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De la ciudad al campo

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Foto por: Laura Camila Arévalo

 

Por: Laura Camila Arévalo

 

Los neocampesinos, un término que no es muy común en el vocabulario de las personas en general, y sobre todo, en las ciudades. Se refiere a los seres humanos que en un principio nacieron y crecieron en la urbe, pero decidieron vivir en el campo cambiando su estilo de vida y acomodando su cotidianidad a la rutina campesina.

Las personas que fueron citadinas y ahora habitan la ruralidad, prefieren la tierra como opción de vida, y ven en el campo una alternativa para realizarse como seres humanos en un ambiente alejado del ritmo acelerado que tienen las ciudades. Reconocen un valor mayor en la naturaleza y optan por retornar a las costumbres de sus ancestros, ya que en su mayoría provienen de familias con abuelos campesinos.

Daniel Aldana estudió publicidad hasta noveno semestre y tomó la decisión de abandonar su carrera e irse a vivir a una carpa en las montañas. Al poco tiempo logró conseguir dinero para arrendar una casa de madera en la que vive desde hace tres años. Siempre tuvo una relación directa con este estilo de vida por sus abuelos y quiso reencontrarse con sus raíces, al saturarse de toda su realidad en Bogotá como estudiante y eventualmente, empleado. Se escapó motivado por el sinsabor que le dejó una ciudad consumida por el sistema y el capital. Bogotá no le daba luz y el decidió que la encontraría en Suesca, municipio en el que actualmente vive.

 

Cómo neocampesino se realizó y encontró una forma de salir, por lo menos simbólicamente del sistema, creando uno que fuese propio y en el que siente un enorme placer de vivir. Se refiere a su nueva vida cómo una de las mejores decisiones que ha tomado: “Tus acciones son tus hijos. Sembrar, construir, montar bici, movimientos sociales, los resultados son más tangibles y te sientes más útil. Aprendes cosas y retornas a la esencia del ser humano. Ves nuevos horizontes, nuevas oportunidades sociales, culturales y económicas. Creas con tus manos”.

 

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Foto por: Laura Camila Arévalo

 

En Suesca, municipio ubicado en el departamento de Cundinamarca, hay alrededor de 200 neocampesinos de edades entre 23 y 55 años, que viven en casas similares a las de Daniel. Las construyeron con sus manos o las arrendaron buscando un lugar acogedor que los tenga en contacto permanente con las rocas y montañas del municipio. No van en busca de dinero y sus proyecciones de éxito son muy diferentes a las del común. Son felices cultivando, escalando, montañando o simplemente caminando por las veredas. Algunos trabajan como guías del territorio, instructores de deportes extremos, panaderos o de sus cultivos venden comida orgánica. Daniel trabaja como realizador audiovisual de contenidos de montaña. Las producciones cuentan las historias de los campesinos que habitan estos territorios olvidados por las ciudades, o simplemente describen y registran las características de estos lugares y sus posibilidades para todos los que sueñen con vivir en ellos. Se define como un revolucionario de las imposiciones citadinas y se sueña con persuadir a más personas para que por lo menos consideren como una alternativa de vida el campo.

“No volvería a vivir en la ciudad. Tengo que ir por temporadas a Bogotá, pero no volvería. Tengo más oportunidades en el campo y mi calidad de vida mejoró considerablemente. Me siento pleno y feliz en Suesca. Siento bienestar y tengo todo lo que necesito”.

Indudablemente en el campo también tienen que someterse algunas imposiciones similares a las de la ciudad. Pagan servicios, cumplen leyes del departamento o vereda,  y en ocasiones tienen que comprar productos en supermercados, pero lo que realmente le atribuyen a su estilo de vida en el campo es que no se sienten parte de la cadena productiva y sin sentido que hay en la ciudad, aunque de alguna u otra forma lo sean. Son conscientes de que necesitan cosas que la ciudad tiene, pero como todos los campesinos de Colombia, van a lo estrictamente necesario. Sienten que en el campo pueden lograr lo que quieran y hasta ven de una forma más amable y confiada a las personas que tienen a su alrededor y son campesinos como ellos. La percepción que tienen de la ciudad es la del lugar en donde se hace dinero y solo se vive para eso. “En el campo floreces, en la ciudad no hay retribuciones reales”.  

