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Los ojos que hablan

“A pesar de todo, aquí estoy puesta, los pájaros sueltos y mi alma de fiesta” ... 

 

fulvia

En el marco de la investigación realizada en el año 2019 por la Universidad Central: “El quehacer periodístico en Colombia y su aporte en el fortalecimiento de los procesos de Memoria Histórica en los casos de violencia sexual de mujeres en el marco del conflicto armado colombiano”, estudiantes del Programa de Comunicación Social y Periodismo, escribieron como productos de la investigación periodística, 8 crónicas en las que narran las historias de vida de mujeres víctimas y sobrevivientes de violencia sexual, haciéndo un énfasis especial en sus procesos de reparación personal.  La investigación y el acercamiento a las mujeres víctimas y profesionales, se hizo a través de procesos  de escucha profunda; entendiendo a las mujeres como agentes transformadores y pilares para un proceso de paz duradero.

En estas crónicas se busca incidir y dar cuenta de cómo desde la comunicación se pueden hacer procesos de reparación, resguardando en el seno de la memoria las historias de mujeres que han afrontado momentos de violencia y, que han tenido la capacidad, de apostar a una nueva Colombia mediante un camino de paz.  

A continuación pueden leer cada una de las crónicas realizadas: 

---

Este es el canto de Fulvia Chungana, quien pese al dolor que le dejó la violencia, decidió perdonar y ayudar a otras mujeres víctimas de violencia sexual.

Por: Angie Vargas Ballestero 

 

Altiva, ojos marrones, cabello largo y oscuro con visos canosos y sonrisa particular, así es Fulvia, quien está de acuerdo conmigo cuando le menciono el famoso dicho: “los ojos son el espejo del alma” y queremos pensar que es cierto, cuando realmente se observa a una persona con detenimiento se ve en su rostro una historia de vida. Esto sucedió con ella, cuya mirada evidencia que ha sufrido y que pese a eso brinda amor.

Mirada alegre y opaca al mismo tiempo, figura armónica y piel mestiza… Así, es esta mujer nacida en el corregimiento de Uribe, municipio del Tambo, ubicado en el departamento del Cauca, al sur de Colombia, la cual en reiteradas ocasiones dice como lo reza la canción: “Al mal tiempo. Buena cara”.

Nació un día lluvioso del 28 de diciembre de 1966 en una letrina, sí, así fue, ella lo relata: “Mi mamá, una mujer sordomuda llamada Olga, estaba en trabajo de parto. Los dolores eran tan fuertes que llamaron la atención de un hombre que pasaba cerca y decidió ayudarla. Para su sorpresa, en medio de las piernas de Olga se asomaba una bebé. Sorprendido, la agarra fuertemente para salvar a la criatura. Inmediatamente, nací yo, Fulvia”. Asustado corre a buscar a Rafaela la hermana de Olga, cuando vuelve con ella a la letrina evidencia el maltrato del que es víctima Olga por parte de su hermana, ante esa situación él decide protegerla. Desde ese día Olga y Segundo se convierten en compañeros de vida.

Pasado un año nace la primera hermana de Fulvia y después de tres años ya tenía cuatro hermanos. Sonríe y sus ojos se iluminan al mencionar los juegos y tiempos que pasaba con sus hermanos durante la infancia. Pero al crecer, en su adolescencia su vida se torna no tan grata y su sonrisa se desvanece al recordar los golpes que le proporcionaba su madre en aquella época.

Un día, cuando tenía 14 años, la tía de Fulvia le contó por qué su madre era tan dura con ella, y es que Olga desde joven fue varias veces sometida sexualmente por hombres que trabajaban en el cafetal, cerca de su hogar, aprovechándose de que era sorda. El resultado de una de esas violaciones fue Fulvia.

Sin juzgarla ni alimentar odio o rencor, Fulvia comprendió el porqué de la rabia de su madre y lo difícil que tuvo que ser para ella, ser víctima de tantos abusos sin poder comunicar y denunciar todo el dolor que le estaban causando. Muchos años después, Fulvia siente que logró perdonar a su madre, además de comprender el arduo trabajo de criar a 5 hijos.

Unos meses más tarde Fulvia decide junto con una amiga irse a trabajar a la ciudad de Popayán, donde se emplea en una cafetería del terminal de transporte. Tiempo después decide visitar a su familia y vuelve a casa de sus padres, por esos días aparece un novio del pasado y al poco tiempo deciden irse a vivir juntos.

