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Arte y guerra: un diálogo sin terminar

Laura Martínez

 

A simple vista el arte es silencioso, diseñado para su contemplación, pero, memorias del [fin] de la guerra no es precisamente esa clase de exposiciones puesto que no se calla, entabla una conversación con sus visitantes para contarles del conflicto como si fuera un cuento de hadas que le han contado a la ciudad pero que ha tenido que vivir el campo. Cada cuadro y cada fotografía habla de forma distinta, teniendo cuidado de contar la misma historia: una Colombia en guerra. Pero no solo hablan, las obras huelen a tierra y flores, a sangre, a anhelo de paz. En las impresionantes fotografías se pueden apreciar Los Montes de María y sus mil tonalidades de verde, un amanecer soleado y sin nubes, un atardecer naranja y un anochecer que no oscurece.

Su autora, Francy Jiménez, es bastante joven, pero entiende desde su vivencia lo que es vivir en conflicto y con su obra cuenta la historia de terror, de error y de resistencia, dejando de lado no solo los prejuicios, sino también los mitos de aquellos enemigos con los que su padre siempre luchó. Vivió en los departamentos de Córdoba, Sucre y Bolívar, donde había alta militarización por la presencia de grupos al margen de la ley; “yo viví en simultaneo a 25 km de donde ocurrió la masacre de El Salado”, lo supo cuando llegó a Bogotá a estudiar arte. Entonces se dio cuenta cuanto ignoraba del conflicto, de las masacres, de los crímenes de lesa humanidad cometidos por las Fuerzas Armadas, en especial la Marina, que ella misma afirma, auspicio la muerte de 60 personas con las que de alguna manera compartía el territorio.

 

Laura Martínez

 

Es por eso que su arte no tiene cifras, tampoco un rostro ensangrentado, porque así no fue cómo lo vivió o entendió ella, su obra empieza con un cuaderno que no tiene sumas o restas sino la promesa de una victoria a través de la táctica, los códigos y la creación de ese enemigo que se esconde en el monte, estudiando, como los soldados, un lenguaje de guerra, para ganar las batallas. Aquel libro viejo es de su padre, el que no termina de entender la terquedad de Francy, el sentido de su arte y la misión que ella misma se ha impuesto con este. Fue un soldado, con caligrafía de doctor, que recibió educación para la guerra, sin embargo, es justo eso lo que parece incomodarla mientras observa las hojas sueltas y el horario de clases, puesto que, para ella la educación no debe avivar el conflicto sino la reconciliación. Esa es tal vez una de sus críticas más fuertes al Estado y a la sociedad misma.

“La obra como tal es una unión de varias versiones de la guerra”, es insistente en repetir eso, tal vez porque mientras estuvo con su padre una vez más por los Montes de María, pudo reconocer que no hay una sola verdad del conflicto y que por eso es que su obra necesita la crítica de todos los actores, porque eso enriquecerá la experiencia. Estas piezas no se tratan de encontrar a los buenos y a los malos porque lo más importante es que no inválida la versión del guerrillero, ni la del oficial, ni la del campesino o el citadino, pero a la vez pone en tela de juicio todas las instituciones que están detrás: el ejército, el Estado, el campo, y la ciudad que es ciega.

 

Laura Martínez

 

Su exposición está en el Salón Grande del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, sobre la Av. El Dorado, donde también convive con el recuerdo de los muertos. Aparte del viejo cuaderno de su padre hay fotos que ha recogido durante su vida, que están acompañadas por ficciones, que deconstruyen los roles que se forman alrededor de la guerra, como la de la reina de belleza que es escoltada por un militar, como un acto natural que a ella le parece interesante por la actitud que asume cada quien o la fotografía de una niña que tiene ya desde su infancia implícito el tipo de hombre con el que debe vivir.

Francy, como su obra, quiere la paz porque ya se cansó de la guerra. La exposición es un reflejo de ese sentir, y el hecho de que su destino final sea el Centro de Memoria, fortalece mucho todo ese ideal, pues el lugar está hecho para reivindicar a las víctimas y eso se muestra con quienes han tenido contacto con la obra: asociaciones indígenas, colectivos de mujeres, estudiantes, funcionarios…todos teniendo la oportunidad de converger en un espacio en el que no desaparece el conflicto, pero sí la violencia.

La última gran pieza de la exposición es una fotografía inmensa. Predomina el color amarillo, el cobre, el verde y los grafitis que se escribieron en aquella pared por años. Ese es el arte, ver lo que no pueden ver los demás a simple vista, porque allí en esa casa ya casi derrumbada, de donde Francy tomó la fotografía, se quedaron diferentes grupos armados, el ejército e incluso sociedad civil buscando huir de las balas. Dice “Mónica te amo”, y con ello Francy escribió una historia de cuento de hadas, de un hombre y una mujer que se aman, en un campo de batalla que tiene agujeros de bala, sangre y un miedo completo al olvido, un amor, que cierto o no, da otra mirada, más sensible y honesta de los combatientes.

Francy es certera pero también melancólica cuando se detiene a mirar sus cuadros, cuidando de cada detalle, que el cuadro no esté torcido, que la hoja no se despegue, que los fragmentos del cuaderno no queden uno sobre otro. Espera que esta última exposición, que nació en un principio de su tesis universitaria, logre dar otra mirada y permita el diálogo entre los enemigos que nunca debieron serlo y condene al Estado y al extremismo como los verdaderos culpables de conflicto. Es una obra colorida, heterogénea que no busca tampoco el perdón, porque nadie está obligado a darlo, tal vez el único objetivo, es no permitirle al olvido que vuelva a haber silencio.

 

Por: Laura Martínez.

