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Nadie sabe lo de nadie

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Arrugas en su rostro, ojos brillantes -que esconden miedo- y a la vez, reflejan fragilidad, tiene solo algunos unos dientes, una barba descuidada y su piel es trigueña. Mide un poco más de 1.60 y su semblante es entristecido. Todo esto son los rastros de veintisiete años en los que el asfalto se ha convertido su hogar.

Conocido en el bajo mundo como “familia”, Humberto Prada Serna, un hombre de 51 años, oriundo de la ciudad de Manizales, ahora deambula invisible entre las sombras de las calles de Bogotá. Y hace parte de esos 15.310 habitantes de calle, que según el distrito se registraron en 2015.

Desde el día que conocí a este personaje empecé a entender lo importante que es para ellos tener la atención de alguien y ser escuchados, él me dijo “es algo bacano, porque a pesar de que uno tenga una pinta de loco y que al menos le dediquen el ratico a uno, para mi es estar vivo”.

Cuando habla es fuerte y seguro. Con esa dureza característica que ha aprendido de las calles; la calle es dura, pesada, sombría, violenta, inesperada y maliciosa.

Me habla sintiendo enojo porque dice que todos somos de carne y hueso, que todos somos del mismo material y “por el hecho de ser habitante de calle cuando uno llega a un lugar como que sobra, es rechazado, ignorado, lo miran feo, rayado, por ir mal trajiado”.

 

Su lugar habitual es frente a un parqueadero, justamente por la Calle de la Soledad, queda en la 12 con kr 5. Allí se encuentra todas las tardes, todo varía con los días. Él es como un vecino más, pasa y recibe el saludo de todas las personas que lo conocen en la plazoleta del Rosario, donde reside hace más de 15 años.

La rutina lo tiene hostigado… duerma donde duerma, porque no tiene lugar fijo, se levanta y lo primero es conseguir sus monedas para desayunar o almorzar. Y así mantiene el día rebuscándosela en los parqueaderos cercanos. No tiene horarios fijos pero lo que más le gusta es dormir, después de haber prendido su baretico y su maduro (bazuco mezclado con marihuana), “le gusta dormir dopado” porque en el día prefiere estar en sus cinco sentidos.

Según cifras de Bogotá Cómo Vamos, el 94% de personas habitantes de calle consumen sustancias psicoactivas, y de una manera u otra es su forma de escape a la realidad. “La droga es cosa hijueputa, no es que ya voy a dejar de fumar y no fume, no. La droga tiene su cuento”, manifestó “familia”. Él empezó fumando marihuana y se le atravesó el bazuco que lo consumió hasta dejarlo perdido, es la ‘droga maldita’.

Cuando me encontré con él, inmediatamente me reconoció y nos fuimos a sentar frente al Museo del Oro. La gente que pasaba se quedaba mirándonos extraño, supongo la apariencia. Él venía vestido con una chaqueta azul oscuro con blanco sucia, un pantalón oscuro desgastado y unos tenis negros embarrados.

Le pregunté:

-¿Hace cuánto no ve una fotografía suya?

-Las únicas fotos que yo tengo son las que hay por ahí en la Sijin (risas). En mi casa solo tenía una foto de cuando estudiaba, en mi pupitre con un lapicero.

Vivir en la calle lo hace estar todo el tiempo descuadrado, se siente perdido por llevar una vida que no le corresponde todo debido a las malas influencias que tuvo desde su infancia, como dijo “el árbol desde pequeño, se le ve la clase que va a ser”. No alcanzó a terminar segundo de primaria y se dedicó a estar con sus amigos de arriba pa’ bajo; y ahora solitario y vacío en una ciudad desconocida para él.

Uno es el que toma decisiones en la vida y él decidió quedarse en la calle por voluntad propia. Es un fiel creyente de Dios aunque no crea ni en él mismo y según me contó llegó a Bogotá a “guerriarla” pero vivía solo del robo, todos los días madrugaba a hacer el robito. Ese era su arte: robar. Durante mucho tiempo vivió en el Cartucho “el propio infierno” como lo menciona y luego, un corto tiempo en la calle del Bronx hasta que se estableció en la Plazoleta del rosario.

En la calle ha sido testigo de cosas que ni nos alcanzamos a imaginar y el miedo es una emoción que vive su cuerpo todo el tiempo. Él dijo yo he visto cosas que siento más miedo de quien las hace, como ver cuando eliminan a otro. La calle hay que saberla vivir para estar vivo, porque hay mucha mente maliciosa y maquiavélica”, termina.

Me aproximé a decirle que si le gustaría tener una fotografía de él y me respondió con voz suave que sí, saqué la cámara de mi mochila y empezó a posarme “a lo mafia”. Buscamos un lugar y tomamos un par de fotos más, terminamos sentados en el suelo, a la mitad del Parque Santander. Así que, prometí llevarle la foto en esa semana para que pudiera guardarla y la tuviera como recordatorio de lo que es ahora.