Como fruto de este amor quedó embarazada por primera vez, esto la llenó de esperanza e ilusión por una vida mejor, sin embargo, el bebé nació con problemas de salud y murió a los pocos días.

Meses después se entera que está nuevamente embarazada, Fulvia estaba feliz con su nuevo papel de madre, sin olvidar a el hijo que perdió.

Durante los primeros meses del año de 1990, su compañero consigue trabajo en construcción, exactamente, en los Cerros de Santana, Cauca. Fulvia con aproximadamente cuatro meses de embarazo de su segundo hijo, decide acompañarlo y dejar a su hija con sus padres. “En ese momento comienza una nueva etapa en mi vida, que en verdad me marcaría para siempre”.

Para ella era muy normal que la guerrilla estuviera en la zona “ellos cuidaban”; realizaban sus reuniones en el pueblo y estaban organizando la inauguración del puesto de salud. “Estos hombres no se metían con nosotros, eso creía yo”.

Violencia, dolor y secuelas irreparables

Recuerda un día del mes de mayo de 1990, parecía como cualquier otro. Pero, ese día escuchó la marcha del octavo frente de la Fuerzas Armadas Revolucionarias, FARC, se encontraba lavando una cebolla blanca para el almuerzo.

De pronto por la parte de atrás de la casa, ve tres guerrilleros; uno pasa por el costado, pero no le da importancia. Sin embargo, otro de ellos; de tez morena, rasgos aindiados y con un olor fétido impregnado en él, la saluda y le pide agua hervida, a lo que Fulvia le contesta que no tiene, pero le ofrece una taza de café, la que él acepta y le sigue al fondo de la casa donde se encontraba la cocina.

Allí la toma por detrás, la tira al piso, la amenazaba todo el tiempo en la cara con un fusil, mientras rasgaba su ropa. “Me decía que me quedara calladita porque si no me mataba”, Ella estaba asustada porque temía perder nuevamente un hijo: “yo creía que en cualquier momento acabaría con mi vida”

Escuchaba ruidos en el exterior de la casa, “a lo lejos cantaban: el pueblo unido jamás será vencido”. Su voz se exalta al mencionar que odia ese coro, porque mientras ella adentro suplicaba no ser lastimada.

Fulvia pensaba en esos instantes: “tengo dos opciones, dejar que suceda o que él me mate. Me impregnó en la piel su aroma fétido y fuerte”. Su voz se entrecorta y sus ojos se nublan cuando recuerda este hecho que le hacía pensar en que era mejor estar muerta que vivir.

Alguien lo llama afuera, se para, la mira y le dice “si habla mató a su compañero y a su tío el inspector de policía”, con esas palabras salió corriendo por detrás de la casa.

Fulvia en ese momento sale al baño a vomitar, se baña y rompe en llanto. Empieza a sentir un dolor intenso en la espalda baja, se pregunta una y otra vez ¿por qué ese hombre le hizo tanto daño?, reaccionó un segundo, y sale corriendo de su casa pensando que podrían volver.

Se dirige a la casa de su amiga, Chila. El cuerpo de ella reflejaba dolor, angustia y temor, pues no eran necesarias las palabras para saber lo que había pasado, su amiga lo supo al instante al verla, y le dice: “mija, no vaya a decir nada porque esto está muy peligroso”. Ella también estaba asustada porque hacía poco habían asesinado a su hijo.

Fulvia, sin ninguna otra opción vuelve a su casa para comentarle a su pareja que regresaba al pueblo con sus padres porque se sentía mal, sin contarle ni el más mínimo detalle de lo que había sucedido por el miedo que se apoderaba de su mente al recordar las amenazas.

Días después sintió fuertes dolores de cabeza y a la vez fueron apareciendo granos en todo su cuerpo, así que ingresó al hospital San José de Popayán. Le realizaron varios exámenes, sin tener resultado alguno, además fue aislada de los demás pacientes sin comentarle el porqué.

Los médicos al analizar los exámenes le preguntan a Fulvia si había mantenido relaciones sexuales con otros hombres, a lo que ella prefirió callar por miedo y vergüenza de que su verdad fuera juzgada y no aceptada.