 

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Foto por: Laura Camila Arévalo

 

Las historias se repiten cada vez más a medida que va pasando el tiempo. No solo se ven este tipo de casos en Suesca, con todos los escaladores y montañistas que se han instalado a lo largo y ancho del departamento. Muy cerca de San Francisco, Cundinamarca,  hay una aldea llamada: Aldea Feliz, donde 30 personas decidieron buscar su felicidad en medio de la naturaleza. El Tiempo hizo un especial sobre los ecoaldeanos, donde relatan los motivos para irse de la ciudad y sus rutinas viviendo en medio de los árboles. Aldea Feliz es un asentamiento de personas que concluyeron que: “el futuro es volver al pasado”. La componen 20 adultos y 10 niños que viven bajo sus propios tipos de gobierno, sistemas educativos y sustento económico. Todos cumplen una función que pudo ser en un pasado ejercido en la ciudad. Su dinámica incluye costumbres antiguas con prácticas y herramientas modernas. A demás de las actividades que hacen dentro de la Aldea para sostenerse, tienen carreras como el Diseño Gráfico y la Arquitectura que les permiten trabajar desde ahí, por medio de internet. Nada se desperdicia y se abastecen con los cultivos que tienen dentro de la aldea. Venden velas, esencias o camisetas que producen con sus manos. “Los ecoaldeanos no buscan vender su trabajo por un salario sino que siembran para su familia y para la comunidad, generan un fuerte vínculo de solidaridad que fortalece las relaciones humanas, redefine el valor del dinero y reconstruye el valor del campo”, explica Carlos Rojas, un arquitecto que en 2006 creó este proyecto con otro grupo de jóvenes con sus mismas pretensiones por vivir en la ruralidad.

Los integrantes de la Aldea Feliz al igual que Daniel, son parte de una nueva corriente de pensamiento que está creciendo con los días y con su ejemplo. Están orgullosos de lograr con sus testimonios que más personas consideren por lo menos cuestionarse sobre las posibilidades que tienen a tan solo unos metros de la ciudad, pero que contiene un panorama totalmente distinto. Sus vidas dieron giros de los cuales no quieren regresar, pues están convencidos de que el lugar donde realmente pueden ocupar su tiempo con acciones útiles para el mundo, es el campo.

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De la ciudad al campo

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Foto por: Laura Camila Arévalo

 

Por: Laura Camila Arévalo

 

Los neocampesinos, un término que no es muy común en el vocabulario de las personas en general, y sobre todo, en las ciudades. Se refiere a los seres humanos que en un principio nacieron y crecieron en la urbe, pero decidieron vivir en el campo cambiando su estilo de vida y acomodando su cotidianidad a la rutina campesina.

Las personas que fueron citadinas y ahora habitan la ruralidad, prefieren la tierra como opción de vida, y ven en el campo una alternativa para realizarse como seres humanos en un ambiente alejado del ritmo acelerado que tienen las ciudades. Reconocen un valor mayor en la naturaleza y optan por retornar a las costumbres de sus ancestros, ya que en su mayoría provienen de familias con abuelos campesinos.

Daniel Aldana estudió publicidad hasta noveno semestre y tomó la decisión de abandonar su carrera e irse a vivir a una carpa en las montañas. Al poco tiempo logró conseguir dinero para arrendar una casa de madera en la que vive desde hace tres años. Siempre tuvo una relación directa con este estilo de vida por sus abuelos y quiso reencontrarse con sus raíces, al saturarse de toda su realidad en Bogotá como estudiante y eventualmente, empleado. Se escapó motivado por el sinsabor que le dejó una ciudad consumida por el sistema y el capital. Bogotá no le daba luz y el decidió que la encontraría en Suesca, municipio en el que actualmente vive.

 

Cómo neocampesino se realizó y encontró una forma de salir, por lo menos simbólicamente del sistema, creando uno que fuese propio y en el que siente un enorme placer de vivir. Se refiere a su nueva vida cómo una de las mejores decisiones que ha tomado: “Tus acciones son tus hijos. Sembrar, construir, montar bici, movimientos sociales, los resultados son más tangibles y te sientes más útil. Aprendes cosas y retornas a la esencia del ser humano. Ves nuevos horizontes, nuevas oportunidades sociales, culturales y económicas. Creas con tus manos”.

