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Dejando de ser…

Eres la máxima expresión de sabiduría y amor puro. Sin embargo, tu cuerpo indolente ha perdido su juventud y el vigor ha huido, a tu cabello blancura le ha caído y con el tú mente ya no alcanza a razonar…

Por: María Daniela Rodríguez Mora

 

Un sueño, un presagio

Ella corría a esa gran puerta que se hallaba al fondo de un largo pasillo negro, pero, entre más corría, esa puerta se iba alejando más y más. Su respiración se contraía al compás de los irregulares latidos de su corazón y al son de los angustiosos gritos que escuchaba de su difunto esposo, llamándola una y otra vez. De repente, comenzó a escuchar los cantos de los pájaros que cada vez se hacían mucho más fuertes. Su cuerpo empezó a vibrar intensamente, y con el, un rugido de sonidos de autobuses hizo que de golpe se levantara, mojada en sudor y con una sequedad que quemaba su garganta. Miro el reloj que estaba en su mesa de noche, el cual se encontraba a lado de una fotografía de sus tres hijos cuando estaban más pequeños. Se dio cuenta de que faltaba muy poco para que el sol se asomara, con mucho desaliento, se levantó de su antigua cama matrimonial (el único recuerdo de 55 años de matrimonio). Cogió la toalla y con ella, se dirigió al baño para tomar una ducha. Mientras se bañaba, hurgó en los oscuros recovecos de su memoria, ese singular e insulso sueño. Se preguntaba si ese sueño tendría algún significado oculto, pero, un golpe seco, la trajo de vuelta a su realidad.

 

ACN

 

-Mamá … ¡Hey! Mamá. -

-Sí, sí, ¿qué pasó? -

-Mamá, que no te demores. Vamos tarde para tu cita médica. -

-Sí, voy, espérame. -

- ¿Qué tienes madre? Estás como en la Luna. -

- No, es que… tuve un sueño, no sé, algo confuso. -

Salió del baño, se secó muy rápido su débil cuerpo y en seguida, se vistió con la mejor pinta que tenía para salir (una falda de color caqui, una blusa con un moño exagerado y unos zapatos de tacón). Cogió su cepillo y peinó su corta, pero abundante melena plata. Cuando acabó, buscó rápidamente en el cajón de su tocador un labial de color carmesí. Por cada vez que ella pintaba de colorete sus labios carnosos, perdía el sentido de quién era. Dejando caer el labial al suelo, se quedó desconcertada mirando al espejo, preguntándose quién era ella y gritando ¿quién es esa vieja que me está mirando? ¿por qué repite mis movimientos? … Ese fue un momento de confusión para mí, realmente no sabía que estaba pasando. Me fui corriendo hasta donde ella estaba, la zarandeé con tanta fuerza, esperando que reaccionara, pero como respuesta de ello, recibí una cachetada. Me lo dice esta mujer, su hija mayor que llora delante de mí, mientras bebemos el elixir de la vida.

