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Crónica: ¡Mi papá es una mujer trans!

Por Gabriela Martínez Hernández 

Un buen recuerdo

 

Martina era una extraterrestre atrapada en este mundo, a la edad de 8 años, en la oscuridad de su habitación,  hablaba con la noche, con la luna y las estrellas tratando de algún modo de contactar con su planeta para regresar a casa.

Era 1978 en la ciudad de Bogotá, que para ese entonces se asemejaba más a Zipaquirá o a Chía sin tanta población y con menos contaminación. Para ese momento, Castilla era un barrio de clase media al que para poder llegar era necesario tomar un bus “pirata”;  sus calles eran solitarias, sin tráfico y con mínima circulación de vehículos, perfectas para jugar con los vecinos. En este pequeño barrio se encontraba el hogar de la familia Bachmann, una familia de migrantes alemanes. Ellos contaban con una casa blanca esquinera de dos pisos que tenía un local en la fachada. Allí vivía la señora Yolanda, el señor Manuel, el pequeño Carlos, la pequeña Marcela y Martina, que para ese entonces habitaba en el cuerpo de un pequeño inocente niño que parecía un mosco con sus gafas gigantes, vestido como un nerd de cabello lacio.

>>Tuve una infancia alegre porque no tenía la confusión por la que pasé después, yo era una niña trans sin saber que lo era...

A la edad de 8 años, Martina compartía habitación con Carlos Fernando, su hermano, tres años menor que él. Ellos acostumbraban a dormirse a las 8:00 pm después de cenar y ver el noticiero en familia, ya que al día siguiente tenían que ir al colegio. Antes de quedarse dormida un pensamiento fugaz pasaba por su mente: Hada azul de Pinocho, que al despertar sea una niña de verdad.  

>>La primera vez que yo me puse una prenda femenina fue a los 11 o 12 años, creo recordarlo,  me gustaba, pero me sentía un engendro...

Un pequeño descubrimiento

Sonó la campana y por fin era el tiempo del recreo. Martina se estaba muriendo de hambre,

ya era hora de que los muchachos salieran a jugar fútbol en el gran patio del colegio  León XIII que para ese entonces era bastante viejo, pero guardaba cierto encanto gracias a su particular arquitectura e historia. Después de almorzar, Martina se interesó por una cripta que quedaba bajando unas escaleras al frente de la cancha de fútbol. Al ser tan pequeña, dicho lugar la llenaba de dudas e inquietudes, así que, poco a poco se adentró en este enigmático lugar. Sentía mucho frio, era oscuro, ya que no contaba con ventanas y se respiraba humedad, al bajar un poco más se fue topando con las tumbas verticales que guardaban a los monjes que se habían ido del otro lado. Pero,  en vez de criptas, ella veía portales de luz, figuras humanas que venían a su encuentro, hombres rezando incesantemente que  se manifestaban ante su presencia.

>>- ¿Quiénes son? ¿Por qué no me hacen nada al verme?

Sentía temor al no poder comprender el fenómeno, pero sí podía entender que dichos seres no le harían daño, por el contrario, los encontraba agradables.

Desde entonces se volvió costumbre que tomara un momento de su recreo para poder regresar a aquel lugar para visitarlos y orar en su compañía. Por aquellos años, visitar a los abuelos era cosa de cada semana.  Laura era una abuela amorosa que siempre la recibía con los brazos abiertos, pero Marcolino, su abuelo, que tenía un caminar particular, pues en su juventud, cuando trabajaba en las cosechas de café, sufrió un accidente con un camión y por ello caminaba un poco ladeado, significaría el amor puro para Martina que siempre guardará en su corazón los recuerdos de sus abrazos reconfortantes, su cabellera gris que peinaba mientras el abuelo dormía en el sofá y su avanzada forma de tratar a su familia, que para la época en los años 50’s lo normal era corregir con ayuda de los golpes, mas él nunca fue capaz de levantarle la mano a sus hijos ,y menos a los nietos.

