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Lo Vegano es Bacano

“¿Yo? ¿Qué tengo uso de razón comportándome como un león? No puede ser”. Así inicia su relato. Don Ramón Manrique, dueño de Damecos S.A., de 88 años y vegetariano hace 40. Con su cabello blanco, sentado en su oficina desde donde maneja su empresa y usa activamente Facebook, él dice que le debe su vitalidad y las buenas condiciones con las que se acerca a los 90 años, a ser “un buen vegetariano”.

Hace aproximadamente 40 años, Don Ramón estaba sentado viendo en National Geographic como una leona corría tras un venado para cazarlo, y al igual que los hinchas del fútbol cuando ven un partido, hacía fuerza desde su silla para que el venado saliera con vida. “Salvaje, maldito” pensó; cuando se dio cuenta, él estaba comiendo un pedazo de pollo. Fue entonces cuando se detuvo a repasar lo que acababa de ocurrir y, tomó una decisión que cambiaría su vida: sería vegetariano.

Fue un largo proceso. Se mantuvo fiel a su decisión por un año, pero un día en un restaurante en Melgar la tentación se le presentó en carne y hueso, literalmente, mientras le entregaban a su esposa una chuleta de cerdo y le anunciaron que su pizza vegetariana se demoraría, sucumbió y volvió a comer carne. La “recaída”, como le llama él, no duró mucho, y un mes después volvió a prometerse no consumir ningún animal; en sus palabras “Nada que mueva la cola”. Van 40 años de aquella promesa.

Su clave para lograr tal hazaña es “saber ser vegetariano”. Hizo lo que cualquier persona que decida tomar una decisión así, debe hacer: Estudiar, informarse, y conocer todas las opciones que la madre tierra ofrece para poder equilibrar todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Grano, trigo, cebada, frutas… él lo resume de una manera muy sencilla “TODO MENOS CARNE”.

Le encanta la bandeja paisa (sin el chicharrón, la carne molida y el chorizo), disfruta de la pasta y la pizza, no es fanático de comer lechuga y brócoli. Por el contrario, le encantan los perros calientes y la hamburguesa. Pero no siempre ha tenido mucha suerte encontrando platos específicos para sus necesidades; “yo no soy un conejo” le ha dicho repetidamente a chefs y meseros, que insisten en llevarle una ensalada cuando pide algo vegetariano.

Ha aprendido que en algunas ciudades ofrecen una mejor oferta, en cuanto a platos sin carne y restaurantes especialmente preparados para poder suplir todos los complementos animales en su comida, y asegura que Bogotá, a pesar de tener una demanda que va en crecimiento, se queda corta.

Jessica Sarmiento tiene 17 años y es vegetariana hace dos. Por medio de videos en redes sociales conoció el proceso de matanza de los animales en los mataderos y decidió no ser parte de esa cadena de maltrato y, por eso, no volvió a comer ningún animal. No frecuenta restaurantes, pues entiende que poniéndole un huevo no se reemplazan los nutrientes básicos de la carne, por lo que prefiere hacer su comida con proteína a base de fríjoles, lentejas, garbanzos, maíz, aguacate y champiñones

Ella es parte de esta nueva generación inmersa en los medios y con acceso a toda la información necesaria para poder conocer y entender los procesos que llevan a la muerte a un animal; y con una juventud que se ha sensibilizado tanto por la vida, resulta fácil entender por qué muchas personas desde una temprana edad han entrado a un movimiento libre de maltrato.

Siendo testigos de casos de adultos como Don Ramón, o de jóvenes como Jessica, que buscan llevar una dieta amigable con el medio ambiente, sin tener que privarse de muchos sabores, en una ciudad tan multicultural como lo es Bogotá, Ginna Díaz, su esposo Andrés, y su amigo Martín, decidieron arriesgar todo a una nueva apuesta gastronómica: un restaurante de comidas rápidas vegetariana y veganas.

Dos diseñadores industriales que buscaban un cambio para su vida, el seguir su pasión y tener su propio negocio, se unieron a un economista vegetariano que comercializaba proteína hecha a base de garbanzos y frijoles en Cali, para abrir su propio espacio en la capital.

Pero no fue un salto al vacío. Por un año, Ginna y Andrés pagaron un estudio de mercado, buscaron bases de datos, fueron a restaurantes a conocer todas las opciones, que se le ofrecían a los vegetarianos, tomaron notas, invitaron a personas de diferentes gustos a probar comidas sin  carne, investigaron sobre las propuestas vegetarianas en el exterior, y se aseguraron de conocer cada detalle necesario sobre esta tendencia.

Definieron, entonces, su idea: un lugar de opciones rápidas saludables vegetarianas, y con los sabores que un amante de la carne podría disfrutar. Buscaron su propia inspiración. La pasión de Andrés siempre había sido la cocina, y con mucha investigación, lograron crear sus propias recetas trayendo a los platos, los mejores sabores del mundo.