Le explican en el hospital que había contraído una enfermedad de transmisión sexual y es por ello que la tenían aislada. Además, le informan que era necesario hacerle un legrado, porque era un peligro para la vida tanto de ella como del bebé, pero se negó rotundamente a perder a su hijo.

Asimismo, les pidió a los médicos no contarle a su pareja la razón por la que se encontraba allí, no era capaz de mirarlo a los ojos y expresarle lo que le había paso, por la vergüenza que esto le causaba. Estuvo un mes hospitalizada, salió con un tratamiento estricto para lograr una recuperación efectiva.

En diciembre de 1990 el conflicto armado llenó de miedo la población que se ubicaba en el corregimiento de Uribe, Cauca. Las personas tenían pánico de ser asesinadas como sus vecinos, amigos y familiares, así que, la mayoría de la población empezó a desplazarse a pueblos aledaños o, como Fulvia y su familia a Popayán.

Llegaron a la ciudad con la esperanza de escapar de la violencia y encontrar estabilidad económica. A los dos meses nace su bebé y a los pocos días Fulvia empieza a trabajar en casas de familia, la relación con su compañero decaía ya que ella no quería tener relaciones sexuales por el miedo de contagiarlo.

Su tratamiento duró dos años y debía realizarse exámenes cada tres meses, hasta que un día, su médico confirmó que se encontraba sana, libre de enfermedad.

No obstante, Fulvia extrañaba el campo; el poder obtener los alimentos de la tierra y llevar una vida más tranquila. Pero con el tiempo se acostumbró a la ciudad, y con el transcurso de los años la economía familiar mejoró, pudo restablecer su relación con su marido y después de algunos años tuvo a su tercer hijo.

Pero, un día la pareja de Fulvia sale a comprar una gallina para el almuerzo y no vuelve. Un día después, aparece con síntomas de haber sido víctima de escopolamina, lo llevan a urgencias y lo internan en cuidados intensivos. “Cuando le dan de alta, él no vuelve hacer el mismo y tiene problemas para encontrar trabajo”.

Así que Fulvia se hizo cargo de todos los gastos del hogar. La situación cada vez empeoraba más puesto que, su pareja salía una y otra vez a embriagarse, siempre llegaba a maltratarla, hasta que cansada de los abusos, tuvo que denunciarlo y pasó un tiempo en la cárcel. Ella siguió trabajando para poder cuidar de sus hijos y tomó la decisión de dejarlo.

Una esperanza que traería dolor a mi alma

En el año 1998 conoció a un hombre, “era muy bueno conmigo y atento con mis hijos, ¿a quién no le gusta eso?”, se enamoraron y decidieron casarse por la iglesia en 1999. Trabajaron juntos para poder tener un hogar propio y para 2000 nació su hija, quien fue el mayor impulso para seguir luchando por una vida distinta, por muchos años fueron una familia estable. A pesar de ello, llegó la monotonía y las deudas, fracturando la relación.

A mediados del 2013 su pareja le confiesa que la engañaba y no quería vivir más con ella, “me maltrataba psicológicamente y yo no era consciente de ello”, Fulvia pensaba que debía intentar de alguna forma u otra recuperar la relación, ya que había compartido más de 15 años con este hombre, pero la negación de él era definitiva. 

Llegó su pareja una mañana del 4 de diciembre del 2013 y le dijo: “te voy a hacer algo para que me cojas rabia” pero, ella lo toma como algo sin importancia. Esa noche, él llega borracho como de costumbre, “subimos a la habitación”, y el de un momento a otro la acuesta boca abajo, le coloca sus manos en la espalda, mientras le decía: “cógeme rabia, cógeme rabia”.

Fulvia entrecorta sus palabras, hace una pausa y baja la mirada, para continuar contando, el dolor que recorría toda su piel en ese momento, “gritaba con todas mis fuerzas”, logró apartarlo de ella y salió corriendo a coger un taxi que la llevó a un hospital. Lloraba con un nudo en la garganta, “no sé qué me dolía más si mis partes íntimas o mi alma”. 

En el hospital, recibió de nuevo un trato hostil donde le hicieron preguntas que Fulvia se negó a responder, pues no quería contestar quien la había agredido, aún le costaba creer que el hombre con el que había compartido tantos años de su vida y había amado tanto la hubiera lastimado de esa manera.

Tras pasar por un consultorio psicológico, pidió ayuda puesto que no quería volver a casa, sentía que el miedo y el dolor en el corazón se apoderaba de todo su cuerpo al pensar en su hogar.