‘’Gracias a la memoria se da en los hombres lo que se llama experiencia’’ Decía el gran Aristóteles. Cuando me reúno con Doña Mati o Matuchis como la llaman sus familiares, por mi mente tengo un bombardeo de preguntas: ¿cómo le hablo? ¿por dónde comienzo? ¿le gustará hablar conmigo? pero siempre se ven opacadas por ese recelo mutuo que existe entre las dos. Siento que debo como soldado en guardia, escuchando cada recuerdo que quiera traer. Siempre me ha parecido curioso como ella me cuenta las cosas, pues cada vez que ella evoca una historia, viene acompañada de un matiz o un dolor diferente que a su vez se siente tan vivo. Ella me mira por más de cinco minutos, en seguida, yo bajo la mirada y ese aroma peculiar que acompaña a toda abuelo o abuela sobre la faz de la tierra, me transporta a mi difunto abuelo, pero, una discreta risita y con una melancólica ternura, Doña Mati me dice:‘’ Margarita que hace por aquí’’, me hace retornar al presente y yo totalmente afásica y ansiosa, la miro y le digo ‘’Mati, ese saco azul rey le luce mucho’’, suelta un suspiro y me hace entender que ella a veces comprende de lo que le estoy hablando, la última vez que hablamos, me dijo ‘’ Ya no me siento la misma de antes, miro mis manos, mi cuerpo viejo y arrugado, esa cara con manchas, esos ojos caídos, que hoy digo, esos ojos fueron los únicos testigos de una incesante guerra que tal vez, no ha terminado… No me reconozco. Me pregunto quién soy y qué fue de esa mujer refinada que ya no existe y es que, por un momento, estoy en Sibaté, en otro momento, estoy en ésta casa acompañada de ancianos que, aunque no hablemos todos somos cómplices de eso, de esa enfermedad que se apodera, que lanza sus cadenas y reprime mis recuerdos, el argot, mi caminar, mi voz… esa enfermedad paupérrima que me arrastra sin compasión al olvido. Y cuando ellos llegan, en especial él, que por ocasiones es mi hijo menor, pero en otras, es mi Gilbertico. El único hombre que robo mis sueños y mis deseos, pero que a la vez, me devolvió un poco de su amor en forma de mis tres hijos, ahí me veo en otra sitio ¿o en otra época? una Matilde, joven y enérgica o eso solo era un barniz, porque por dentro realmente me sentía infeliz, a veces, me vuelvo amiga de mi propia enfermedad que me ausenta de ese despreciable sufrimiento, entonces, recuerdo a mis nietos, los cacareos de las gallinas, mi papá, el primer beso con Gilberto, el cómo se sentía la lluvia sobre mis manos; de esa canción de Julio Iglesias que decía ‘’de tanto correr por la vida sin freno, me olvidé que la vida se vive un momento, de tanto querer ser en todo el primero me olvidé de vivir los detalles pequeños’’ o la última vez, que comí un chocolate.

Entonces, Doña Matilde, me hace comprender en un mar de lágrimas, que nuestra vida es como un guion teatral, donde cada escena es una memoria que constituye el todo de nuestro ser, pero, que no somos dueños de éstas, todas esas experiencias, nuestro conocimiento empírico e intuitivo y las sensaciones, se desvanecen en el intento por recordar quienes somos desde que nacemos hasta que morimos...somos náufragos en un mar de recuerdos.

 

 ACN

 

 

De Sibaté de pura cepa

A más de 27 kilómetros de la ciudad de Bogotá, se encuentra el municipio de Sibaté, una tierra feraz caracterizada por su elevada producción de fresas, que bajo sus agrestes montañas el 20 de enero de 1941 recibió a Doña Matilde, una niña gordita y llena de vida. ‘’Sí señora, yo soy de Sibaté de pura cepa’’, me dice ella con un orgullo, como si disfrutara el sonido de cada una de esas palabras. Gallinas, perros y ovejas, fueron sus mejores amigos durante sus años mozos. Esa inmensa alegría de correr a esconderse, mojarse y abrazar a la tierra y sentir el calor de sus entrañas, era como Matilde pasaba los días en su humilde finca.

Sus padres unos campesinos trabajadores y honrados, se levantaban a las cinco de la mañana al unísono de los gallos de las fincas aledañas. Su madre, Oliva, embarazada de su tercer hijo, preparaba el desayuno de Don Federico, el cual se levantaba a tomar un café bien cargado para despertarlo de sus somnolencias. ‘’Es que eso de ser hombre de campo exige un buen desayuno’’ me aclara Doña Mati. Antes de ir a trabajar, Oliva, le empacaba su almuerzo: el caviar de los pobres, lentejas con arroz. Con su guadaña y pala, este hombre se encaminaba a su rutinaria labor. Sin saberlo, ese día recibiría la muerte como a una vieja amiga, víctima de un aneurisma, Federico murió a la edad de 38 años en 1944. A los ocho días de este trágico acontecimiento, Gustavito, llegó al mundo en la misma tierra en la que su padre partió.

Doña Matilde, fue testigo de grandes sucesos históricos, como el final de la Guerra de Corea, cuando muchos militantes regresaron a Colombia aclamando ‘’se acabó la guerra’’ o una frase que marcaría el comienzo de un conflicto que duraría por más de 50 años en nuestro país… ‘’Mataron a Gaitán’’, que aún siguen generando eco en las cavernas de su memoria.

A finales de los años 40, el gobierno junto a la Empresa de Energía de Bogotá (EEB), empezaron a tener un mayor interés por Sibaté. Lo cual generó un desplazamiento de centenares de familias campesinas, ya que unos años más tarde, el lugar favorito de recreación para muchos bogotanos y pueblerinos, se vería convertido en el Embalse del Muña el cual ayudaría a producir electricidad en gran parte de los territorios cundinamarqueses. La familia de Doña Matilde se vio forzada a abandonar su tierrita, al considerar que era una zona inundable. En común acuerdo, el gobierno decidió obsequiarles una suma de dinero con la perspectiva de una nueva vida.

