logo ucentral

logo sintopia acn

acnfacebookacnyoutubeacninstragram

COM_MINITEKLIVESEARCH_RESULTADOS
Joomla Categories

LogoACN Movil

fb  tweet  youtube  instagram 

Red de esperanza

Osiris, una víctima de violencia sexual que le apuesta a la reparación, a la verdad y no repetición

 

Osiris castillo

 

En el marco de la investigación realizada en el año 2019 por la Universidad Central: “El quehacer periodístico en Colombia y su aporte en el fortalecimiento de los procesos de Memoria Histórica en los casos de violencia sexual de mujeres en el marco del conflicto armado colombiano”, estudiantes del Programa de Comunicación Social y Periodismo, escribieron como productos de la investigación periodística, 8 crónicas en las que narran las historias de vida de mujeres víctimas y sobrevivientes de violencia sexual, haciéndo un énfasis especial en sus procesos de reparación personal.  La investigación y el acercamiento a las mujeres víctimas y profesionales, se hizo a través de procesos  de escucha profunda; entendiendo a las mujeres como agentes transformadores y pilares para un proceso de paz duradero.

En estas crónicas se busca incidir y dar cuenta de cómo desde la comunicación se pueden hacer procesos de reparación, resguardando en el seno de la memoria las historias de mujeres que han afrontado momentos de violencia y, que han tenido la capacidad, de apostar a una nueva Colombia mediante un camino de paz.  

A continuación pueden leer cada una de las crónicas realizadas:  

---

Por: Liz Dayanna Rojas Losada 

“Soy una mujer afrocolombiana, afectada por la violencia de este país. Para poder perdonar más que contar la historia, necesito saber la verdad…”.

Con estas palabras me recibió el jueves 26 de septiembre del 2019, Osiris Castillo León, una de las tantas víctimas del conflicto armado en Colombia y de las pocas que han denunciado la violencia sexual.

Con sonrisa blanca y amplia, rinde armonía al negro profundo de sus ojos, muy típico y característico de las mujeres afro, así como con su estatura media y peso promedio que, junto a su tesón y fortaleza se han unido para hacerle frente a las situaciones más bárbaras que han dejado marcado su cuerpo, piel y memoria.

Esta mujer de, aproximadamente 40 años, recuerda que parte de su infancia la vivió en Los Lagos, zona rural de San José del Guaviare. A sus ocho años, vivió uno de los más fuertes golpes que puede afrontar una niña, la muerte de su madre, doña Esperanza León. Así, la vida se encargó de otorgarle responsabilidades que a una niña de esa edad no le corresponde tener, se hizo cargo de sus tres hermanos. “Como hermana mayor, me sentí en la obligación de convertirme en madre prematura, sin siquiera saber cómo serlo”.

A los pocos meses de la muerte de su progenitora, su padre, Henry Castillo, decidió que lo mejor era llevarlos junto con su nueva esposa hacia el occidente del país, exactamente a Guachené, Cauca.

Este lugar, en el que cañaduzales, árboles de mango y una espesa vegetación, así como flora y fauna le hacían la venia a propios y extraños, invitándolos a disfrutar los mil y un atractivos que rodean esta zona, recibieron a Osiris y sus tres hermanos. Su vivienda estaba, específicamente, en un corregimiento cerca al pueblo, en el que la violencia y poder la ejercían los grupos alzados en armas, tal era la situación que a las 5.00 p.m. se decretaba toque de queda.

“Recuerdo que, si alguien necesitaba ejercer actividades del campo, debían solicitar permiso a las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, quienes ejercían el control. En ocasiones se los otorgaban y en otras no; en su mayoría era negado. Todos estaban acostumbrados a las directrices impuestas por este grupo armado, era algo así como unos estatutos o normas de convivencia, quien no las cumplía pagaba con castigos impuestos; en muchas ocasiones con la vida”.

La madrastra protectora y el castigo sin rostro…

Los días transcurrían sin mayores acontecimientos; de la casa a la escuela y el regreso en compañía de sus hermanos; reían, charlaban, cogían mangos, se bañaban en el Río Guachené, hacían las pilatunas normales de la edad y mantenían vivo el recuerdo de su mamá.

