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Una Luz para Colombia

 

Luz Aida Agudelo cronica

En el marco de la investigación realizada en el año 2019 por la Universidad Central: “El quehacer periodístico en Colombia y su aporte en el fortalecimiento de los procesos de Memoria Histórica en los casos de violencia sexual de mujeres en el marco del conflicto armado colombiano”, estudiantes del Programa de Comunicación Social y Periodismo, escribieron como productos de la investigación periodística, 8 crónicas en las que narran las historias de vida de mujeres víctimas y sobrevivientes de violencia sexual, haciéndo un énfasis especial en sus procesos de reparación personal.  La investigación y el acercamiento a las mujeres víctimas y profesionales, se hizo a través de procesos  de escucha profunda; entendiendo a las mujeres como agentes transformadores y pilares para un proceso de paz duradero.

En estas crónicas se busca incidir y dar cuenta de cómo desde la comunicación se pueden hacer procesos de reparación, resguardando en el seno de la memoria las historias de mujeres que han afrontado momentos de violencia y, que han tenido la capacidad, de apostar a una nueva Colombia mediante un camino de paz.  

A continuación pueden leer cada una de las crónicas realizadas: 

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Por: María Camila Hernández 

Viviendo en el pesebre del niño Dios

Muchos años han pasado desde que Luz observó por última vez las mariposas de mil colores en su pueblo natal, 27 años exactamente, los mismos desde que la violencia que tanto ha azotado este país la obligó a partir de su tierra.  

Este lugar, era para Luz el tapete verde que dejó Dios en el mundo, un pedacito del edén, del paraíso. Aún hay días en los que cierra los ojos y recuerda la sonrisa de su mamá mientras cocinaba chontaduro en los fogones de turba, recuerdos que siguen intactos. En lo que aún escucha como si fuese un susurro, a su papá narrando historias y relatos mientras junto a sus 11 hermanos picaban la pepa de pan y reían a carcajadas. Todavía logra percibir de vez en cuando el aroma de la paja de las paredes de su casa viajando por el viento, mezclándose con el aroma de los árboles, el campo, la tierra. Aún, hay momentos en los que, como si fuera un acto de magia, siente la lluvia cálida de su pueblo acariciándole la piel y, luego, cada rincón de su mente comienza a llenarse de imágenes de decenas de mariposas de colores revoloteando alrededor de ella, tal y como sucedía en su niñez. - “Eran mariposas grandes -recuerda Luz con una gran sonrisa colorida en su rostro- justo como las que narraba Gabo en Cien años de Soledad, y cada vez que cesaba la lluvia; luego de horas, salían todas ellas y lo acompañaban a uno hasta el río”-.

Entre los ríos Watmambi y Yawapí, en un pequeño territorio envuelto por la magia de la naturaleza, nació y creció Luz. La vereda El Placer, en el municipio de Barbacoas, Nariño, fue su hogar; y aunque Luz y su familia no poseían riqueza económica, se sentían afortunados de tener a la mano todo lo que Dios les había dejado. En aquel lugar libre, se convirtió en amiga permanente del viento, fueron los ríos y la tierra, quienes les proveyeron los alimentos que necesitaron siempre.  Su padre sembraba arrozales, y ella, junto a sus hermanas se encargaban de cuidarlos para que los pájaros no se los comieran. - “Era algo muy bonito, nosotros chiquillos con guascas para que los pajaritos no se comieran nuestro arroz, y sacábamos la leche de la pepa de pan, la masticábamos como el chicle, la poníamos en el arrozal para que los pajaritos se pegaran ahí, y luego hacíamos un sancocho con esos pajaritos, nos los comíamos, ¡porque ellos se comían nuestro arroz y nosotros nos los comíamos a ellos!”-.

Hoy, Luz mira hacia atrás, su infancia fue maravillosa, un cuento que nunca hubiese querido que terminara, y con una sonrisa en su rostro se da cuenta que, aunque de niña no tuvo la oportunidad de saberlo, siempre vivió y estuvo dentro del pesebre del niño Dios.

****

La mano de la guerra

Pero en este país ningún rincón está a salvo, y aunque este territorio fuese ese pedacito del edén, tampoco pudo librarse del aturdidor ruido de la violencia. Los habitantes de la vereda, de golpe, tuvieron que comenzar a vivir y convivir en medio del fuego de todos los grupos armados, Frente 29 de las FARC, Águilas Negras, Los Rastrojos, entre otros, que se peleaban el territorio por las facilidades que este traía para llegar al mar pacífico por Tumaco, y a Buenaventura por el río Patía. Sin duda, fue el abandono del Estado quien los condenó, y aunque luego la fuerza pública se hizo presente, muchas veces llegaron también a maltratar al campesino, al nativo. Y como siempre, fueron las poblaciones vulnerables quienes terminaron estando en la mira de los grupos armados y sintieron a quemarropa la impetuosa ira de la guerra.

La familia de Luz, no fue la excepción. En cualquier momento llegaba un grupo y a la fuerza, los obligaban a pasarlos por canoa al otro lado del río, situación que inmediatamente les traía problemas con los demás grupos armados. Muchas veces sus familiares eran llevados a consejo de guerra, los mantenían amarrados durante muchos días hasta que todo el pueblo se unía para intentar salvarlos. Gran imagen sin duda, un pueblo acorazado solo con su valor, poniéndole cara a un centenar de hombres armados con temibles fusiles. Un gato contra un tigre, en un diálogo desigual para intentar recuperar a sus seres queridos. 

Un día, la guerra los golpeó con fuerza e ira, la ambición de dominar un territorio en disputa, de controlarlo impartiendo miedo, dolor. Corría 1992, cuando un grupo armado llegó hasta su casa, y cargados de palabras frías, les dieron a la familia Angulo 24 horas para salir del territorio. - “¿Cómo íbamos a salir? Era duro, ¡ninguno sabía cómo irse de allá! Y no teníamos nada, ¿A dónde íbamos a parar?”

El haber desafiado la orden desató la rabia del grupo armado, que sin mayor remordimiento tomó inmediatas represalias, obsesionándose con quienes consideraba “débiles”, también con quienes creían, harían el mensaje de sometimiento más visible. Inscribieron la guerra en el cuerpo de las mujeres Ángulo, las convirtieron en cuerpos estigmatizados, incómodos, apropiables. Las usaron como un cruento botín de guerra, porque no hay mejor manera de derrotar a un pueblo que atentando contra el centro de la vida y de su comunidad. Se sintieron supremos, con la falsa superioridad que siente quien empuña un fusil, y entonces, quebrantaron el valor de ser mujer.

