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Libre, valiente y segura

violencia sexual conflicto armado memoriahistorica comunicacion social y periodismo dayana herrera

En el marco de la investigación realizada en el año 2019 por la Universidad Central: “El quehacer periodístico en Colombia y su aporte en el fortalecimiento de los procesos de Memoria Histórica en los casos de violencia sexual de mujeres en el marco del conflicto armado colombiano”, estudiantes del Programa de Comunicación Social y Periodismo, escribieron como productos de la investigación periodística, 8 crónicas en las que narran las historias de vida de mujeres víctimas y sobrevivientes de violencia sexual, haciéndo un énfasis especial en sus procesos de reparación personal.  La investigación y el acercamiento a las mujeres víctimas y profesionales, se hizo a través de procesos  de escucha profunda; entendiendo a las mujeres como agentes transformadores y pilares para un proceso de paz duradero.

En estas crónicas se busca incidir y dar cuenta de cómo desde la comunicación se pueden hacer procesos de reparación, resguardando en el seno de la memoria las historias de mujeres que han afrontado momentos de violencia y, que han tenido la capacidad, de apostar a una nueva Colombia mediante un camino de paz.  

A continuación pueden leer cada una de las crónicas realizadas: 

-- 

Por: Dayana Herrera Valbuena

Trascurre el año 1991 y en el departamento de Cundinamarca, el Frente 42 se instaura como el Bloque Oriental de las FARC – EP, sin embargo, desde 1980 existía la presencia de los paramilitares, relacionada con actividades del narcotráfico.  Su objetivo específico era enfrentar y terminar con el dominio de las FARC en la zona, al mismo tiempo que adherir más municipios para el desarrollo de sus actividades ilícitas.

En este departamento, precisamente, en Viotá vive una pequeña familia en la cima de una montaña y se gana la vida sembrando y recogiendo mora.

A Luz Estella Pineda le cuesta trabajo identificar fechas o años en los que le sucedieron los hechos más difíciles y traumáticos de su vida. En el rostro parece que aún no creyera que ha vivido el dolor de la guerra, sus ojos muy en el fondo se ven opacos, sin embargo, el tono café de ellos, resalta más que su tristeza.

Su rutina diaria es extensa y agotadora. Coloca el despertador a las 4:00 am para levantarse y hacerle a su hija e hijo el desayuno, para luego enviarlos al colegio, al despedirlos les da la bendición y los despide con la ilusión de que el día pase rápido para volverlos a ver en la tarde.

Muchas veces le toca tan duro, que tiene que rebuscarse el dinero para que al final del día a sus hijos no les falte nada en la mesa, así que sale a reunirse con distintas mujeres que puedan ayudarla a buscar trabajo y toca puertas en distintas entidades del municipio de Soacha para que no se olviden de las víctimas del conflicto que quieren reconstruir sus vidas.

***

Estella nació en Viotá, Cundinamarca, en 1974. Era la hija menor de una familia integrada por cuatro personas; su mamá Consuelo, su papá Fernando y su hermana Andrea. En la finca que vivían disfrutaba la libertad del campo, no se consideraba feliz, pero lo que tenía era más de lo que merecía, o eso pensaba ella. Un año antes de que las FARC cogiera fuerza en su municipio, comenzaron los problemas en su familia. Su hermana Andrea sin explicación alguna decide marcharse de su hogar a los 19 años en el año 1990. Su familia la lloró, pero más que todo Estella, ella quien tenía en esa época 15 años y cursaba décimo grado se había quedado sin con quien jugar, sin con quien reír y sin con quien hablar. Su única hermana, desapareció y nunca más supieron de la vida de ella, muchas veces se quedaba hasta tarde debajo de un árbol que había en frente de su casa y mirando al cielo se preguntaba si las FARC la habían reclutado o ella solo se había cansado del campo y decidió marcharse a un lugar mejor.

Así, trascurrían sus días después de ese lamentable suceso, sus padres muy serios, alejados y poco amorosos y ella estudiando para intentar ser alguien en la vida. Muchas veces necesitaba un abrazo o un simple “te quiero”, pero sus padres con la dureza del carácter solo la ignoraban.

***

A los 16 años de Estella, la violencia se apoderó de la zona oriental de Cundinamarca, lo que ella recuerda, es que narcotraficantes iniciaron la compra de tierras y los grupos de autodefensas llegaron a la zona. Estella pensaba que ese no era un problema para ella.

Mientras sus padres trabajaban en la cosecha de moras, un día muy soleado, recuerda ella, llego él, un joven campesino de 25 años que venía de la una vereda de Yacopí. Ella lo hizo seguir inocentemente y ahí, en la casa que era más silencio que palabras inició todo. Los ojos, los oídos, las manos y el cuerpo de aquel hombre la alcanzaron y la hicieron pedirle a Dios en sus pensamientos que la llevara, pero el cielo estaba muy lejos y la vida en la tierra aún continuaba para ella.

Estella sabía lo que estaba sucediendo, solo que, si sus padres le hubieran enseñado a hablar, ella habría llorado, gritado y tal vez hasta se hubiera defendido. Pero ese no fue su caso. En la noche llegaron sus padres y Estella como de costumbre, muy callada no les dijo nada, ignoró la situación y dibujó una sonrisa en sus labios como si no hubiera pasado nada, pero, aún hoy, se nota que el miedo del pasado aún no se disipa. – “Mi madre decía que si dejaba tocarme de alguien era porque yo quería”– Dice Estella, con una mirada triste y una lágrima en uno de sus ojos.

