en condiciones de opresión, tiene la responsabilidad de decir algo más importante que su propio nombre. De alguna manera, lo que estaba pasando conmigo me dio la oportunidad de poder rescatar la historia de periodistas regionales muy buenos como Jhon Jairo, que habitualmente no tiene la posibilidad de hablar y que recibe permanentemente amenazas.

G.G: En el libro el relato se transforma y las historias de las personas asesinadas son narradas en primera persona ¿Cómo logra esa conexión con las víctimas? ¿por qué les envía un mensaje?

J.O: A raíz de investigar y documentar con sus familias, rompiendo el cerco del silencio; donde sigue habiendo intimidación, las personas no se sienten libres de hablar. Estas historias están contadas desde el terreno de lo invisible, como un insumo a la hora de reconstruir su presencia arrebatada por la guerra. Puede que suene un poco loco, pero están escritas como una especie de invocación, una reconstrucción hologramática del que no está. Escribí pretendiendo hacerle entender al lector que es muy importante seguirlos tratando como si estuvieran vivos, ellos no están muertos y que hay que buscarlos. La idea es podernos sentir tocados y no solo dar cuenta de cómo desaparecieron, sino de qué perdimos con su desaparición.

G.G: Usted en el 2015 visita el escenario de los hornos crematorios en Juan Frío ¿qué se siente estar allá?

J.O: Llegué intoxicado, es muy impactante, sobre todo ver las prendas de ropa adheridas a las paredes. Me parece una vergüenza que no exista ni siquiera un recurso de extinción de dominio de ese predio, que las familias ni siquiera puedan ir a llorar allí me parece infame.

 

CULTURA

ACTUALIDAD

“Uno no necesita un tanque de guerra para hacer periodismo”: Javier Osuna

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Por: Gabriela García Aguilar

La publicación ‘Me hablarás del fuego’ de Javier Osuna, recibió la mención especial al libro periodístico en la edición número 42 del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en el 2017. El Comunicador Social y Periodista de la Universidad de la Sabana ha tenido varios reconocimientos: en el 2009, también en los Simón Bolívar, recibió el premio con el reportaje “la prensa silenciada”, en el mismo año el Premio Nacional de Periodismo CPB en la categoría nuevos medios con el portal Verdadabierta.com. Se dedica a la docencia universitaria y se encarga de proyectos para el desarrollo a través de la cultura. Desde hace diez años es el director de la Fundación Fahrenheit 451, una organización sin ánimo de lucro que trabaja con la literatura como herramienta de transformación social con sectores vulnerables en el país.

Osuna menciona el arduo proceso investigativo y las amenazas que recibió como consecuencia de su investigación, donde se devela uno de los episodios más infames de la historia reciente colombiana: la construcción de hornos crematorios en el Norte de Santander, donde más de 560 personas fueron incineradas por parte de los paramilitares.

Gabriela García: Además de un ejercicio de construcción de memoria ¿qué otra motivación lo llevó a escribir ‘Me hablarás del fuego’?

Javier Osuna: Yo llego al libro ‘Me hablarás del fuego’ como resultado de mi trabajo en Verdadabierta.com. Ese portal pretendía construir una verdad relacionada con el conflicto armado y concretamente con el paramilitarismo, que en ese tiempo iniciaba un tránsito de desmovilización.

G.G: ¿Por qué le interesó el tema de los hornos crematorios en Norte de Santander?

J.O: Creo que uno de los principales problemas del país es que construimos la narrativa de estos crímenes siempre desde un testimonio de poder de centro, hay pocos intentos de construir relatos desde puntos alternativos como el de las víctimas, que auténticamente resignifiquen sus sufrimientos. El libro es el resultado de una deuda que a mí me quedó y que tiene que ver con ofrecer una reconstrucción de estos crímenes y dimensionar la pérdida, a veces hablamos de esto como 500 o 600 personas incineradas y nos referimos solo a una cifra.

G.G: ¿Qué fue lo más difícil de ese proceso de investigación?

J.O: Fue difícil porque alrededor de Norte de Santander la estructura del paramilitarismo sigue absolutamente firme, tanto en su estructura armada, como política, a pesar de que hubo un proceso de desmovilización.

G.G: Menciona en el libro a varios servidores públicos que contribuyeron al paramilitarismo, además de las declaraciones de Jorge Iván Laverde ¿qué otras afirmaciones utilizó?

J.O: Planteo una tesis que comparto con la Magistrada Alexandra Valencia, responsable de emitir la sentencia contra Jorge Iván Laverde y de Salvatore Mancuso, y es que el paramilitarismo en Norte de Santander es una invención estatal. Había personas no necesariamente vestidas de camuflados, pero que eran funcionarios públicos y tenían un “alias”. El principal drama de esta tragedia es que ocurre amparada por un Estado cómplice.

G.G: ¿Cómo se ha transformado su vida a partir de la declaración de las relaciones entre funcionarios públicos y el paramilitarismo ante la opinión?

J.O: Estoy en el programa de protección a periodistas después de un atentado en mí contra el 22 de agosto del 2014. Desde ahí seguimos a la espera de que la justicia esclarezca lo que ocurre conmigo en materia de seguridad. A partir de esto aprendí que cuando a uno se le da el espacio para hablar en condiciones de opresión, tiene la responsabilidad de decir algo más importante que su propio nombre Yo podría victimizarme, pero creo que ese es su objetivo y es un mensaje que no me gustaría transmitir. Este libro demuestra que, a pesar de la opresión y las amenazas, se puede hacer investigación y periodismo en este país. Al final, el compromiso por la verdad está por encima de cualquier tipo de artificio que los violentos puedan intentar construir para silenciarlo. “Me hablarás del fuego” se quedó sin editorial tres veces porque nadie lo quería publicar, pero por más poderosos que se muestren los violentos, jamás lo serán como la libertad de expresión. Mi trabajo no es el que me tiene puesto un sistema de seguridad, eso me lo tiene puesto los corruptos, las personas cómplices del paramilitarismo.