Por la casa de los abuelos vivieron una numerosa cantidad de animales, desde gatos hasta loros, pero Martina siempre recordará a Laika, una perrita que le debía el  nombre a la perrita soviética quien fuera el primer ser vivo terrestre en orbitar nuestro planeta y que falleció allí en la soledad del espacio, observando a sus amigos humanos, extrañando las praderas. Su  Laika era una perrita libre que  vivía sin dueño,  por las calles aledañas a la casa del abuelo. Laika, el otro amor de Martina, con su pelaje crespo, marrón, de pechito blanco a la que le faltaban ciertos cuidados de los humanos, pero que ella, pese a todo amaba acariciar y que hoy, 30 años después,  no olvida. Tal  vez ella le decía con su juguetería que debía ser libre, libre como ella, que se dejar ir por las avenidas del ser.

Quiero ir contigo

Alrededor de sus 18 años, Martina volvería a manifestarse, volvería a reconectarse con su feminidad, pero situémonos a finales de los 80 ́s, aún era muy lejana la idea de internet y las redes sociales, la información se buscaba en las bibliotecas, en los libros, los medios de comunicación estaban muy lejos de hablar sobre identidad de género y lo único que se podía saber respecto al tema era por el voz a voz.

>> La gente decía cosas como ¿si vio?, esa loca que se viste de mujer, que le gustan los tipos, caminando por ahí. Yo pensaba, yo no soy nadie para juzgar a otros. Solo mi Dios santísimo puede. Para ese entonces el concepto de identidad de género aún no existía ni era aceptado en la sociedad, incluso no existía diferencia entre homosexual y transgénero, no solo era poco la información, sino que aquí éramos muy conservadores.  Entonces tuvo que ocultarme lo que era, un tiempo más, hacer como si ese mundo no existiera para mí, tuve que tomar decisiones importantes, como lo que debería estudiar, a que me dedicaría, cómo quería llamarme, cuándo iba a ser yo misma.  

Hoy, un poco circunspecta nos comenta que cometió errores como no irse para Estados Unidos cuando tuvo la oportunidad o aceptar el puesto que le propuso el Ejército, a pesar de haber entrenado toda su vida para entrar. Padecía de una gran confusión respecto a que dedicarse. Probó Diseño Industrial en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, ya que se le facilitaba la invención y la creación. Estaba en primer semestre, tomó el bus desde su casa hasta la universidad, llevaba una chaqueta de jean con parches de la Armada de los Estados Unidos y un bolso tipo Wayuu. Ese día asistió a sus clases como de costumbre, pidió un momento a sus compañeros para poder llamar desde un teléfono público a su abuelo Marcolino, de ida lo vio tirado sobre el sofá, enfermito.  

-Hola ¿Cómo se encuentra Marco?

-Dios mío, se encuentra muy mal está agonizando, no creo que pueda soportar mucho más.

Sin chistar pegó tres brincos y se apresuró a tomar un bus que la llevara del centro de la ciudad a Kennedy. Al llegar, se topó con su peor pesadilla, la abuela le abrió la puerta con el corazón entre las manos y hecha un mar de lágrimas.

-Ya se fue con Dios-. Dijo la abuela con un nudo en la garganta.

A Martina  solo le quedó un sabor amargo de aquel día el destiempo de las despedidas.

-Abuelo, perdóneme por no haber estado con usted cuando se fue. Lo amo profundamente.

Por favor perdóneme.

El velorio fue en la iglesia de la Enseñanza, ubicada en el Colegio del mismo nombre en donde laboraba una tía, se reunieron todos, lo encomendaron a Dios. Martina se sentó en la última banca para poder contemplar el panorama completo y observar el ataúd de su abuelo. En ese momento sintió que había dejado de ser católica, oró con las  palabras que pudo, se quebró en llanto e inmersa en su oración tuvo una visión reveladora. Se encontraba en una hermosa playa, el cielo y el mar tenían un azul cautivador, la arena era blanca y estaba totalmente limpia, a lo lejos un hombre iba  caminado…

- ¡Abuelito, abuelito, abuelito espérame!

>>Caminaba ladeado, como lo hacia él. Y yo  seguía corriendo hasta que logré alcanzarlo.

-Abuelito, abuelito

-Hola mijito.

-Abuelito, perdóneme por no despedirme

-Yo lo entiendo mijito, yo lo entiendo.

>>A un costado de la playa había una piedra y sobre ella un hombre vestido con una túnica clara y con un rostro agradable. Con un o dos pasos bajó de aquella piedra y se acercó a Martina y su abuelo, tomó a este y le dijo:

-Hola, bienvenido

Posteriormente posó su mano sobre la frente de Martina y con amor y alegría dijo:

-Tú,  todavía no puedes venir acá.