Pasados tres largos meses; amargos para ella. El hombre joven que era un “buen humano” para el señor Fernando y la señora Consuelo, aprovechaba cada momento que sus padres la dejaban sola para apoderarse de su cuerpo, como un tigre de sus presas. Trascurrían los días y lo que ella quería olvidar se apoderaba de sus pensamientos, sus sueños e inclusive de toda su vida.

***

– “Me siento mareada, con vómito y con sueño, no sé qué es lo que me pasa, llevo algunos meses así” – Esas fueron las palabras que Estella le dijo a una conocida para el mes de abril del año 1991. – “Usted debería hacerse una prueba de embarazo, eso sienten las mujeres cuando están embarazadas”– Le respondió la conocida con mucho asombro.

Y así fue, se realizó una prueba de sangre y salió positiva.  Su mundo se derrumbó, no sabía qué hacer con esa vida que había dentro suyo, la incertidumbre se apoderó de ella, aquel hombre había desaparecido y pensar en lo que dirían sus padres la atormentaba y la llenaba de un miedo incomparable.

“Una adolescente iba a criar a un bebé, mis padres me van a matar, que dirán los del pueblo”. Esas eran las ideas que se le pasaban por la cabeza a Estella cuando supo que estaba embarazada, en su desespero decidió ocultarles la noticia a sus padres, tarde que temprano todo se tendría que saber.

Pasaron los días y lo que ella más temía llegó. La señora Consuelo comenzó a indagar y le preguntó por qué no le había llegado la menstruación y a pesar de que ella intentó ocultarlo y decirle que sí, su mamá sabía que algo no estaba bien en ella y Estella no tuvo más opción que contarle, sus manos le sudaban y su cuerpo le temblaba de solo imaginar que podría hacerle aquella señora, la cual era muy radical y conservadora.

“Cogió el palo de una escoba y me golpeó en la cara, al estómago le daba fuertes golpes con la punta del palo, me arrastro por el piso de la casa, me decía que yo no podía tener ese bebé que lo tenía que botar, también me dijo: Qué dirán los vecinos, fue terrible, jamás en la vida me había golpeado de tal manera ni me había tratado como a una cualquiera”– dice Estella, acongojada por la inminente avanzada de los primeros recuerdos de su vida menos felices.

***

Sin embargo, decidió tenerlo y a medida que crecía un hijo en su vientre, el conflicto armado se apoderaba de zonas estratégicas en Colombia y, para el infortunio de Estella, el Frente 42 de las FARC ya estaba comenzando a coger fuerza en su pueblo, amenazando a los campesinos y haciéndolos silenciar cualquier tipo de delito y, así, el número de asesinatos fue incrementando, la guerra con los paramilitares también. Su familia y ella estaban en medio de una violencia absurda que aún no tenía sentido alguno.

Pasaron unos meses más y Estella cumplió seis meses de embarazo, ya su vientre no podía ocultarlo, la situación en su casa cada día era más pesada y entonces un día su padre salió a trabajar y no volvió, preocupadas su madre y ella, pensaron que a lo mejor se había quedado en la casa de algún campesino pero al parecer no era así, pasaron tres días, siete días y su padre completo los diez días desaparecido, la incertidumbre aumentaba y ella sabiendo que estaba embarazada intentaba mantener la calma pero fue imposible.

El señor Fernando cumplió catorce días desaparecido, una mañana los vecinos comenzaron a hablar sobre un cuerpo que habían encontrado en una vereda cercana. Ellas fueron al lugar y la escena que tuvieron que ver fue dolorosa y desastrosa. –“A mi papá le dieron unos cuantos disparos en el cuerpo, además, lo descuartizaron, cuando le hicimos la velación nadie lo pudo ver, su cuerpo había quedado desfigurado y nunca supimos si fue una venganza, sin embargo, dada la violencia tan fuerte que había en esa época, creemos que fue algún grupo insurgente”, afirma Estella, mientras recuerda que cuando enterró a su padre, él ya no tenía el mismo rostro que ella vio en su niñez.

Y así, junto con su madre deciden irse a vivir a Soacha, Cundinamarca, en busca de una vida mejor, querían cerrar aquel capítulo de guerra y dolor que se llevó a su hermana, padre e inocencia. Lastimosamente, por todas las situaciones traumáticas que tuvo que vivir durante su embarazo, su parto se adelantó y a los siete meses en un hospital de Soacha, nació Leonardo.

***

 “Padre nuestro, que estas en el cielo

Santificado sea tu nombre;

Venga a nosotros tu reino;

Hágase tu voluntad

En la tierra como en el cielo.

Dános hoy nuestro pan de cada día

Perdona nuestras ofensas

Como también nosotros perdonamos a quien nos ofende

No nos dejes caer en la tentación

Y líbranos del mal, Amén.”

El Padre Nuestro fue la oración que hizo Estella durante siete años, cada vez que iban las FARC a su casa y la amenazaban.

***

Cuando nació su bebé, Estella tuvo la idea de quedarse a vivir allí, en Soacha, no obstante, los maltratos de su madre, sumado a las ofensivas palabras que recibía constantemente, la obligaron a devolverse a Viotá en busca de un mejor futuro; “Mamá yo me devuelvo para Viotá, allá tenemos el cultivo de mora y puedo seguir trabajando tal y como lo hacía mi padre”.

Al llegar a su lugar de origen, lo que pensó sería un mejor futuro, se tornó demasiado incierto, en el año 1992, la guerrilla llegó a más sectores de Cundinamarca; toda la zona del Tenquendama hacía parte de las FARC, incluidos los municipios de Caparrapí, Pacho, La Palma, Puerto Salgar, La Peña y Topaipí. “Rece diez padres nuestros para que no le matemos a su hijo y usted nos demuestre que no es ninguna sapa”, así le decían y ella sin más opciones, obedecía.