Los sábados, como no había estudio, jugaban en la casa, ayudaban en los quehaceres y salían al monte lugar donde el principal atractivo era bajar magos de los altos arbustos. “La más hábil en esa labor era yo”, dice Osiris, a la vez que en su rostro se dibuja un halo de tristeza, que en segundos desaparece al relatar: “A veces lográbamos bajar hasta dos docenas”.

No obstante, un sábado, a sus 11 años de edad, Osiris, quien no creía lo que le decía su madrastra: “Después de las 5:00 p.m., no se debía esta fuera de casa”, decidió quebrantar esta regla y se quedó bajo la sombra de uno de los árboles más altos que quedaban cerca de su casa, colindando con los cañaduzales. Un lugar perfecto y sin testigos…

“Pasadas las cinco de la tarde, casi las seis, observé que se acercaba un grupo de hombres armados, me dio mucho temor, al punto que quedé inmóvil; eran muchos guerrilleros. Decidí hacerme a un lado para esperar, clavé mis ojos al suelo, pensaba que así sería invisible, pasaron 30 minutos aproximadamente, esa fila era interminable, angustiada escuchaba el susurro de unos y el apogeo de sus zapatos, inmóvil espere, sin darme cuenta, frente a mí, estaba el último hombre de la fila con mirada penetrante, aspecto temible, ropa militar; pantalón verde, camiseta amarilla, botas y armado hasta el cuello; navaja, fusil, machete y otra arma en la cintura, se me acercó más de lo debido, me intimidó,  arrinconó y en tono burlesco dijo: “si grita la mato… Ahora aprenderá a obedecer órdenes.”

 “Pasaron cerca de 40 minutos, nunca pude ver su rostro, pues como ya estaba cayendo la noche, los cañaduzales y demás plantas opacaban el lugar, lo que sí puedo recordar es que desde ese momento el dolor, las cortadas en mi cuerpo y el maltrato se han convertido en parte de mi historia, a esta hora, aún me pregunto por qué se ensañó sobre mí, lo único que puedo decir, sin temor a equivocarme, es que le doy gracias a Dios porque no lo hizo con ninguno de mis hermanos”.

Silencio y revictimización

Posterior a este doloroso hecho, Osiris, sacó fuerzas desde lo más profundo de su ser y logró llegar a casa, se acercó a su madrastra, doña Esperanza y le relató lo sucedido. Ella, desesperada, la envolvió en sábanas y se dirigió hasta el puesto de salud más cercano, en donde los médicos le dieron la atención pertinente, pero advirtieron que no registrarían este suceso como una violación, pues sus vidas peligraban si esto llegaba a ser noticia.

Indignada, Doña Esperanza decidió esperar a que Osiris recuperara un poco su aliento. Empacó sus cosas, las de sus cuatro hijastros y tomó rumbo hacia Villavicencio, la capital del Meta.

Lo vivido por Osiris, la alejó de la ternura, la paciencia, el amor y la inocencia que la caracteriza. “Sentí que a la niña que habitaba la asesinaron cruelmente y en cambio a la fuerza emergió una adolescente reprimida, grosera, altanera, conflictiva, aislada y muy callada. Prefería ahogarme en mis odios y no compartir con nadie mis grandes penas o pequeñas alegrías”. Sin saber por qué ella se culpaba de lo sucedido, era incapaz de perdonarse el hecho de haber salido a jugar esa tarde, como lo hacía cualquier otra niña. Con el paso del tiempo sus actitudes la encasillaron como una mujer cruel y desagradable… así ella lo recuerda.

Al poco tiempo, es decir, una vez cumplió 12 años de edad, Osiris, decidió dejar sus estudios, por dos factores. El primero por la falta de dinero ya que su padre, era el único que mantenía al hogar. El segundo porque el solo hecho de ir a la escuela la deprimida y como su culpa radicaba, según ella, en “haber desobedecido las normas de las AUC”, debía asumir su responsabilidad; así que empezó a trabajar en casas de familia para ayudar con los gastos de su casa, esto lo hizo durante 5 años.