Sin embargo, se vio obligada a regresar, se encerró en el cuarto a llorar hasta que el mismo llanto la durmió. La mañana siguiente recibió la llamada de su esposo, pidiéndole perdón y justificando su agresión por los efectos del alcohol, le decía: “¿qué pomada le llevó?”, “¿qué remedio necesita?”, como si la violencia sexual fuera un daño mínimo en el cuerpo, pero más que eso, el daño son las huellas que deja en la vida de cada mujer.

Del perdón al cambio de vida

Fueron momentos difíciles para Fulvia comprender y reconocer que el mejor paso para su paz interior era perdonar, para lograr liberar aquel dolor y poder sanar. Lo cual generó un despertar en su corazón que la ayudó en su proceso de liderazgo en el futuro.

Con el tiempo, tuvo el coraje de conversar con su agresor, lo tomó de las manos y le dijo: “te perdono” mirándolo a los ojos, continuó, “no te envío a la cárcel, porque no hay peor cárcel que la mente, sino la sabes manejar te enloqueces”.

Con esa frase, dejó al hombre con el que compartió muchos años de su vida. Habló con sus hijos, les pidió ayuda para poder alquilar un apartamento y estar sola. Desde ese día comenzó a reconstruir un hogar con su madre, sus hijos y nietos.

Su vida empezó a cambiar cuando fue consciente de todos los daños que le habían ocasionado, y los derechos de los que era sujeta y nadie le podía arrebatar. Un día decidió no callar más y narra a sus vecinas, esos hechos que debió enfrentar y que marcaron su vida, ellas por su parte hicieron lo mismo, coincidieron en haber vivido situaciones similares, motivo que las ayudó a tal punto que deciden hacerle un reconocimiento especial, desde ese momento Fulvia se convierte en lideresa, esto permitió que se acercara más a ellas, escucharlas y sentirse acompañada, más aún en un territorio como Popayán que ha sido escenario de tanta violencia. Así, fue como nació el proyecto, Mujeres Ahorradoras en Acción.

Al mismo tiempo, asistía a unos encuentros de una iglesia cristiana, que le ayudó a sanar su corazón, a tomar la decisión de perdonar. “Perdono a quienes decidieron hacer con mi cuerpo lo que quisieron y yo no pude decidir”, entró en una etapa de aprendizaje y desaprendizaje.

Fulvia reconoce que todo lo que ha logrado es gracias a los procesos que ha adelantado con diferentes instituciones. Logró hacer un diplomado en acompañamiento psicosocial, en el cual conoció a mujeres de varios departamentos que contaban historias muy parecidas a la de ella.

Comprobó nuevamente que no era la única que había sufrido violencia sexual por grupos armados. Ese día sintió que debía hablar sobre lo que a ella le había sucedido, a pesar de ese miedo que aún la acompañaba.

Ya en el 2014, Fulvia decide denunciar que fue víctima de violencia sexual en el marco del conflicto armado. A la vez, se convierte en lideresa de la organización, las Tamboreras del Cauca.

Mujeres que colectivamente trabajan por los derechos de las víctimas de violencia sexual, junto con cantos como: “tamborcito, tamborcito, ayúdame a cantar para que salga mi voz, para que salga mi voz y que llegue a donde tenga que llegar...” buscan la sanación de las víctimas. El proyecto las ha hecho merecedoras de varios reconocimientos y les ha posibilitado llegar a diversos países para ayudar a otras mujeres a sanar.

Igualmente, en el 2014, se vincula a la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales, entidad que reúne a más de 600 mujeres víctimas de violencia sexual alrededor del país. Por su trabajo con las víctimas, fue asignada como coordinadora regional de la Red.

Con todo el proceso y el trabajo que ha realizado, Fulvia, ahora es reconocida como una mujer que conoce sus derechos y lucha por otras mujeres que no tienen las herramientas y el apoyo para hacerlo.

Actualmente, Fulvia quiere seguir trabajando en procesos de reconciliación, perdón, justicia, paz, verdad y no repetición, para ello cuenta con un don especial, se trata de su canto que le ha permitido sanar su alma y ayudar a muchas más en este proceso, por eso termina cantando: “A pesar de todo, aquí estoy puesta, los pájaros sueltos y mi alma de fiesta” ...