Fueron transcurriendo los días, meses y años, mientras ella y su hijo lloraron cada muerto que enterraban y cada amenaza que recibían.

“Usted fue desobediente, quien la mandaba, usted se fue por allá a buscar lo que no se le había perdido”, recuerda Estella que eran las palabras de su madre cuando le contaba la situación tan difícil que estaba pasando su pueblo.

     – “Y sí, tal vez yo me devolví a buscar lo que no se me había perdido”– dice Estella con la voz temblorosa y un nudo en la garganta que pareciera agrandarse con cada evento de su vida en el pasado, el dolor del alma, no significa para ella disipar la tristeza, por el contrario, en esta ocasión aumenta, las cenizas del pasado la hacen resurgir, pero también la hacen llorar todo lo que unos años atrás no pudo.

El frente 42 de las FARC, un día llegó a su casa, ella estaba con su hijo, el cual para el año 1994 tenía tres años y entre tres hombres la agredieron y dejaron marcado su cuerpo nuevamente. Su hijo solo la oía llorar, él en su inocencia lloraba y gritaba “mamá, mamá”.

Con lágrimas en sus ojos, dice: “Tres hombres, uno por uno se ensañaron con mi cuerpo y dañaron mi vida, más de lo que ya la estaba estropeada”.

Con 21 años sufrió la desgraciada de miles de mujeres que viven en medio del conflicto armado. Además, como a otras mujeres en el país a ella la utilizaron como arma de guerra durante siete años. Porque en esa época el miedo que causaba la guerrilla no solo era hacía los hombres apuntándoles con un arma en la cabeza, sino que a ellas también las amenazaban mientras suplicaban que no las tocaran ni besaran.

Año tras año su hijo Leonardo fue testigo de esta situación, él lloraba, se sentía inútil al no poder defenderla de hombres inescrupulosos que preferían dejarlas vivas para que ellas en sus cuerpos llevaran la guerra marcada de por vida.

Cuando el miedo se apodera de las mujeres no las deja hablar, no les permite defenderse y solo aceptan la humillación de quienes las someten. Este era el caso de Estella; le daba miedo huir y reconocer lo que le estaba sucediendo, más cuando tenía una madre que la juzgaba tan fuertemente.

 

Un menor en las Farc… Fuerza y valor para salir

Para el año 1999 las cosas comienzan a empeorar. Su hijo Leonardo ya tenía 8 años, con una infancia difícil, viendo los abusos que sufría su madre, no tuvo más opción que llorar en silencio. –“Este va a ser su lápiz y su cuaderno de ahora en adelante Leonardo” – le dice un comandante de las Farc, mientras le pasa un fusil y se lo coloca en el cuello. De lejos Estella ve la situación y se siente agobiada y con rabia.

En las filas de las Farc, el reclutamiento de menores iniciaba desde los 7 años aproximadamente, se consideraba que a esa dad un niño ya estaba listo para matar. A los niños les cambiaban el balón de fútbol por un arma.

Al parecer este era el impulso que Estella necesitaba para salir de Viotá, pero no podía hacerlo de día, de ser así la encontrarían y podrían matarla. Para el año 2000 en el mes de septiembre huyó.

En ese año la violencia fue más alta. El alcalde de Viotá quien en esa época era un político de apellido Navarro, fue asesinado por dos hombres que le dispararon con un arma de fuego, los secuestros aumentaban descontroladamente.

Estella sin más opciones, una noche escapo por la Cueva del Indio, sin linterna y con una bolsa llena de ropa, caminaron con su hijo toda una noche con la luz de la luna; pasaron por trochas y barriales, pero salir de allí era una prioridad; - “Mami estoy cansado, mami”– esa frase a Estella le quedó marcada de por vida, lo dice llorando, porque su hijo toda esa noche era lo único que pronunciaba, el con 9 años y ella con 25 huían del conflicto, solos y con poco dinero.

De esa forma, Estella se desplaza de su casa con tan solo tres billetes de cincuenta pesos en su bolsillo y al llegar al corregimiento de San Gabriel, se sube en una flota y se va para Soacha a ver qué le deparaba la vida.

***

Para los afectados por la violencia del conflicto armado no les es fácil dejar su territorio, aquel lugar que construyeron con el sudor de su frente, tomando largas jornadas de sol para recoger la mora, el café, la papá u otros alimentos.

 

“Los hombres buenos aún existen”

Estella llega a Soacha, para ser exactos a una invasión de desplazados que se llama Julio Rincón, allí aprende a hacer costuras y chaquetas; gracias a una señora que, amablemente, le abre las puertas de su hogar y, así, es como ella logra mantenerse unos meses hasta que conoce a Fernando, un hombre que al igual que ella había salido de Viotá por el conflicto armado, a él le habían matado a su familia y lo habían sacado de su hogar.

Fernando, por lo que dice Estella, es un hombre bueno, carismático, el cual la ayudó desde el primer momento en que cruzaron palabra, se ganó el cariño de su hijo Leonardo, fruto de su amor, en 2000 nace Fabián, ella un poco resabiada desde el primer momento y con el dolor de su pasado, era distante y poco cariñosa con él, pero Fernando no se rendía y comenzó a trabajar con ella haciendo chaquetas y se las vendían a una empresa de mensajería.

