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Luz Dary, luchadora por convicción y soñadora de paz

“Alegría y resistencia”

Luz

En el marco de la investigación realizada en el año 2019 por la Universidad Central: “El quehacer periodístico en Colombia y su aporte en el fortalecimiento de los procesos de Memoria Histórica en los casos de violencia sexual de mujeres en el marco del conflicto armado colombiano”, estudiantes del Programa de Comunicación Social y Periodismo, escribieron como productos de la investigación periodística, 8 crónicas en las que narran las historias de vida de mujeres víctimas y sobrevivientes de violencia sexual, haciéndo un énfasis especial en sus procesos de reparación personal.  La investigación y el acercamiento a las mujeres víctimas y profesionales, se hizo a través de procesos  de escucha profunda; entendiendo a las mujeres como agentes transformadores y pilares para un proceso de paz duradero.

En estas crónicas se busca incidir y dar cuenta de cómo desde la comunicación se pueden hacer procesos de reparación, resguardando en el seno de la memoria las historias de mujeres que han afrontado momentos de violencia y, que han tenido la capacidad, de apostar a una nueva Colombia mediante un camino de paz.  

A continuación pueden leer cada una de las crónicas realizadas: 

Por: Paula Alejandra Moncada Morales

¿Quién perturba la paz de este lindo y hermoso hogar? Es lo primero que ella pregunta cuando alguien llama a la puerta, la tienda que tiene a la entrada de su casa, le impide en muchas ocasiones tener una conversación continua con cualquier persona.

Respira, cruza sus manos, sin dejar de pensar en lo cruel que es la labor de recordar, aún más cuando su infancia fue un pronóstico de lo que tendría que soportar y sufrir durante la mayor parte de su vida, tanto, que es imposible recordar cada episodio.

A los 6 años de edad, se vio obligada a recorrer las calles de Palmira, Valle, vendiendo tomates y cebollas, debía ayudar a su madre con el sustento del hogar. Cuando cumplió 7 años, es decir, en 1978, vendía manzanas y como no podía llegar a casa tan siquiera con una de las frutas, ya que los castigos que su madre le proporcionaba eran muy fuertes, se veía obligada a ingresar a las cantinas para rogar a los borrachos que compraran por lo menos una. 

- “Mi mamá nunca quiso a las mujeres”-, es una de las pocas conclusiones que ha podido sacar con el tiempo, para intentar encontrar una respuesta a por qué su madre le causó tanto daño desde pequeña. No puede olvidar el terror que sentía cada día cuando eran las 4:00 p.m., pues era la hora en que su mamá llegaba, y la angustia sentida durante todo el día se hacía efectiva. 

“¡Puta!, ¡Malparida!, ¡Eres un feto!, ¡un vómito!, lo que sirves es para puta”. Era lo que escuchaba mientras ‘Fabiola’ (así es como se hace llamar su mamá) la golpeaba. Mientras tanto, ella resistía y resistía porque, era su mamá, la persona que, supuestamente, debía protegerla; cuidarla de las cosas malas del mundo, sin embargo, en poco tiempo comprendió que el infierno estaba en su casa. 

Aun así, lo peor estaba por venir, a las 5:00 p.m., llegaba su padrastro, y aunque su mamá siempre le enseñó a decirle papá, ella nunca lo sintió como tal. Le era imposible soportar cuando todas las noches llegaba borracho y le pegaba no solo a ella, sino a sus hermanos y a su mamá. Cuando, las cosas se ponían más difíciles, se iba con sus hermanos más pequeños al Centro de Atención Inmediata, CAI, del barrio en que vivían, allí los dejaban dormir en las celdas, no había una gran diferencia con su casa y sus camas que eran de ladrillo con cartón encima. 

Con la cabeza abajo y la voz entrecortada dice: - “…nosotros no supimos que será tener una niñez”-, - “no supimos que era un regalo”-, se detiene y alza la cabeza un momento para reírse de la sopa de arroz, ya que era lo único que les daban de comer. La olla siempre estaba llena de sopa, de sopa de arroz. Aún hoy se niega rotundamente a comer sopa de Arroz.

Es la quinta de seis hermanos, al mayor lo regalaron, y los demás desde muy pequeños se fueron de la casa, actualmente, se encuentran cada uno en lugares diferentes, José Alexander, vive en una finca en Buga, María Carmen (quien tuvo mellizos a los 11 años), lleva desaparecida 10 y “Frijolito”, con quien fue muy cercana, actualmente, vive en Medellín, del hermano o hermana faltante, no conoce su paradero.

Once años: la edad no deseada

Cuando cumplió 10 años, y estaba a punto de hacer la primera comunión, fue llevada por su mamá a conocer a sus cinco posibles papás. La obligó a ir en varias ocasiones a la casa de cada uno de ellos, presentarse, decir que era la hija, y que venía a recoger una plata que su mamá le había dicho, mientras esta última la vigilaba en la esquina de cada una de las casas. La enorme vergüenza que le dio pasar por esto, aún la tiene, y muy vigente. 