-Pero yo quiero ir con mi abuelito.

-No, aún no puedes seguir, quédate acá. Tienes que aprender.

Tomó a Marcolino y se fueron caminando pausadamente por aquella playa.

La bóveda del cielo estaba en calma, era una noche fría y se encontraba caminando de regreso a casa después de tomar unas copas a unas cuadras, pero a su lado no había nadie y era así desde hace un buen tiempo, unos 3 años.

- ¿Por qué la vida es tan cruel? ¿Por qué el amor es  tan difícil? ¿Por qué me ocurren tantas cosas malas?

-Porque tienes que aprender

- ¿Quién eres? ¿Quién me habla?

-Gabriel, tu viniste a aprender y a enseñar

Esa voz sonaba muy real, era como un susurro en su oído, pero no había nadie a su alrededor. Eso llevó a Martina a reflexionar sobre lo que le ocurría, su soledad, la mala relación con su familia que la veía como un fracaso, el nulo contacto con su hija, su falta de empleo. Pasaba días a solas en su pequeña habitación reflexionando sobre sus errores y lo que la habían llevado al alcohol que empeoraba todo aún más, con ayuda de esas palabras que escuchaba de la mano,  Gabriel logró progresivamente darse cuenta de sus fallos y que ella tenía una misión, fue enviada a aprender y servir con ese conocimiento. Que el amor es frio a los ojos de los hombres, pero es justo y cura.

Hoy, a sus 40 años,  Martina puede ser genuinamente ella. Antes de salir de casa dispone una hora para arreglarse, ya que es bastante vanidosa;  primero, con una peineta cepilla con suavidad su cabello rubio que ha tinturado para parecerse a sí misma cuando era una niña;  luego,  se arregla las cejas, se hace un ahumado negro en sus ojos junto con un delineado y se pone pestañas, un poco de rubor, labial rojo o negro según la ocasión. Se define a sí misma como una  mujer delicada, pero indestructible, hecha a punto de caer y volver a ponerse en pie. Cuenta con los dedos los amores de su vida, Laika, su abuelo Marcolino y su hija. Se siente respaldada cuando su hija, ahora universitaria,  dice con orgullo:

 ¡Mi papá es una mujer trans!

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Crónica: ¡Mi papá es una mujer trans!

Por Gabriela Martínez Hernández 

Un buen recuerdo

 

Martina era una extraterrestre atrapada en este mundo, a la edad de 8 años, en la oscuridad de su habitación,  hablaba con la noche, con la luna y las estrellas tratando de algún modo de contactar con su planeta para regresar a casa.

Era 1978 en la ciudad de Bogotá, que para ese entonces se asemejaba más a Zipaquirá o a Chía sin tanta población y con menos contaminación. Para ese momento, Castilla era un barrio de clase media al que para poder llegar era necesario tomar un bus “pirata”;  sus calles eran solitarias, sin tráfico y con mínima circulación de vehículos, perfectas para jugar con los vecinos. En este pequeño barrio se encontraba el hogar de la familia Bachmann, una familia de migrantes alemanes. Ellos contaban con una casa blanca esquinera de dos pisos que tenía un local en la fachada. Allí vivía la señora Yolanda, el señor Manuel, el pequeño Carlos, la pequeña Marcela y Martina, que para ese entonces habitaba en el cuerpo de un pequeño inocente niño que parecía un mosco con sus gafas gigantes, vestido como un nerd de cabello lacio.

>>Tuve una infancia alegre porque no tenía la confusión por la que pasé después, yo era una niña trans sin saber que lo era...

A la edad de 8 años, Martina compartía habitación con Carlos Fernando, su hermano, tres años menor que él. Ellos acostumbraban a dormirse a las 8:00 pm después de cenar y ver el noticiero en familia, ya que al día siguiente tenían que ir al colegio. Antes de quedarse dormida un pensamiento fugaz pasaba por su mente: Hada azul de Pinocho, que al despertar sea una niña de verdad.  

>>La primera vez que yo me puse una prenda femenina fue a los 11 o 12 años, creo recordarlo,  me gustaba, pero me sentía un engendro...