Los arrozales, así como chocolatines y otras plantaciones de la casa Angulo fueron testigos de lo que sucedió, y aunque llovió, las mariposas después no salieron. Su papá suplicaba que por favor no fueran a matar a sus hijas, mientras lo obligaban a observar lo que a ellas les hacían. Los ojos de Luz y sus hermanas se volvieron agua salada, y fue tanta que se mezcló con los ríos, que enseguida sintieron su dolor. Flores rojas cayeron por su cuerpo y el de sus hermanas, pétalos rojos tristes, doloridos. Los árboles ya no estaban felices, se encorvaron hacia ellas para intentar ayudarlas, sus hojas se pintaron amarillas, algunas cafés y comenzaron a caer mientras la tierra poco a poco se marchitó. - “Era muy duro, muy duro escuchar a mi papá suplicando “por favor no maten a mis hijas”. Me rompía el corazón escucharlo. Y lo que nos hacían, le destrozaba el corazón a él”.

La tristeza aún la siente en su corazón, sus ojos se nublan mientras mira el horizonte, y el dolor, que no ha sabido despegarse de su piel ni de su alma, aún pesa, aún lastima. Los solos recuerdos aún la siguen envolviendo en el mismo miedo, la misma impotencia, la misma rabia. Todo lo que hicieron con su gente, sus hermanas y con ella misma, todavía nubla su memoria y la angustia de su tierra por el desconsuelo de sus mujeres todavía la siente en lo más profundo de su alma.

Nunca supo cuánto tiempo pasó, es difícil medirlo cuando parece que se ha detenido. No sabe tampoco por qué sucedió, y mucho menos quién fue. Los victimarios quedaron para siempre sin rostro, sin identidad, pues no tuvieron jamás el valor de reconocer el crimen, la vida de la familia de Luz se desmoronó, y ella tuvo que salir huyendo de su territorio.

Y así fue. Partió de su tierra en 1992 junto a dos de sus hermanas. Caminaron hasta el caserío Las Peñas, no podían huir por río porque la gente de los grupos armados las vería y se encontrarían entonces atrapadas por preguntas: ¿Qué pasó? ¿Para Dónde van? ¿De dónde vienen? ¿Con permiso de quién? Entonces, les tocó salir por carretera hasta Junín, en la vía dirección a Tumaco y “echando dedo”, consiguieron que un camión las llevara hasta Pasto.

Duraron tres meses en aquella ciudad, pero no hubo nadie que les diera la mano y la necesidad las obligó a partir buscando un nuevo destino. Entonces, arribaron a Popayán y tampoco encontraron una mano amiga. Entre días tristes, el alma cargada de nostalgia y el corazón lleno de soledad en un lugar donde nadie parecía querer ayudar, - “Decidimos irnos para la capital, igual no teníamos ya nada más que perder. Allá estaba el presidente y pensamos que él nos podía ayudar”.

“Echando dedo” una vez más a cuánto camión por la carretera pasaba, lograron llegar a esta fría ciudad. Estuvieron unos días durmiendo en el terminal de transporte, no tenían a dónde más ir, y luego, como si hubiese sido un milagro, una forma que tuvo Dios de decirles que no estarían lejos del Edén, conocieron a una persona que les habló de una invasión: La Nueva Esperanza.  - ¡Aquí fue, nos llegó la bendición!

****

Una nueva esperanza 

En La Nueva Esperanza duraron mucho tiempo, años para ser exactos. Construyeron un cambuche de madera y allí se sentía acogida, segura. De nuevo pertenecía a un lugar, y es que ese cambuche, en esa invasión, la hizo sentir como en casa, en su territorio. Entre bosque, montañas, un cielo azul, pajaritos silbando y personas que habían vivido lo mismo que ella, Luz volvió a ser feliz.

A los cinco meses de haber llegado a Bogotá, una noticia desconcertante terminó por sacudir la vida de Luz: estaba en embarazo. Sin embargo, ni el pasado, ni los tormentosos hechos que rodeaban el acontecimiento, lograron evitar que Luz amara a su hijo con toda su alma y su valiente corazón. 

Poco a poco comenzaron a llegar más desplazados a La Nueva Esperanza, personas provenientes de todas partes de Colombia, de cada rinconcito de esta tierra herida por tanto conflicto. Y así, llegó a la invasión un hombre que Luz ya conocía de años atrás y que por mucho tiempo se había robado su corazón en secreto, un amor imposible, de esos que concluyen, simplemente, en miradas y suspiros que terminan perdiéndose en el aire. Sin embargo, él ya no era quién ella había conocido en el territorio. Hicieron, finalmente, una vida juntos y le dio el apellido a su hijo, a cambio la sentenció a vivir en un permanente tormento. El hombre llegó a Bogotá con su maleta cargada de la violencia que vivió allá, con la guerra metida en su mente y su corazón enlodado de rabia, crueldad, salvajismo; y Luz, de nuevo volvió a ser víctima.

El maltrato se convirtió en pan de cada día. Era sometida, inferiorizada. Vivía un infierno. Buscaba ayuda y no la hallaba. No tenía papeles, tampoco como sacarlos, no sabía ni su edad. La única solución que encontraba era ir a la Defensoría del Pueblo y suplicar por ayuda, pero poco hacían por ella, parecía que no importaba. Muchas veces tuvo que amanecer en algún CAI con sus hijitos, buscando protegerse y protegerlos del hombre al que la guerra volvió violento.

En los siguientes, años Luz tuvo 10 embarazos más, de los que solo nacieron cinco. Ahora, no era solo ella, ni ella con su hijo Charlie; eran seis hijos que la acompañaban y aunque los considera su más grande bendición, no fue fácil. Pasaron días muy difíciles, no tenía que darles de comer, y entonces de nuevo, como si Dios insistiera en hacer evidente su aliento, alguien le habló a Luz de la Plaza de Abastos; - “En Abastos botaban mucha comida, así que íbamos a la plaza con otras mujeres de la invasión y llegábamos con las bolsas llenitas de bultos de mercado, era solo líchigo, pero era muy buena alimentación para nosotras y nuestros niños”- cuenta Luz con una coquetería propia, una capacidad admirable para sobreponerse a los malos momentos, un optimismo que se contagia.

Cada vez llegaban más desplazados a La Nueva Esperanza; hombres, mujeres y niños alejados ferozmente de su hogar, y Luz sintió la necesidad de ayudarlos, de hacer algo más por su comunidad. Entonces, comenzó a liderar junto a otras personas, con la ayuda de una fundación internacional, una escuela para la gente que vivía en la invasión, lugar en el que muchos hijos de víctimas del conflicto armado, provenientes de distintos territorios, pudieron tener desayuno, almuerzo y educación gratuita.

Poco a poco su liderazgo comenzó a florecer y la fuerza de su interior, que se había hallado dormida por tanto tiempo, despertó. Un día, mientras escuchaba cantar a los pajaritos, tuvo una idea que cambiaría su vida.  En su tierra cantaban, se unían en comunidad y relataban versos que llenaban de colores el territorio y viajaban por el viento, como si sus voces fueran aves de mil formas y tamaños. Entonces, concluyó que podían cantar en las calles, en los andenes de las casas, y a cambio pedir a la gente que les regalaran ropa que ya no usaran o algo de mercado que pudieran donar. Cuenta: - “Nos reuníamos como 15 mujeres, nos íbamos a Bochica y nos asomábamos a las casas. Y yo decía “Bueeeenaaaaas” y las otras contestaban “bueeeeeeeeeeeeenas”. La gente se asomaba, les contábamos que éramos desplazadas y aprovechábamos entonces para pedir ropa o comida. Era bonito, sobrevivir con nuestra esencia”.

