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El demonio no está bajo la cama, está en mi cabeza

 

ACN

Foto por: Laura Dussán

 

Por: Laura Andrea Dussán Hernández.

Felipe vive en un ambiente saludable, normal según lo indicado por los estándares sociales, pero estar en sus zapatos no es algo que él le desearía ni al peor de sus enemigos.

 

El ruidoso estruendo de la alarma despierta a mi conciencia del abismo negro, pero mis ojos no se quieren abrir, los siento tan pesados que el esfuerzo que hago para abrirlos se siente inmenso. La luz molesta mis pupilas y de repente el solo pensamiento de tener que dejar mi cama crea un peso enorme en la boca de mi estómago. Las cobijas se sienten como planchas de cemento que no me dejan levantar, y aunque siento el peso de mis responsabilidades diarias en el pecho, prefiero esperar unos minutos más, rogándole a mi cerebro que me deje funcionar hoy, pidiéndole que elimine todos los pensamientos ansiosos y paranoicos con los que estoy seguro que tendré que lidiar, y que afectarán cada decisión, por más pequeña que sea.

 

El agua caliente intenta relajar los músculos en mi espalda, y deseo poder quedarme aquí el resto del día, el agua y yo, solos, es el refugio perfecto. Me termino de arreglar a tropezones y salgo de mi casa ignorando el vacío en mi estómago, tal vez si pretendo que no está, desaparecerá. El trayecto es largo y me es imposible no pensar en las diferentes maneras en que el día puede salir mal, la cantidad de situaciones en las que puedo quedar en ridículo, el malestar no se detiene.

 

Finalmente llego a mi lugar de destino, exhausto por la noche que tuve, no logré dormir más de 4 horas, pero así, con las permanentes bolsas negras bajo mis ojos, ingreso a lo que me gusta llamar, mi castigo personalizado; la gente se mueve ajetreada por los pasillos, bajando la cabeza intento disimular mi intranquilidad. Rápidamente empiezo a repasar las cosas dentro mi maleta, asegurándome que tenga todo lo necesario para el día, me da dolor de cabeza el solo imaginar lo estúpido que me vería al tener que devolverme a mi casa a recoger algún trabajo olvidado, aunque eso es nada comparado con la angustia que se forma en mi pecho al pensar que, seguramente, tendré que participar en alguna clase de hoy, lo que me aterra. Desde ya empiezo a ensayar en mi cabeza las diferentes respuestas, incluso practico cómo dejar de mover las manos cuando me pongo nervioso, para que los demás no lo noten, no hay nada peor que escuchar cómo la gente a tu espalda habla de lo sencillo que era solo responder si había logrado terminar las lecturas, en mi caso, es algo más complicado que decir sí o no.

 

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Foto por: Laura Dussán

 

Veo la puerta que indica el número de salón al que debo entrar, las manos me sudan y el corazón me late más rápido… 1, 2, 3, respiro profundo, 1, 2, 3, exhalo, siempre el mismo ejercicio, en este punto de mi vida, ya estoy cansado de buscarle explicación a esas reacciones, así que aprendí a manejarlas, o más bien me enseñaron en una de las muchas terapias a las que he asistido.

 

La primera clase pasó lenta, cada vez que miraba el reloj los minutos parecían burlarse de mí, hasta que finalmente llegó a su fin. Ahora, a medio día, ya me siento un poco más relajado, sé que la siguiente hora será menos tensa, estar con mis amigos me hace sentir más seguro, bueno, lo más seguro que puedo llegar a sentirme cuando sé que todo el mundo está mirándome comer, probablemente estoy haciendo mucho ruido, aunque intento ser muy cuidadoso. Mis amigos insisten en que debo hablar más, me preguntan las razones por las que siempre tengo una excusa cuando me invitan a salir, pero aún no sé cómo explicarles que, aunque lo intento con todas mis fuerzas, no logro levantarme del rincón de mi cama en el que permanezco todo el fin de semana intentando ocupar el menor espacio posible, no logro contarles que puedo llorar por dos horas seguidas sin saber por qué, y me odio por eso. No puedo terminar de comer, el nudo en mi estómago se ha hecho más grande y ya no hay lugar para la comida.

 

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Foto por: Laura Dussán

 

Unas horas después llego a mi casa, exhausto física y mentalmente, me tiro en mi cama y siento que no puedo dar un solo paso más. Siempre es lo mismo, me cuesta trabajo incluso cambiarme de ropa o lavarme las manos, me miro al espejo y veo una persona patética, recuerdo el nudo en la garganta que se creó unas horas antes, cuando el profesor tuvo que repetirme la pregunta más de una vez porque mi cerebro simplemente no podía encontrarle sentido a las palabras que salían de su boca, las manos me empezaron a sudar y sentí una fuerte presión en el pecho, se me entumecieron los brazos y el nudo en la garganta se expandió de tal manera que me fue imposible respirar.

 

Inesperadamente logré salir del salón de clase y entré rápidamente al cubículo de un baño, mi primer instinto fue mandarme la mano a la nariz para asegurarme que estaba respirando correctamente, sentía como el aire salía expulsado de manera interrumpida, pero mis pulmones no parecían recibirlo, de repente el terror inmediato de morir por un paro cardiaco me invadió totalmente, y aunque ya he tenido ataques de pánico antes, siempre es imposible evitar pensar que moriré en ese instante, mi cerebro logró reaccionar y supongo que mi sentido de supervivencia se activó cuando pude recordar el ejercicio… 1, 2, 3, respiro profundo, 1, 2, ,3 exhalo, fue necesario repetirlo por un largo tiempo hasta que llegué a un estado de tranquilidad razonable, no podía volver a ese salón de clase, logré escribirle a un amigo cercano que me alcanzara mis pertenencias hasta el baño donde me encontraba y así poder volver a mi casa sin tener que enfrentarme con todos los ojos curiosos que seguro me esperaban de vuelta.

 

Me recuesto en mi cama mirando hacia la pared, mi celular no deja de avisarme que tengo mensajes sin leer, el solo hecho de encender la pantalla me causa ansiedad que en este momento no puedo, ni quiero soportar. Lo único que logro hacer es acurrucarme bajo mis cobijas e intentar ahogar los sollozos que se escapan de mi boca, de nuevo, lloro sin saber exactamente el motivo porque lo hago, tal vez de rabia por ser como soy, o de impotencia por no ser capaz de detenerlo. La oscuridad de la habitación me recuerda lo solo que estoy, y así pasan las horas, otra vez, sin suficientes horas de sueño ni motivación, empieza otro día.

 

Lo que usted acaba de leer es un día en la vida de *Felipe Romero, joven que vive con trastorno de ansiedad y depresión. Según los más recientes estudios de la Encuesta Nacional de Salud Mental, realizada por la Universidad Javeriana, Colciencias y el Ministerio de Salud, 10 de cada 100 adultos colombianos padecen de una enfermedad mental, y 12 de cada 100 adolescentes muestran síntomas que pueden terminar en ellas.

 

Es importante aclarar que los síntomas mencionados en esta crónica no son los únicos posibles indicios de enfermedad mental, existen más de catorce señales diferentes que pueden apuntar a un trastorno mental.     

                    

*El nombre del protagonista de esta crónica fue cambiado a su petición, por cuestiones de comodidad.

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