Era miércoles hacia las 5 de la tarde y el cielo estaba cada vez más oscuro. El pronóstico del clima decía que se avecinaban unos cuantos meses lluviosos. Nos encontramos y nuevamente fuimos frente al Museo del Oro a sentarnos. Estaba ansioso por ver su retrato, para ellos no es una costumbre verse todos los días a un espejo o tomarse fotos, al caso verán su reflejo pero, aún así, evitarán verse a sí mismos.

Recuerda que cuando joven se vestía elegante, la diferencia es mucha, me dijo “yo andaba bien trajiadito, me gustaba echarme perfume, no faltaba el reloj benetton, mi cadenita, pero todo lo que tenía era porque yo mismo me lo conseguía”. Ahora ni vestigios quedan de aquellas épocas.

Le pregunté -¿de qué color son sus ojos? y dio un minuto de espera.

En ese momento pensé que ni recordaba su rostro y respondió en modo de pregunta ¿cafeces? Vi su mirada opacarse y pensé que volver al pasado para él era como una catarsis.

Tenía dos fotografías, para que escogiera la que más le gustará, en una tenía cara de preocupado y pensativo pero la otra tenía un toque de alegría y estaba sonriendo. Se las entregué y dijo:

-Una diferencia muy áspera, a mi nunca me vieron con barba en la casa, sería una elegancia hacerle llegar esta foto a la cucha.

Por algunos minutos analizó las fotografías y prefirió quedarse con la que estaba alegre y me pregunta: ¿Cierto que cucho cucho no me veo? Me veo más bien dejadito.

Yo le respondí: -No tanto porque ni canas tiene. 

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“Tengo más vidas que un hijueputa”, aseguró, porque más de una vez lo intentaron matar pero siente satisfacción de seguir vivo.

Se avecinaba una fuerte lluvia, así que guardó la fotografía en su chaqueta y me devolvió la otra, nos despedidos y me dijo:

-Muy aburrido cuando llueve, uno cuando está lloviendo lo único que hace es buscar donde escampar.

Y me fui pero me quedará en la mente su frase, que repetía tanto, “cada cabeza es un mundo y nadie sabe lo de nadie. Y vea mi forma de ser…”.

 

Por: Paola Araque Carreño

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Arrugas en su rostro, ojos brillantes -que esconden miedo- y a la vez, reflejan fragilidad, tiene solo algunos unos dientes, una barba descuidada y su piel es trigueña. Mide un poco más de 1.60 y su semblante es entristecido. Todo esto son los rastros de veintisiete años en los que el asfalto se ha convertido su hogar.

Conocido en el bajo mundo como “familia”, Humberto Prada Serna, un hombre de 51 años, oriundo de la ciudad de Manizales, ahora deambula invisible entre las sombras de las calles de Bogotá. Y hace parte de esos 15.310 habitantes de calle, que según el distrito se registraron en 2015.

Desde el día que conocí a este personaje empecé a entender lo importante que es para ellos tener la atención de alguien y ser escuchados, él me dijo “es algo bacano, porque a pesar de que uno tenga una pinta de loco y que al menos le dediquen el ratico a uno, para mi es estar vivo”.

Cuando habla es fuerte y seguro. Con esa dureza característica que ha aprendido de las calles; la calle es dura, pesada, sombría, violenta, inesperada y maliciosa.

Me habla sintiendo enojo porque dice que todos somos de carne y hueso, que todos somos del mismo material y “por el hecho de ser habitante de calle cuando uno llega a un lugar como que sobra, es rechazado, ignorado, lo miran feo, rayado, por ir mal trajiado”.

 

Su lugar habitual es frente a un parqueadero, justamente por la Calle de la Soledad, queda en la 12 con kr 5. Allí se encuentra todas las tardes, todo varía con los días. Él es como un vecino más, pasa y recibe el saludo de todas las personas que lo conocen en la plazoleta del Rosario, donde reside hace más de 15 años.

La rutina lo tiene hostigado… duerma donde duerma, porque no tiene lugar fijo, se levanta y lo primero es conseguir sus monedas para desayunar o almorzar. Y así mantiene el día rebuscándosela en los parqueaderos cercanos. No tiene horarios fijos pero lo que más le gusta es dormir, después de haber prendido su baretico y su maduro (bazuco mezclado con marihuana), “le gusta dormir dopado” porque en el día prefiere estar en sus cinco sentidos.