De esta forma empezaron a sostener a sus familias, y, además, ayudaban a los nuevos compañeros que llegaban desplazados. Hubo ropa para hombres y mujeres, niños y niñas, personas de todas las edades, y todos se beneficiaban de esta labor; a la vez que la ropa que sobraba, porque nadie podía usar, la revendían a mil o dos mil pesitos al frente del CADE del barrio Diana Turbay y con ese dinero podían comprar lo que necesitaran o les hiciera falta, - “A veces la gente decía “no, es que yo no les doy ropa porque ustedes la venden” pero es que ellos no sabían a cuanta gente estaban manteniendo con esa ropa, porque de esos mil y dos mil pesitos de cada prenda era que lográbamos sobrevivir”.

El tiempo pasó, y mientras Luz intentaba salir adelante en la fría capital, en su territorio las cosas no mejoraron. Su mamá, papá y algunos de sus hermanos, se habían resistido a salir, aferrados a su hogar, a su trozo de tierra, con la esperanza de que algún día al despertar, la violencia ya se hubiera marchado de esta. Pero esto no sucedió. Un día, el grupo armado regresó, con más ira que antes. Su padre, que no pudo soportar el peso de los recuerdos y el miedo a volver a vivir lo mismo, falleció tras un infarto, y su madre, fue obligada a abandonar su casa, su territorio. En La Vereda El Placer, dejó su alma, fuerzas, corazón, y meses después, al llegar a Bogotá, la madre de Luz también murió de tristeza.

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Aferrándose a las raíces

Su casita en La Nueva Esperanza resultó estar ubicada en un sector de alto riesgo, y entonces, en su corazón resurgieron el dolor, miedo y nostalgia del pasado; se sentía nuevamente desplazada. Había llegado a la invasión tras haber tenido que salir huyendo por la guerra y allí encontró personas que, como ella, iban cargadas de esperanza de encontrar paz; echaron raíces, lazos estrechos que las convirtieron en una gran familia, se cuidaban unas a otras y día a día se ayudaban para sanar las heridas y alivianar las huellas del horror. Todo el barrio fue reubicado en distintos sitios de Bogotá, los dividieron y deshicieron la comunidad que habían construido. Usme, Soacha, Patio Bonito y Kennedy se convirtieron en el hogar de los desplazados, de quienes llegaban a Bogotá buscando el bienestar que sus territorios, consumidos por la violencia armada, ya no les podían dar.

Pero Luz, se negó a alejarse de su invasión, y luchó día tras día para que le dieran su casa en un barrio cercano. No quería irse, ni perder de vista el lugar que, cuando llegó a la gigante ciudad desconocida, la recibió con los brazos abiertos; - “La casa me la dio la Caja de Vivienda Popular, pero tuve que pelear mucho para que me dejaran escoger mi casita donde yo quisiera, porque yo no me quería ir de aquí. Y peleé y peleé, hasta que gané, y la casa me la dieron en Palermo Sur, cerquita de La Nueva Esperanza.  Me acuerdo mucho que la casa costaba 28 millones, y la Caja de Vivienda solo me daba 23, entonces hice un acuerdo con el dueño para en secreto irle pagando de a poquitos los cinco millones que faltaban, y así se hizo”.

Aun cuando las habían separado geográficamente, Luz continuó reuniéndose con las mujeres y allí, estando en Palermo Sur, su liderazgo y fuerza de lucha fue creciendo a pasos agigantados. Ahora, ellas y sus familias ya no vivían en casas de tabla, y aunque el cemento les protegió por fin de las lluvias, los feroces fríos de las madrugadas, y los peligros que en la calle pudieran acechar; los problemas también llegaron. Tenían más responsabilidades, y las mismas escasas oportunidades, y si nadie trabajaba, no habría dinero para pagar servicios. Entonces, mujeres e incluso hombres se unieron en el proceso de recolección de ropa usada para sacar adelante sus familias, y comenzaron a ir a Plaza España a revenderla.

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Nace una lideresa 

Con el tiempo, mientras continuaba en la búsqueda de oportunidades y apoyo para sus compañeros, Luz comenzó a vincularse a muchas instituciones: Secretaria de la Mujer, Secretaría de Gobierno, la Mesa de Víctimas, la Alta Consejería, y así aprendió un nuevo rol. Poco a poco fue dejando la recolección de ropa, labor con la que siempre va a estar agradecida, y comenzó a ocupar sus días en otros espacios, cultivando y fortaleciendo el poder que surgía de su interior. Comenzó a luchar por abrir puertas, a participar en foros y representar a las víctimas en diferentes espacios, a ser portavoz de su historia y la de otras, y así, las instituciones comenzaron a interesarse por conocerla, reconociendo en ella un innegable sentido de servicio y lucha por la reivindicación de los derechos de las víctimas del conflicto armado, especialmente, de las mujeres.

A medida que aprendió a defender los derechos de su gente, supo cómo defenderse a sí misma, y llegó un momento en su vida en que entendió que había cosas que no debía soportar, que no tenía por qué vivir sublevada, ni violentada, que podía avanzar… - “Un día me levanté y dije “No más violencia familiar, no lo aguantaré más. ¿Por qué tengo que dejar que me estropeen?” Hice uso de las rutas que me habían enseñado en la Comisaría de Familia y logré separarme, ponerle un alto a la violencia que viví con ese hombre”.

El camino ha sido difícil, pero hoy puede decir que lo logró. Actualmente, representa casi 10 espacios: La Mesa Local de Víctimas, el colectivo Las Polonia, La Consulta Previa, Los Consultivos de Comunidades Negras en Bogotá, el Concejo Local Afro, el Consejo para la Seguridad de las Mujeres de Rafael Uribe, el Concejo de Mujeres y la Fundación Black Sombra de la que fundadora y directora, y va por más.

Ante la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP, llevó 27 casos de los 2000 que se hicieron con MI VERDAD CUENTA y con NO ES HORA DE CALLAR, casos de mujeres cercanas a Luz, habitantes de su territorio en Barbacoas, víctimas, como ella, de algún grupo armado que nunca se atrevió a dar el rostro. Sin embargo, entre tanto afán y papeleo, olvidó pasar su propio caso, y hoy, junto a “Dani”, representante a nivel nacional de las comunidades negras en la consulta previa para la Comisión de la Verdad, adelantan los trámites para al fin, lograr presentar su historia.

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A los verdaderos héroes, nos matan

Luz ha aprendido que esta lucha es dura, que el camino está lleno de piedras, abismos y enemigos. Pero va a continuar en su lucha por los derechos hasta que Dios se lo permita. Así la odien o incluso la quieran matar.