Un pequeño descubrimiento

Sonó la campana y por fin era el tiempo del recreo. Martina se estaba muriendo de hambre,

ya era hora de que los muchachos salieran a jugar fútbol en el gran patio del colegio  León XIII que para ese entonces era bastante viejo, pero guardaba cierto encanto gracias a su particular arquitectura e historia. Después de almorzar, Martina se interesó por una cripta que quedaba bajando unas escaleras al frente de la cancha de fútbol. Al ser tan pequeña, dicho lugar la llenaba de dudas e inquietudes, así que, poco a poco se adentró en este enigmático lugar. Sentía mucho frio, era oscuro, ya que no contaba con ventanas y se respiraba humedad, al bajar un poco más se fue topando con las tumbas verticales que guardaban a los monjes que se habían ido del otro lado. Pero,  en vez de criptas, ella veía portales de luz, figuras humanas que venían a su encuentro, hombres rezando incesantemente que  se manifestaban ante su presencia.

>>- ¿Quiénes son? ¿Por qué no me hacen nada al verme?

Sentía temor al no poder comprender el fenómeno, pero sí podía entender que dichos seres no le harían daño, por el contrario, los encontraba agradables.

Desde entonces se volvió costumbre que tomara un momento de su recreo para poder regresar a aquel lugar para visitarlos y orar en su compañía. Por aquellos años, visitar a los abuelos era cosa de cada semana.  Laura era una abuela amorosa que siempre la recibía con los brazos abiertos, pero Marcolino, su abuelo, que tenía un caminar particular, pues en su juventud, cuando trabajaba en las cosechas de café, sufrió un accidente con un camión y por ello caminaba un poco ladeado, significaría el amor puro para Martina que siempre guardará en su corazón los recuerdos de sus abrazos reconfortantes, su cabellera gris que peinaba mientras el abuelo dormía en el sofá y su avanzada forma de tratar a su familia, que para la época en los años 50’s lo normal era corregir con ayuda de los golpes, mas él nunca fue capaz de levantarle la mano a sus hijos ,y menos a los nietos.

Por la casa de los abuelos vivieron una numerosa cantidad de animales, desde gatos hasta loros, pero Martina siempre recordará a Laika, una perrita que le debía el  nombre a la perrita soviética quien fuera el primer ser vivo terrestre en orbitar nuestro planeta y que falleció allí en la soledad del espacio, observando a sus amigos humanos, extrañando las praderas. Su  Laika era una perrita libre que  vivía sin dueño,  por las calles aledañas a la casa del abuelo. Laika, el otro amor de Martina, con su pelaje crespo, marrón, de pechito blanco a la que le faltaban ciertos cuidados de los humanos, pero que ella, pese a todo amaba acariciar y que hoy, 30 años después,  no olvida. Tal  vez ella le decía con su juguetería que debía ser libre, libre como ella, que se dejar ir por las avenidas del ser.

Quiero ir contigo

Alrededor de sus 18 años, Martina volvería a manifestarse, volvería a reconectarse con su feminidad, pero situémonos a finales de los 80 ́s, aún era muy lejana la idea de internet y las redes sociales, la información se buscaba en las bibliotecas, en los libros, los medios de comunicación estaban muy lejos de hablar sobre identidad de género y lo único que se podía saber respecto al tema era por el voz a voz.

>> La gente decía cosas como ¿si vio?, esa loca que se viste de mujer, que le gustan los tipos, caminando por ahí. Yo pensaba, yo no soy nadie para juzgar a otros. Solo mi Dios santísimo puede. Para ese entonces el concepto de identidad de género aún no existía ni era aceptado en la sociedad, incluso no existía diferencia entre homosexual y transgénero, no solo era poco la información, sino que aquí éramos muy conservadores.  Entonces tuvo que ocultarme lo que era, un tiempo más, hacer como si ese mundo no existiera para mí, tuve que tomar decisiones importantes, como lo que debería estudiar, a que me dedicaría, cómo quería llamarme, cuándo iba a ser yo misma.  

Hoy, un poco circunspecta nos comenta que cometió errores como no irse para Estados Unidos cuando tuvo la oportunidad o aceptar el puesto que le propuso el Ejército, a pesar de haber entrenado toda su vida para entrar. Padecía de una gran confusión respecto a que dedicarse. Probó Diseño Industrial en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, ya que se le facilitaba la invención y la creación. Estaba en primer semestre, tomó el bus desde su casa hasta la universidad, llevaba una chaqueta de jean con parches de la Armada de los Estados Unidos y un bolso tipo Wayuu. Ese día asistió a sus clases como de costumbre, pidió un momento a sus compañeros para poder llamar desde un teléfono público a su abuelo Marcolino, de ida lo vio tirado sobre el sofá, enfermito.  

