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Fernando Araújo: Escéptico soñador

 Por: Laura Camila Arévalo

Nuestros padres, las instituciones y el Estado se han esforzado en prepararnos para vivir bajo unos manuales que pretenden ajustarnos mejor al sistema. Todas y cada una de estas imposiciones, son las que Fernando Araújo Vélez, escritor y periodista de El Espectador, pretende quitar del camino no solo para él, sino para cualquier persona que lo lea y pueda comprender que el único objetivo de sus textos es darle una puñalada a sus conciencias. Sus textos son cuchilladas a todo lo que consideramos absoluto e inamovible.

 

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Foto por: Laura Camila Arévalo

 

Irreverente y claro. Su contundencia y argumentación logran que las personas guarden silencio y terminen por darle la razón, que es lo que finalmente busca, y no por soberbio, sino porque sus motivos y razones son a favor de la lucha y sobre todo la voluntad. Se refiere a las creencias cómo uno de los ingredientes de la debilidad, porqué se define como un convencido de lo que defiende y no un creyente de lo que le han dicho.

Nació el 24 de diciembre de 1966 en Cartagena. Comenzó a interesarse por el periodismo cuando lo mandaron a Pamplona, España, país al que viajó junto a sus dos hermanas menores. Ellas aisladas por líos amorosos y él, por amargado. Siempre le gustó escribir y viviendo en Pamplona, conoció a un profesor que le abrió la ventana del periodismo como una posibilidad de vida.

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Foto por: Laura Camila Arévalo

 

Volvió a Colombia y comenzó Periodismo en la Universidad Javeriana, carrera que decidió no terminar en cuarto año y con muy poco tiempo para culminarla,  ya que estaba convencido que lo que menos necesitaba para ejercerla sería un cartón que determinara que realmente era periodista. Luchó y lo sigue haciendo por desligarse de todas las reglas que nos impone el mundo capitalista en el que vivimos y él que siempre ha cuestionado.

Su primer trabajo fue en el diario La Prensa, un espacio que concebía como el lugar donde las historias contaban algo más allá del hecho o la noticia. Había libertad de prensa y eso para él era un tesoro. Escribía de fútbol, pero más que de la técnica, daba una perspectiva más humana de lo que pasaba al interior del juego.  Cubrió el mundial de 1990 en Italia, trabajo que llegó hasta el editor de El Tiempo, periódico del que lo llamaron para que se integrara al equipo de periodistas. Este cambio al principio lo sintió como una pequeña victoria, para después concluir que es uno de los medios colombianos más contaminados por el poder.

Llegó a Cromos a seguir escribiendo sobre fútbol y deportes. La época era ideal para cubrir estos temas. La selección de Maturana, el 5-0 del cinco de septiembre del 1993 y el patriotismo desenfrenado lo llevaron a contar historias que poco a poco resultaron en el libro Pena máxima.

Este libro contiene denuncias contundentes de las relaciones del fútbol con las mafias. Palabra tras palabra construyó lo que iba ser para muchos un gran y necesario ejemplar que cuenta todas las historias turbias que se esconden detrás de la pasión del deporte más popular. Para otros un motivo de amenazas e intimidaciones. Lo que buscaba era que el periodismo cambiara y esa realidad que denunciaba también. Nada cambió, pero aún cree que dejar de intentarlo no es la opción.

Nunca dejó de escribir. De Cromos pasó a El Espectador, diario en el que siempre quiso trabajar y en el que inició como redactor. Este periódico le ofreció y le ofrece libertad, y eso para él, es lo más importante. Veinte años después de Pena Máxima, lo llamaron para que escribiera otro libro que hablara del fútbol y todo lo que esconde. Aceptó, hizo la segunda parte y la nombró No era fútbol, era fraude, otro libro agresivo que denunció todos los nexos con el narcotráfico y la mafia,  para convertir al fútbol en un deporte que a los más poderosos les conviene hinchando sus bolsillos e idiotizando a la gente. 