De esa manera, comenzaron a trabajar, pero la vida no era fácil; si había para el arriendo no había para la comida y la relación de Estella y Leonardo cada día era más pesada, parecía que a él le costaba continuar adelante después de lo que su madre y el tuvieron que vivir.

Su madre siguió viviendo en Soacha, hablaban de vez en cuando. Posteriormente, en el año 2002 nace Natalia la tercera hija de Estella, quien en ese momento decide operarse para no tener más hijos, además, –“Hay mujeres que con sus esposos son amorosas, les dicen “amor, mi vida, te amo”, yo no era así con Fernando, inclusive, dormíamos en camas separadas”

A pesar de que para esa época ya había tenido dos hijos con Fernando, ella no había soltado ese pasado, sentía odio por los hombres y su olor causaba en ella mucho repudio.

Su madre falleció en el año 2004 a raíz de un golpe que las Farc le habían dado en la cabeza cuando vivía en Viotá, otro muerto que tuvo que enterrar gracias del conflicto armado, su corazón quedó destruido por no haberle podido contar a su madre muchas de sus verdades.

***

 

Como un ave fénix, Estella, resurgió de entre sus propias cenizas

Hacia 2009, decide denunciar que había sido víctima de violencia sexual y el Estado la reconoció, sin embargo, para ella fue extraño que nadie quisiera escucharla, es decir, también la violentaron en el momento que ella quiso hablar de su caso y nadie quería escucharla.

En 2011, sorpresivamente queda embarazada, tal parece la cirugía que le hicieron cuando nació su hija no fue exitosa. Fueron meses duros, inclusive, comenzó a sufrir de diabetes y tiroides, por tanto, le dio un coma diabético y durante su embarazo permaneció más en el hospital que en su hogar.

Pese a que fue un embarazo difícil, nació Matías, quien dice ella, fue una luz en su vida. - “Cuando nació mi Matías le detectaron gigantismo hipofisario”- una enfermedad hormonal causada por la excesiva secreción de la hormona del crecimiento, por ello, su crecimiento es acelerado, más rápido de lo normal.

Sin embargo, parece que tener a Matías le brindo la fuerza para comenzar a sanar ese dolor que le habían causado en el pasado. De esa manera, inicio su proceso de confrontación y comenzó a volverse una lideresa, se dio cuenta de lo difícil que era para muchas mujeres hablar de sus casos y ella las empoderó.

–“Esas mujeres me dieron alas y confiaron tanto en mí que no pienso fallarles”– parece que después de tanto dolor, a Estella le llegaba la felicidad, esa felicidad se la brindo su hogar, también esas mujeres con las que se sentía identificada. Todas compartían el mismo dolor, sentimiento y rabia. –“Ellas me mostraron que yo podía representarlas y todos estos años que llevo ayudándolas me ha dado felicidad, antes sentía que mi dolor no contaba y con ellas entiendo que cada una tiene una historia que merece ser escuchada y reconocida”– de esa manera sus ojos se iluminan y parece que el largo tiempo que lloró trajo su recompensa.

Decidió separarse de Fernando porque había mucho dolor y rabia en su vida, sin embargo, no dejará de agradecerle todo lo que le ayudó. Su hijo Leonardo se marchó de la casa, a este año, es decir, 2019 ya hace cuatro años que no lo ve, eso le marchita el alma, a la vez que entiende que hay dolores que no pueden ser curados al lado de la persona con la que se sufrió.

En el 2014, el Estado colombiano le dio un apartamento a Fernando por haber sido un desplazado de la violencia armada y de esa manera ella se fue hacía ese nuevo hogar con sus hijos, pero él. Fernando, por su parte, decidió volver a Viotá para trabajar en el cultivo de moras.

El renacimiento de una víctima

En el año 2015, luego de haber ido a un taller de empoderamiento que realizó la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales, se dio la tarea de convocar 55 mujeres con el fin de capacitarlas en el conocimiento de sus derechos.

Su nombre comenzó a ser más escuchado en el municipio y las mujeres que querían hacer denuncias acudían a ella. Se convirtió en una lideresa reconocida porque de una u otra manera representaba a aquellas mujeres que callaban la violencia. – “A Dios muchas veces le lloré y le sentí rabia por lo que me pasó, después me di cuenta que lo amaba, que la pregunta no era por qué me había pasado sino para qué” – dice Estella y sus ojos se van iluminando de a poco.

Actualmente, es la directora regional de la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales en el municipio de Soacha, para el año 2017 el alcalde de dicha localidad la condecoró con el nombre de lideresa territorial y, aunque huyó de su pueblo sin haber terminado grado once, en el año 2018 pudo concluirlo, así mismo, hizo un diplomado en la Universidad Javeriana sobre Derechos Humanos.

Salió de su pueblo sin nada en los bolsillos y aunque hoy no tiene lujos, el mejor tesoro para ella, es haber iniciado de nuevo y ver cómo el dolor de su pasado comenzó a transformarse y a ser escuchado para romper el silencio en el cual estuvo inmersa desde su primer abuso.

Es enfática en decir, –“Quiero que mi historia también cuente, se reconozca y ayude a hacer memoria, porque después de tanto dolor sale el sol y ahora soy libre, valiente y segura”Esas son las palabras que mejor describen a Estella, una mujer que ante el dolor de la guerra lloró y odió, también se recuperó con la sonrisa de amor que le dan sus hijos.

A sus 45 años ha logrado lo que muchas veces vio lejos y cuenta su historia como una forma de hacer memoria y le ruega a Dios que ninguna mujer nunca más vuelva a padecer el dolor que deja la guerra inscrita en el cuerpo. “Ese dolor queda de por vida y la única manera de no hundirse es levantándose para encontrar el sol”, concluye.

