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Ché, ¡estuve en el cumpleaños de Fito!

ACN

El ambiente era definitivamente festivo. Las pupilas brillaban ansiosas en el lobby del Jorge Eliécer Gaitán, la noche prometía de marzo en Bogotá. Minutos después, adentro, en el auditorio, todo fue magia. La calidad de su presentación, la reciprocidad y el juego con el público hicieron de los 54 de Fito, una noche para el recuerdo. Sin abrir el telón y en un acto casi solemne, el teatro entero le cantó el cumpleaños al rosarino. Un piano, un vaso con agua y el heredero de Charly en escena.

La elegida para empezar fue “y dale alegría a mi corazón”. Se escucharon las primeras notas, el telón se abrió y ahí estaba, de cumpleaños en Bogotá, el eterno cómplice del rock argentino y su legión de honor. El argentino dedicó especialmente su canto a las mujeres; habló del machismo de la música popular, de la poca astucia de los nuevos sonidos para espantar ese fantasma y de cómo varias de sus letras giran alrededor de las chicas.

Pronto llegaron los clásicos: “Dar es dar” y “las tumbas de la gloria” nos devolvieron años. “Al lado del camino” fue el momento de la comunión. Entrega total de ambos lados. Además de los temas que por años nos han acompañado, hubo momento de invocar al Flaco, Spinneta también estuvo presente. Y tal vez por la fecha, nos regaló una versión de “Gracias a la vida” la hermosísima pieza de filigrana que nos dejó para la historia Violeta Parra.

Fito Páez con solo piano es una experiencia. Montaje impecable, juego de luces que abrazan y un escenario sobrio sin robar protagonismo. Fito al piano es enorme, la calidad de su sonido en vivo es de pocos artistas, qué complicidad se siente entre ambos. Nos recuerdan la dupla Hendrix - Fender Stratocoaster, el uno no es sin el otro. En resumen, un espectáculo que Bogotá se merece. Sea esta la ocasión para, por enésima vez, decir que urge en la ciudad un escenario para conciertos. Es lo mínimo para una ciudad que transpira música, donde el público se entrega como pocos, y donde generalmente los escenarios no son los adecuados.

Fito cumplió 54 en Bogotá y se despidió, pero quería más. Naturalmente, regresó. Un rápido cambio de vestuario para el cierre. ¡Y qué cierre! El regalo de su cumpleaños lo compartió con nosotros.

Pidió silencio y no se escuchó un suspiro. Fito nos ofreció su corazón. A capela recitó una de sus más queridas piezas, revivió a la Negra por un momento y otra vez al piano. Todo  acabó con un grito común: ¡En esta puta ciudad todo se incendia y se va!

Y nos fuimos, con la sonrisa de la satisfacción, otra vez de los castillos a los callejones, como en su música para camaleones. Hoy puedo decir: “yo estuve en el cumpleaños de Fito”.

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Ché, ¡estuve en el cumpleaños de Fito!

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El ambiente era definitivamente festivo. Las pupilas brillaban ansiosas en el lobby del Jorge Eliécer Gaitán, la noche prometía de marzo en Bogotá. Minutos después, adentro, en el auditorio, todo fue magia. La calidad de su presentación, la reciprocidad y el juego con el público hicieron de los 54 de Fito, una noche para el recuerdo. Sin abrir el telón y en un acto casi solemne, el teatro entero le cantó el cumpleaños al rosarino. Un piano, un vaso con agua y el heredero de Charly en escena.

La elegida para empezar fue “y dale alegría a mi corazón”. Se escucharon las primeras notas, el telón se abrió y ahí estaba, de cumpleaños en Bogotá, el eterno cómplice del rock argentino y su legión de honor. El argentino dedicó especialmente su canto a las mujeres; habló del machismo de la música popular, de la poca astucia de los nuevos sonidos para espantar ese fantasma y de cómo varias de sus letras giran alrededor de las chicas.

Pronto llegaron los clásicos: “Dar es dar” y “las tumbas de la gloria” nos devolvieron años. “Al lado del camino” fue el momento de la comunión. Entrega total de ambos lados. Además de los temas que por años nos han acompañado, hubo momento de invocar al Flaco, Spinneta también estuvo presente. Y tal vez por la fecha, nos regaló una versión de “Gracias a la vida” la hermosísima pieza de filigrana que nos dejó para la historia Violeta Parra.

Fito Páez con solo piano es una experiencia. Montaje impecable, juego de luces que abrazan y un escenario sobrio sin robar protagonismo. Fito al piano es enorme, la calidad de su sonido en vivo es de pocos artistas, qué complicidad se siente entre ambos. Nos recuerdan la dupla Hendrix - Fender Stratocoaster, el uno no es sin el otro. En resumen, un espectáculo que Bogotá se merece. Sea esta la ocasión para, por enésima vez, decir que urge en la ciudad un escenario para conciertos. Es lo mínimo para una ciudad que transpira música, donde el público se entrega como pocos, y donde generalmente los escenarios no son los adecuados.

Fito cumplió 54 en Bogotá y se despidió, pero quería más. Naturalmente, regresó. Un rápido cambio de vestuario para el cierre. ¡Y qué cierre! El regalo de su cumpleaños lo compartió con nosotros.

Pidió silencio y no se escuchó un suspiro. Fito nos ofreció su corazón. A capela recitó una de sus más queridas piezas, revivió a la Negra por un momento y otra vez al piano. Todo  acabó con un grito común: ¡En esta puta ciudad todo se incendia y se va!

Y nos fuimos, con la sonrisa de la satisfacción, otra vez de los castillos a los callejones, como en su música para camaleones. Hoy puedo decir: “yo estuve en el cumpleaños de Fito”.

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