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Los ojos que hablan

“A pesar de todo, aquí estoy puesta, los pájaros sueltos y mi alma de fiesta” ... 

 

fulvia

En el marco de la investigación realizada en el año 2019 por la Universidad Central: “El quehacer periodístico en Colombia y su aporte en el fortalecimiento de los procesos de Memoria Histórica en los casos de violencia sexual de mujeres en el marco del conflicto armado colombiano”, estudiantes del Programa de Comunicación Social y Periodismo, escribieron como productos de la investigación periodística, 8 crónicas en las que narran las historias de vida de mujeres víctimas y sobrevivientes de violencia sexual, haciéndo un énfasis especial en sus procesos de reparación personal.  La investigación y el acercamiento a las mujeres víctimas y profesionales, se hizo a través de procesos  de escucha profunda; entendiendo a las mujeres como agentes transformadores y pilares para un proceso de paz duradero.

En estas crónicas se busca incidir y dar cuenta de cómo desde la comunicación se pueden hacer procesos de reparación, resguardando en el seno de la memoria las historias de mujeres que han afrontado momentos de violencia y, que han tenido la capacidad, de apostar a una nueva Colombia mediante un camino de paz.  

A continuación pueden leer cada una de las crónicas realizadas: 

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Este es el canto de Fulvia Chungana, quien pese al dolor que le dejó la violencia, decidió perdonar y ayudar a otras mujeres víctimas de violencia sexual.

Por: Angie Vargas Ballestero 

 

Altiva, ojos marrones, cabello largo y oscuro con visos canosos y sonrisa particular, así es Fulvia, quien está de acuerdo conmigo cuando le menciono el famoso dicho: “los ojos son el espejo del alma” y queremos pensar que es cierto, cuando realmente se observa a una persona con detenimiento se ve en su rostro una historia de vida. Esto sucedió con ella, cuya mirada evidencia que ha sufrido y que pese a eso brinda amor.

Mirada alegre y opaca al mismo tiempo, figura armónica y piel mestiza… Así, es esta mujer nacida en el corregimiento de Uribe, municipio del Tambo, ubicado en el departamento del Cauca, al sur de Colombia, la cual en reiteradas ocasiones dice como lo reza la canción: “Al mal tiempo. Buena cara”.

Nació un día lluvioso del 28 de diciembre de 1966 en una letrina, sí, así fue, ella lo relata: “Mi mamá, una mujer sordomuda llamada Olga, estaba en trabajo de parto. Los dolores eran tan fuertes que llamaron la atención de un hombre que pasaba cerca y decidió ayudarla. Para su sorpresa, en medio de las piernas de Olga se asomaba una bebé. Sorprendido, la agarra fuertemente para salvar a la criatura. Inmediatamente, nací yo, Fulvia”. Asustado corre a buscar a Rafaela la hermana de Olga, cuando vuelve con ella a la letrina evidencia el maltrato del que es víctima Olga por parte de su hermana, ante esa situación él decide protegerla. Desde ese día Olga y Segundo se convierten en compañeros de vida.

Pasado un año nace la primera hermana de Fulvia y después de tres años ya tenía cuatro hermanos. Sonríe y sus ojos se iluminan al mencionar los juegos y tiempos que pasaba con sus hermanos durante la infancia. Pero al crecer, en su adolescencia su vida se torna no tan grata y su sonrisa se desvanece al recordar los golpes que le proporcionaba su madre en aquella época.

Un día, cuando tenía 14 años, la tía de Fulvia le contó por qué su madre era tan dura con ella, y es que Olga desde joven fue varias veces sometida sexualmente por hombres que trabajaban en el cafetal, cerca de su hogar, aprovechándose de que era sorda. El resultado de una de esas violaciones fue Fulvia.

Sin juzgarla ni alimentar odio o rencor, Fulvia comprendió el porqué de la rabia de su madre y lo difícil que tuvo que ser para ella, ser víctima de tantos abusos sin poder comunicar y denunciar todo el dolor que le estaban causando. Muchos años después, Fulvia siente que logró perdonar a su madre, además de comprender el arduo trabajo de criar a 5 hijos.

Unos meses más tarde Fulvia decide junto con una amiga irse a trabajar a la ciudad de Popayán, donde se emplea en una cafetería del terminal de transporte. Tiempo después decide visitar a su familia y vuelve a casa de sus padres, por esos días aparece un novio del pasado y al poco tiempo deciden irse a vivir juntos.