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Libre, valiente y segura

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En el marco de la investigación realizada en el año 2019 por la Universidad Central: “El quehacer periodístico en Colombia y su aporte en el fortalecimiento de los procesos de Memoria Histórica en los casos de violencia sexual de mujeres en el marco del conflicto armado colombiano”, estudiantes del Programa de Comunicación Social y Periodismo, escribieron como productos de la investigación periodística, 8 crónicas en las que narran las historias de vida de mujeres víctimas y sobrevivientes de violencia sexual, haciéndo un énfasis especial en sus procesos de reparación personal.  La investigación y el acercamiento a las mujeres víctimas y profesionales, se hizo a través de procesos  de escucha profunda; entendiendo a las mujeres como agentes transformadores y pilares para un proceso de paz duradero.

En estas crónicas se busca incidir y dar cuenta de cómo desde la comunicación se pueden hacer procesos de reparación, resguardando en el seno de la memoria las historias de mujeres que han afrontado momentos de violencia y, que han tenido la capacidad, de apostar a una nueva Colombia mediante un camino de paz.  

A continuación pueden leer cada una de las crónicas realizadas: 

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Por: Dayana Herrera Valbuena

Trascurre el año 1991 y en el departamento de Cundinamarca, el Frente 42 se instaura como el Bloque Oriental de las FARC – EP, sin embargo, desde 1980 existía la presencia de los paramilitares, relacionada con actividades del narcotráfico.  Su objetivo específico era enfrentar y terminar con el dominio de las FARC en la zona, al mismo tiempo que adherir más municipios para el desarrollo de sus actividades ilícitas.

En este departamento, precisamente, en Viotá vive una pequeña familia en la cima de una montaña y se gana la vida sembrando y recogiendo mora.

A Luz Estella Pineda le cuesta trabajo identificar fechas o años en los que le sucedieron los hechos más difíciles y traumáticos de su vida. En el rostro parece que aún no creyera que ha vivido el dolor de la guerra, sus ojos muy en el fondo se ven opacos, sin embargo, el tono café de ellos, resalta más que su tristeza.

Su rutina diaria es extensa y agotadora. Coloca el despertador a las 4:00 am para levantarse y hacerle a su hija e hijo el desayuno, para luego enviarlos al colegio, al despedirlos les da la bendición y los despide con la ilusión de que el día pase rápido para volverlos a ver en la tarde.

Muchas veces le toca tan duro, que tiene que rebuscarse el dinero para que al final del día a sus hijos no les falte nada en la mesa, así que sale a reunirse con distintas mujeres que puedan ayudarla a buscar trabajo y toca puertas en distintas entidades del municipio de Soacha para que no se olviden de las víctimas del conflicto que quieren reconstruir sus vidas.

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Estella nació en Viotá, Cundinamarca, en 1974. Era la hija menor de una familia integrada por cuatro personas; su mamá Consuelo, su papá Fernando y su hermana Andrea. En la finca que vivían disfrutaba la libertad del campo, no se consideraba feliz, pero lo que tenía era más de lo que merecía, o eso pensaba ella. Un año antes de que las FARC cogiera fuerza en su municipio, comenzaron los problemas en su familia. Su hermana Andrea sin explicación alguna decide marcharse de su hogar a los 19 años en el año 1990. Su familia la lloró, pero más que todo Estella, ella quien tenía en esa época 15 años y cursaba décimo grado se había quedado sin con quien jugar, sin con quien reír y sin con quien hablar. Su única hermana, desapareció y nunca más supieron de la vida de ella, muchas veces se quedaba hasta tarde debajo de un árbol que había en frente de su casa y mirando al cielo se preguntaba si las FARC la habían reclutado o ella solo se había cansado del campo y decidió marcharse a un lugar mejor.

Así, trascurrían sus días después de ese lamentable suceso, sus padres muy serios, alejados y poco amorosos y ella estudiando para intentar ser alguien en la vida. Muchas veces necesitaba un abrazo o un simple “te quiero”, pero sus padres con la dureza del carácter solo la ignoraban.

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A los 16 años de Estella, la violencia se apoderó de la zona oriental de Cundinamarca, lo que ella recuerda, es que narcotraficantes iniciaron la compra de tierras y los grupos de autodefensas llegaron a la zona. Estella pensaba que ese no era un problema para ella.

Mientras sus padres trabajaban en la cosecha de moras, un día muy soleado, recuerda ella, llego él, un joven campesino de 25 años que venía de la una vereda de Yacopí. Ella lo hizo seguir inocentemente y ahí, en la casa que era más silencio que palabras inició todo. Los ojos, los oídos, las manos y el cuerpo de aquel hombre la alcanzaron y la hicieron pedirle a Dios en sus pensamientos que la llevara, pero el cielo estaba muy lejos y la vida en la tierra aún continuaba para ella.

Estella sabía lo que estaba sucediendo, solo que, si sus padres le hubieran enseñado a hablar, ella habría llorado, gritado y tal vez hasta se hubiera defendido. Pero ese no fue su caso. En la noche llegaron sus padres y Estella como de costumbre, muy callada no les dijo nada, ignoró la situación y dibujó una sonrisa en sus labios como si no hubiera pasado nada, pero, aún hoy, se nota que el miedo del pasado aún no se disipa. – “Mi madre decía que si dejaba tocarme de alguien era porque yo quería”– Dice Estella, con una mirada triste y una lágrima en uno de sus ojos.