 

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Foto por: Laura Camila Arévalo

 

En Suesca, municipio ubicado en el departamento de Cundinamarca, hay alrededor de 200 neocampesinos de edades entre 23 y 55 años, que viven en casas similares a las de Daniel. Las construyeron con sus manos o las arrendaron buscando un lugar acogedor que los tenga en contacto permanente con las rocas y montañas del municipio. No van en busca de dinero y sus proyecciones de éxito son muy diferentes a las del común. Son felices cultivando, escalando, montañando o simplemente caminando por las veredas. Algunos trabajan como guías del territorio, instructores de deportes extremos, panaderos o de sus cultivos venden comida orgánica. Daniel trabaja como realizador audiovisual de contenidos de montaña. Las producciones cuentan las historias de los campesinos que habitan estos territorios olvidados por las ciudades, o simplemente describen y registran las características de estos lugares y sus posibilidades para todos los que sueñen con vivir en ellos. Se define como un revolucionario de las imposiciones citadinas y se sueña con persuadir a más personas para que por lo menos consideren como una alternativa de vida el campo.

“No volvería a vivir en la ciudad. Tengo que ir por temporadas a Bogotá, pero no volvería. Tengo más oportunidades en el campo y mi calidad de vida mejoró considerablemente. Me siento pleno y feliz en Suesca. Siento bienestar y tengo todo lo que necesito”.

Indudablemente en el campo también tienen que someterse algunas imposiciones similares a las de la ciudad. Pagan servicios, cumplen leyes del departamento o vereda,  y en ocasiones tienen que comprar productos en supermercados, pero lo que realmente le atribuyen a su estilo de vida en el campo es que no se sienten parte de la cadena productiva y sin sentido que hay en la ciudad, aunque de alguna u otra forma lo sean. Son conscientes de que necesitan cosas que la ciudad tiene, pero como todos los campesinos de Colombia, van a lo estrictamente necesario. Sienten que en el campo pueden lograr lo que quieran y hasta ven de una forma más amable y confiada a las personas que tienen a su alrededor y son campesinos como ellos. La percepción que tienen de la ciudad es la del lugar en donde se hace dinero y solo se vive para eso. “En el campo floreces, en la ciudad no hay retribuciones reales”.  

 

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Foto por: Laura Camila Arévalo

 

Las historias se repiten cada vez más a medida que va pasando el tiempo. No solo se ven este tipo de casos en Suesca, con todos los escaladores y montañistas que se han instalado a lo largo y ancho del departamento. Muy cerca de San Francisco, Cundinamarca,  hay una aldea llamada: Aldea Feliz, donde 30 personas decidieron buscar su felicidad en medio de la naturaleza. El Tiempo hizo un especial sobre los ecoaldeanos, donde relatan los motivos para irse de la ciudad y sus rutinas viviendo en medio de los árboles. Aldea Feliz es un asentamiento de personas que concluyeron que: “el futuro es volver al pasado”. La componen 20 adultos y 10 niños que viven bajo sus propios tipos de gobierno, sistemas educativos y sustento económico. Todos cumplen una función que pudo ser en un pasado ejercido en la ciudad. Su dinámica incluye costumbres antiguas con prácticas y herramientas modernas. A demás de las actividades que hacen dentro de la Aldea para sostenerse, tienen carreras como el Diseño Gráfico y la Arquitectura que les permiten trabajar desde ahí, por medio de internet. Nada se desperdicia y se abastecen con los cultivos que tienen dentro de la aldea. Venden velas, esencias o camisetas que producen con sus manos. “Los ecoaldeanos no buscan vender su trabajo por un salario sino que siembran para su familia y para la comunidad, generan un fuerte vínculo de solidaridad que fortalece las relaciones humanas, redefine el valor del dinero y reconstruye el valor del campo”, explica Carlos Rojas, un arquitecto que en 2006 creó este proyecto con otro grupo de jóvenes con sus mismas pretensiones por vivir en la ruralidad.

Los integrantes de la Aldea Feliz al igual que Daniel, son parte de una nueva corriente de pensamiento que está creciendo con los días y con su ejemplo. Están orgullosos de lograr con sus testimonios que más personas consideren por lo menos cuestionarse sobre las posibilidades que tienen a tan solo unos metros de la ciudad, pero que contiene un panorama totalmente distinto. Sus vidas dieron giros de los cuales no quieren regresar, pues están convencidos de que el lugar donde realmente pueden ocupar su tiempo con acciones útiles para el mundo, es el campo.

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