En el último mes le llegó un nuevo panfleto de las Águilas Negras en el que la amenazan de muerte y a su familia, si no salen de Bogotá en las siguientes 48 horas. No es la primera vez que pasa, y Luz está segura, que tampoco será la última. Es el pan de cada día para los líderes y lideresas sociales, quienes van a denunciar, acuden a las autoridades y organismos pertinentes, pero nadie los ayuda. No se sabe si es porque no pueden, o si realmente no quieren ayudarlos. Hubo un tiempo en que la tuvieron con un teléfono celular, un botón de pánico y un chaleco antibalas, pero se los quitaron y, actualmente, se encuentra desprotegida. Sin embargo, no quiere ni va a renunciar a la defensa de los derechos humanos de las víctimas, porque ese el propósito del grupo armado y ella ha prometido nunca más dejarlos vencer tan fácil; - “Ahí en ese panfleto mi nombre está dos veces, pero si todos nos asustamos y nos rendimos, ¿Quién va a defender entonces los derechos? Eso es lo que ha pasado en los territorios, muchos han muerto en la lucha, pero para los medios el héroe siempre es gente como Simón Bolívar, nunca miran los otros héroes, los verdaderos, los que luchamos desde abajo, sin ser visibles, y que cuando estamos haciendo las cosas bien nos mandan a callar, nos matan. A estos héroes no los conoce nadie, terminan en el olvido, terminamos en el olvido...”.

Sus hijos, asustados, le han pedido que se cambien de casa, que se vayan un tiempo de Bogotá, pero Luz se niega a correrle de nuevo a la delincuencia, a la guerra, a la muerte. En un pasado sufrió la violencia por ser una mujer vulnerable, por no saber o tener cómo defenderse, sentirse frágil, débil. Hoy, sufre la violencia, la misma que años atrás sufrió en su pueblo natal, con igual estructura y furia… pero ahora, por ser empoderada, líder y defensora. Siente rabia, impotencia y dolor al observar cómo el Estado le da la espalda a quienes defienden los derechos del pueblo, al observar el abandono, egoísmo y crueldad humana. Y siente miedo, porque a pesar de que se siente fuerte, sabe que su papel como lideresa pone en riesgo a su familia; sus hijos, y ese es el punto de quiebre para cualquier ser humano.  

Sin embargo, su lucha continua, no se va a rendir, y aunque Colombia sea un país inscrito en un conflicto de más de un siglo, para Luz esta nación está llena de amor y esperanza, mientras esté con sus hijos y su familia, estará en paz, así la guerra la quiera callar. - “El día en que Dios me diga, hasta ahí, hasta ahí será. Me han hecho ofertas hasta para sacarme del país, pero yo del país me voy cuando Dios me lleve. Yo amo mi Colombia y lo que tengo aquí no lo voy a encontrar en ningún otro lado. Y amo mi trabajo, estoy aquí para defender a otros y eso no va a cambiar, aquí voy a estar hasta el final de mis días”.

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Para que las mariposas de mil colores vuelvan a salir a la Luz

Luz, ya se apropió de Bogotá, ¡y Bogotá se apropió de ella!  Ama esta ciudad, y hasta el final de sus días trabajará en ella y para ella, y desde aquí intentará dejar su granito de arena para la consolidación de la paz en Colombia.

Sin embargo, sueña con algún día poder regresar a su territorio y que este sea un lugar de paz, como lo fue alguna vez. Retornar a ese bosque de Barbacoas, admirar de nuevo su vereda bañada por los armoniosos ríos, volver a observar las mariposas revoloteando por todo el lugar y recordar que algún día allí, escuchó a su papá contar esas historias que la hicieron explotar a carcajadas, mientras su mamá, esparcía por el aire el aroma del chontaduro que preparaba. Sueña con que ese pedacito de tierra, de edén, por fin pueda algún día volver a estar en paz.

Para Luz, aunque el proceso de paz no estuvo bien hecho, y tampoco fue perfecto, si fue importante y cree que valió la pena. Los acuerdos revivieron la esperanza para las víctimas, las llenaron de fuerza y valentía, les devolvieron su voz. Y los territorios golpeados por el conflicto fueron rescatados del olvido en el que estaban, los trajeron a la luz, la violencia mermó y el país sanó.

Aún recuerda cómo en su territorio celebraron la firma de los Acuerdos de Paz.  Dos de sus hermanos, que se resistieron hasta el final y nunca abandonaron su hogar, mantuvieron durante los días de la firma contacto con ella a través de videos, fotografías y llamadas. - “Era precioso, inundaba mi corazón ver esas escenas. Poder observar a la gente de mi territorio en las canoas celebrando, los motores con las banderas blancas en las puntas. Fue maravilloso, momentos únicos. Por lo menos, ese proceso de paz nos dio esa alegría, y solo por eso volvería a apoyarlo, porque fue y aún sigue siendo una esperanza para quienes, verdaderamente, sufrimos la guerra, para quienes vivimos en carne propia ese dolor”.

Hoy, desde su casita en Palermo Sur, rodeada de sus hijos, nietos y hermanas, recuerda su pueblo, su vereda, su paisaje, su familia, su niñez… A veces sus sentidos se convierten en sus mejores amigos y la transportan a su territorio, al pasado que nunca debió acabar, al paraíso del que nunca debieron alejarla. Y entonces, cierra los ojos, y escucha, nuevamente, el sonido de los pajaritos, el arrullo de los ríos, las historias de su padre, la sonrisa de su madre, ¡percibe el aroma del chontaduro y la pepa de pan!, siente de nuevo la brisa de los árboles, la tierra húmeda haciendo contacto con sus pies descalzos, los abrazos de sus padres y las mariposas de mil colores revoloteando una vez por su cabeza.

Luz sonríe, sus ojos brillan y la alegría de su corazón se esparce por todo el lugar, - “Deseo que el proceso por la paz continúe, que sigamos luchando, que nadie se dé por vencido, que Colombia no pierda la fe para que así, territorios como la vereda El Placer, en Barbacoas, puedan algún día ser testigos de que la guerra verdaderamente terminó”.  

Mientras tanto, seguirá dedicándose a lo que ama, con la pasión necesaria para que el miedo no le gane nunca, para no rendirse, ni detenerse. Seguirá luchando por sus derechos y los de todas las víctimas del conflicto armado, los de las mujeres víctimas de violencia sexual en la guerra, los de todas aquellas y aquellos que comparten su color, su etnia, sus raíces… los de todos los que lo necesiten.  Aquí está, y aquí seguirá, defendiendo, queriendo y luchando por este país cada día, mientras con su contagiosa sonrisa siembra en el corazón de Bogotá y de Colombia la esperanza necesaria para que, algún día, las mariposas de mil colores vuelvan a salir a la Luz.

En honor a:

Luz Aída Ángulo, líder social. 

