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Desde el infierno

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Foto por:  Laura Estefany García Suárez

 

Por: Laura Estefany García Suárez.

En el 2003 se derrumbó la última casa de la calle del cartucho, ubicada en el barrio Santa Inés de Bogotá. gracias a que el alcalde Enrique Peñalosa en 1998 tomó la decisión de intervenir en este lugar con el fin de acabarlo y salvar miles de vidas consumidas por la droga, pero pocas fueron las que salieron de este mundo para contar lo vivido en este lugar.

La vida de un expendedor de drogas en el pleno corazón de la miseria de Bogotá.

Sayajine, un término que en la infancia de muchos es un referente de una raza poderosa de guerreros, capaz de destruir a cualquier enemigo, todo esto es parte de una fantasía animada. Sayayine escrito sin la magia de las aventuras de ficción, es un personaje oscuro y frío capaz de hacer cualquier cosa por una papeleta de bazuco, esta imagen que dejó al país entero sorprendido al conocer la existencia de estos misteriosos personajes sin rostro, ni sombra.

  

Pero llegó el momento, en la noche aparece por fin una cara, un cuerpo, un alma y sí tiene nombre: Norberto, un sayayine, quien se encargaba de vender el vicio y de hacer pagar, de cualquier manera, a los drogadictos de la zona. Él cuenta su historia tal vez para sanar las heridas que ya no lo dejan dormir.

Recuerda con horror aquel día en que conoció al diablo. Ese ser misterioso y oscuro que es recurrente en las pesadillas de miles de cristianos.  Se le acercó un día lluvioso y opaco siendo las 11 de la mañana, en el epicentro de la capital: San Victorino, la caldera del diablo. 

Vestía como cualquier mortal con un pantalón de paño de color negro, tenis del mismo tono de su conciencia y una chaqueta de jean con cuello ovejero, ese era el atuendo del hombre viejo y mal intencionado, que un día cualquiera fue el causante de que la vida de Norberto tomara un rumbo diferente. Este hombre, este anciano traído de los cuentos de hadas tenebrosos, quien lo invitó a su casa a conocer a los ángeles y los diablitos como él lo menciona.

-         Y, ¿eso qué es?

-         Pues vicio

 

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Foto por:  Laura Estefany García Suárez

 

Noberto, quien a pesar de vivir en la calle, era aún muy inocente, sin pensarlo dos veces fue a la casa de este hombre ubicada en la zona del Cartucho. Entre cafeteras hirviendo y humo, comenzó su propio “Viaje de Bazuco”, que no es otra cosa que fantasías del consumo en donde “los ángeles y diablitos” bailan al mismo compás.

  

Un encuentro con el diablo que dejó una dependencia. Norberto llegó al punto que le compraba todos los tintos del día, solo para que lo dejará entrar al infierno mismo, la tierra: La calle del cartucho. Días y noches, en medio del delirio del trance para luego quedar en la nada.

Así pasaron 30 años, como si el tiempo no avanzará, solo importaba conseguir el dinero para entrar a la cueva del vicio. Vicio que lo llevó al punto de robar para conseguir sus papeletas diarias y luego ocupar uno de los cargos de mayor responsabilidad en el Cartucho.

Su vida seguía dedicada a la venta y supervisión del vicio. “día a día, tuve que observar y presenciar la muerte de las decenas de personas que a la hora de entregar el producido les hacía falta hasta 100 pesos”.

Pero como dicen por ahí, “todo en la vida se paga” y una noche, sin piedad, llegó la cobranza del hombre quien le ofreció probar el bazuco, nunca se supo quién lo mató, pero si se rumoraba que era por ser un asesino sin corazón. Esta muerte causó que cientos de personas advirtieron a Norberto que se fuera de esa cueva oscura y deprimente porque el próximo muerto sería el por vender y cobrar deudas.

Quizás fue el motivo de salvación que tuvo Norberto para salir de este lugar y empezar una nueva vida, alejado del vicio, imágenes, golpes, machetazos y tiros que fueron los causantes de las cicatrices que hoy tiene su cuerpo y su mente.    

Norberto, nombre con el que pocos conocen a este hombre de 60 años, con su piel envejecida, cabello blanco y su mirada que refleja el cansancio de la vida, es un emprendedor y trabajador que por culpa del destino tomó una mala decisión en su vida. Es un hombre flaco y alto, 1.80 de altura.

 

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Foto por:  Laura Estefany García Suárez

 

A los 7 años de edad vivía con sus dos hermanos mayores y su madre en Génova, Quindío, no conoció a su padre por la guerra que existía en ese momento entre liberales y conservadores. Fue asesinado por pertenecer al partido liberal, pero por medio de fotos y por lo que su madre le contaba sabe que fue un hombre trabajador, pero adicto a los juegos de dados, cartas y peleas de gallos.

En uno de sus viajes junto al bazuco, revivió el motivo de rabia y desilusión que causó su madre en su niñez.“El paisa” quien fue un niño que no tuvo oportunidad de pisar un jardín y un colegio en toda su vida, entendía muy bien las cosas y sabía que algo muy raro estaba pasando en el comportamiento de su madre con uno de los trabajadores de la finca. Con una mirada perdida y miles de pensamientos en su cabeza, se le hizo más extraño ver que su madre compartía la habitación, la comida y varias cosas de su casa con él hombre…

Con cara de asombro, decidió preguntarle a su mamá porque ese hombre compartía la misma habitación con ella. La mujer, con voz de autoridad le informó que desde ese momento, ese hombre que consideraba un intruso sería, su papá. Esa respuesta cambió la vida del indefenso niño para siempre.

El llamado “intruso” seguía apoderándose de su casa, de su familia, a tal punto que se creyó dueño y capataz de la finca, llegando borracho. A pesar de que han pasado, 52 años de este momento, con sus ojos rojos y su voz llena de rabia, recuerda cada detalle de su pasado.  

Con decepción recuerda estas palabra que le dijo su madre: “le voy a pegar una hijueputa pela que nunca se va a olvidar de mi”. Se las dijo cuando siendo un niño amenazó al hombre que dormía con ella y le arrojó un ladrillo. Esto le causó las heridas que jamás pensó tener.

Luego de lo sucedido arrancó en medio de los cafetales, con una caja en la mano llena de ropa, directo al pueblo, lugar que no conocía porque su padre don Leónidas nunca sacó a su madre de la finca y mucho menos a sus hijos, “desde que salí no he vuelto a saber de mi mamá y mucho menos de mis hermanos, porque no me interesa ella prefirió otra persona en vez de sus hijos, supongo que mi mamá ya estará muerta”. Decidió irse para nunca volver.

 

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Foto por:  Laura Estefany García Suárez

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