Sin padre, sin finca y con poco dinero. Bajaron a la ciudad capital donde tomarían en arriendo una casa en el barrio de Chapinero, que para ese entonces las casaquintas y las casas de estilo republicano hacían de él uno de los sectores más exclusivos de la fría Bogotá. Oliva, bajo consejo de la madrina de la niña, envió a Matilde, al convento María Auxiliadora, puesto que temía que se volviera una mujer de vida alegre. Su pretexto es que en el convento le iban a enseñar a dejar los pésimos modales y las modas estrafalarias de la época.

Mientras Doña Matilde, aprendía el pespunte (técnica de costura y bordado) y ponía en práctica la urbanidad de Carreño, su madre y sus hermanos menores se adaptaban a las costumbres rolas.

Mati iba creciendo y a la vez su cuerpo ya tomaba la forma de una mujer adulta. Muy hermosa, esbelta y con un largo cabello negro. Al igual, que su cuerpo físico, sus sueños iban en aumento, quería llegar a descubrir los grandes secretos de la alquimia. Pero, los azares del destino la llevaron a trabajar como coordinadora de calidad de medicamentos en el laboratorio de la unidad farmacéutica Knoll, de la empresa química alemana BASF, que comenzaba a cimentarse en Colombia, quien en un futuro se fusionaría con otros micro laboratorios para crear al gigante BAYER.

Un nuevo comienzo

Una tarde, subiendo por la misma cuadra de siempre para llegar a su casa, Matilde observó como a un costado del camino había un grupo de albañiles trabajando arreglando una casa esquinera, Matilde quedó deslumbrada por un joven de cuerpo de Adonis, cabello rizado de color azabache, piel canela y zapatos bien embolaos, él a su vez, quedó atónito por la belleza y elegancia con la que Mati se contoneaba al caminar. ‘’Cuando yo lo vi, era el joven más pispo del barrio, todas las jovencitas estaban detrás de él’’.

Cuando el tiempo pasó y la relación se afianzó, Gilberto Vargas, decidió sentar cabeza, invitando a Matilde a la casa de sus padres. Ella muy ansiosa, se emperifolló y acompaño a su pretendiente, sin embargo, éste le previno diciendo que su familia no era tan pudiente como la de ella y que posiblemente su nivel económico muy diferente, según él, generaría contiendas con su familia. En respuesta a ello, ella le dijo que su mayor riqueza era el mutuo amor que se tenían.

El seis de octubre de 1962, la iglesia el Divino Salvador, se vistió de lirios y rosas blancas. En medio de pompones y lluvia de arroz, Doña Matilde y el Señor Gilberto, firmaron un contrato solemne ante la divina providencia. Durante sus primeros años de casados, todo parecía marchar bien; embarazada de su primer hijo, su esposo insistió que dejará el trabajo que por años dio de comer a su madre y hermanos. Tal como decían la Sagradas Escrituras, el hombre es el que provee y la mujer es la que cuida de los hijos, según lo que le decía Gilberto a su amada Matilde.

En el transcurso del tiempo, Mati comenzaba a percibir que ella era bella y él era su bestia. Producto de una relación con el néctar de los dioses, que al tomarlo revelaba su verdadero ser. En una ocasión, ella se encontraba en la cocina preparando la cena como era de habitual para recibir a su marido perdido en tragos. Matilde, oyó que a las fueras de su casa, alguien vociferaba intentando abrir el cerrojo de la casa. Ella corrió temerosa, a arropar a su pequeño bebé y unos minutos después, ya se encontraba en la cocina sirviendo un plato de sopa de colicero… Gilberto se acercó tambaleante a la mesa del comedor mientras esperaba el plato.

-¨Gilbertico, mi amor, tómese la sopita y por favor, no haga mucho ruido que el niño está durmiendo’’. -

-¨Yo… (¡hic!) shoy... el que manda en esta casa, hijuepu… (¡hic! ) ...tas’’-

Ella con un simple ‘’está bien’’ se resignó, dio media vuelta y al subir el primer escalón, escuchó a sus espaldas un grito de dolor e ira.