ACTUALIDAD

Una Luz para Colombia

 

Luz Aida Agudelo cronica

En el marco de la investigación realizada en el año 2019 por la Universidad Central: “El quehacer periodístico en Colombia y su aporte en el fortalecimiento de los procesos de Memoria Histórica en los casos de violencia sexual de mujeres en el marco del conflicto armado colombiano”, estudiantes del Programa de Comunicación Social y Periodismo, escribieron como productos de la investigación periodística, 8 crónicas en las que narran las historias de vida de mujeres víctimas y sobrevivientes de violencia sexual, haciéndo un énfasis especial en sus procesos de reparación personal.  La investigación y el acercamiento a las mujeres víctimas y profesionales, se hizo a través de procesos  de escucha profunda; entendiendo a las mujeres como agentes transformadores y pilares para un proceso de paz duradero.

En estas crónicas se busca incidir y dar cuenta de cómo desde la comunicación se pueden hacer procesos de reparación, resguardando en el seno de la memoria las historias de mujeres que han afrontado momentos de violencia y, que han tenido la capacidad, de apostar a una nueva Colombia mediante un camino de paz.  

A continuación pueden leer cada una de las crónicas realizadas: 

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Por: María Camila Hernández 

Viviendo en el pesebre del niño Dios

Muchos años han pasado desde que Luz observó por última vez las mariposas de mil colores en su pueblo natal, 27 años exactamente, los mismos desde que la violencia que tanto ha azotado este país la obligó a partir de su tierra.  

Este lugar, era para Luz el tapete verde que dejó Dios en el mundo, un pedacito del edén, del paraíso. Aún hay días en los que cierra los ojos y recuerda la sonrisa de su mamá mientras cocinaba chontaduro en los fogones de turba, recuerdos que siguen intactos. En lo que aún escucha como si fuese un susurro, a su papá narrando historias y relatos mientras junto a sus 11 hermanos picaban la pepa de pan y reían a carcajadas. Todavía logra percibir de vez en cuando el aroma de la paja de las paredes de su casa viajando por el viento, mezclándose con el aroma de los árboles, el campo, la tierra. Aún, hay momentos en los que, como si fuera un acto de magia, siente la lluvia cálida de su pueblo acariciándole la piel y, luego, cada rincón de su mente comienza a llenarse de imágenes de decenas de mariposas de colores revoloteando alrededor de ella, tal y como sucedía en su niñez. - “Eran mariposas grandes -recuerda Luz con una gran sonrisa colorida en su rostro- justo como las que narraba Gabo en Cien años de Soledad, y cada vez que cesaba la lluvia; luego de horas, salían todas ellas y lo acompañaban a uno hasta el río”-.

Entre los ríos Watmambi y Yawapí, en un pequeño territorio envuelto por la magia de la naturaleza, nació y creció Luz. La vereda El Placer, en el municipio de Barbacoas, Nariño, fue su hogar; y aunque Luz y su familia no poseían riqueza económica, se sentían afortunados de tener a la mano todo lo que Dios les había dejado. En aquel lugar libre, se convirtió en amiga permanente del viento, fueron los ríos y la tierra, quienes les proveyeron los alimentos que necesitaron siempre.  Su padre sembraba arrozales, y ella, junto a sus hermanas se encargaban de cuidarlos para que los pájaros no se los comieran. - “Era algo muy bonito, nosotros chiquillos con guascas para que los pajaritos no se comieran nuestro arroz, y sacábamos la leche de la pepa de pan, la masticábamos como el chicle, la poníamos en el arrozal para que los pajaritos se pegaran ahí, y luego hacíamos un sancocho con esos pajaritos, nos los comíamos, ¡porque ellos se comían nuestro arroz y nosotros nos los comíamos a ellos!”-.

Hoy, Luz mira hacia atrás, su infancia fue maravillosa, un cuento que nunca hubiese querido que terminara, y con una sonrisa en su rostro se da cuenta que, aunque de niña no tuvo la oportunidad de saberlo, siempre vivió y estuvo dentro del pesebre del niño Dios.

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La mano de la guerra

Pero en este país ningún rincón está a salvo, y aunque este territorio fuese ese pedacito del edén, tampoco pudo librarse del aturdidor ruido de la violencia. Los habitantes de la vereda, de golpe, tuvieron que comenzar a vivir y convivir en medio del fuego de todos los grupos armados, Frente 29 de las FARC, Águilas Negras, Los Rastrojos, entre otros, que se peleaban el territorio por las facilidades que este traía para llegar al mar pacífico por Tumaco, y a Buenaventura por el río Patía. Sin duda, fue el abandono del Estado quien los condenó, y aunque luego la fuerza pública se hizo presente, muchas veces llegaron también a maltratar al campesino, al nativo. Y como siempre, fueron las poblaciones vulnerables quienes terminaron estando en la mira de los grupos armados y sintieron a quemarropa la impetuosa ira de la guerra.

La familia de Luz, no fue la excepción. En cualquier momento llegaba un grupo y a la fuerza, los obligaban a pasarlos por canoa al otro lado del río, situación que inmediatamente les traía problemas con los demás grupos armados. Muchas veces sus familiares eran llevados a consejo de guerra, los mantenían amarrados durante muchos días hasta que todo el pueblo se unía para intentar salvarlos. Gran imagen sin duda, un pueblo acorazado solo con su valor, poniéndole cara a un centenar de hombres armados con temibles fusiles. Un gato contra un tigre, en un diálogo desigual para intentar recuperar a sus seres queridos. 

Un día, la guerra los golpeó con fuerza e ira, la ambición de dominar un territorio en disputa, de controlarlo impartiendo miedo, dolor. Corría 1992, cuando un grupo armado llegó hasta su casa, y cargados de palabras frías, les dieron a la familia Angulo 24 horas para salir del territorio. - “¿Cómo íbamos a salir? Era duro, ¡ninguno sabía cómo irse de allá! Y no teníamos nada, ¿A dónde íbamos a parar?”

El haber desafiado la orden desató la rabia del grupo armado, que sin mayor remordimiento tomó inmediatas represalias, obsesionándose con quienes consideraba “débiles”, también con quienes creían, harían el mensaje de sometimiento más visible. Inscribieron la guerra en el cuerpo de las mujeres Ángulo, las convirtieron en cuerpos estigmatizados, incómodos, apropiables. Las usaron como un cruento botín de guerra, porque no hay mejor manera de derrotar a un pueblo que atentando contra el centro de la vida y de su comunidad. Se sintieron supremos, con la falsa superioridad que siente quien empuña un fusil, y entonces, quebrantaron el valor de ser mujer.