ACTUALIDAD

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Arte y guerra: un diálogo sin terminar

Laura Martínez

 

A simple vista el arte es silencioso, diseñado para su contemplación, pero, memorias del [fin] de la guerra no es precisamente esa clase de exposiciones puesto que no se calla, entabla una conversación con sus visitantes para contarles del conflicto como si fuera un cuento de hadas que le han contado a la ciudad pero que ha tenido que vivir el campo. Cada cuadro y cada fotografía habla de forma distinta, teniendo cuidado de contar la misma historia: una Colombia en guerra. Pero no solo hablan, las obras huelen a tierra y flores, a sangre, a anhelo de paz. En las impresionantes fotografías se pueden apreciar Los Montes de María y sus mil tonalidades de verde, un amanecer soleado y sin nubes, un atardecer naranja y un anochecer que no oscurece.

Su autora, Francy Jiménez, es bastante joven, pero entiende desde su vivencia lo que es vivir en conflicto y con su obra cuenta la historia de terror, de error y de resistencia, dejando de lado no solo los prejuicios, sino también los mitos de aquellos enemigos con los que su padre siempre luchó. Vivió en los departamentos de Córdoba, Sucre y Bolívar, donde había alta militarización por la presencia de grupos al margen de la ley; “yo viví en simultaneo a 25 km de donde ocurrió la masacre de El Salado”, lo supo cuando llegó a Bogotá a estudiar arte. Entonces se dio cuenta cuanto ignoraba del conflicto, de las masacres, de los crímenes de lesa humanidad cometidos por las Fuerzas Armadas, en especial la Marina, que ella misma afirma, auspicio la muerte de 60 personas con las que de alguna manera compartía el territorio.

 

Laura Martínez

 

Es por eso que su arte no tiene cifras, tampoco un rostro ensangrentado, porque así no fue cómo lo vivió o entendió ella, su obra empieza con un cuaderno que no tiene sumas o restas sino la promesa de una victoria a través de la táctica, los códigos y la creación de ese enemigo que se esconde en el monte, estudiando, como los soldados, un lenguaje de guerra, para ganar las batallas. Aquel libro viejo es de su padre, el que no termina de entender la terquedad de Francy, el sentido de su arte y la misión que ella misma se ha impuesto con este. Fue un soldado, con caligrafía de doctor, que recibió educación para la guerra, sin embargo, es justo eso lo que parece incomodarla mientras observa las hojas sueltas y el horario de clases, puesto que, para ella la educación no debe avivar el conflicto sino la reconciliación. Esa es tal vez una de sus críticas más fuertes al Estado y a la sociedad misma.

“La obra como tal es una unión de varias versiones de la guerra”, es insistente en repetir eso, tal vez porque mientras estuvo con su padre una vez más por los Montes de María, pudo reconocer que no hay una sola verdad del conflicto y que por eso es que su obra necesita la crítica de todos los actores, porque eso enriquecerá la experiencia. Estas piezas no se tratan de encontrar a los buenos y a los malos porque lo más importante es que no inválida la versión del guerrillero, ni la del oficial, ni la del campesino o el citadino, pero a la vez pone en tela de juicio todas las instituciones que están detrás: el ejército, el Estado, el campo, y la ciudad que es ciega.

 

Laura Martínez

 

Su exposición está en el Salón Grande del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, sobre la Av. El Dorado, donde también convive con el recuerdo de los muertos. Aparte del viejo cuaderno de su padre hay fotos que ha recogido durante su vida, que están acompañadas por ficciones, que deconstruyen los roles que se forman alrededor de la guerra, como la de la reina de belleza que es escoltada por un militar, como un acto natural que a ella le parece interesante por la actitud que asume cada quien o la fotografía de una niña que tiene ya desde su infancia implícito el tipo de hombre con el que debe vivir.

Francy, como su obra, quiere la paz porque ya se cansó de la guerra. La exposición es un reflejo de ese sentir, y el hecho de que su destino final sea el Centro de Memoria, fortalece mucho todo ese ideal, pues el lugar está hecho para reivindicar a las víctimas y eso se muestra con quienes han tenido contacto con la obra: asociaciones indígenas, colectivos de mujeres, estudiantes, funcionarios…todos teniendo la oportunidad de converger en un espacio en el que no desaparece el conflicto, pero sí la violencia.

La última gran pieza de la exposición es una fotografía inmensa. Predomina el color amarillo, el cobre, el verde y los grafitis que se escribieron en aquella pared por años. Ese es el arte, ver lo que no pueden ver los demás a simple vista, porque allí en esa casa ya casi derrumbada, de donde Francy tomó la fotografía, se quedaron diferentes grupos armados, el ejército e incluso sociedad civil buscando huir de las balas. Dice “Mónica te amo”, y con ello Francy escribió una historia de cuento de hadas, de un hombre y una mujer que se aman, en un campo de batalla que tiene agujeros de bala, sangre y un miedo completo al olvido, un amor, que cierto o no, da otra mirada, más sensible y honesta de los combatientes.

Francy es certera pero también melancólica cuando se detiene a mirar sus cuadros, cuidando de cada detalle, que el cuadro no esté torcido, que la hoja no se despegue, que los fragmentos del cuaderno no queden uno sobre otro. Espera que esta última exposición, que nació en un principio de su tesis universitaria, logre dar otra mirada y permita el diálogo entre los enemigos que nunca debieron serlo y condene al Estado y al extremismo como los verdaderos culpables de conflicto. Es una obra colorida, heterogénea que no busca tampoco el perdón, porque nadie está obligado a darlo, tal vez el único objetivo, es no permitirle al olvido que vuelva a haber silencio.

 

Por: Laura Martínez.

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