Como fruto de este amor quedó embarazada por primera vez, esto la llenó de esperanza e ilusión por una vida mejor, sin embargo, el bebé nació con problemas de salud y murió a los pocos días.

Meses después se entera que está nuevamente embarazada, Fulvia estaba feliz con su nuevo papel de madre, sin olvidar a el hijo que perdió.

Durante los primeros meses del año de 1990, su compañero consigue trabajo en construcción, exactamente, en los Cerros de Santana, Cauca. Fulvia con aproximadamente cuatro meses de embarazo de su segundo hijo, decide acompañarlo y dejar a su hija con sus padres. “En ese momento comienza una nueva etapa en mi vida, que en verdad me marcaría para siempre”.

Para ella era muy normal que la guerrilla estuviera en la zona “ellos cuidaban”; realizaban sus reuniones en el pueblo y estaban organizando la inauguración del puesto de salud. “Estos hombres no se metían con nosotros, eso creía yo”.

Violencia, dolor y secuelas irreparables

Recuerda un día del mes de mayo de 1990, parecía como cualquier otro. Pero, ese día escuchó la marcha del octavo frente de la Fuerzas Armadas Revolucionarias, FARC, se encontraba lavando una cebolla blanca para el almuerzo.

De pronto por la parte de atrás de la casa, ve tres guerrilleros; uno pasa por el costado, pero no le da importancia. Sin embargo, otro de ellos; de tez morena, rasgos aindiados y con un olor fétido impregnado en él, la saluda y le pide agua hervida, a lo que Fulvia le contesta que no tiene, pero le ofrece una taza de café, la que él acepta y le sigue al fondo de la casa donde se encontraba la cocina.

Allí la toma por detrás, la tira al piso, la amenazaba todo el tiempo en la cara con un fusil, mientras rasgaba su ropa. “Me decía que me quedara calladita porque si no me mataba”, Ella estaba asustada porque temía perder nuevamente un hijo: “yo creía que en cualquier momento acabaría con mi vida”

Escuchaba ruidos en el exterior de la casa, “a lo lejos cantaban: el pueblo unido jamás será vencido”. Su voz se exalta al mencionar que odia ese coro, porque mientras ella adentro suplicaba no ser lastimada.

Fulvia pensaba en esos instantes: “tengo dos opciones, dejar que suceda o que él me mate. Me impregnó en la piel su aroma fétido y fuerte”. Su voz se entrecorta y sus ojos se nublan cuando recuerda este hecho que le hacía pensar en que era mejor estar muerta que vivir.

Alguien lo llama afuera, se para, la mira y le dice “si habla mató a su compañero y a su tío el inspector de policía”, con esas palabras salió corriendo por detrás de la casa.

Fulvia en ese momento sale al baño a vomitar, se baña y rompe en llanto. Empieza a sentir un dolor intenso en la espalda baja, se pregunta una y otra vez ¿por qué ese hombre le hizo tanto daño?, reaccionó un segundo, y sale corriendo de su casa pensando que podrían volver.

Se dirige a la casa de su amiga, Chila. El cuerpo de ella reflejaba dolor, angustia y temor, pues no eran necesarias las palabras para saber lo que había pasado, su amiga lo supo al instante al verla, y le dice: “mija, no vaya a decir nada porque esto está muy peligroso”. Ella también estaba asustada porque hacía poco habían asesinado a su hijo.

Fulvia, sin ninguna otra opción vuelve a su casa para comentarle a su pareja que regresaba al pueblo con sus padres porque se sentía mal, sin contarle ni el más mínimo detalle de lo que había sucedido por el miedo que se apoderaba de su mente al recordar las amenazas.

Días después sintió fuertes dolores de cabeza y a la vez fueron apareciendo granos en todo su cuerpo, así que ingresó al hospital San José de Popayán. Le realizaron varios exámenes, sin tener resultado alguno, además fue aislada de los demás pacientes sin comentarle el porqué.

Los médicos al analizar los exámenes le preguntan a Fulvia si había mantenido relaciones sexuales con otros hombres, a lo que ella prefirió callar por miedo y vergüenza de que su verdad fuera juzgada y no aceptada.