No olvida, no puede olvidar la casa de Héctor. Era el mismo protocolo: llegaba, tocaba la puerta, él le abría, y ella tenía que decir que era su hija y pedir el dinero. Sin embargo, en cuanto entró, él lanzó su mano y le arrancó la ropa interior, la rasgó. Ella salió a correr por una pequeña bodega que había dentro de la casa, pues pensó que él la iba a matar, se escondió a pesar de los llamados que él le hacía, prometiéndole que le daría el dinero si paraba de gritar, nada valió para que ella parara. Logró salir de aquella casa corriendo, sin importarle los golpes que seguramente su mamá le iba a dar.

Poco después, nuevamente, fue obligada a ir a la casa de Héctor a pedirle dinero, pero por fortuna en posteriores ocasiones la recibió la madre de Héctor, su posible abuela, quien fue muy cariñosa y amable con ella, le ayudaba comprándole sus frutas y la llevaba en ocasiones a la casa de unas, quizá, primas para que jugara y pudiera tener así fuera por un rato la vida de cualquier otra niña. Fue la primera persona que sintió que la quería, aún la hace llorar la noticia que recibió unos meses más tarde, su “abuela” había fallecido.

La posible abuela, a quien ella considera la verdadera, dado el amor incondicional que le brindó, nunca permitió que Héctor le hiciera daño, no obstante, hubo un hombre que sí logró marcar su vida, impregnarle dolor y deteriorar su alma, se trató de su padrastro. Sin ser consciente de lo que estaba pasando, ella no tenía como reconocer que cuando él la llevaba a escondidas de su mamá y la tocaba, estaba pasando algo malo, algo que podría acabar en algo peor. Y pasó, a sus 11 años por primera vez, estando en un río, fue violada por su padrastro, quien días después intentó hacerlo, nuevamente, pero la creciente del río la salvó, pues la corriente era tan fuerte que le fue imposible. - “Creo que hasta el río se opuso y me ayudó para que no me hiciera más daño”-, dice Luz Dary, mientras sus ojos se nublan y aprieta sus manos.  

Luego de unos instantes, Milena, que es como conocen a Luz Dary en su localidad, respira y recuerda: - “Mi madre me decía constantemente: “los hombres tienen un palo entre las piernas que nos causa dolor”, entonces cuando mi abuela me preguntó si Héctor había intentado hacerme algo malo, le respondí que sí, que me había intentado matar con un palo que tenía entre el pantalón”-. 

A largo de su infancia, la inocencia de Luz Dary fue puesta a prueba. Ni los golpes, ni el abuso, ni la violencia que se ensañó con cada parte de su vida, pudieron quitársela, fue su defensa en medio del horror que vivía. Se puede decir, que aun en su adultez conserva parte de esa inocencia, que pesar de haber pasado por momentos tan dolorosos aún cree en las personas, en las buenas intenciones de estas e intenta ayudar con las pocas herramientas que tiene. 

Por la misma época, aún sin haber cumplido los 12 años, su madre ya había decidido quien sería su futuro esposo, un hombre de 76 años. Hábilmente, su madre la usaba para para beneficiarse. Luz Dary, tenía que pedirle mercado, cigarrillos, alcohol, todo lo que su mamá le dijera; y para que él creyera que la niña necesitaba todo eso, la obligaban a beber licor y a fumar en su presencia. Acomodaron dentro de la casa un cuarto para ellos dos, y en las tardes él la llevaba a dentro, tocaba cada parte de su cuerpo. Al principio ella sentía asco y miedo, luego el cuidado y el amor que le brindaba Zambrano, que es como le decían al señor, se convirtió en un refugio. Un refugio que se disfrazada como seguro, amoroso, protector, pero que en el fondo era constante abuso hacia ella. 

A los 14 años, el padrastro decidió no volverla dejar salir a la calle, según él ya se estaba formando como mujer, no podía estar en la calle como una cualquiera. De igual manera, le prohibieron continuar sus estudios, por eso, nunca avanzó de la primaria básica. Jamás pudo hacer tareas ni tener un buen rendimiento, le metieron en la cabeza que ella no servía para nada, que no le entraba el estudio.

Comenzó a trabajar haciendo aseo en una casa vecina. Tiempo después la dueña le ofreció quedarse allí con su hijo, quien afirmaba que él sentía amor hacia Luz Dary. No lo pensó ni un segundo para aceptar, quería escapar de las constantes golpizas que recibía, además de evadir su posible futuro con Zambrano.

Esposa y trabajadora sexual

A sus 15 años inició la etapa como esposa de Rodrigo, hijo de su patrona; en su primera noche con él estaba llena de pavor, temía que él fuera a abusar de ella, pero Rodrigo la tranquilizó y le prometió que no le haría nada. Los primeros 15 días, mantuvo su promesa, pero al día 16, le exigió que cumpliera su deber, asustada y sin ningún deseo, se vio obligada a aceptar, y así, a la fuerza, durante años mantuvo relaciones con él, quien resultó ser solo otro calvario para ella; no le permitía trabajar, la golpeaba; aun estando embarazada, la mantenía encerrada en la casa por días. Producto de esta relación, tuvieron dos hijos, Fabián y Leidy.  

Con la ayuda de una amiga del inquilinato donde vivían, logró separarse de Rodrigo para nunca más volver con él, lo abandonó a pesar de que estaba embarazada de su segundo bebé; una niña. Volvió a vivir en casa de su madre con sus hijos, y luego de estar hospitalizada unos meses por complicaciones derivadas del parto de su hija, sería su madre quien se haría cargo de criar a los pequeños, toda vez que ella se convirtió en trabajadora sexual, para poder sustentar los gastos tanto de los hijos como de su madre. - “Así, trabajé por casi 20 años”- hecho que marcaría toda su vida.