La mezcla de proteínas vegetales dio lugar al Garam Masala de la India, que combina 12 especias diferentes; el sabor ahumado, cítrico y dulce de los Estados Unidos se logró en la Barbacoa; el aroma del Mediterráneo fue gracias a las hierbas de Provenza; y México hizo presencia con una mezcla de especias y jalapeños, que permiten sentir ese característico picante y placentero.  Si a esto, se le suman ingredientes como el tabule, pico de gallo, pesto, tzatziqui, tomates secos, entre otros, es posible encontrar una explosión de sabor única, y que resulta ser altamente nutritiva.

Encontraron un espacio en Chapinero Alto, que se ajustaba a sus necesidades y lo adecuaron por completo para su restaurante; usaron su profesión para crear todo el concepto del lugar: comida casual vegetariana, un ambiente fresco y amigable con el medio ambiente, y en el que se pueda brindar una experiencia al consumidor.

Con una expectativa muy alta, y acercándose por medio de redes sociales a los que fijaban como el que sería su público objetivo –animalistas, personas fitness, grupos ambientales–, abrieron sus puertas el 28 de octubre de 2016 bajo el nombre “El Verdugo Vegetal”. Han pasado cuatro meses desde su apertura, y han logrado conquistar clientes vegetarianos, veganos, y carnívoros. Todo gracias a ese sabor único.

Para lograrlo, tienen en su equipo de cocina a Rocke, un amante de la carne que les ayuda a probar y crear sabores que el paladar de las personas, acostumbradas a la proteína animal puedan disfrutar; y, por otro lado, Cesar Beltrán, un joven de 22 años y vegetariano de nacimiento. Con ellos, es posible hacer un balance perfecto para tener ese equilibrio de sabores, que encanten a cualquier persona, pues su meta es que “en nuestra cocina se piense para todos”.

“Estamos generando una carga de dolor a otro ser viviente o involucrándonos con su exposición” es la principal razón de que, por influencia de sus padres, Cesar jamás haya probado la carne en su vida. Él es una prueba de que en realidad no existen razones, para pensar que la proteína animal es estrictamente necesaria para el crecimiento de una persona. “En mi vida de lo único que me he enfermado es como de tres gripas, es la salud perfecta”. Por eso, desde su perspectiva, ha visto el crecimiento de la tendencia del vegetarianismo en la ciudad; ha sido testigo de los cambios en el pensamiento de las personas en cuanto al consumo, y ha podido ver que ahora muchos restaurantes presentan al menos una opción vegetariana, en su menú.

Al igual que para muchos vegetarianos y veganos, la llegada del Verdugo Vegetal a la escena gastronómica de la ciudad fue un alivio que experimentó desde el momento en que probó uno de sus platos, el perro florentino: “me sirvió para desmitificarme a mí mismo de que la comida rápida debe ser grasosa. Era la mezcla de sabores, unida de una forma perfecta. Todo el concepto era muy bien preparado, muy bien pensado”.

Y para comprobar que el objetivo de El Verdugo se había logrado, Bárbara Melo, estudiante y amante de la carne y las hamburguesas de McDonalds, accedió a probar la Hamburguesa Caraota Jalapeña: “Es una textura distinta. Los sabores son diferentes y deja una sensación distinta en la boca” dice mientras prueba, bocado a bocado, algo totalmente ajeno a su paladar. “Es más fácil masticar, se deshace de una manera suave en la boca, sin el esfuerzo normal de una hamburguesa regular… Sí, me gustó, me siento saludable” comenta riéndose, mientras prueba otro bocado de esta comida que parece traída de otro planeta.

Lo que para un carnívoro es una experiencia nueva y a la que el paladar le toma un tiempo acostumbrarse a la presentación de los nuevos sabores, para un vegetariano o vegano es un descubrimiento que le permite encontrar un lugar al que pertenece y del que puede disfrutar cada mordida. Al final, el Verdugo es una propuesta nueva para ambos, que les da la oportunidad de unirse, en un espacio saludable y delicioso.

Es un lugar para Don Ramón, quien a su edad quiere proteger su salud espiritual y física para seguir viviendo muchos años más; para Jessica, que ha conocido un estilo de vida libre de maltrato animal; para Cesar, que por primera vez ha encontrado una propuesta completa de comida rápida y saludable para él en la ciudad; e incluso para Bárbara, quien logró borrar de su mente el pensamiento de que una comida vegetariana debe ser aburrida y basada solo en vegetales, y descubrió un mundo nuevo de sabores y texturas que alegraron su paladar inesperadamente.

Es un espacio para explorar un nuevo mundo, conocerlo y sorprenderse a sí mismo, al encontrar que el vegetarianismo para nada está basado en comer lechuga, tomate y zanahoria, sino que se expande hacia cientos de sabores, texturas y sensaciones. Es no pensar que esta tendencia se pinta de verde, sino que está adornado por mil colores que son capaces de despertar un universo de nuevos retos desconocidos, en donde lo normal se transforma en extraordinario.

Por: Laura Martínez Veloza

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