G.G: ¿Cómo ha sido seguir con su trabajo periodístico, teniendo el acompañamiento de la Unidad Nacional de Protección? ¿No construye una barrera que dificulta la relación con las fuentes?

J.O: La exposición pública de mi trabajo ha favorecido que las instituciones y el gobierno asuman la responsabilidad de cuidarme. Lo anterior, dista con lo que pasa con los periodistas regionales y los periodistas de a pie, todos los días son amenazados y asesinados en silencio; cuenta de esto dan los informes de la Fundación para la Libertad de Prensa. Los periodistas no necesitamos esquemas de seguridad para hacer nuestro trabajo, necesitamos que la justicia identifique quiénes nos quieren silenciar. Efectivamente, esto plantea una barrera de contacto con la realidad, porque muchas de las poblaciones con las que trabajo, fueron víctimas de personas que tenían esos esquemas de seguridad.

G. G: ¿Quiénes son las personas que lo quieren silenciar? ¿cree el Estado también hace parte de este hostigamiento hacia los periodistas?

J.O: Yo estoy convencido de que el Estado juega un papel determinante, en mi caso y el de otros periodistas. Hace año y medio infiltraron el esquema, un militar que era compañero en la milicia de alias “Hernán”, el responsable de meter los cuerpos en los hornos, fue destinado por la Unidad Nacional de Protección para mi esquema de seguridad, entre todos los escoltas del país. A mí me vigilaba un hombre que mantenía una relación de cercanía, no sé si de complicidad, con una persona sobre la que yo escribí y que me estaba amenazando. Indudablemente existen sectores del paramilitarismo que no están felices con la investigación, pero le cae peor a los miembros de la fuerza pública relacionados con paramilitares.

G.G: Usted hace una similitud con la teoría de Hannah Arendt sobre la “banalidad del mal” ¿por qué menciona que los paramilitares asesinaban sin importar si eran guerrilleros, policías o civiles? ¿Cree que El Estado y la sociedad hemos normalizado la violencia?

J.O: Total, las leyes de justicia transicional son un escenario para eso, permanentemente estamos expuestos a la confesión sistemática de crímenes como algo trivial, hemos normalizado esa relación con la violencia. La obediencia ciega se ve expuesta de alguna manera en el libro, porque cuando se cree que existe una causa digna en nombre del bien, se hacen toda clase de crímenes y de atropellos. Muchas víctimas no tenían relación directa con los paramilitares o con el conflicto.

G.G: Usted en el libro le da espacio historias de los victimarios, como la de Jorge Iván Laverde, comandante del Frente Fronteras ¿Por qué mostrar el lado humano del autor intelectual de la construcción de los hornos crematorios? ¿Cree que esos relatos pueden reparar a las víctimas?

J.O: Para mí lo más valioso es cuando Laverde se hace el responsable públicamente de un crimen tan atroz, es un acto que pretende restituir la dignidad de sus víctimas. Creo que mostrar el lado humano aporta en la medida de aprender a relacionarnos con quienes cometieron estos crímenes a través de un filtro de humanidad, como con Jorge Iván Laverde, eran personas muy jóvenes, venían de zonas rurales y no tuvieron posibilidades de salir adelante. No estoy tratando de excusarlos, no es mi intención, pero creo que tenemos que entender la existencia de esas deficiencias estructurales que permiten existan ciudadanos como estos. He aprendido que la única manera de evitar la violencia en general es a través de la restitución de una condición elemental de humanidad que es negada.

G.G: También menciona las intimidaciones hacia otros periodistas, como el caso de Jhon Jairo Jácome de La Opinión de Cúcuta ¿qué aprendizajes obtuvo para su vida personal y profesional?

J.O: Aprendí que cuando a uno se le da el espacio para hablar en condiciones de opresión, tiene la responsabilidad de decir algo más importante que su propio nombre. De alguna manera, lo que estaba pasando conmigo me dio la oportunidad de poder rescatar la historia de periodistas regionales muy buenos como Jhon Jairo, que habitualmente no tiene la posibilidad de hablar y que recibe permanentemente amenazas.

G.G: En el libro el relato se transforma y las historias de las personas asesinadas son narradas en primera persona ¿Cómo logra esa conexión con las víctimas? ¿por qué les envía un mensaje?

J.O: A raíz de investigar y documentar con sus familias, rompiendo el cerco del silencio; donde sigue habiendo intimidación, las personas no se sienten libres de hablar. Estas historias están contadas desde el terreno de lo invisible, como un insumo a la hora de reconstruir su presencia arrebatada por la guerra. Puede que suene un poco loco, pero están escritas como una especie de invocación, una reconstrucción hologramática del que no está. Escribí pretendiendo hacerle entender al lector que es muy importante seguirlos tratando como si estuvieran vivos, ellos no están muertos y que hay que buscarlos. La idea es podernos sentir tocados y no solo dar cuenta de cómo desaparecieron, sino de qué perdimos con su desaparición.

G.G: Usted en el 2015 visita el escenario de los hornos crematorios en Juan Frío ¿qué se siente estar allá?

J.O: Llegué intoxicado, es muy impactante, sobre todo ver las prendas de ropa adheridas a las paredes. Me parece una vergüenza que no exista ni siquiera un recurso de extinción de dominio de ese predio, que las familias ni siquiera puedan ir a llorar allí me parece infame.

 

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