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Jueves, 13 Diciembre 2018

Jueves, 13 Diciembre 2018

               

La historia del periodista que no se rindió. X Conferencia de las FARC.

Boletín ACN

La sala de prensa de esta X Conferencia  de las FARC es de lo más diversa. Se escucha mucho acento colombiano, pero también, argentino, inglés, español y hasta eurkera, porque hay tres periodistas vascos que van a todos lados con su chapela. Ángel Sastre va siempre con una maleta gigante donde carga su cámara y su trípode, fieles aliados en su trabajo.

Estuvo secuestrado en Siria 10 meses, ningún periodista español había estado tanto tiempo detenido, y esta es su primera cobertura después de aquella dura vivencia. No para, siempre lo encuentras haciendo algo, se le nota el cansancio, como a todos.

“Me he incorporado hace mes y medio y me reenganchado con este proceso que, precisamente, tenía muchas ganas de cubrir porque ya lo empecé a seguir antes de viajar a Siria. Para mi es una gran felicidad volver al ruedo cubriendo esto, y además tengo la oportunidad de poder estar en un campamento de las FARC, que es algo que llevaba tiempo persiguiendo. Esto me da la posibilidad de interactuar con la guerrilla, que es un de los temas principales de América Latina” nos dice Ángel después de un día que parecía interminable. Ha estado como loco buscando la forma de poder transmitir a las dos televisiones, la radio y el periódico para los que trabaja. Ahora es un free lance muy ocupado, cosa que antes no pasaba. Aprovecha las entrevistas para “denunciar a los gerifaltes de la información, sobre todo en España, porque no están a la altura de los reporteros. Cuando uno sale de este tipo de situaciones te ponen la alfombra roja, te venden el oro y el moro, pero pese a lo que uno puede esperar soy un bastardo sin gloria. Porque realmente más allá de la foto ninguno ha estado a las altura de las circunstancias”.

Me cuenta que en los últimos 4 meses de cautiverio pudo ver lo que se cocía en Colombia, porque le ponían en su celda 4 horas de televisión al día. “Supongo que para no volverme loco”. Sonríe.  

“Todavía estoy testeando mi cuerpo, a ver cómo reacciona, esto es una prueba de fuego no tanto por la peligrosidad sino porque es un ritmo de trabajo elevado y porque vuelves a estar en el ojo de la tormenta. Es un buena forma de saber si todavía sigo en forma o si tengo que seguir ejercitándome metal y físicamente, pero ya estoy pensando cuál es la próxima cobertura de este tipo”.

Para él su terapia es el trabajo, porque por lo demás sus condiciones no han cambiado mucho. “Yo no estoy de acuerdo con que por haber estado en Siria me tengan que mejorar las condiciones. Eres el foco de atención durante unos días, pero lo que importa en los conflictos es la población civil. Yo quiero que me suban el sueldo porque llevo 10 años en América Latina trabajando, estoy haciendo reportajes de la leche, y en mis vacaciones me voy a cubrir guerras. Creo que la carrera, el bagaje de haber vivido estas cosas, merece una mejora de condiciones no para ganar más, sino para poder hacer un mejor trabajo”.

Le indigna que de Siria solamente se hable cuando hay algún ciudadano occidental implicado, pero el resto del tiempo los medios no hablan de lo que está pasando ni allí ni en otros muchos puntos trágicos del planeta. Los conflictos tienen que ser contados “y los medios tienen que poner el dinero, la atención, y el espacio para seguir cubriéndolos. Que se hable de continuo de ellos porque es una obligación para el periodista y, sobre todo, para el editor, el que decide lo que entra y lo que no entra”.

En un momento en el que en el periodismo, seguramente, se están haciendo los mejores y los peores trabajos de la historia de esta profesión, este periodista extremeño reivindica volver a contar las historias de las personas más desfavorecidas. “Donde más dolor y mierda he visto es en la guerra. Siento una extraña atracción hacia este tipo de sitios porque ahí me siento realizado. No solo porque piense que estoy haciendo lo que tengo que hacer, sino porque disfruto enormemente con mi trabajo”.

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Las cualidades que tiene que tener un buen corresponsal de guerra son una enorme pasión por su trabajo, ser sensible con lo que se está cubriendo y no juzgar a la gente.

-¿Entonces no tenemos que juzgar a la guerrilla?- le pregunto, porque es un interrogante que todos nos hemos hecho durante esta cobertura.

-“Tengo que admitir que tengo un poco de síndrome de Estocolmo, lo noto en las conversaciones que estoy teniendo con la guerrilla, porque me están atrayendo mucho. Pero a veces tengo que recapitular y mirar otros puntos más negros que tiene toda guerra: las líneas rojas del secuestro, las matanzas de campesinos, los atentados a indígenas que ha habido. No juzgo al guerrillero con el que yo estoy, de hecho siento cierta empatía, no lo estoy viendo como un narcoterrorista. Juzgo a las FARC en general”.

La finalidad de Ángel es hacer un buen trabajo, y recuperar la alegría que perdió “allá adentro”, porque siempre ha sido muy feliz contando las historias de los otros, los que no se ven o no queremos ver. A simple vista parece que lo está logrando.

Por Ángela Verge

Fotografías Pablo Albri