Pasados tres largos meses; amargos para ella. El hombre joven que era un “buen humano” para el señor Fernando y la señora Consuelo, aprovechaba cada momento que sus padres la dejaban sola para apoderarse de su cuerpo, como un tigre de sus presas. Trascurrían los días y lo que ella quería olvidar se apoderaba de sus pensamientos, sus sueños e inclusive de toda su vida.

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– “Me siento mareada, con vómito y con sueño, no sé qué es lo que me pasa, llevo algunos meses así” – Esas fueron las palabras que Estella le dijo a una conocida para el mes de abril del año 1991. – “Usted debería hacerse una prueba de embarazo, eso sienten las mujeres cuando están embarazadas”– Le respondió la conocida con mucho asombro.

Y así fue, se realizó una prueba de sangre y salió positiva.  Su mundo se derrumbó, no sabía qué hacer con esa vida que había dentro suyo, la incertidumbre se apoderó de ella, aquel hombre había desaparecido y pensar en lo que dirían sus padres la atormentaba y la llenaba de un miedo incomparable.

“Una adolescente iba a criar a un bebé, mis padres me van a matar, que dirán los del pueblo”. Esas eran las ideas que se le pasaban por la cabeza a Estella cuando supo que estaba embarazada, en su desespero decidió ocultarles la noticia a sus padres, tarde que temprano todo se tendría que saber.

Pasaron los días y lo que ella más temía llegó. La señora Consuelo comenzó a indagar y le preguntó por qué no le había llegado la menstruación y a pesar de que ella intentó ocultarlo y decirle que sí, su mamá sabía que algo no estaba bien en ella y Estella no tuvo más opción que contarle, sus manos le sudaban y su cuerpo le temblaba de solo imaginar que podría hacerle aquella señora, la cual era muy radical y conservadora.

“Cogió el palo de una escoba y me golpeó en la cara, al estómago le daba fuertes golpes con la punta del palo, me arrastro por el piso de la casa, me decía que yo no podía tener ese bebé que lo tenía que botar, también me dijo: Qué dirán los vecinos, fue terrible, jamás en la vida me había golpeado de tal manera ni me había tratado como a una cualquiera”– dice Estella, acongojada por la inminente avanzada de los primeros recuerdos de su vida menos felices.

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Sin embargo, decidió tenerlo y a medida que crecía un hijo en su vientre, el conflicto armado se apoderaba de zonas estratégicas en Colombia y, para el infortunio de Estella, el Frente 42 de las FARC ya estaba comenzando a coger fuerza en su pueblo, amenazando a los campesinos y haciéndolos silenciar cualquier tipo de delito y, así, el número de asesinatos fue incrementando, la guerra con los paramilitares también. Su familia y ella estaban en medio de una violencia absurda que aún no tenía sentido alguno.

Pasaron unos meses más y Estella cumplió seis meses de embarazo, ya su vientre no podía ocultarlo, la situación en su casa cada día era más pesada y entonces un día su padre salió a trabajar y no volvió, preocupadas su madre y ella, pensaron que a lo mejor se había quedado en la casa de algún campesino pero al parecer no era así, pasaron tres días, siete días y su padre completo los diez días desaparecido, la incertidumbre aumentaba y ella sabiendo que estaba embarazada intentaba mantener la calma pero fue imposible.

El señor Fernando cumplió catorce días desaparecido, una mañana los vecinos comenzaron a hablar sobre un cuerpo que habían encontrado en una vereda cercana. Ellas fueron al lugar y la escena que tuvieron que ver fue dolorosa y desastrosa. –“A mi papá le dieron unos cuantos disparos en el cuerpo, además, lo descuartizaron, cuando le hicimos la velación nadie lo pudo ver, su cuerpo había quedado desfigurado y nunca supimos si fue una venganza, sin embargo, dada la violencia tan fuerte que había en esa época, creemos que fue algún grupo insurgente”, afirma Estella, mientras recuerda que cuando enterró a su padre, él ya no tenía el mismo rostro que ella vio en su niñez.

Y así, junto con su madre deciden irse a vivir a Soacha, Cundinamarca, en busca de una vida mejor, querían cerrar aquel capítulo de guerra y dolor que se llevó a su hermana, padre e inocencia. Lastimosamente, por todas las situaciones traumáticas que tuvo que vivir durante su embarazo, su parto se adelantó y a los siete meses en un hospital de Soacha, nació Leonardo.

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 “Padre nuestro, que estas en el cielo

Santificado sea tu nombre;

Venga a nosotros tu reino;

Hágase tu voluntad

En la tierra como en el cielo.

Dános hoy nuestro pan de cada día

Perdona nuestras ofensas

Como también nosotros perdonamos a quien nos ofende

No nos dejes caer en la tentación

Y líbranos del mal, Amén.”

El Padre Nuestro fue la oración que hizo Estella durante siete años, cada vez que iban las FARC a su casa y la amenazaban.

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Cuando nació su bebé, Estella tuvo la idea de quedarse a vivir allí, en Soacha, no obstante, los maltratos de su madre, sumado a las ofensivas palabras que recibía constantemente, la obligaron a devolverse a Viotá en busca de un mejor futuro; “Mamá yo me devuelvo para Viotá, allá tenemos el cultivo de mora y puedo seguir trabajando tal y como lo hacía mi padre”.

Al llegar a su lugar de origen, lo que pensó sería un mejor futuro, se tornó demasiado incierto, en el año 1992, la guerrilla llegó a más sectores de Cundinamarca; toda la zona del Tenquendama hacía parte de las FARC, incluidos los municipios de Caparrapí, Pacho, La Palma, Puerto Salgar, La Peña y Topaipí. “Rece diez padres nuestros para que no le matemos a su hijo y usted nos demuestre que no es ninguna sapa”, así le decían y ella sin más opciones, obedecía.