Cuando cumplió su mayoría de edad, decidió tomar rumbo hacia San José del Guaviare, capital del Departamento del Guaviare, en busca de su abuelo, con el fin de obtener ayuda de él. Fue así, cuando ya radicada en esa ciudad, conoce a quien hoy es su esposo, John, con quien poco tiempo después afianzó su relación y fruto de ello, nació su primera hija, todo marchaba bien.

Su nueva familia le dio más seguridad, le permitió tener ilusiones y sueños para crear un futuro.  

De nuevo al pasado…

Ya en abril del 2004 la vida sorprende a Osiris con otro acontecimiento que la trasladó a su pasado, como si estuviese pagando algo que ella no recuerda. El 28 de ese abril, se preguntó nuevamente ¿que hice para merecer esto? Acaso, ¿le hice daño a alguien y lo estoy pagando? Después de ese día se repitió la historia que había marcado su vida desde niña.

A las 6.30 de la mañana, de ese 28 Osiris, llena de felicidad, emoción y esperanza, se dirigía hacia el puesto de salud, debido a que quería confirmar su segundo embarazo, y dar la sorpresa a su esposo, sorpresa que fue interrumpida

Caminó 10 minutos hasta llegar al pueblo por un sendero estrecho, pero dos hombres uniformados, con apariencia de guerrilleros, aprovechando la soledad del camino la tomaron a la fuerza y la violaron. 

Las preguntas surgieron, ¿cómo no iban a aparecer? La culpa, el dolor y la vergüenza despojaron nuevamente su tranquilidad, sus ilusiones, su felicidad. La emoción de tener su segundo hijo se fue con aquel cruento hecho, con la sonrisa maléfica y los ojos de la cobardía de quienes se ensañaron por segunda vez con su cuerpo.

“No tuve la fuerza necesaria para contar lo sucedido, preferí callar y convertirme, nuevamente, en víctima de aquel daño que poco a poco iba acabando conmigo, de nuevo cobró vida la mujer amargada, que siempre había odiado, porque ese rencor me sumía en una soledad absoluta”.

La Red de Mujeres Víctimas y Profesionales, un destello de esperanza

Guardó silencio por mucho tiempo, sin embargo, se sentía culpable por no poder expresar lo que sentía, ni siquiera a la persona más cercana y armoniosa en su vida; John, su esposo, quien por más de 12 años se preguntó ¿qué fue eso que, de la noche a la mañana, la cambió de manera radical? Ella solo esperaba que llegara el día en el que pudiera expresar todo ese sentimiento trancado en su corazón.

Tiempo después, viviendo en Bogotá, con su esposo y sus 5 hijos, Osiris escucho hablar de unas mujeres quienes habían sido víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado y estaban a favor del proceso de paz. Ella quería que se conociera su caso, además de poder entender por qué le había pasado eso. Se ilusionaba al pensar en una reparación integral, que le diera las herramientas necesarias para lograr algún día superar todo el daño que le habían causado. Así, llegó a la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales.

Aproximadamente hace un año, es decir, en 2018, Osiris ingresó a la Red e inició un proceso de reparación y restauración, acompañado de diálogos para poder sanar y perdonar, fue ese momento en el que tomó la decisión de contarle a su esposo lo que le había sucedido hace 15 años y la razón por la cual su comportamiento era el de una mujer rígida e insensible frente a muchos acontecimientos sobre su familia y su vida.

Para su sorpresa, la vida le muestra que existen razonas y personas que, como sus hijos, su esposo o su suegra, le hacen sentir que vale la pena seguir viviendo. Todas las personas cercanas se unieron a ella, pero sobre todo a la causa que ella comenzó a liderar, erradicar la violencia sexual en Colombia.

Finalmente, hoy Osiris junto a su familia se toman de la mano y dicen: “Todos podemos apoyar el proceso de paz, específicamente, en lo relacionado con la reparación, verdad y no repetición. Entender que reparar a las víctimas es deber de todos es un camino para la paz… un camino hacia la esperanza”.

