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“Cielito”: La cara del amor por la música popular

Por: Laura Quevedo 

Desde muy temprano, esperando paciente, con una sonrisa imborrable y una mirada cálida, Leidy Perilla, también conocida como “Cielito”, camina por la calle 55 con la Avenida Caracas, (la esquina de Chapinero más conocida como La Playa), un sitio que  trae consigo todo tipo de sensaciones; desde un sentimiento de alegría y nostalgia al ver artistas cantando y tocando sus instrumentos mientras caminan de un lado a otro esperando al trabajo, como quien aguarda paciente y con esperanza, hasta un malestar que aparece luego de sentir en el ambiente una nube de melancolía que acompaña a los artistas en días poco productivos para ellos.

Leidy se encuentra a un lado del andén, permanece inamovible y mira concentrada, al acecho, deseando con paciencia que alguien se acerque con ganas de llevarse a casa una buena serenata por algún día especial. Mariachis, cantantes de boleros, músicos llaneros, grupos vallenatos y tropicales (en su gran mayoría hombres), se adueñan de un pedacito de la calle en busca de trabajo. Pasan días enteros esperando en los andenes, compitiendo entre ellos por la atención de los clientes, sin hacer mucha mención de otras personas que aprovechan el espacio para hacer ventas de sustancias psicoactivas y dejar a esta Playa en el concepto de “lugar pesado y poco seguro”, y de paso incomodar a los músicos.

Cielito, como prefiere ser llamada, a sus 27 años no concibe su vida sin la música, sin cantar sus canciones favoritas de Rocío Dúrcal y sin contemplar las miradas orgullosas y conmovidas de todos aquellos que han escuchado su voz y saben que nació para cantar. “Canto hace 12 o 13 años, mis inicios fueron con baladas, por lo general uno empieza con eso y al principio cantaba en tabernas”, contaba Cielito mientras reía con picardía.

Pero caminando más allá de la cara amable de su profesión, para ella es todo un reto y una continua superación trabajar en un gremio musical como el de los mariachis, conocido por ser machista y un poco excluyente, como lo explica Cielito. Aparte de esto, pasa extenuantes horas alejada de su familia y del inocente e inmenso amor de su hijo de ocho años.

Son duras las despedidas que cada semana tiene Cielito con su hijo Santiago, quien vive en Guateque, Boyacá, junto con la familia de Leidy, quien tras algunas horas de viaje llega a Bogotá a cumplir con su labor artística, mientras en su pueblo su hijo la espera y aguarda paciente su regreso.

“Mi hijo está orgulloso de mí, a él también le gusta cantar. A veces lo extraño mucho, siempre es difícil dejarlo, no verlo durante varios días, pero es mi motivación para salir a trabajar todos los días”, afirma Leidy con nostalgia en sus ojos.

El tiempo que puede compartir con su hijo en Boyacá es tiempo únicamente de los dos, por lo que todas sus prioridades son con él. Se preocupa por levantarse temprano, prepararle las comidas, alistarlo para el colegio y se encarga de las labores de la casa para luego viajar de nuevo a la capital.

Estando aquí, su hospedaje es en casa de su hermana. Su rutina empieza desde temprano: se maquilla, se coloca su traje de mariachi y llega con gran motivación a La Playa, dispuesta a afrontar un largo día de espera e inquietud.

Cielito, desde que empezó a trabajar en La Playa, ha sentido un trato respetuoso por parte de sus compañeros, teniendo en cuenta el bajo número de mujeres que se encuentran en aquel lugar y los jíbaros que convierten este sitio artístico en una calle por la que la gente evita pasar. Esta inquebrantable mujer se siente a gusto en medio de tanta diversidad y hace caso omiso a los comentarios sexistas y los comportamientos desagradables que se encuentran por esos lares: “Se escuchan muchas cosas feas, pero a mí no me ha tocado un trato irrespetuoso. Es un poquito pesado por la trasnochadera, buscando que llegue el trabajo, pero es algo llevadero”.

La trasnochadera, como ella le dice, es otro de los factores que pueden generar estrés en este mundo musical, pues hay días en los que fácilmente se puede ir a descansar a su casa solo hasta las 2 o 3 de la mañana, y muchas veces le toca hasta que los primeros rayos del sol salen por el oriente.

La vida de los músicos de La Playa no es muy dulce, no se pueden dar el lujo de escoger, la exigencia no se permite, cualquier trabajo para ellos es ‘bendito’ y deben dejar sus emociones afuera. Para mujeres como Cielito, que ponen su alma en una canción, esto se ha convertido en un poderoso desafío.

“Las canciones transmiten mucho, pero uno debe intentar llevar las emociones al momento de cantar. Por ejemplo, uno en los funerales ve de todo, desde gente que está acongojada por la pérdida de su ser querido, como hay gente que no. Simplemente hacen show. Asistir a un velorio o entierro es realmente triste, pero lo hacemos por trabajo, nos toca, y en serio es muy incómodo ver el dolor de los demás”, concluye Cielito.

Para ella como cantante, la Playa ha sido un sinónimo de lucha diaria, como también un pequeño pero acogedor hogar, donde ha crecido como artista y ha aprendido a manejar los desniveles de la vida. Aunque no ha sido fácil y muchas veces se ve afectada económicamente, o la distancia que existe entre ella y su hijo la desmotivan en su trabajo, Cielito espera en La Playa de los mariachis, siempre tolerante, con cara amable y una sonrisa atrayente.


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