- ¡Puaj! esta mierda estáááá muuuuuy calienteeee. -

Y Matilde vio como el plato salto volando de la mesa desvaneciéndose en pequeños pedazos, que en medios de lágrimas ella le reclamaba a él ‘’Que le pasa Gilberto’’

‘’ ¿QUÉÉÉÉ QU...É ME PA...SAAA?’’- y en su memoria, fugazmente, mientras escuchaba los lloriqueos de su bebé, ve como la mano de su marido se cierra formando un puño, un puño que llegaría a su ojo y la traería nuevamente, de regreso a la realidad, llorando y gritando mientras su hija la trata de calmar, sin saber bien qué es lo que le pasa.

Tras muchos golpes, infidelidades y desprecio, finalmente, Matilde, cogió algunas de sus pertenencias, junto con el valor de salir adelante con sus tres hijos. La falta de plata y las ganas de no mirar jamás ese terrible pasado, la impulsaron a ir al único lugar donde siempre fue bienvenida, el hogar de su madre. Oliva con un “se lo dije mamita’’ y con los brazos abiertos, la recibió en su casa. Con su hija e hijo mayores estudiando en la universidad y un niño que se vio abandonado por su padre. Matilde, se convenció de que ese ser supremo al que adoraba era su refugio.

Una nueva esperanza

En el año 1995, su hijo menor con tal solo 17 de años de edad, le llegaría con una noticia que cambiaría la vida de todos.

-Mamá, no sé cómo decirle esto… de verdad perdóneme. -

- Cuénteme mijito ¿Qué pasó? Volvió a   tener problemas con el profesor de dibujo técnico…-

-No mamá, perdóname de verdad… es que ¿usted se acuerda de Ivonne?

-Sí, sí ¿le pasó algo? -

-Mamá, ayer me dijo que vamos a ser papás…-

-Danilo ¿usted de qué me está hablando? -

-Mamá, perdóneme se lo pido…-

-Váyase de aquí no lo quiero ver. -

-Pero mamá…-

-Váyase…-

Debido a sus costumbres tan arraigadas a la religión, para ella, en un principio, fue difícil de concebir esta noticia. Sin embargo, cuando ella cargó por primera vez a su nieta, sintió que la vida le sonreía después de mucho tiempo. La depresión que en su momento se le diagnosticó, en un abrir y cerrar de ojos desapareció; esa niña era el reflejo de ella. ‘’Mi abuela, es el ejemplo más puro de amor y simpleza. Para mí, ella es mi segunda madre, creo que gran parte de lo que soy hoy en día es por ella’’ No solo físicamente, porque es claro, que María, la nieta de Doña Matilde, no sólo conserva sus mismos ojos y labios carnosos, sino, su sentido de humor, su obsesión por la organización y el amor a la escritura.

 

ACN

 

Una visita para toda la vida

Matilde, a sus 58 años, sin más tregua que le exigía su frío y desidioso cuerpo, el reloj de su existir avanzaba y sus memorias se opacaban.

Cada vez que se miraba al espejo, sus ojos reflejaban el desconcierto. En ocasiones no recordaba al estar de pie junto a la escalera, si tenía que subir por algo, o acababa de bajar. Frente a la nevera su mente se llenaba de dudas, no recordaba si debía de guardar algún alimento o había ido para sacar el jugo; en otras, cuando afuera de su habitación estaba oscuro y sombrío, no estaba segura si tenía que ir a dormir o acababa de levantarse. Agregaba sal a los jugos; confundía la noche con el día; se escapaba quizá con la pretensión de ir a su colegio debido a que es la época en la que su mente se sitúa o tal vez con el ánimo de evocar sus memorias.

Su hija, tomó la decisión de llevar a Doña Matilde al neurólogo, con el fin de que él pudiera explicar que eran los extraños síntomas. Pero, más que saber, era confirmar que la mente y los recuerdos de Doña Matilde se había quedado, como éstos, en el tiempo. Luego de unos cuantiosos exámenes que trataban desde análisis de sangre para descartar deficiencia de vitaminas, pruebas de estado mental MMSE (prueba diseñada para evaluar el rango de habilidades mentales y cotidianas) e imágenes del cerebro.

Doña Matilde, cayó en cuenta que su hija le llevaba un rato hablando.