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Foto por: Laura Camila Arévalo

 

A demás de ser el editor de cultura, escribe la columna: El caminante, espacio semanal que tiene para lanzar puñaladas a los dogmas de la gente. Los textos son sobre las preguntas que nos hemos hecho toda la vida. Escribe sobre el amor y todas sus implicaciones y complicaciones, sobre la valentía, el odio, la venganza y todas las emocionas que nos hacen humanos, demasiado humanos.

“Yo quería trabajar en El Espectador porque había libertad y a los Cano les importa el periodismo”

Como editor de cultura lucha contra las páginas corrientes llenas de noticias que a la gente no le importan, contra la mediocridad, y pelea por garantizar que la sección del periódico contenga historias que inspiren, descubran y exploren. Se fija y considera esencial que las personas que trabajen con él tengan una actitud que pueda llevarlos a estar dispuestos a todo, para que sus textos sean honestos y tengan claro para que escriben y por qué.

Es consciente del valor que tienen las páginas y por eso no permite que se llenen con cualquier cosa. Su rigor no va enfocado al estilo ni la forma, sino al contenido y su mensaje. Si un texto está impregnado de manuales, no es un texto auténtico. Según él, a la gente hay que dispararle y eso solo se logra rompiendo esquemas.

Se le preguntó por la generación de jóvenes actual y respondió: “Los jóvenes de ahora son producto de la dulzura. Sus padres ilusionados por que no repitieran sus infancias, los educaron para que se sintieran más amados y ahora solo quieren comodidad y alcanzar logros sin ningún tipo de esfuerzo”.

“Les dijeron que así se hacía y no se han dado cuenta que lo importante es cómo quieren hacerlo”

Fernando ha escrito para People, Cromos, Semana, El Siglo, El Tiempo y algunos otros medios impresos y digitales.

Santiago La Rotta, periodista del Espectador y compañero de trabajo de Fernando por más de diez años, lo define como una persona creativa y audaz buscando enfoques distintos en la información que tiene todo el mundo. “Respeta mucho los textos de las personas con las que trabaja. Él mismo define el trabajo de editor como ayudar a que las voces de los demás se proyecten mejor”.  Durante los diez años de Santiago en el periódico, Fernando ha sido el editor con el que más ha trabajado y así como hay aspectos que admira y respeta, cree que es extremista y deja pasar por alto matices que son valiosos en su labor como editor. “Hay que decirlo, muchas veces necesité que me orientara más de cerca y no lo hizo. Él cree firmemente en la autodeterminación y la libertad, dos valores fundamentales para este y cualquier oficio, pero esa visión tiene un defecto en la forma como él la asume: es demasiado absolutista”. Al preguntarle a Santiago por los valores que adoptaría de Fernando como profesional menciona sus ganas de buscar otros ángulos, de no tragar entero, de ser contestatario y su amor por la palabra y el lenguaje.

Las publicaciones editoriales del escritor y periodista cartagenero han sido en su mayoría de fútbol, pero el grupo también se compone de libros como su reciente novela Y por favor, miénteme, obra literaria que cuenta la historia de la familia Vila y todo lo que la rodeaba, como su poder político, amores, odios y venganzas. Un relato que muestra cómo se tejían las relaciones de los más poderosos en el país, sus formas de gobernar y la lucha de los opositores para erradicarlos.

En una reciente entrevista realizada por Tania Herazo, para Entrelineas, se le pregunto por cómo ve la relación entre el periodismo y la literatura, y el contesto: “Para mí siempre va a haber relación porque es la palabra escrita, pero esas categorizaciones de “periodismo” y “literatura” me importan un pepino. Estamos encarcelados en los círculos”.

Es poco expresivo, pero su mirada y la fuerza de sus palabras son suficientes para entender lo que siente y contagiarse de su indignación. Todo el tiempo atiende al cuchillo que mantiene en la nuca y lo presiona a escribir, hablar, abrir puertas y hacer, sobre todo hacer. No cree en nada, pero si sueña, y lo hace alto, sin escatimar en posibilidades y mucho menos en las impuestas. Para él, lo más importante de un ser humano debe ser su obra, y la más grande apuesta de Fernando es la inmortalidad que pueda lograr con su lucha, la escrita que contienen la fuerza de sus convicciones. 

 

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