En su cara se dibuja una tímida sonrisa cuando habla de la etapa que transformó su vida. Tras haberse recuperado de los tres meses que estuvo postrada en la cama del hospital, decidió ir a trabajar a un “casino” donde su prima le había propuesto, no tenía idea de qué era un casino, pero aceptó, ya que las necesidades económicas en su casa eran apremiantes.

Con 19 años, ya corría 1991, cuando llegó a un pequeño bar en Yumbo, Valle, donde aprendió, rápidamente, que lo que debía hacer era incitar a los clientes a consumir más licor para recibir una comisión y aunque entendía que después tenía que pasar al cuarto con ellos, se rehusó a hacerlo los dos primeros días. Al tercer día, luego de una golpiza por parte de su prima, tuvo sexo con los clientes.

Posteriormente, estuvo trabajando tres meses en Yumbo, luego se fue a Pereira por un mes, y después de eso, por recomendación de una amiga, se fue a trabajar al Guamo, Tolima; sin embargo, luego de 6 meses allí, debido a que un hombre muy respetado en el Municipio conocido como “el burro”, quería tener una relación con ella a toda costa, acosándola la mayor parte del tiempo, decidió emigrar a Bogotá, en 1992, ya que, temía la reacción de éste a la constante negativa que ella le mostraba.

Nueva identidad 

En la capital del país, llega a la calle 19 con carrera 13. Abre un poco más los ojos y dice: - “Aquí en Bogotá me avispé, cuando habla de cómo trabajaba en la ciudad, enfatiza. - “Llegaba a trabajar hasta 20 horas diarias, creo que en un día alcanzaba a tener relaciones con alrededor de 50 o 60 hombres distintos”-, lo que le permitía enviarle considerables sumas de dinero a su mamá para el sustento de sus hijos.

Durante todo ese tiempo, ella cambio, sintió que se volvía independiente, que era capaz de pagar todo a pesar del sacrificio que eso implicaba. No obstante, la tristeza en sus ojos no se esconde cuando dice: - “(…) La vida ya me valía muy poco. Me volví manipuladora, hipócrita”-, al recordar cómo cambió para poder sobrevivir en ese ambiente tan hostil, así como tener que soportar tanto tiempo algo que no quería, que se veía obligada a hacer.  

En ese momento de su vida, a los 24 años, descubrió algo importante sobre sí misma: era lesbiana, le gustan las mujeres, se dio cuenta después de sentir placer por primera vez cuando estuvo con una mujer. Tuvo relaciones sentimentales más o menos estables con algunas mujeres a través de los años, sin embargo, sus relaciones siempre estuvieron marcadas por la violencia y los abusos, pues ella en todas acabó siendo víctima o victimaria.

Hacia 1994, por las súplicas de una amiga accedió a salir con el hermano de esta, y para su sorpresa, él la trató como ningún otro hombre lo había hecho. Le llevó serenata, la invitó a comer, conoció lugares de Bogotá que jamás creyó que iba a conocer. Esa noche quedó embarazada de su tercer hijo, Mauricio. Pese a que, en los primeros meses recibió el apoyo del papá y de su familia, luego se tuvo que ver enfrentada a criar sola a su hijo menor.

Víctima del conflicto 

Transcurría 2004, durante una temporada en Palmira, Valle, un hombre mayor la invitó a pasar con él un fin de semana en su finca de Buga, a cambio de una considerable suma de dinero, oferta que ella por la condición económica de su casa no podía rechazar.

Tras pasar aquel fin de semana, el lunes esperaba la chiva que la llevaría a su casa en Palmira; pasaba sobre las 7:00 a.m., en esta ocasión no pasó, como tampoco la de las 11:00 a.m., así que con el afán de llegar a su morada para que su hijo más pequeño estuviera el menor tiempo posible con su madre, decidió bajar a pie hasta encontrar un transporte. Recuerda: - “Antes de marcharme, aquel hombre con el que pasé sábado y domingo, me dijo que si alguien preguntaba de dónde venía, afirmara que venía de la casa de mama lengua”-, ella sin entender empezó a bajar por la trocha.

Casi a mitad de camino, dos hombres uniformados, que no logró identificar si pertenecían a algún grupo armado, o si eran miembros del Ejército Nacional, la detuvieron para preguntarle de dónde venía, a lo que respondió que venía de la casa de “mama lengua", en seguida le pidieron que los acompañará a lo que ella vio de lejos era un cambuche.

El miedo se apoderó de todo su cuerpo, les preguntaba por qué, les rogó que no la llevarán allá, la imagen de sus hijos no se quitaba de su cabeza. Los uniformados le propusieron que no se la llevarían si a cambio se dejaba hacer todo cuanto quisieran. De nuevo, se repitió uno de los capítulos más dolorosos de su vida, la llevaron cerca de un palo y otra vez fue sometida...

Ella intenta contar rápidamente este episodio. El dolor producido por su padrastro sigue intacto, recordándole que el sufrimiento sería un constante en su vida. Los continuos abusos, por poco le acaban la esperanza de tener una vida diferente, de poder seguir soñando con el futuro que desea desde pequeña.