Fueron transcurriendo los días, meses y años, mientras ella y su hijo lloraron cada muerto que enterraban y cada amenaza que recibían.

“Usted fue desobediente, quien la mandaba, usted se fue por allá a buscar lo que no se le había perdido”, recuerda Estella que eran las palabras de su madre cuando le contaba la situación tan difícil que estaba pasando su pueblo.

     – “Y sí, tal vez yo me devolví a buscar lo que no se me había perdido”– dice Estella con la voz temblorosa y un nudo en la garganta que pareciera agrandarse con cada evento de su vida en el pasado, el dolor del alma, no significa para ella disipar la tristeza, por el contrario, en esta ocasión aumenta, las cenizas del pasado la hacen resurgir, pero también la hacen llorar todo lo que unos años atrás no pudo.

El frente 42 de las FARC, un día llegó a su casa, ella estaba con su hijo, el cual para el año 1994 tenía tres años y entre tres hombres la agredieron y dejaron marcado su cuerpo nuevamente. Su hijo solo la oía llorar, él en su inocencia lloraba y gritaba “mamá, mamá”.

Con lágrimas en sus ojos, dice: “Tres hombres, uno por uno se ensañaron con mi cuerpo y dañaron mi vida, más de lo que ya la estaba estropeada”.

Con 21 años sufrió la desgraciada de miles de mujeres que viven en medio del conflicto armado. Además, como a otras mujeres en el país a ella la utilizaron como arma de guerra durante siete años. Porque en esa época el miedo que causaba la guerrilla no solo era hacía los hombres apuntándoles con un arma en la cabeza, sino que a ellas también las amenazaban mientras suplicaban que no las tocaran ni besaran.

Año tras año su hijo Leonardo fue testigo de esta situación, él lloraba, se sentía inútil al no poder defenderla de hombres inescrupulosos que preferían dejarlas vivas para que ellas en sus cuerpos llevaran la guerra marcada de por vida.

Cuando el miedo se apodera de las mujeres no las deja hablar, no les permite defenderse y solo aceptan la humillación de quienes las someten. Este era el caso de Estella; le daba miedo huir y reconocer lo que le estaba sucediendo, más cuando tenía una madre que la juzgaba tan fuertemente.

 

Un menor en las Farc… Fuerza y valor para salir

Para el año 1999 las cosas comienzan a empeorar. Su hijo Leonardo ya tenía 8 años, con una infancia difícil, viendo los abusos que sufría su madre, no tuvo más opción que llorar en silencio. –“Este va a ser su lápiz y su cuaderno de ahora en adelante Leonardo” – le dice un comandante de las Farc, mientras le pasa un fusil y se lo coloca en el cuello. De lejos Estella ve la situación y se siente agobiada y con rabia.

En las filas de las Farc, el reclutamiento de menores iniciaba desde los 7 años aproximadamente, se consideraba que a esa dad un niño ya estaba listo para matar. A los niños les cambiaban el balón de fútbol por un arma.

Al parecer este era el impulso que Estella necesitaba para salir de Viotá, pero no podía hacerlo de día, de ser así la encontrarían y podrían matarla. Para el año 2000 en el mes de septiembre huyó.

En ese año la violencia fue más alta. El alcalde de Viotá quien en esa época era un político de apellido Navarro, fue asesinado por dos hombres que le dispararon con un arma de fuego, los secuestros aumentaban descontroladamente.

Estella sin más opciones, una noche escapo por la Cueva del Indio, sin linterna y con una bolsa llena de ropa, caminaron con su hijo toda una noche con la luz de la luna; pasaron por trochas y barriales, pero salir de allí era una prioridad; - “Mami estoy cansado, mami”– esa frase a Estella le quedó marcada de por vida, lo dice llorando, porque su hijo toda esa noche era lo único que pronunciaba, el con 9 años y ella con 25 huían del conflicto, solos y con poco dinero.

De esa forma, Estella se desplaza de su casa con tan solo tres billetes de cincuenta pesos en su bolsillo y al llegar al corregimiento de San Gabriel, se sube en una flota y se va para Soacha a ver qué le deparaba la vida.

***

Para los afectados por la violencia del conflicto armado no les es fácil dejar su territorio, aquel lugar que construyeron con el sudor de su frente, tomando largas jornadas de sol para recoger la mora, el café, la papá u otros alimentos.

 

“Los hombres buenos aún existen”

Estella llega a Soacha, para ser exactos a una invasión de desplazados que se llama Julio Rincón, allí aprende a hacer costuras y chaquetas; gracias a una señora que, amablemente, le abre las puertas de su hogar y, así, es como ella logra mantenerse unos meses hasta que conoce a Fernando, un hombre que al igual que ella había salido de Viotá por el conflicto armado, a él le habían matado a su familia y lo habían sacado de su hogar.

Fernando, por lo que dice Estella, es un hombre bueno, carismático, el cual la ayudó desde el primer momento en que cruzaron palabra, se ganó el cariño de su hijo Leonardo, fruto de su amor, en 2000 nace Fabián, ella un poco resabiada desde el primer momento y con el dolor de su pasado, era distante y poco cariñosa con él, pero Fernando no se rendía y comenzó a trabajar con ella haciendo chaquetas y se las vendían a una empresa de mensajería.

De esa manera, comenzaron a trabajar, pero la vida no era fácil; si había para el arriendo no había para la comida y la relación de Estella y Leonardo cada día era más pesada, parecía que a él le costaba continuar adelante después de lo que su madre y el tuvieron que vivir.