Le explican en el hospital que había contraído una enfermedad de transmisión sexual y es por ello que la tenían aislada. Además, le informan que era necesario hacerle un legrado, porque era un peligro para la vida tanto de ella como del bebé, pero se negó rotundamente a perder a su hijo.

Asimismo, les pidió a los médicos no contarle a su pareja la razón por la que se encontraba allí, no era capaz de mirarlo a los ojos y expresarle lo que le había paso, por la vergüenza que esto le causaba. Estuvo un mes hospitalizada, salió con un tratamiento estricto para lograr una recuperación efectiva.

En diciembre de 1990 el conflicto armado llenó de miedo la población que se ubicaba en el corregimiento de Uribe, Cauca. Las personas tenían pánico de ser asesinadas como sus vecinos, amigos y familiares, así que, la mayoría de la población empezó a desplazarse a pueblos aledaños o, como Fulvia y su familia a Popayán.

Llegaron a la ciudad con la esperanza de escapar de la violencia y encontrar estabilidad económica. A los dos meses nace su bebé y a los pocos días Fulvia empieza a trabajar en casas de familia, la relación con su compañero decaía ya que ella no quería tener relaciones sexuales por el miedo de contagiarlo.

Su tratamiento duró dos años y debía realizarse exámenes cada tres meses, hasta que un día, su médico confirmó que se encontraba sana, libre de enfermedad.

No obstante, Fulvia extrañaba el campo; el poder obtener los alimentos de la tierra y llevar una vida más tranquila. Pero con el tiempo se acostumbró a la ciudad, y con el transcurso de los años la economía familiar mejoró, pudo restablecer su relación con su marido y después de algunos años tuvo a su tercer hijo.

Pero, un día la pareja de Fulvia sale a comprar una gallina para el almuerzo y no vuelve. Un día después, aparece con síntomas de haber sido víctima de escopolamina, lo llevan a urgencias y lo internan en cuidados intensivos. “Cuando le dan de alta, él no vuelve hacer el mismo y tiene problemas para encontrar trabajo”.

Así que Fulvia se hizo cargo de todos los gastos del hogar. La situación cada vez empeoraba más puesto que, su pareja salía una y otra vez a embriagarse, siempre llegaba a maltratarla, hasta que cansada de los abusos, tuvo que denunciarlo y pasó un tiempo en la cárcel. Ella siguió trabajando para poder cuidar de sus hijos y tomó la decisión de dejarlo.

Una esperanza que traería dolor a mi alma

En el año 1998 conoció a un hombre, “era muy bueno conmigo y atento con mis hijos, ¿a quién no le gusta eso?”, se enamoraron y decidieron casarse por la iglesia en 1999. Trabajaron juntos para poder tener un hogar propio y para 2000 nació su hija, quien fue el mayor impulso para seguir luchando por una vida distinta, por muchos años fueron una familia estable. A pesar de ello, llegó la monotonía y las deudas, fracturando la relación.

A mediados del 2013 su pareja le confiesa que la engañaba y no quería vivir más con ella, “me maltrataba psicológicamente y yo no era consciente de ello”, Fulvia pensaba que debía intentar de alguna forma u otra recuperar la relación, ya que había compartido más de 15 años con este hombre, pero la negación de él era definitiva. 

Llegó su pareja una mañana del 4 de diciembre del 2013 y le dijo: “te voy a hacer algo para que me cojas rabia” pero, ella lo toma como algo sin importancia. Esa noche, él llega borracho como de costumbre, “subimos a la habitación”, y el de un momento a otro la acuesta boca abajo, le coloca sus manos en la espalda, mientras le decía: “cógeme rabia, cógeme rabia”.

Fulvia entrecorta sus palabras, hace una pausa y baja la mirada, para continuar contando, el dolor que recorría toda su piel en ese momento, “gritaba con todas mis fuerzas”, logró apartarlo de ella y salió corriendo a coger un taxi que la llevó a un hospital. Lloraba con un nudo en la garganta, “no sé qué me dolía más si mis partes íntimas o mi alma”. 

En el hospital, recibió de nuevo un trato hostil donde le hicieron preguntas que Fulvia se negó a responder, pues no quería contestar quien la había agredido, aún le costaba creer que el hombre con el que había compartido tantos años de su vida y había amado tanto la hubiera lastimado de esa manera.

Tras pasar por un consultorio psicológico, pidió ayuda puesto que no quería volver a casa, sentía que el miedo y el dolor en el corazón se apoderaba de todo su cuerpo al pensar en su hogar.