Las marcas que dejan la violencia sexual en el cuerpo de las mujeres son en muchos casos irremediables. A luz Dary, desde muy pequeña se le envió un mensaje y es que su cuerpo, sus deseos, su vida le pertenece a otros. La violencia ejercida por estos uniformados fue para ella la muestra de este persistente mensaje debido a que nuevamente se apropiaban de ella. 

  

Tiempo después, decidió irse a vivir a Manizales, donde conoció a Juan, un hombre transexual, que cambió parte del rumbo de su vida. Al poco tiempo de establecer una relación sentimental, se fueron a vivir juntos. Para dejar la prostitución, ella sacaba un puesto cerca de su casa con diferentes tipos de comida; generaba excelentes ingresos. Sin embargo, la violencia ejercida por Juan le impidió seguir con este trabajo. Durante tres años, el maltrato físico, psicológico y económico, fue destruyendo poco a poco la libertad, autoestima y fuerzas de vivir de Luz Dary, la humillación hacía ella y hacia su hijo menor fueron escalando cada vez más.

A causa de amenazas en contra de Juan, dado que durante mucho tiempo trabajó traficando drogas, tuvieron que salir como desplazados de Manizales, llegaron a Soacha. Por la difícil situación económica en la que llegaron, Luz Dary se vio obligaba a ejercer de nuevo la prostitución, durante 10 meses.

Soacha: sinónimo de libertad y cambio

En la búsqueda por un arriendo más económico, encontró parte de su libertad, esta venía en forma de mujer, algo escandalosa pero muy conocedora de los derechos que ambas tenían. Paola, una mujer transexual que todo el barrio conocía, llegó a la vida de Luz Dary para brindarle otro camino en la vida.

Después de tres meses de su primera conversación, Luz Dary recibió una llamada urgente de Paola, pidiéndole que fuera su suplente en la Mesa de Víctimas, lo que la sorprendió, desconocía de qué se trataba todo eso. Al día siguiente, tenía su primera reunión a las 8:00 a.m.

En compañía de Paola, llegó a su primera reunión en condición de víctima de violencia sexual y desplazamiento forzado. Cuando le pasaron el micrófono dijo: - “yo no sé qué estoy haciendo aquí, pero lo único que sé, es que adelante es pa’ ya y voy aprender mucho de lo que me enseñen aquí, porque yo aquí no sé ni dónde estoy parada”-. La anterior frase, representa cómo ha sido el proceso que la ha llevado a ser reconocida en Soacha como defensora de los Derechos Humanos, además, representante de la comunidad LGBTIQ.

 

El renacimiento… derechos de todxs

La transformación de Luz Dary, se vino con todo, es decir, que incluye su forma de vivir, filosofía, postura política y hasta relación de pareja. Decidió separarse de Juan porque temía que la situación terminará en un hecho irreparable. Asimismo, asistió a talleres de psicología, que le permitieron recordar e intentar sanar el dolor que le causaron tantas personas desde pequeña.

Un tiempo después, gracias a varias terapias psicológicas en las que tanto como ella y Juan asistieron, decidió darle otra oportunidad, confiando que los acuerdos que siempre quiso establecer en la relación ya se estaban haciendo efectivos.                                                                       

Pese que al principio fue difícil para ella, ya que no conocía los procesos que se adelantaban en la mesa, ya lleva tres años vinculada, peleando -como ella misma lo define – “por los derechos de las otras personas”-. Hace poco; más de un año, hace parte de la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales, en donde la orientaron y le ayudaron para denunciar oficialmente su condición de víctima de violencia sexual en el marco de conflicto armado colombiano. La Unidad de Víctimas escuchó su declaración en febrero de este año.

Realizó un pequeño curso de contabilidad en el SENA, desafiando lo que le decían desde pequeña, que no servía para estudiar, además de hacer algunos cursos de belleza. Con el tiempo se ha especializado en atención sobre Derechos Humanos, permitiéndole tener un contexto amplio sobre las violencias ejercidas hacia las mujeres, siendo ella misma una víctima desde que era pequeña.  

Aunque estuvo callada mucho tiempo, casi toda su vida, ahora, aprovecha cada espacio para denunciar, reclamar justicia, verdad y reparación. Y Como cualquier otra víctima del conflicto armado colombiano, exige una verdadera reparación, no solo para ella, sino para todas las mujeres que la rodean.

Las situaciones difíciles continúan, nunca se han detenido, sin embargo, la capacidad, resistencia y sonrisa que desea mantener siempre no dejan que Luz Dary desfallezca. Como lo hacía desde pequeña, no para de soñar, y ahora su sueño más anhelado es irse, huir, volar de todo lo que alguna vez le causó dolor. Anhela que cuando su vida termine sea en un lugar donde al fin pueda encontrar la paz que nunca ha tenido.

- “¿Quién perturba la paz de este lindo y hermoso hogar?”- Dice antes de levantarse de su cama, se para, se coloca sus chanclas y sale. Hace chistes respecto a todo, intenta ayudar a todos los que golpean la puerta su casa porque que, al fin y al cabo: “Una de las pocas cosas que más he querido en mi vida, es estar en un lindo y hermoso hogar”, y cada día continúa luchando para que así sea. 