Su madre siguió viviendo en Soacha, hablaban de vez en cuando. Posteriormente, en el año 2002 nace Natalia la tercera hija de Estella, quien en ese momento decide operarse para no tener más hijos, además, –“Hay mujeres que con sus esposos son amorosas, les dicen “amor, mi vida, te amo”, yo no era así con Fernando, inclusive, dormíamos en camas separadas”

A pesar de que para esa época ya había tenido dos hijos con Fernando, ella no había soltado ese pasado, sentía odio por los hombres y su olor causaba en ella mucho repudio.

Su madre falleció en el año 2004 a raíz de un golpe que las Farc le habían dado en la cabeza cuando vivía en Viotá, otro muerto que tuvo que enterrar gracias del conflicto armado, su corazón quedó destruido por no haberle podido contar a su madre muchas de sus verdades.

***

 

Como un ave fénix, Estella, resurgió de entre sus propias cenizas

Hacia 2009, decide denunciar que había sido víctima de violencia sexual y el Estado la reconoció, sin embargo, para ella fue extraño que nadie quisiera escucharla, es decir, también la violentaron en el momento que ella quiso hablar de su caso y nadie quería escucharla.

En 2011, sorpresivamente queda embarazada, tal parece la cirugía que le hicieron cuando nació su hija no fue exitosa. Fueron meses duros, inclusive, comenzó a sufrir de diabetes y tiroides, por tanto, le dio un coma diabético y durante su embarazo permaneció más en el hospital que en su hogar.

Pese a que fue un embarazo difícil, nació Matías, quien dice ella, fue una luz en su vida. - “Cuando nació mi Matías le detectaron gigantismo hipofisario”- una enfermedad hormonal causada por la excesiva secreción de la hormona del crecimiento, por ello, su crecimiento es acelerado, más rápido de lo normal.

Sin embargo, parece que tener a Matías le brindo la fuerza para comenzar a sanar ese dolor que le habían causado en el pasado. De esa manera, inicio su proceso de confrontación y comenzó a volverse una lideresa, se dio cuenta de lo difícil que era para muchas mujeres hablar de sus casos y ella las empoderó.

–“Esas mujeres me dieron alas y confiaron tanto en mí que no pienso fallarles”– parece que después de tanto dolor, a Estella le llegaba la felicidad, esa felicidad se la brindo su hogar, también esas mujeres con las que se sentía identificada. Todas compartían el mismo dolor, sentimiento y rabia. –“Ellas me mostraron que yo podía representarlas y todos estos años que llevo ayudándolas me ha dado felicidad, antes sentía que mi dolor no contaba y con ellas entiendo que cada una tiene una historia que merece ser escuchada y reconocida”– de esa manera sus ojos se iluminan y parece que el largo tiempo que lloró trajo su recompensa.

Decidió separarse de Fernando porque había mucho dolor y rabia en su vida, sin embargo, no dejará de agradecerle todo lo que le ayudó. Su hijo Leonardo se marchó de la casa, a este año, es decir, 2019 ya hace cuatro años que no lo ve, eso le marchita el alma, a la vez que entiende que hay dolores que no pueden ser curados al lado de la persona con la que se sufrió.

En el 2014, el Estado colombiano le dio un apartamento a Fernando por haber sido un desplazado de la violencia armada y de esa manera ella se fue hacía ese nuevo hogar con sus hijos, pero él. Fernando, por su parte, decidió volver a Viotá para trabajar en el cultivo de moras.

El renacimiento de una víctima

En el año 2015, luego de haber ido a un taller de empoderamiento que realizó la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales, se dio la tarea de convocar 55 mujeres con el fin de capacitarlas en el conocimiento de sus derechos.

Su nombre comenzó a ser más escuchado en el municipio y las mujeres que querían hacer denuncias acudían a ella. Se convirtió en una lideresa reconocida porque de una u otra manera representaba a aquellas mujeres que callaban la violencia. – “A Dios muchas veces le lloré y le sentí rabia por lo que me pasó, después me di cuenta que lo amaba, que la pregunta no era por qué me había pasado sino para qué” – dice Estella y sus ojos se van iluminando de a poco.

Actualmente, es la directora regional de la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales en el municipio de Soacha, para el año 2017 el alcalde de dicha localidad la condecoró con el nombre de lideresa territorial y, aunque huyó de su pueblo sin haber terminado grado once, en el año 2018 pudo concluirlo, así mismo, hizo un diplomado en la Universidad Javeriana sobre Derechos Humanos.

Salió de su pueblo sin nada en los bolsillos y aunque hoy no tiene lujos, el mejor tesoro para ella, es haber iniciado de nuevo y ver cómo el dolor de su pasado comenzó a transformarse y a ser escuchado para romper el silencio en el cual estuvo inmersa desde su primer abuso.

Es enfática en decir, –“Quiero que mi historia también cuente, se reconozca y ayude a hacer memoria, porque después de tanto dolor sale el sol y ahora soy libre, valiente y segura”Esas son las palabras que mejor describen a Estella, una mujer que ante el dolor de la guerra lloró y odió, también se recuperó con la sonrisa de amor que le dan sus hijos.

A sus 45 años ha logrado lo que muchas veces vio lejos y cuenta su historia como una forma de hacer memoria y le ruega a Dios que ninguna mujer nunca más vuelva a padecer el dolor que deja la guerra inscrita en el cuerpo. “Ese dolor queda de por vida y la única manera de no hundirse es levantándose para encontrar el sol”, concluye.

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