Los arrozales, así como chocolatines y otras plantaciones de la casa Angulo fueron testigos de lo que sucedió, y aunque llovió, las mariposas después no salieron. Su papá suplicaba que por favor no fueran a matar a sus hijas, mientras lo obligaban a observar lo que a ellas les hacían. Los ojos de Luz y sus hermanas se volvieron agua salada, y fue tanta que se mezcló con los ríos, que enseguida sintieron su dolor. Flores rojas cayeron por su cuerpo y el de sus hermanas, pétalos rojos tristes, doloridos. Los árboles ya no estaban felices, se encorvaron hacia ellas para intentar ayudarlas, sus hojas se pintaron amarillas, algunas cafés y comenzaron a caer mientras la tierra poco a poco se marchitó. - “Era muy duro, muy duro escuchar a mi papá suplicando “por favor no maten a mis hijas”. Me rompía el corazón escucharlo. Y lo que nos hacían, le destrozaba el corazón a él”.

La tristeza aún la siente en su corazón, sus ojos se nublan mientras mira el horizonte, y el dolor, que no ha sabido despegarse de su piel ni de su alma, aún pesa, aún lastima. Los solos recuerdos aún la siguen envolviendo en el mismo miedo, la misma impotencia, la misma rabia. Todo lo que hicieron con su gente, sus hermanas y con ella misma, todavía nubla su memoria y la angustia de su tierra por el desconsuelo de sus mujeres todavía la siente en lo más profundo de su alma.

Nunca supo cuánto tiempo pasó, es difícil medirlo cuando parece que se ha detenido. No sabe tampoco por qué sucedió, y mucho menos quién fue. Los victimarios quedaron para siempre sin rostro, sin identidad, pues no tuvieron jamás el valor de reconocer el crimen, la vida de la familia de Luz se desmoronó, y ella tuvo que salir huyendo de su territorio.

Y así fue. Partió de su tierra en 1992 junto a dos de sus hermanas. Caminaron hasta el caserío Las Peñas, no podían huir por río porque la gente de los grupos armados las vería y se encontrarían entonces atrapadas por preguntas: ¿Qué pasó? ¿Para Dónde van? ¿De dónde vienen? ¿Con permiso de quién? Entonces, les tocó salir por carretera hasta Junín, en la vía dirección a Tumaco y “echando dedo”, consiguieron que un camión las llevara hasta Pasto.

Duraron tres meses en aquella ciudad, pero no hubo nadie que les diera la mano y la necesidad las obligó a partir buscando un nuevo destino. Entonces, arribaron a Popayán y tampoco encontraron una mano amiga. Entre días tristes, el alma cargada de nostalgia y el corazón lleno de soledad en un lugar donde nadie parecía querer ayudar, - “Decidimos irnos para la capital, igual no teníamos ya nada más que perder. Allá estaba el presidente y pensamos que él nos podía ayudar”.

“Echando dedo” una vez más a cuánto camión por la carretera pasaba, lograron llegar a esta fría ciudad. Estuvieron unos días durmiendo en el terminal de transporte, no tenían a dónde más ir, y luego, como si hubiese sido un milagro, una forma que tuvo Dios de decirles que no estarían lejos del Edén, conocieron a una persona que les habló de una invasión: La Nueva Esperanza.  - ¡Aquí fue, nos llegó la bendición!

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Una nueva esperanza 

En La Nueva Esperanza duraron mucho tiempo, años para ser exactos. Construyeron un cambuche de madera y allí se sentía acogida, segura. De nuevo pertenecía a un lugar, y es que ese cambuche, en esa invasión, la hizo sentir como en casa, en su territorio. Entre bosque, montañas, un cielo azul, pajaritos silbando y personas que habían vivido lo mismo que ella, Luz volvió a ser feliz.

A los cinco meses de haber llegado a Bogotá, una noticia desconcertante terminó por sacudir la vida de Luz: estaba en embarazo. Sin embargo, ni el pasado, ni los tormentosos hechos que rodeaban el acontecimiento, lograron evitar que Luz amara a su hijo con toda su alma y su valiente corazón. 

Poco a poco comenzaron a llegar más desplazados a La Nueva Esperanza, personas provenientes de todas partes de Colombia, de cada rinconcito de esta tierra herida por tanto conflicto. Y así, llegó a la invasión un hombre que Luz ya conocía de años atrás y que por mucho tiempo se había robado su corazón en secreto, un amor imposible, de esos que concluyen, simplemente, en miradas y suspiros que terminan perdiéndose en el aire. Sin embargo, él ya no era quién ella había conocido en el territorio. Hicieron, finalmente, una vida juntos y le dio el apellido a su hijo, a cambio la sentenció a vivir en un permanente tormento. El hombre llegó a Bogotá con su maleta cargada de la violencia que vivió allá, con la guerra metida en su mente y su corazón enlodado de rabia, crueldad, salvajismo; y Luz, de nuevo volvió a ser víctima.

El maltrato se convirtió en pan de cada día. Era sometida, inferiorizada. Vivía un infierno. Buscaba ayuda y no la hallaba. No tenía papeles, tampoco como sacarlos, no sabía ni su edad. La única solución que encontraba era ir a la Defensoría del Pueblo y suplicar por ayuda, pero poco hacían por ella, parecía que no importaba. Muchas veces tuvo que amanecer en algún CAI con sus hijitos, buscando protegerse y protegerlos del hombre al que la guerra volvió violento.

En los siguientes, años Luz tuvo 10 embarazos más, de los que solo nacieron cinco. Ahora, no era solo ella, ni ella con su hijo Charlie; eran seis hijos que la acompañaban y aunque los considera su más grande bendición, no fue fácil. Pasaron días muy difíciles, no tenía que darles de comer, y entonces de nuevo, como si Dios insistiera en hacer evidente su aliento, alguien le habló a Luz de la Plaza de Abastos; - “En Abastos botaban mucha comida, así que íbamos a la plaza con otras mujeres de la invasión y llegábamos con las bolsas llenitas de bultos de mercado, era solo líchigo, pero era muy buena alimentación para nosotras y nuestros niños”- cuenta Luz con una coquetería propia, una capacidad admirable para sobreponerse a los malos momentos, un optimismo que se contagia.

Cada vez llegaban más desplazados a La Nueva Esperanza; hombres, mujeres y niños alejados ferozmente de su hogar, y Luz sintió la necesidad de ayudarlos, de hacer algo más por su comunidad. Entonces, comenzó a liderar junto a otras personas, con la ayuda de una fundación internacional, una escuela para la gente que vivía en la invasión, lugar en el que muchos hijos de víctimas del conflicto armado, provenientes de distintos territorios, pudieron tener desayuno, almuerzo y educación gratuita.

Poco a poco su liderazgo comenzó a florecer y la fuerza de su interior, que se había hallado dormida por tanto tiempo, despertó. Un día, mientras escuchaba cantar a los pajaritos, tuvo una idea que cambiaría su vida.  En su tierra cantaban, se unían en comunidad y relataban versos que llenaban de colores el territorio y viajaban por el viento, como si sus voces fueran aves de mil formas y tamaños. Entonces, concluyó que podían cantar en las calles, en los andenes de las casas, y a cambio pedir a la gente que les regalaran ropa que ya no usaran o algo de mercado que pudieran donar. Cuenta: - “Nos reuníamos como 15 mujeres, nos íbamos a Bochica y nos asomábamos a las casas. Y yo decía “Bueeeenaaaaas” y las otras contestaban “bueeeeeeeeeeeeenas”. La gente se asomaba, les contábamos que éramos desplazadas y aprovechábamos entonces para pedir ropa o comida. Era bonito, sobrevivir con nuestra esencia”.