ACTUALIDAD

Luz Dary, luchadora por convicción y soñadora de paz

“Alegría y resistencia”

Luz

En el marco de la investigación realizada en el año 2019 por la Universidad Central: “El quehacer periodístico en Colombia y su aporte en el fortalecimiento de los procesos de Memoria Histórica en los casos de violencia sexual de mujeres en el marco del conflicto armado colombiano”, estudiantes del Programa de Comunicación Social y Periodismo, escribieron como productos de la investigación periodística, 8 crónicas en las que narran las historias de vida de mujeres víctimas y sobrevivientes de violencia sexual, haciéndo un énfasis especial en sus procesos de reparación personal.  La investigación y el acercamiento a las mujeres víctimas y profesionales, se hizo a través de procesos  de escucha profunda; entendiendo a las mujeres como agentes transformadores y pilares para un proceso de paz duradero.

En estas crónicas se busca incidir y dar cuenta de cómo desde la comunicación se pueden hacer procesos de reparación, resguardando en el seno de la memoria las historias de mujeres que han afrontado momentos de violencia y, que han tenido la capacidad, de apostar a una nueva Colombia mediante un camino de paz.  

A continuación pueden leer cada una de las crónicas realizadas: 

Por: Paula Alejandra Moncada Morales

¿Quién perturba la paz de este lindo y hermoso hogar? Es lo primero que ella pregunta cuando alguien llama a la puerta, la tienda que tiene a la entrada de su casa, le impide en muchas ocasiones tener una conversación continua con cualquier persona.

Respira, cruza sus manos, sin dejar de pensar en lo cruel que es la labor de recordar, aún más cuando su infancia fue un pronóstico de lo que tendría que soportar y sufrir durante la mayor parte de su vida, tanto, que es imposible recordar cada episodio.

A los 6 años de edad, se vio obligada a recorrer las calles de Palmira, Valle, vendiendo tomates y cebollas, debía ayudar a su madre con el sustento del hogar. Cuando cumplió 7 años, es decir, en 1978, vendía manzanas y como no podía llegar a casa tan siquiera con una de las frutas, ya que los castigos que su madre le proporcionaba eran muy fuertes, se veía obligada a ingresar a las cantinas para rogar a los borrachos que compraran por lo menos una. 

- “Mi mamá nunca quiso a las mujeres”-, es una de las pocas conclusiones que ha podido sacar con el tiempo, para intentar encontrar una respuesta a por qué su madre le causó tanto daño desde pequeña. No puede olvidar el terror que sentía cada día cuando eran las 4:00 p.m., pues era la hora en que su mamá llegaba, y la angustia sentida durante todo el día se hacía efectiva. 

“¡Puta!, ¡Malparida!, ¡Eres un feto!, ¡un vómito!, lo que sirves es para puta”. Era lo que escuchaba mientras ‘Fabiola’ (así es como se hace llamar su mamá) la golpeaba. Mientras tanto, ella resistía y resistía porque, era su mamá, la persona que, supuestamente, debía protegerla; cuidarla de las cosas malas del mundo, sin embargo, en poco tiempo comprendió que el infierno estaba en su casa. 

Aun así, lo peor estaba por venir, a las 5:00 p.m., llegaba su padrastro, y aunque su mamá siempre le enseñó a decirle papá, ella nunca lo sintió como tal. Le era imposible soportar cuando todas las noches llegaba borracho y le pegaba no solo a ella, sino a sus hermanos y a su mamá. Cuando, las cosas se ponían más difíciles, se iba con sus hermanos más pequeños al Centro de Atención Inmediata, CAI, del barrio en que vivían, allí los dejaban dormir en las celdas, no había una gran diferencia con su casa y sus camas que eran de ladrillo con cartón encima. 

Con la cabeza abajo y la voz entrecortada dice: - “…nosotros no supimos que será tener una niñez”-, - “no supimos que era un regalo”-, se detiene y alza la cabeza un momento para reírse de la sopa de arroz, ya que era lo único que les daban de comer. La olla siempre estaba llena de sopa, de sopa de arroz. Aún hoy se niega rotundamente a comer sopa de Arroz.

Es la quinta de seis hermanos, al mayor lo regalaron, y los demás desde muy pequeños se fueron de la casa, actualmente, se encuentran cada uno en lugares diferentes, José Alexander, vive en una finca en Buga, María Carmen (quien tuvo mellizos a los 11 años), lleva desaparecida 10 y “Frijolito”, con quien fue muy cercana, actualmente, vive en Medellín, del hermano o hermana faltante, no conoce su paradero.

Once años: la edad no deseada

Cuando cumplió 10 años, y estaba a punto de hacer la primera comunión, fue llevada por su mamá a conocer a sus cinco posibles papás. La obligó a ir en varias ocasiones a la casa de cada uno de ellos, presentarse, decir que era la hija, y que venía a recoger una plata que su mamá le había dicho, mientras esta última la vigilaba en la esquina de cada una de las casas. La enorme vergüenza que le dio pasar por esto, aún la tiene, y muy vigente. 