-Mamá, pero explícame bien el sueño. Tú siempre nos dijiste que los sueños podían significar algo. Antes, de que ella le respondiera a su hija, el Doctor Agudelo, la hizo seguir a su despacho. Con un aura de pesadez, el doctor, la miró a los ojos.

-Doña Matilde, luego de conversar con el comité médico, es lamentable para nosotros comunicarle que usted padece de Alzheimer en etapa moderada, es decir que…

Matilde, al escuchar estas palabras, sintió como la sangre en sus oídos tapaba las palabras del doctor. Vio su vida pasar ante sus ojos y comprendió que tal vez, esa sería la última vez que ella podría recordar.

‘’En el cerebro de la persona con Alzheimer, la corteza se encoge, perjudicando áreas usadas para razonar, recordar y calcular. Es un encogimiento severo del hipocampo (zona del cerebro que tiene como función generar nuevos recuerdos). Son terribles los efectos de la enfermedad, el tejido cerebral con Alzheimer, tiene muchas menos neuronas y una capacidad mínima de hacer sinapsis (forma de comunicación entre neuronas)’’ Jenny Paola Camacho Otero, Neuróloga de la Clínica Juan N. Corpas.

Con un sobre en el que guardaba el dictamen de su diagnóstico y con un gran temple, reunió a su familia, sin quebrarse por un segundo, les dijo que los amaba que pasara lo que pasara no la abandonaran y que aceptaran con el mismo temple que la caracterizaba, que, a partir de ese día dado por el avanzado Alzheimer, ella ya no sería la misma.

‘’La velocidad de la progresión de la enfermedad varía considerablemente. Las personas que padecen de Alzheimer viven un promedio casi de ocho años, pero algunas personas pueden vivir hasta 20. El cuidado de la enfermedad depende en parte de la edad de la persona al momento del diagnóstico y de la existencia de otras condiciones médicas’’ Jenny Paola Camacho Otero, Neuróloga de la Clínica Juan N. Corpas.

‘’El mal del olvido’’ fue lo primero que se me vino a mi mente, entré en desconcierto, angustia y pánico, a continuación, busqué en el ordenador los principales síntomas, causas, complicaciones y una posible cura, la cual no hallaba y por lo tanto mi esperanza se desvanecía, los dictámenes eran deplorables y solo mencionan la trágica muerte lenta que aparece con esta enfermedad; mi pecho empezó a comprimirse, sentía como mi corazón se agrietaba, las lágrimas me emboscaron y atacaron mi tropel. Y conmigo todos comenzaron a llorar, menos mi abuelita que siempre conservó su compostura. ‘’No llore mijita que se arruga, hay que conservar la urbanidad de Carreño’’ me decía mientras me abrazaba contra su pecho y acariciaba mis mejillas con sus manos suaves y delicadas, me abrazo tan fuerte y yo solo quería quedarme con su esencia’’ Pilar, hija de doña Matilde.

Memorias eternas

Vagando por las anécdotas familiares, en una ocasión, llegó a la casa, muy desesperada porque tenía ganas de ir a orinar. Su casa, en el lugar donde vivía con sus hijos y nietos, era un apartamento dúplex, el cual constaba de dos baños en el primer piso y uno el segundo. Ella subía y bajaba las escaleras, como cual atleta buscando afanado llegar a la meta y así permaneció por 15 minutos. Iba a la cocina, revisaba las habitaciones buscando algo, cuando de repente, se quedó inmóvil y un hilo de color amarillo bajó lentamente de su pantalón, acompañado de un intenso sollozo, la nieta de Doña Matilde, al darse cuenta abrazó a su abuelita mientras ella le decía “mamita no me acuerdo donde está el baño, perdóneme’’.

En un momento muy jocoso, su familia decidió ir al estreno de ‘Avatar con ella y en lo que veían la película doña Matilde, se puso a discutir con la pantalla del cinema ‘’por qué me habla así, aléjese bicho azul’’ y a su vez, el teatro en coro se echó a carcajadas.

Cuando yo me siento a hablar con Doña Matilde, me convierto, en Margarita, Azucena o Rosaurita; para ella soy muchas personas, para mi es una sola. Una mujer, una hija, una hermana, una madre, una abuela que dejó un legado del significado de familia, admiración fortaleza y que el verdadero amor es la aceptación de todo lo que el otro es, de lo que ha sido, lo que será y de lo que ya no es…

 

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