 

ACTUALIDAD

Red de esperanza

Osiris, una víctima de violencia sexual que le apuesta a la reparación, a la verdad y no repetición

 

Osiris castillo

 

En el marco de la investigación realizada en el año 2019 por la Universidad Central: “El quehacer periodístico en Colombia y su aporte en el fortalecimiento de los procesos de Memoria Histórica en los casos de violencia sexual de mujeres en el marco del conflicto armado colombiano”, estudiantes del Programa de Comunicación Social y Periodismo, escribieron como productos de la investigación periodística, 8 crónicas en las que narran las historias de vida de mujeres víctimas y sobrevivientes de violencia sexual, haciéndo un énfasis especial en sus procesos de reparación personal.  La investigación y el acercamiento a las mujeres víctimas y profesionales, se hizo a través de procesos  de escucha profunda; entendiendo a las mujeres como agentes transformadores y pilares para un proceso de paz duradero.

En estas crónicas se busca incidir y dar cuenta de cómo desde la comunicación se pueden hacer procesos de reparación, resguardando en el seno de la memoria las historias de mujeres que han afrontado momentos de violencia y, que han tenido la capacidad, de apostar a una nueva Colombia mediante un camino de paz.  

A continuación pueden leer cada una de las crónicas realizadas:  

---

Por: Liz Dayanna Rojas Losada 

“Soy una mujer afrocolombiana, afectada por la violencia de este país. Para poder perdonar más que contar la historia, necesito saber la verdad…”.

Con estas palabras me recibió el jueves 26 de septiembre del 2019, Osiris Castillo León, una de las tantas víctimas del conflicto armado en Colombia y de las pocas que han denunciado la violencia sexual.

Con sonrisa blanca y amplia, rinde armonía al negro profundo de sus ojos, muy típico y característico de las mujeres afro, así como con su estatura media y peso promedio que, junto a su tesón y fortaleza se han unido para hacerle frente a las situaciones más bárbaras que han dejado marcado su cuerpo, piel y memoria.

Esta mujer de, aproximadamente 40 años, recuerda que parte de su infancia la vivió en Los Lagos, zona rural de San José del Guaviare. A sus ocho años, vivió uno de los más fuertes golpes que puede afrontar una niña, la muerte de su madre, doña Esperanza León. Así, la vida se encargó de otorgarle responsabilidades que a una niña de esa edad no le corresponde tener, se hizo cargo de sus tres hermanos. “Como hermana mayor, me sentí en la obligación de convertirme en madre prematura, sin siquiera saber cómo serlo”.

A los pocos meses de la muerte de su progenitora, su padre, Henry Castillo, decidió que lo mejor era llevarlos junto con su nueva esposa hacia el occidente del país, exactamente a Guachené, Cauca.

Este lugar, en el que cañaduzales, árboles de mango y una espesa vegetación, así como flora y fauna le hacían la venia a propios y extraños, invitándolos a disfrutar los mil y un atractivos que rodean esta zona, recibieron a Osiris y sus tres hermanos. Su vivienda estaba, específicamente, en un corregimiento cerca al pueblo, en el que la violencia y poder la ejercían los grupos alzados en armas, tal era la situación que a las 5.00 p.m. se decretaba toque de queda.

“Recuerdo que, si alguien necesitaba ejercer actividades del campo, debían solicitar permiso a las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, quienes ejercían el control. En ocasiones se los otorgaban y en otras no; en su mayoría era negado. Todos estaban acostumbrados a las directrices impuestas por este grupo armado, era algo así como unos estatutos o normas de convivencia, quien no las cumplía pagaba con castigos impuestos; en muchas ocasiones con la vida”.

La madrastra protectora y el castigo sin rostro…

Los días transcurrían sin mayores acontecimientos; de la casa a la escuela y el regreso en compañía de sus hermanos; reían, charlaban, cogían mangos, se bañaban en el Río Guachené, hacían las pilatunas normales de la edad y mantenían vivo el recuerdo de su mamá.

Los sábados, como no había estudio, jugaban en la casa, ayudaban en los quehaceres y salían al monte lugar donde el principal atractivo era bajar magos de los altos arbustos. “La más hábil en esa labor era yo”, dice Osiris, a la vez que en su rostro se dibuja un halo de tristeza, que en segundos desaparece al relatar: “A veces lográbamos bajar hasta dos docenas”.