No olvida, no puede olvidar la casa de Héctor. Era el mismo protocolo: llegaba, tocaba la puerta, él le abría, y ella tenía que decir que era su hija y pedir el dinero. Sin embargo, en cuanto entró, él lanzó su mano y le arrancó la ropa interior, la rasgó. Ella salió a correr por una pequeña bodega que había dentro de la casa, pues pensó que él la iba a matar, se escondió a pesar de los llamados que él le hacía, prometiéndole que le daría el dinero si paraba de gritar, nada valió para que ella parara. Logró salir de aquella casa corriendo, sin importarle los golpes que seguramente su mamá le iba a dar.

Poco después, nuevamente, fue obligada a ir a la casa de Héctor a pedirle dinero, pero por fortuna en posteriores ocasiones la recibió la madre de Héctor, su posible abuela, quien fue muy cariñosa y amable con ella, le ayudaba comprándole sus frutas y la llevaba en ocasiones a la casa de unas, quizá, primas para que jugara y pudiera tener así fuera por un rato la vida de cualquier otra niña. Fue la primera persona que sintió que la quería, aún la hace llorar la noticia que recibió unos meses más tarde, su “abuela” había fallecido.

La posible abuela, a quien ella considera la verdadera, dado el amor incondicional que le brindó, nunca permitió que Héctor le hiciera daño, no obstante, hubo un hombre que sí logró marcar su vida, impregnarle dolor y deteriorar su alma, se trató de su padrastro. Sin ser consciente de lo que estaba pasando, ella no tenía como reconocer que cuando él la llevaba a escondidas de su mamá y la tocaba, estaba pasando algo malo, algo que podría acabar en algo peor. Y pasó, a sus 11 años por primera vez, estando en un río, fue violada por su padrastro, quien días después intentó hacerlo, nuevamente, pero la creciente del río la salvó, pues la corriente era tan fuerte que le fue imposible. - “Creo que hasta el río se opuso y me ayudó para que no me hiciera más daño”-, dice Luz Dary, mientras sus ojos se nublan y aprieta sus manos.  

Luego de unos instantes, Milena, que es como conocen a Luz Dary en su localidad, respira y recuerda: - “Mi madre me decía constantemente: “los hombres tienen un palo entre las piernas que nos causa dolor”, entonces cuando mi abuela me preguntó si Héctor había intentado hacerme algo malo, le respondí que sí, que me había intentado matar con un palo que tenía entre el pantalón”-. 

A largo de su infancia, la inocencia de Luz Dary fue puesta a prueba. Ni los golpes, ni el abuso, ni la violencia que se ensañó con cada parte de su vida, pudieron quitársela, fue su defensa en medio del horror que vivía. Se puede decir, que aun en su adultez conserva parte de esa inocencia, que pesar de haber pasado por momentos tan dolorosos aún cree en las personas, en las buenas intenciones de estas e intenta ayudar con las pocas herramientas que tiene. 

Por la misma época, aún sin haber cumplido los 12 años, su madre ya había decidido quien sería su futuro esposo, un hombre de 76 años. Hábilmente, su madre la usaba para para beneficiarse. Luz Dary, tenía que pedirle mercado, cigarrillos, alcohol, todo lo que su mamá le dijera; y para que él creyera que la niña necesitaba todo eso, la obligaban a beber licor y a fumar en su presencia. Acomodaron dentro de la casa un cuarto para ellos dos, y en las tardes él la llevaba a dentro, tocaba cada parte de su cuerpo. Al principio ella sentía asco y miedo, luego el cuidado y el amor que le brindaba Zambrano, que es como le decían al señor, se convirtió en un refugio. Un refugio que se disfrazada como seguro, amoroso, protector, pero que en el fondo era constante abuso hacia ella. 

A los 14 años, el padrastro decidió no volverla dejar salir a la calle, según él ya se estaba formando como mujer, no podía estar en la calle como una cualquiera. De igual manera, le prohibieron continuar sus estudios, por eso, nunca avanzó de la primaria básica. Jamás pudo hacer tareas ni tener un buen rendimiento, le metieron en la cabeza que ella no servía para nada, que no le entraba el estudio.

Comenzó a trabajar haciendo aseo en una casa vecina. Tiempo después la dueña le ofreció quedarse allí con su hijo, quien afirmaba que él sentía amor hacia Luz Dary. No lo pensó ni un segundo para aceptar, quería escapar de las constantes golpizas que recibía, además de evadir su posible futuro con Zambrano.

Esposa y trabajadora sexual

A sus 15 años inició la etapa como esposa de Rodrigo, hijo de su patrona; en su primera noche con él estaba llena de pavor, temía que él fuera a abusar de ella, pero Rodrigo la tranquilizó y le prometió que no le haría nada. Los primeros 15 días, mantuvo su promesa, pero al día 16, le exigió que cumpliera su deber, asustada y sin ningún deseo, se vio obligada a aceptar, y así, a la fuerza, durante años mantuvo relaciones con él, quien resultó ser solo otro calvario para ella; no le permitía trabajar, la golpeaba; aun estando embarazada, la mantenía encerrada en la casa por días. Producto de esta relación, tuvieron dos hijos, Fabián y Leidy.  

Con la ayuda de una amiga del inquilinato donde vivían, logró separarse de Rodrigo para nunca más volver con él, lo abandonó a pesar de que estaba embarazada de su segundo bebé; una niña. Volvió a vivir en casa de su madre con sus hijos, y luego de estar hospitalizada unos meses por complicaciones derivadas del parto de su hija, sería su madre quien se haría cargo de criar a los pequeños, toda vez que ella se convirtió en trabajadora sexual, para poder sustentar los gastos tanto de los hijos como de su madre. - “Así, trabajé por casi 20 años”- hecho que marcaría toda su vida.