-Hola ¿Cómo se encuentra Marco?

-Dios mío, se encuentra muy mal está agonizando, no creo que pueda soportar mucho más.

Sin chistar pegó tres brincos y se apresuró a tomar un bus que la llevara del centro de la ciudad a Kennedy. Al llegar, se topó con su peor pesadilla, la abuela le abrió la puerta con el corazón entre las manos y hecha un mar de lágrimas.

-Ya se fue con Dios-. Dijo la abuela con un nudo en la garganta.

A Martina  solo le quedó un sabor amargo de aquel día el destiempo de las despedidas.

-Abuelo, perdóneme por no haber estado con usted cuando se fue. Lo amo profundamente.

Por favor perdóneme.

El velorio fue en la iglesia de la Enseñanza, ubicada en el Colegio del mismo nombre en donde laboraba una tía, se reunieron todos, lo encomendaron a Dios. Martina se sentó en la última banca para poder contemplar el panorama completo y observar el ataúd de su abuelo. En ese momento sintió que había dejado de ser católica, oró con las  palabras que pudo, se quebró en llanto e inmersa en su oración tuvo una visión reveladora. Se encontraba en una hermosa playa, el cielo y el mar tenían un azul cautivador, la arena era blanca y estaba totalmente limpia, a lo lejos un hombre iba  caminado…

- ¡Abuelito, abuelito, abuelito espérame!

>>Caminaba ladeado, como lo hacia él. Y yo  seguía corriendo hasta que logré alcanzarlo.

-Abuelito, abuelito

-Hola mijito.

-Abuelito, perdóneme por no despedirme

-Yo lo entiendo mijito, yo lo entiendo.

>>A un costado de la playa había una piedra y sobre ella un hombre vestido con una túnica clara y con un rostro agradable. Con un o dos pasos bajó de aquella piedra y se acercó a Martina y su abuelo, tomó a este y le dijo:

-Hola, bienvenido

Posteriormente posó su mano sobre la frente de Martina y con amor y alegría dijo:

-Tú,  todavía no puedes venir acá.

-Pero yo quiero ir con mi abuelito.

-No, aún no puedes seguir, quédate acá. Tienes que aprender.

Tomó a Marcolino y se fueron caminando pausadamente por aquella playa.

La bóveda del cielo estaba en calma, era una noche fría y se encontraba caminando de regreso a casa después de tomar unas copas a unas cuadras, pero a su lado no había nadie y era así desde hace un buen tiempo, unos 3 años.

- ¿Por qué la vida es tan cruel? ¿Por qué el amor es  tan difícil? ¿Por qué me ocurren tantas cosas malas?

-Porque tienes que aprender

- ¿Quién eres? ¿Quién me habla?

-Gabriel, tu viniste a aprender y a enseñar

Esa voz sonaba muy real, era como un susurro en su oído, pero no había nadie a su alrededor. Eso llevó a Martina a reflexionar sobre lo que le ocurría, su soledad, la mala relación con su familia que la veía como un fracaso, el nulo contacto con su hija, su falta de empleo. Pasaba días a solas en su pequeña habitación reflexionando sobre sus errores y lo que la habían llevado al alcohol que empeoraba todo aún más, con ayuda de esas palabras que escuchaba de la mano,  Gabriel logró progresivamente darse cuenta de sus fallos y que ella tenía una misión, fue enviada a aprender y servir con ese conocimiento. Que el amor es frio a los ojos de los hombres, pero es justo y cura.

Hoy, a sus 40 años,  Martina puede ser genuinamente ella. Antes de salir de casa dispone una hora para arreglarse, ya que es bastante vanidosa;  primero, con una peineta cepilla con suavidad su cabello rubio que ha tinturado para parecerse a sí misma cuando era una niña;  luego,  se arregla las cejas, se hace un ahumado negro en sus ojos junto con un delineado y se pone pestañas, un poco de rubor, labial rojo o negro según la ocasión. Se define a sí misma como una  mujer delicada, pero indestructible, hecha a punto de caer y volver a ponerse en pie. Cuenta con los dedos los amores de su vida, Laika, su abuelo Marcolino y su hija. Se siente respaldada cuando su hija, ahora universitaria,  dice con orgullo:

 ¡Mi papá es una mujer trans!

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