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La música como un remedio para el alma. Daniel y su compañera de vida

Ese día, su respiración era más profunda de lo normal. Mantenía los ojos cerrados, en una concentración casi sagrada. En su frente se veían pequeñas gotas de sudor. Sus manos temblaban levemente y estaban frías. Anunciaron la entrada. Su corazón empezó a latir con una fuerza casi ensordecedora. Abrió los ojos y lo primero que vio fue una luz cálida que le golpeaba directamente la cara. Después de unos segundos pudo enfocar un auditorio lleno de personas expectantes, que con un silencio absoluto le daban la aprobación y lo llamaban para que empezara su pieza.

No era la primera vez que Daniel tenía esa sensación, una combinación entre expectativa y zozobra justo antes de iniciar a deleitar a diversos públicos, con la interpretación de diferentes piezas musicales junto a su alma gemela. El arpa.

Con sólo 8 años, Daniel Almezquita tuvo su primer contacto con la música cuando ingresó a estudiar a la Fundación Nacional Batuta de Kennedy. En un principio, sus padres no querían que desperdiciara su tiempo libre, por esa razón, lo inscribieron a tomar clases de música, sin saber que con esa pequeña decisión, estarían definiendo toda la vida de Daniel desde ese momento en adelante.
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Sus primeras clases fueron difíciles. Su vida antes de ingresar ahí estaba totalmente alejada de la música, podía pasar días enteros sin escucharla y ni cuenta se daba. Él, como muchos niños que llegan a un lugar nuevo y no conocen a nadie, era muy tímido y reservado. Sentía que no encajaba y que no tenía el talento necesario para interpretar ningún instrumento. El día decisivo llegó. Daniel tenía que escoger sólo un instrumento. Tomó su decisión, basado en la cantidad de veces que debía asistir a los ensayos, puesto que le parecía que pasaba mucho tiempo ahí. Muchos compositores de música clásica no escriben para arpa, por esta razón el que escogiera este instrumento, debía asistir una o dos veces por semana a ensayar. Daniel, en un principio, lo vio como una escapatoria a esas interminables horas de ensayo.

Su talento fue evidente desde el momento en que le hicieron una prueba para seguir a la siguiente etapa. Se preparó bastante, ensayó mucho y, después de un gran esfuerzo, logró pasarla. Desde ese momento hizo parte de la Filarmónica Joven de Colombia (FJC).

La Filarmónica Joven de Colombia, empezó en el año 2009 y “es una iniciativa liderada por la Fundación Bolívar Davivienda, creada para trabajar en el desarrollo de un proyecto artístico y cultural que se constituye como referente nacional en la construcción de patrimonio cultural colombiano”. Para participar en la filarmónica, Daniel tuvo que enviar un video en el que mostró todo su talento, después de un riguroso proceso de calificación, en el que evaluaban aspectos como el talento, la originalidad y la dificultad de las piezas interpretadas, le dijeron que estaba seleccionado para hacer parte de la temporada. Ya lleva participando cinco años en esta agrupación.

Desde esa época, Daniel empezó a ser un modelo a seguir de Sofía, su primita menor.

Pero por esa época de su vida no todo marchaba tan bien. Su abuela, que desde siempre había sido su adoración y principal inspiración, tenía considerables problemas de salud que amenazaban con una pronta partida. Una tarde de un lunes cualquiera, Daniel se encontraba en uno de sus tantos ensayos cuando recibió la trágica noticia. Su abuela, con 76 años había lanzado su último aliento en compañía de sus hijos. Daniel sintió que el mundo se le venía encima, y por el resto de la semana y por mucho tiempo más, no tuvo cabeza para pensar en otra cosa.

Como siempre, la música en su vida jugó un papel de compañera, de confidente, y con ella pudo menguar el dolor que dejó la partida de su “nana” como él la llamaba.

Aún sin salir del colegio, entró en el programa básico de música de la Universidad Nacional de Colombia, donde duró dos años. Allí el amor por la música y por su instrumento, se desarrolló casi inevitablemente. Creció entre partituras, presentaciones y horas interminables de ensayo. Cuando salió del colegio y llegó la hora de decidir qué debía hacer con su vida, no tuvo duda alguna. La música sería su fiel compañera. Siguió estudiando en la Universidad Nacional de Colombia, pero esta vez, en el Conservatorio, donde inició sus estudios serios en música.

Después de un corto tiempo estudiando allí, consiguió su primer trabajo formal en la Orquesta Sinfónica de Bogotá, donde “he podido crecer musicalmente, viajar y conocer muchas personas que me han aportado, no solo musicalmente, sino también a mi vida personal”, dice Daniel.

Él ha pasado la mayor parte de su vida entre escenarios, presentaciones y viajes. Esto, ha hecho que el tiempo que comparte con su familia y amigos se haya disminuido considerablemente. Pero todo lo toma como “gajes del oficio”, sacrificios que se deben tomar para llegar lejos y hacer lo que más le apasiona.

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Actualmente, Daniel tiene 23 años, vive con sus papás y sus dos hermanitas menores. En los últimos años ha viajado a España, Brasil, Estados Unidos y a diferentes partes de Colombia. Ha participado en diferentes festivales como el Festival Internacional de Música de Cartagena y el FEMUSC, entre otros.

Se refiere al arpa como “ella”, la ve como una compañera de vida, una amante en la que puede deslizar sus dedos tranquilamente, una herramienta para exteriorizar todo lo que pasa en su interior y también, como una vía de escape de su cotidianidad.

Por Heidy Castillo

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