En su cara se dibuja una tímida sonrisa cuando habla de la etapa que transformó su vida. Tras haberse recuperado de los tres meses que estuvo postrada en la cama del hospital, decidió ir a trabajar a un “casino” donde su prima le había propuesto, no tenía idea de qué era un casino, pero aceptó, ya que las necesidades económicas en su casa eran apremiantes.

Con 19 años, ya corría 1991, cuando llegó a un pequeño bar en Yumbo, Valle, donde aprendió, rápidamente, que lo que debía hacer era incitar a los clientes a consumir más licor para recibir una comisión y aunque entendía que después tenía que pasar al cuarto con ellos, se rehusó a hacerlo los dos primeros días. Al tercer día, luego de una golpiza por parte de su prima, tuvo sexo con los clientes.

Posteriormente, estuvo trabajando tres meses en Yumbo, luego se fue a Pereira por un mes, y después de eso, por recomendación de una amiga, se fue a trabajar al Guamo, Tolima; sin embargo, luego de 6 meses allí, debido a que un hombre muy respetado en el Municipio conocido como “el burro”, quería tener una relación con ella a toda costa, acosándola la mayor parte del tiempo, decidió emigrar a Bogotá, en 1992, ya que, temía la reacción de éste a la constante negativa que ella le mostraba.

Nueva identidad 

En la capital del país, llega a la calle 19 con carrera 13. Abre un poco más los ojos y dice: - “Aquí en Bogotá me avispé, cuando habla de cómo trabajaba en la ciudad, enfatiza. - “Llegaba a trabajar hasta 20 horas diarias, creo que en un día alcanzaba a tener relaciones con alrededor de 50 o 60 hombres distintos”-, lo que le permitía enviarle considerables sumas de dinero a su mamá para el sustento de sus hijos.

Durante todo ese tiempo, ella cambio, sintió que se volvía independiente, que era capaz de pagar todo a pesar del sacrificio que eso implicaba. No obstante, la tristeza en sus ojos no se esconde cuando dice: - “(…) La vida ya me valía muy poco. Me volví manipuladora, hipócrita”-, al recordar cómo cambió para poder sobrevivir en ese ambiente tan hostil, así como tener que soportar tanto tiempo algo que no quería, que se veía obligada a hacer.  

En ese momento de su vida, a los 24 años, descubrió algo importante sobre sí misma: era lesbiana, le gustan las mujeres, se dio cuenta después de sentir placer por primera vez cuando estuvo con una mujer. Tuvo relaciones sentimentales más o menos estables con algunas mujeres a través de los años, sin embargo, sus relaciones siempre estuvieron marcadas por la violencia y los abusos, pues ella en todas acabó siendo víctima o victimaria.

Hacia 1994, por las súplicas de una amiga accedió a salir con el hermano de esta, y para su sorpresa, él la trató como ningún otro hombre lo había hecho. Le llevó serenata, la invitó a comer, conoció lugares de Bogotá que jamás creyó que iba a conocer. Esa noche quedó embarazada de su tercer hijo, Mauricio. Pese a que, en los primeros meses recibió el apoyo del papá y de su familia, luego se tuvo que ver enfrentada a criar sola a su hijo menor.

Víctima del conflicto 

Transcurría 2004, durante una temporada en Palmira, Valle, un hombre mayor la invitó a pasar con él un fin de semana en su finca de Buga, a cambio de una considerable suma de dinero, oferta que ella por la condición económica de su casa no podía rechazar.

Tras pasar aquel fin de semana, el lunes esperaba la chiva que la llevaría a su casa en Palmira; pasaba sobre las 7:00 a.m., en esta ocasión no pasó, como tampoco la de las 11:00 a.m., así que con el afán de llegar a su morada para que su hijo más pequeño estuviera el menor tiempo posible con su madre, decidió bajar a pie hasta encontrar un transporte. Recuerda: - “Antes de marcharme, aquel hombre con el que pasé sábado y domingo, me dijo que si alguien preguntaba de dónde venía, afirmara que venía de la casa de mama lengua”-, ella sin entender empezó a bajar por la trocha.

Casi a mitad de camino, dos hombres uniformados, que no logró identificar si pertenecían a algún grupo armado, o si eran miembros del Ejército Nacional, la detuvieron para preguntarle de dónde venía, a lo que respondió que venía de la casa de “mama lengua", en seguida le pidieron que los acompañará a lo que ella vio de lejos era un cambuche.

El miedo se apoderó de todo su cuerpo, les preguntaba por qué, les rogó que no la llevarán allá, la imagen de sus hijos no se quitaba de su cabeza. Los uniformados le propusieron que no se la llevarían si a cambio se dejaba hacer todo cuanto quisieran. De nuevo, se repitió uno de los capítulos más dolorosos de su vida, la llevaron cerca de un palo y otra vez fue sometida...

Ella intenta contar rápidamente este episodio. El dolor producido por su padrastro sigue intacto, recordándole que el sufrimiento sería un constante en su vida. Los continuos abusos, por poco le acaban la esperanza de tener una vida diferente, de poder seguir soñando con el futuro que desea desde pequeña.