No obstante, un sábado, a sus 11 años de edad, Osiris, quien no creía lo que le decía su madrastra: “Después de las 5:00 p.m., no se debía esta fuera de casa”, decidió quebrantar esta regla y se quedó bajo la sombra de uno de los árboles más altos que quedaban cerca de su casa, colindando con los cañaduzales. Un lugar perfecto y sin testigos…

“Pasadas las cinco de la tarde, casi las seis, observé que se acercaba un grupo de hombres armados, me dio mucho temor, al punto que quedé inmóvil; eran muchos guerrilleros. Decidí hacerme a un lado para esperar, clavé mis ojos al suelo, pensaba que así sería invisible, pasaron 30 minutos aproximadamente, esa fila era interminable, angustiada escuchaba el susurro de unos y el apogeo de sus zapatos, inmóvil espere, sin darme cuenta, frente a mí, estaba el último hombre de la fila con mirada penetrante, aspecto temible, ropa militar; pantalón verde, camiseta amarilla, botas y armado hasta el cuello; navaja, fusil, machete y otra arma en la cintura, se me acercó más de lo debido, me intimidó,  arrinconó y en tono burlesco dijo: “si grita la mato… Ahora aprenderá a obedecer órdenes.”

 “Pasaron cerca de 40 minutos, nunca pude ver su rostro, pues como ya estaba cayendo la noche, los cañaduzales y demás plantas opacaban el lugar, lo que sí puedo recordar es que desde ese momento el dolor, las cortadas en mi cuerpo y el maltrato se han convertido en parte de mi historia, a esta hora, aún me pregunto por qué se ensañó sobre mí, lo único que puedo decir, sin temor a equivocarme, es que le doy gracias a Dios porque no lo hizo con ninguno de mis hermanos”.

Silencio y revictimización

Posterior a este doloroso hecho, Osiris, sacó fuerzas desde lo más profundo de su ser y logró llegar a casa, se acercó a su madrastra, doña Esperanza y le relató lo sucedido. Ella, desesperada, la envolvió en sábanas y se dirigió hasta el puesto de salud más cercano, en donde los médicos le dieron la atención pertinente, pero advirtieron que no registrarían este suceso como una violación, pues sus vidas peligraban si esto llegaba a ser noticia.

Indignada, Doña Esperanza decidió esperar a que Osiris recuperara un poco su aliento. Empacó sus cosas, las de sus cuatro hijastros y tomó rumbo hacia Villavicencio, la capital del Meta.

Lo vivido por Osiris, la alejó de la ternura, la paciencia, el amor y la inocencia que la caracteriza. “Sentí que a la niña que habitaba la asesinaron cruelmente y en cambio a la fuerza emergió una adolescente reprimida, grosera, altanera, conflictiva, aislada y muy callada. Prefería ahogarme en mis odios y no compartir con nadie mis grandes penas o pequeñas alegrías”. Sin saber por qué ella se culpaba de lo sucedido, era incapaz de perdonarse el hecho de haber salido a jugar esa tarde, como lo hacía cualquier otra niña. Con el paso del tiempo sus actitudes la encasillaron como una mujer cruel y desagradable… así ella lo recuerda.

Al poco tiempo, es decir, una vez cumplió 12 años de edad, Osiris, decidió dejar sus estudios, por dos factores. El primero por la falta de dinero ya que su padre, era el único que mantenía al hogar. El segundo porque el solo hecho de ir a la escuela la deprimida y como su culpa radicaba, según ella, en “haber desobedecido las normas de las AUC”, debía asumir su responsabilidad; así que empezó a trabajar en casas de familia para ayudar con los gastos de su casa, esto lo hizo durante 5 años.

Cuando cumplió su mayoría de edad, decidió tomar rumbo hacia San José del Guaviare, capital del Departamento del Guaviare, en busca de su abuelo, con el fin de obtener ayuda de él. Fue así, cuando ya radicada en esa ciudad, conoce a quien hoy es su esposo, John, con quien poco tiempo después afianzó su relación y fruto de ello, nació su primera hija, todo marchaba bien.