Sin embargo, se vio obligada a regresar, se encerró en el cuarto a llorar hasta que el mismo llanto la durmió. La mañana siguiente recibió la llamada de su esposo, pidiéndole perdón y justificando su agresión por los efectos del alcohol, le decía: “¿qué pomada le llevó?”, “¿qué remedio necesita?”, como si la violencia sexual fuera un daño mínimo en el cuerpo, pero más que eso, el daño son las huellas que deja en la vida de cada mujer.

Del perdón al cambio de vida

Fueron momentos difíciles para Fulvia comprender y reconocer que el mejor paso para su paz interior era perdonar, para lograr liberar aquel dolor y poder sanar. Lo cual generó un despertar en su corazón que la ayudó en su proceso de liderazgo en el futuro.

Con el tiempo, tuvo el coraje de conversar con su agresor, lo tomó de las manos y le dijo: “te perdono” mirándolo a los ojos, continuó, “no te envío a la cárcel, porque no hay peor cárcel que la mente, sino la sabes manejar te enloqueces”.

Con esa frase, dejó al hombre con el que compartió muchos años de su vida. Habló con sus hijos, les pidió ayuda para poder alquilar un apartamento y estar sola. Desde ese día comenzó a reconstruir un hogar con su madre, sus hijos y nietos.

Su vida empezó a cambiar cuando fue consciente de todos los daños que le habían ocasionado, y los derechos de los que era sujeta y nadie le podía arrebatar. Un día decidió no callar más y narra a sus vecinas, esos hechos que debió enfrentar y que marcaron su vida, ellas por su parte hicieron lo mismo, coincidieron en haber vivido situaciones similares, motivo que las ayudó a tal punto que deciden hacerle un reconocimiento especial, desde ese momento Fulvia se convierte en lideresa, esto permitió que se acercara más a ellas, escucharlas y sentirse acompañada, más aún en un territorio como Popayán que ha sido escenario de tanta violencia. Así, fue como nació el proyecto, Mujeres Ahorradoras en Acción.

Al mismo tiempo, asistía a unos encuentros de una iglesia cristiana, que le ayudó a sanar su corazón, a tomar la decisión de perdonar. “Perdono a quienes decidieron hacer con mi cuerpo lo que quisieron y yo no pude decidir”, entró en una etapa de aprendizaje y desaprendizaje.

Fulvia reconoce que todo lo que ha logrado es gracias a los procesos que ha adelantado con diferentes instituciones. Logró hacer un diplomado en acompañamiento psicosocial, en el cual conoció a mujeres de varios departamentos que contaban historias muy parecidas a la de ella.

Comprobó nuevamente que no era la única que había sufrido violencia sexual por grupos armados. Ese día sintió que debía hablar sobre lo que a ella le había sucedido, a pesar de ese miedo que aún la acompañaba.

Ya en el 2014, Fulvia decide denunciar que fue víctima de violencia sexual en el marco del conflicto armado. A la vez, se convierte en lideresa de la organización, las Tamboreras del Cauca.

Mujeres que colectivamente trabajan por los derechos de las víctimas de violencia sexual, junto con cantos como: “tamborcito, tamborcito, ayúdame a cantar para que salga mi voz, para que salga mi voz y que llegue a donde tenga que llegar...” buscan la sanación de las víctimas. El proyecto las ha hecho merecedoras de varios reconocimientos y les ha posibilitado llegar a diversos países para ayudar a otras mujeres a sanar.

Igualmente, en el 2014, se vincula a la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales, entidad que reúne a más de 600 mujeres víctimas de violencia sexual alrededor del país. Por su trabajo con las víctimas, fue asignada como coordinadora regional de la Red.

Con todo el proceso y el trabajo que ha realizado, Fulvia, ahora es reconocida como una mujer que conoce sus derechos y lucha por otras mujeres que no tienen las herramientas y el apoyo para hacerlo.

Actualmente, Fulvia quiere seguir trabajando en procesos de reconciliación, perdón, justicia, paz, verdad y no repetición, para ello cuenta con un don especial, se trata de su canto que le ha permitido sanar su alma y ayudar a muchas más en este proceso, por eso termina cantando: “A pesar de todo, aquí estoy puesta, los pájaros sueltos y mi alma de fiesta” ...

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