De esta forma empezaron a sostener a sus familias, y, además, ayudaban a los nuevos compañeros que llegaban desplazados. Hubo ropa para hombres y mujeres, niños y niñas, personas de todas las edades, y todos se beneficiaban de esta labor; a la vez que la ropa que sobraba, porque nadie podía usar, la revendían a mil o dos mil pesitos al frente del CADE del barrio Diana Turbay y con ese dinero podían comprar lo que necesitaran o les hiciera falta, - “A veces la gente decía “no, es que yo no les doy ropa porque ustedes la venden” pero es que ellos no sabían a cuanta gente estaban manteniendo con esa ropa, porque de esos mil y dos mil pesitos de cada prenda era que lográbamos sobrevivir”.

El tiempo pasó, y mientras Luz intentaba salir adelante en la fría capital, en su territorio las cosas no mejoraron. Su mamá, papá y algunos de sus hermanos, se habían resistido a salir, aferrados a su hogar, a su trozo de tierra, con la esperanza de que algún día al despertar, la violencia ya se hubiera marchado de esta. Pero esto no sucedió. Un día, el grupo armado regresó, con más ira que antes. Su padre, que no pudo soportar el peso de los recuerdos y el miedo a volver a vivir lo mismo, falleció tras un infarto, y su madre, fue obligada a abandonar su casa, su territorio. En La Vereda El Placer, dejó su alma, fuerzas, corazón, y meses después, al llegar a Bogotá, la madre de Luz también murió de tristeza.

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Aferrándose a las raíces

Su casita en La Nueva Esperanza resultó estar ubicada en un sector de alto riesgo, y entonces, en su corazón resurgieron el dolor, miedo y nostalgia del pasado; se sentía nuevamente desplazada. Había llegado a la invasión tras haber tenido que salir huyendo por la guerra y allí encontró personas que, como ella, iban cargadas de esperanza de encontrar paz; echaron raíces, lazos estrechos que las convirtieron en una gran familia, se cuidaban unas a otras y día a día se ayudaban para sanar las heridas y alivianar las huellas del horror. Todo el barrio fue reubicado en distintos sitios de Bogotá, los dividieron y deshicieron la comunidad que habían construido. Usme, Soacha, Patio Bonito y Kennedy se convirtieron en el hogar de los desplazados, de quienes llegaban a Bogotá buscando el bienestar que sus territorios, consumidos por la violencia armada, ya no les podían dar.

Pero Luz, se negó a alejarse de su invasión, y luchó día tras día para que le dieran su casa en un barrio cercano. No quería irse, ni perder de vista el lugar que, cuando llegó a la gigante ciudad desconocida, la recibió con los brazos abiertos; - “La casa me la dio la Caja de Vivienda Popular, pero tuve que pelear mucho para que me dejaran escoger mi casita donde yo quisiera, porque yo no me quería ir de aquí. Y peleé y peleé, hasta que gané, y la casa me la dieron en Palermo Sur, cerquita de La Nueva Esperanza.  Me acuerdo mucho que la casa costaba 28 millones, y la Caja de Vivienda solo me daba 23, entonces hice un acuerdo con el dueño para en secreto irle pagando de a poquitos los cinco millones que faltaban, y así se hizo”.

Aun cuando las habían separado geográficamente, Luz continuó reuniéndose con las mujeres y allí, estando en Palermo Sur, su liderazgo y fuerza de lucha fue creciendo a pasos agigantados. Ahora, ellas y sus familias ya no vivían en casas de tabla, y aunque el cemento les protegió por fin de las lluvias, los feroces fríos de las madrugadas, y los peligros que en la calle pudieran acechar; los problemas también llegaron. Tenían más responsabilidades, y las mismas escasas oportunidades, y si nadie trabajaba, no habría dinero para pagar servicios. Entonces, mujeres e incluso hombres se unieron en el proceso de recolección de ropa usada para sacar adelante sus familias, y comenzaron a ir a Plaza España a revenderla.

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Nace una lideresa 

Con el tiempo, mientras continuaba en la búsqueda de oportunidades y apoyo para sus compañeros, Luz comenzó a vincularse a muchas instituciones: Secretaria de la Mujer, Secretaría de Gobierno, la Mesa de Víctimas, la Alta Consejería, y así aprendió un nuevo rol. Poco a poco fue dejando la recolección de ropa, labor con la que siempre va a estar agradecida, y comenzó a ocupar sus días en otros espacios, cultivando y fortaleciendo el poder que surgía de su interior. Comenzó a luchar por abrir puertas, a participar en foros y representar a las víctimas en diferentes espacios, a ser portavoz de su historia y la de otras, y así, las instituciones comenzaron a interesarse por conocerla, reconociendo en ella un innegable sentido de servicio y lucha por la reivindicación de los derechos de las víctimas del conflicto armado, especialmente, de las mujeres.

A medida que aprendió a defender los derechos de su gente, supo cómo defenderse a sí misma, y llegó un momento en su vida en que entendió que había cosas que no debía soportar, que no tenía por qué vivir sublevada, ni violentada, que podía avanzar… - “Un día me levanté y dije “No más violencia familiar, no lo aguantaré más. ¿Por qué tengo que dejar que me estropeen?” Hice uso de las rutas que me habían enseñado en la Comisaría de Familia y logré separarme, ponerle un alto a la violencia que viví con ese hombre”.

El camino ha sido difícil, pero hoy puede decir que lo logró. Actualmente, representa casi 10 espacios: La Mesa Local de Víctimas, el colectivo Las Polonia, La Consulta Previa, Los Consultivos de Comunidades Negras en Bogotá, el Concejo Local Afro, el Consejo para la Seguridad de las Mujeres de Rafael Uribe, el Concejo de Mujeres y la Fundación Black Sombra de la que fundadora y directora, y va por más.

Ante la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP, llevó 27 casos de los 2000 que se hicieron con MI VERDAD CUENTA y con NO ES HORA DE CALLAR, casos de mujeres cercanas a Luz, habitantes de su territorio en Barbacoas, víctimas, como ella, de algún grupo armado que nunca se atrevió a dar el rostro. Sin embargo, entre tanto afán y papeleo, olvidó pasar su propio caso, y hoy, junto a “Dani”, representante a nivel nacional de las comunidades negras en la consulta previa para la Comisión de la Verdad, adelantan los trámites para al fin, lograr presentar su historia.

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A los verdaderos héroes, nos matan

Luz ha aprendido que esta lucha es dura, que el camino está lleno de piedras, abismos y enemigos. Pero va a continuar en su lucha por los derechos hasta que Dios se lo permita. Así la odien o incluso la quieran matar.