Según cifras de Bogotá Cómo Vamos, el 94% de personas habitantes de calle consumen sustancias psicoactivas, y de una manera u otra es su forma de escape a la realidad. “La droga es cosa hijueputa, no es que ya voy a dejar de fumar y no fume, no. La droga tiene su cuento”, manifestó “familia”. Él empezó fumando marihuana y se le atravesó el bazuco que lo consumió hasta dejarlo perdido, es la ‘droga maldita’.

Cuando me encontré con él, inmediatamente me reconoció y nos fuimos a sentar frente al Museo del Oro. La gente que pasaba se quedaba mirándonos extraño, supongo la apariencia. Él venía vestido con una chaqueta azul oscuro con blanco sucia, un pantalón oscuro desgastado y unos tenis negros embarrados.

Le pregunté:

-¿Hace cuánto no ve una fotografía suya?

-Las únicas fotos que yo tengo son las que hay por ahí en la Sijin (risas). En mi casa solo tenía una foto de cuando estudiaba, en mi pupitre con un lapicero.

Vivir en la calle lo hace estar todo el tiempo descuadrado, se siente perdido por llevar una vida que no le corresponde todo debido a las malas influencias que tuvo desde su infancia, como dijo “el árbol desde pequeño, se le ve la clase que va a ser”. No alcanzó a terminar segundo de primaria y se dedicó a estar con sus amigos de arriba pa’ bajo; y ahora solitario y vacío en una ciudad desconocida para él.

Uno es el que toma decisiones en la vida y él decidió quedarse en la calle por voluntad propia. Es un fiel creyente de Dios aunque no crea ni en él mismo y según me contó llegó a Bogotá a “guerriarla” pero vivía solo del robo, todos los días madrugaba a hacer el robito. Ese era su arte: robar. Durante mucho tiempo vivió en el Cartucho “el propio infierno” como lo menciona y luego, un corto tiempo en la calle del Bronx hasta que se estableció en la Plazoleta del rosario.

En la calle ha sido testigo de cosas que ni nos alcanzamos a imaginar y el miedo es una emoción que vive su cuerpo todo el tiempo. Él dijo yo he visto cosas que siento más miedo de quien las hace, como ver cuando eliminan a otro. La calle hay que saberla vivir para estar vivo, porque hay mucha mente maliciosa y maquiavélica”, termina.

Me aproximé a decirle que si le gustaría tener una fotografía de él y me respondió con voz suave que sí, saqué la cámara de mi mochila y empezó a posarme “a lo mafia”. Buscamos un lugar y tomamos un par de fotos más, terminamos sentados en el suelo, a la mitad del Parque Santander. Así que, prometí llevarle la foto en esa semana para que pudiera guardarla y la tuviera como recordatorio de lo que es ahora.

Era miércoles hacia las 5 de la tarde y el cielo estaba cada vez más oscuro. El pronóstico del clima decía que se avecinaban unos cuantos meses lluviosos. Nos encontramos y nuevamente fuimos frente al Museo del Oro a sentarnos. Estaba ansioso por ver su retrato, para ellos no es una costumbre verse todos los días a un espejo o tomarse fotos, al caso verán su reflejo pero, aún así, evitarán verse a sí mismos.

Recuerda que cuando joven se vestía elegante, la diferencia es mucha, me dijo “yo andaba bien trajiadito, me gustaba echarme perfume, no faltaba el reloj benetton, mi cadenita, pero todo lo que tenía era porque yo mismo me lo conseguía”. Ahora ni vestigios quedan de aquellas épocas.

Le pregunté -¿de qué color son sus ojos? y dio un minuto de espera.

En ese momento pensé que ni recordaba su rostro y respondió en modo de pregunta ¿cafeces? Vi su mirada opacarse y pensé que volver al pasado para él era como una catarsis.

Tenía dos fotografías, para que escogiera la que más le gustará, en una tenía cara de preocupado y pensativo pero la otra tenía un toque de alegría y estaba sonriendo. Se las entregué y dijo:

-Una diferencia muy áspera, a mi nunca me vieron con barba en la casa, sería una elegancia hacerle llegar esta foto a la cucha.

Por algunos minutos analizó las fotografías y prefirió quedarse con la que estaba alegre y me pregunta: ¿Cierto que cucho cucho no me veo? Me veo más bien dejadito.

Yo le respondí: -No tanto porque ni canas tiene. 

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“Tengo más vidas que un hijueputa”, aseguró, porque más de una vez lo intentaron matar pero siente satisfacción de seguir vivo.

Se avecinaba una fuerte lluvia, así que guardó la fotografía en su chaqueta y me devolvió la otra, nos despedidos y me dijo:

-Muy aburrido cuando llueve, uno cuando está lloviendo lo único que hace es buscar donde escampar.

Y me fui pero me quedará en la mente su frase, que repetía tanto, “cada cabeza es un mundo y nadie sabe lo de nadie. Y vea mi forma de ser…”.

 

Por: Paola Araque Carreño

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