Su nueva familia le dio más seguridad, le permitió tener ilusiones y sueños para crear un futuro.  

De nuevo al pasado…

Ya en abril del 2004 la vida sorprende a Osiris con otro acontecimiento que la trasladó a su pasado, como si estuviese pagando algo que ella no recuerda. El 28 de ese abril, se preguntó nuevamente ¿que hice para merecer esto? Acaso, ¿le hice daño a alguien y lo estoy pagando? Después de ese día se repitió la historia que había marcado su vida desde niña.

A las 6.30 de la mañana, de ese 28 Osiris, llena de felicidad, emoción y esperanza, se dirigía hacia el puesto de salud, debido a que quería confirmar su segundo embarazo, y dar la sorpresa a su esposo, sorpresa que fue interrumpida

Caminó 10 minutos hasta llegar al pueblo por un sendero estrecho, pero dos hombres uniformados, con apariencia de guerrilleros, aprovechando la soledad del camino la tomaron a la fuerza y la violaron. 

Las preguntas surgieron, ¿cómo no iban a aparecer? La culpa, el dolor y la vergüenza despojaron nuevamente su tranquilidad, sus ilusiones, su felicidad. La emoción de tener su segundo hijo se fue con aquel cruento hecho, con la sonrisa maléfica y los ojos de la cobardía de quienes se ensañaron por segunda vez con su cuerpo.

“No tuve la fuerza necesaria para contar lo sucedido, preferí callar y convertirme, nuevamente, en víctima de aquel daño que poco a poco iba acabando conmigo, de nuevo cobró vida la mujer amargada, que siempre había odiado, porque ese rencor me sumía en una soledad absoluta”.

La Red de Mujeres Víctimas y Profesionales, un destello de esperanza

Guardó silencio por mucho tiempo, sin embargo, se sentía culpable por no poder expresar lo que sentía, ni siquiera a la persona más cercana y armoniosa en su vida; John, su esposo, quien por más de 12 años se preguntó ¿qué fue eso que, de la noche a la mañana, la cambió de manera radical? Ella solo esperaba que llegara el día en el que pudiera expresar todo ese sentimiento trancado en su corazón.

Tiempo después, viviendo en Bogotá, con su esposo y sus 5 hijos, Osiris escucho hablar de unas mujeres quienes habían sido víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado y estaban a favor del proceso de paz. Ella quería que se conociera su caso, además de poder entender por qué le había pasado eso. Se ilusionaba al pensar en una reparación integral, que le diera las herramientas necesarias para lograr algún día superar todo el daño que le habían causado. Así, llegó a la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales.

Aproximadamente hace un año, es decir, en 2018, Osiris ingresó a la Red e inició un proceso de reparación y restauración, acompañado de diálogos para poder sanar y perdonar, fue ese momento en el que tomó la decisión de contarle a su esposo lo que le había sucedido hace 15 años y la razón por la cual su comportamiento era el de una mujer rígida e insensible frente a muchos acontecimientos sobre su familia y su vida.

Para su sorpresa, la vida le muestra que existen razonas y personas que, como sus hijos, su esposo o su suegra, le hacen sentir que vale la pena seguir viviendo. Todas las personas cercanas se unieron a ella, pero sobre todo a la causa que ella comenzó a liderar, erradicar la violencia sexual en Colombia.

Finalmente, hoy Osiris junto a su familia se toman de la mano y dicen: “Todos podemos apoyar el proceso de paz, específicamente, en lo relacionado con la reparación, verdad y no repetición. Entender que reparar a las víctimas es deber de todos es un camino para la paz… un camino hacia la esperanza”.

 

ESPECIALES

PLAYLIST                                            

Logo ACN Pata Blanco


NAVEGACIÓN       

 

Inicio
Actualidad
Cultura
Opinión
Deportes


CONTÁCTENOS            

 

Conmutadores: 323 98 68 y 326 68 20
Extensión 4060 / 4063
Correo: agenciacentraldenoticias@ucentral.edu.co

© 2017 Todos los derechos reservados. ACN | Agencia Central de Noticias. Sede Norte: Calle 75 n.º 16-03 Edificio Violi piso 5, Bogotá - Colombia