En el último mes le llegó un nuevo panfleto de las Águilas Negras en el que la amenazan de muerte y a su familia, si no salen de Bogotá en las siguientes 48 horas. No es la primera vez que pasa, y Luz está segura, que tampoco será la última. Es el pan de cada día para los líderes y lideresas sociales, quienes van a denunciar, acuden a las autoridades y organismos pertinentes, pero nadie los ayuda. No se sabe si es porque no pueden, o si realmente no quieren ayudarlos. Hubo un tiempo en que la tuvieron con un teléfono celular, un botón de pánico y un chaleco antibalas, pero se los quitaron y, actualmente, se encuentra desprotegida. Sin embargo, no quiere ni va a renunciar a la defensa de los derechos humanos de las víctimas, porque ese el propósito del grupo armado y ella ha prometido nunca más dejarlos vencer tan fácil; - “Ahí en ese panfleto mi nombre está dos veces, pero si todos nos asustamos y nos rendimos, ¿Quién va a defender entonces los derechos? Eso es lo que ha pasado en los territorios, muchos han muerto en la lucha, pero para los medios el héroe siempre es gente como Simón Bolívar, nunca miran los otros héroes, los verdaderos, los que luchamos desde abajo, sin ser visibles, y que cuando estamos haciendo las cosas bien nos mandan a callar, nos matan. A estos héroes no los conoce nadie, terminan en el olvido, terminamos en el olvido...”.

Sus hijos, asustados, le han pedido que se cambien de casa, que se vayan un tiempo de Bogotá, pero Luz se niega a correrle de nuevo a la delincuencia, a la guerra, a la muerte. En un pasado sufrió la violencia por ser una mujer vulnerable, por no saber o tener cómo defenderse, sentirse frágil, débil. Hoy, sufre la violencia, la misma que años atrás sufrió en su pueblo natal, con igual estructura y furia… pero ahora, por ser empoderada, líder y defensora. Siente rabia, impotencia y dolor al observar cómo el Estado le da la espalda a quienes defienden los derechos del pueblo, al observar el abandono, egoísmo y crueldad humana. Y siente miedo, porque a pesar de que se siente fuerte, sabe que su papel como lideresa pone en riesgo a su familia; sus hijos, y ese es el punto de quiebre para cualquier ser humano.  

Sin embargo, su lucha continua, no se va a rendir, y aunque Colombia sea un país inscrito en un conflicto de más de un siglo, para Luz esta nación está llena de amor y esperanza, mientras esté con sus hijos y su familia, estará en paz, así la guerra la quiera callar. - “El día en que Dios me diga, hasta ahí, hasta ahí será. Me han hecho ofertas hasta para sacarme del país, pero yo del país me voy cuando Dios me lleve. Yo amo mi Colombia y lo que tengo aquí no lo voy a encontrar en ningún otro lado. Y amo mi trabajo, estoy aquí para defender a otros y eso no va a cambiar, aquí voy a estar hasta el final de mis días”.

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Para que las mariposas de mil colores vuelvan a salir a la Luz

Luz, ya se apropió de Bogotá, ¡y Bogotá se apropió de ella!  Ama esta ciudad, y hasta el final de sus días trabajará en ella y para ella, y desde aquí intentará dejar su granito de arena para la consolidación de la paz en Colombia.

Sin embargo, sueña con algún día poder regresar a su territorio y que este sea un lugar de paz, como lo fue alguna vez. Retornar a ese bosque de Barbacoas, admirar de nuevo su vereda bañada por los armoniosos ríos, volver a observar las mariposas revoloteando por todo el lugar y recordar que algún día allí, escuchó a su papá contar esas historias que la hicieron explotar a carcajadas, mientras su mamá, esparcía por el aire el aroma del chontaduro que preparaba. Sueña con que ese pedacito de tierra, de edén, por fin pueda algún día volver a estar en paz.

Para Luz, aunque el proceso de paz no estuvo bien hecho, y tampoco fue perfecto, si fue importante y cree que valió la pena. Los acuerdos revivieron la esperanza para las víctimas, las llenaron de fuerza y valentía, les devolvieron su voz. Y los territorios golpeados por el conflicto fueron rescatados del olvido en el que estaban, los trajeron a la luz, la violencia mermó y el país sanó.

Aún recuerda cómo en su territorio celebraron la firma de los Acuerdos de Paz.  Dos de sus hermanos, que se resistieron hasta el final y nunca abandonaron su hogar, mantuvieron durante los días de la firma contacto con ella a través de videos, fotografías y llamadas. - “Era precioso, inundaba mi corazón ver esas escenas. Poder observar a la gente de mi territorio en las canoas celebrando, los motores con las banderas blancas en las puntas. Fue maravilloso, momentos únicos. Por lo menos, ese proceso de paz nos dio esa alegría, y solo por eso volvería a apoyarlo, porque fue y aún sigue siendo una esperanza para quienes, verdaderamente, sufrimos la guerra, para quienes vivimos en carne propia ese dolor”.

Hoy, desde su casita en Palermo Sur, rodeada de sus hijos, nietos y hermanas, recuerda su pueblo, su vereda, su paisaje, su familia, su niñez… A veces sus sentidos se convierten en sus mejores amigos y la transportan a su territorio, al pasado que nunca debió acabar, al paraíso del que nunca debieron alejarla. Y entonces, cierra los ojos, y escucha, nuevamente, el sonido de los pajaritos, el arrullo de los ríos, las historias de su padre, la sonrisa de su madre, ¡percibe el aroma del chontaduro y la pepa de pan!, siente de nuevo la brisa de los árboles, la tierra húmeda haciendo contacto con sus pies descalzos, los abrazos de sus padres y las mariposas de mil colores revoloteando una vez por su cabeza.

Luz sonríe, sus ojos brillan y la alegría de su corazón se esparce por todo el lugar, - “Deseo que el proceso por la paz continúe, que sigamos luchando, que nadie se dé por vencido, que Colombia no pierda la fe para que así, territorios como la vereda El Placer, en Barbacoas, puedan algún día ser testigos de que la guerra verdaderamente terminó”.  

Mientras tanto, seguirá dedicándose a lo que ama, con la pasión necesaria para que el miedo no le gane nunca, para no rendirse, ni detenerse. Seguirá luchando por sus derechos y los de todas las víctimas del conflicto armado, los de las mujeres víctimas de violencia sexual en la guerra, los de todas aquellas y aquellos que comparten su color, su etnia, sus raíces… los de todos los que lo necesiten.  Aquí está, y aquí seguirá, defendiendo, queriendo y luchando por este país cada día, mientras con su contagiosa sonrisa siembra en el corazón de Bogotá y de Colombia la esperanza necesaria para que, algún día, las mariposas de mil colores vuelvan a salir a la Luz.

En honor a:

Luz Aída Ángulo, líder social. 

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