Las marcas que dejan la violencia sexual en el cuerpo de las mujeres son en muchos casos irremediables. A luz Dary, desde muy pequeña se le envió un mensaje y es que su cuerpo, sus deseos, su vida le pertenece a otros. La violencia ejercida por estos uniformados fue para ella la muestra de este persistente mensaje debido a que nuevamente se apropiaban de ella. 

  

Tiempo después, decidió irse a vivir a Manizales, donde conoció a Juan, un hombre transexual, que cambió parte del rumbo de su vida. Al poco tiempo de establecer una relación sentimental, se fueron a vivir juntos. Para dejar la prostitución, ella sacaba un puesto cerca de su casa con diferentes tipos de comida; generaba excelentes ingresos. Sin embargo, la violencia ejercida por Juan le impidió seguir con este trabajo. Durante tres años, el maltrato físico, psicológico y económico, fue destruyendo poco a poco la libertad, autoestima y fuerzas de vivir de Luz Dary, la humillación hacía ella y hacia su hijo menor fueron escalando cada vez más.

A causa de amenazas en contra de Juan, dado que durante mucho tiempo trabajó traficando drogas, tuvieron que salir como desplazados de Manizales, llegaron a Soacha. Por la difícil situación económica en la que llegaron, Luz Dary se vio obligaba a ejercer de nuevo la prostitución, durante 10 meses.

Soacha: sinónimo de libertad y cambio

En la búsqueda por un arriendo más económico, encontró parte de su libertad, esta venía en forma de mujer, algo escandalosa pero muy conocedora de los derechos que ambas tenían. Paola, una mujer transexual que todo el barrio conocía, llegó a la vida de Luz Dary para brindarle otro camino en la vida.

Después de tres meses de su primera conversación, Luz Dary recibió una llamada urgente de Paola, pidiéndole que fuera su suplente en la Mesa de Víctimas, lo que la sorprendió, desconocía de qué se trataba todo eso. Al día siguiente, tenía su primera reunión a las 8:00 a.m.

En compañía de Paola, llegó a su primera reunión en condición de víctima de violencia sexual y desplazamiento forzado. Cuando le pasaron el micrófono dijo: - “yo no sé qué estoy haciendo aquí, pero lo único que sé, es que adelante es pa’ ya y voy aprender mucho de lo que me enseñen aquí, porque yo aquí no sé ni dónde estoy parada”-. La anterior frase, representa cómo ha sido el proceso que la ha llevado a ser reconocida en Soacha como defensora de los Derechos Humanos, además, representante de la comunidad LGBTIQ.

 

El renacimiento… derechos de todxs

La transformación de Luz Dary, se vino con todo, es decir, que incluye su forma de vivir, filosofía, postura política y hasta relación de pareja. Decidió separarse de Juan porque temía que la situación terminará en un hecho irreparable. Asimismo, asistió a talleres de psicología, que le permitieron recordar e intentar sanar el dolor que le causaron tantas personas desde pequeña.

Un tiempo después, gracias a varias terapias psicológicas en las que tanto como ella y Juan asistieron, decidió darle otra oportunidad, confiando que los acuerdos que siempre quiso establecer en la relación ya se estaban haciendo efectivos.                                                                       

Pese que al principio fue difícil para ella, ya que no conocía los procesos que se adelantaban en la mesa, ya lleva tres años vinculada, peleando -como ella misma lo define – “por los derechos de las otras personas”-. Hace poco; más de un año, hace parte de la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales, en donde la orientaron y le ayudaron para denunciar oficialmente su condición de víctima de violencia sexual en el marco de conflicto armado colombiano. La Unidad de Víctimas escuchó su declaración en febrero de este año.

Realizó un pequeño curso de contabilidad en el SENA, desafiando lo que le decían desde pequeña, que no servía para estudiar, además de hacer algunos cursos de belleza. Con el tiempo se ha especializado en atención sobre Derechos Humanos, permitiéndole tener un contexto amplio sobre las violencias ejercidas hacia las mujeres, siendo ella misma una víctima desde que era pequeña.  

Aunque estuvo callada mucho tiempo, casi toda su vida, ahora, aprovecha cada espacio para denunciar, reclamar justicia, verdad y reparación. Y Como cualquier otra víctima del conflicto armado colombiano, exige una verdadera reparación, no solo para ella, sino para todas las mujeres que la rodean.

Las situaciones difíciles continúan, nunca se han detenido, sin embargo, la capacidad, resistencia y sonrisa que desea mantener siempre no dejan que Luz Dary desfallezca. Como lo hacía desde pequeña, no para de soñar, y ahora su sueño más anhelado es irse, huir, volar de todo lo que alguna vez le causó dolor. Anhela que cuando su vida termine sea en un lugar donde al fin pueda encontrar la paz que nunca ha tenido.

- “¿Quién perturba la paz de este lindo y hermoso hogar?”- Dice antes de levantarse de su cama, se para, se coloca sus chanclas y sale. Hace chistes respecto a todo, intenta ayudar a todos los que golpean la puerta su casa porque que, al fin y al cabo: “Una de las pocas cosas que más he querido en mi vida, es estar en un lindo y hermoso hogar”, y cada día continúa luchando para que así sea. 

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