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La esquizofrenia del terror

Boletín ACN

Más de 80 muertos en Niza, Francia, el jueves pasado, a manos de un sicópata detrás del volante de un camión que lanzó contra una multitud.

Más de 470.000 muertos en Siria, en los cinco últimos años, víctimas de las bombas lanzadas por aviones de varios países, entre ellos Francia.

Más de 1.870 muertos en Gaza, en agosto de 2014, víctimas de las bombas israelíes.

Más de 800.000 muertos en el genocidio en Ruanda, en los años noventa.

Más de 4 millones de muertos en Afganistán, Paquistán e Iraq, desde 1990.

Más 265 muertos en un fallido golpe de Estado en Turquía, el viernes pasado.

Más de 120 negros muertos a manos de la policía en Estados Unidos, en el año 2016.

5 policías muertos a manos de un negro en Estados Unidos, en julio de 2016.

Más de 220.000 muertos en la guerra civil en Colombia, en medio siglo.

1 campesino muerto a causa de una granada lacrimógena lanzada por un policía, en Boyacá, en julio de 2016.

2 policías muertos a manos del ELN en Colombia, en julio de 2016.

1 anciano muerto porque Peñalosa cortó el presupuesto para el servicio de ambulancias en Bogotá.

La necrofílica lista está incompleta, pues cada día es engrosada por efecto del esquizofrénico torbellino de terror que recorre el mundo entero.

Según la página DMedicina.com, esquizofrenia es “un trastorno mental grave que afecta al paciente deteriorando sus capacidades en diversos aspectos psicológicos, como el pensamiento, la percepción, las emociones o la voluntad”.

Hoy no habría esquizofrenia sino lo contrario: hay naturalización del terror, banalización del mismo. Y todo termina siendo aceptado, con unas lágrimas y unas flores depositadas con fervor por los mismos presidentes que depositan bombas, como el francés François Hollande, quien condena el terrorismo contra “la cuna de la democracia” y ordena a sus pilotos descargar toneladas de explosivos cuidadosamente acomodados en las bombas lanzadas sobre las calles y casas y hospitales y escuelas de Siria.

Es un momento demencial de la historia, que trata de superar los anteriores, como por ejemplo cuando los romanos invadieron Europa, parte de Asia y de África; cuando Napoleón y Hitler quisieron ampliar sus fronteras en una extensión territorial impensable; cuando Estados Unidos y la Unión Soviética se repartieron sus patios traseros para controlar miti-miti el mundo; cuando Francia fue vencida en Vietnam y Estados Unidos prolongó la matanza en la península indochina; cuando Pinochet y Videla asesinaron a miles de chilenos y argentinos…

Hay una ley del talión según la cual se debe infligir el mismo daño a quien nos haya lastimado. “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”, sentenció Gandhi.

La historia ha sido escrita a partir de las guerras y se supone que los grandes hombres son los guerreros, los que más tierras han conquistado, los que más muertos le han causado al enemigo. Así ha sido y así es hoy, e incluso algunos de esos líderes han recibido el premio Nobel de paz, como Obama, quien sigue con tropas en Asia menor y con prisioneros de guerra en Guantánamo. Y quien fue a una ceremonia religiosa a acompañar a las familias de los policías asesinados por un negro. En la ceremonia, y mientras los músicos interpretaban el Aleluya, el expresidente Bush, quien también ordenó varias invasiones, terminó bailando frente a las cámaras del mundo entero. Ya decíamos que esquizofrenia es un trastorno mental grave que deteriora las capacidades del paciente. Pobrecito. No: pobrecitos los huérfanos que dejaron las guerras de Bush, como la del Golfo Pérsico.

Llegué a un punto del texto en el que, sinceramente, no sé cómo seguir. El plan era mostrar el horror de la guerra –regular e irregular– y después abrir un optimista arcoíris de lo que debe ser el futuro de la humanidad.

Pero trataré: en primera instancia, y para retomar el curso trazado, es justo mencionar la campaña que contra el racismo encabeza la cantante Alicia Keys, a la que se unieron otros artistas.

Despleguemos los colores de la diversidad, como lo hacen con banderas a cuadros los indígenas también discriminados, para retomar la labor de hombres y mujeres como Nelson Mandela, quien rompió el racismo en África misma, o como lo hizo Martin Luther King en Estados Unidos.

Es preciso seguir el listado pues, así como la enumeración de esquizofrénicos es extensa, también la de quienes han propugnado por la paz y han dado su ejemplo de lo que debe ser vivir la vida en paz. Cada quien ha de recordar a una persona, reconocida o anónima, que cayó en el camino a manos de los esquizofrénicos que defienden la guerra, como cayó Alirio de Jesús Pedraza Becerra, el colombiano defensor de derechos humanos que fue desaparecido, o a alguna que se levantó, como lo hizo la adolescente afgana Malala Yousafzai, quien fue víctima de un atentado contra su vida y en 2014 obtuvo el reconocimiento mundial al serle otorgado el Premio Nobel de Paz.

Hace unos meses, un niño sirio refugiado, al llorar frente a las cámaras de televisión, dijo que Europa –incluida Francia– tiene en sus manos acabar la guerra en Siria: que dejen de bombardear esquizofrénicamente para que esquizofrénicos como el de la semana pasada dejen de sembrar el terror en Francia.

En Colombia también hay esquizofrénicos de la guerra que se aferran a la muerte, mientras la mayoría estamos convencidos de que –en Francia, en Turquía, en Siria, en Colombia– lo mejor es la paz. A esa le digo Sí.

Por Javier Correa Correa

Docente de tiempo completo del Departamento de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Central