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PARA QUE VUELVA A COMENZAR LA VIDA

PARA QUE VUELVA A COMENZAR LA VIDA

Por: María Camila Hernández Lastra 

 

 

La humanidad ya se ha ido de esta tierra. Tierra del olvido, desértica, árida, desolada de amor, enferma de violencia. Cada rincón de esta tierra ya se ha ahogado en dolor. Cada cultivo sembrado aquí sólo cosechará más violencia. Las flores han dejado de crecer, los pájaros vuelan en manada, anticipando el peligro, la tragedia. Por el cielo se esparce la ira. Por el mar, los ríos, los lagos, y los charcos fluye la sangre de nuestras mujeres. Por el viento viaja el sonido de los disparos, de los gritos, de los llantos. Se ha atentado contra la vida, contra el sostén de ella, contra nuestras raíces, nuestras mujeres. El ciclo se ha roto. Y observando perspicazmente caigo en cuenta que las personas han sido contagiadas del virus más infeccioso y pestilente: el importaculismo.

Ciegos, sordos y mudos, pero no humanos. Ovejas de un rebaño al que su pastor abandonó. Ovejas egoístas, que no han querido mirar más allá de sus narices. Eso no es historia nueva, aquí nunca ha importado el otro. Y resulta importar menos si tiene otro color de piel, otra ideología, otra creencia, otra cultura. Importa mucho menos si es mujer. 

El amarillo y el azul de esta bandera parecen hacerse cada vez más pequeños. Solo el rojo crece. Rojo fuerte y vivo. Y en ese rojo, escritos con sangre, están los nombres de las hijas de esta tierra asesinadas. Asesinadas, y también ignoradas y olvidadas por ser parte de la otredad, de los que a esta sociedad no le importamos. 

Cuánto engaño, al decirnos que la inquisición había acabado. Aún se escuchan los susurros de la hoguera encendida, esperando que las grandes instituciones, y ya no solo la iglesia, lancen al fuego, con rabia, a aquellas mujeres que a través de la magia del conocimiento, cuál sea ese, han sobresalido. La hoguera siempre ha estado ahí, y a las mujeres empoderadas, aún hoy, las siguen quemando vivas bajo el único prejuicio de ser brujas. 

Condenadas. Nuestras mujeres han sido condenadas a la muerte y al olvido como tantas otras mujeres de la historia. Condenadas por su conocimiento, por su fuerza, por sus ideas, por decir lo que creen, por su poder ancestral. Condenadas a la luz del día por ser mujeres, por ser indígenas, y por ser líderes. Nada raro nos parece, son razones por las que continuamente se riega la sangre en esta tierra.

La muerte se ha impuesto ya sobre la vida. Una tragedia anunciada que nadie quiso ir. Con la sangre de ellas han manchado nuestro hogar para despedazar violentamente nuestra cultura y obligarnos a partir. Ya nos hemos ido, quizás al mismo lugar al que han volado los pájaros previniendo el dolor que ha hecho agonizar nuestro hogar. La guerra, la corrupción y la ilegalidad por fin ha podido adueñarse de esta tierra y nadie se ha enterado, nadie ha hecho nada. 

Y los culpables, no solo han sido quienes dispararon. Culpables han sido todos los que han ignorado. Rebaño que no solo ha normalizado la violencia ideológica, sino que también, aun en estos tiempos donde se grita la igualdad de género, continúa despreciando el valor de ser mujer. Tierra sin memoria, que ha olvidado lo que ha sucedido. Hoy el sol ya se ha escondido. Y la luna, al ver el destino de nuestras mujeres ha renunciado a iluminarnos. Por vergüenza tal vez, por decepción, porque quizás tiene miedo de que la maten y luego olviden también. 

En la historia han quedado como Brujas. Y si, eran brujas. Verdaderas brujas. La tierra, el mar y el cielo lo saben porque ellos si las recuerdan. Lo eran por la misma razón que lo han sido tantas mujeres en la historia. Por su fuerza, por su valentía, por su conocimiento. Porque invocaban la vida, la unión, y el poder para mantener viva nuestra cultura, aun en medio del caos donde estamos sentenciados al olvido. 

¿Y ahora que nos queda? ¿Puede quedarnos algo? La última esperanza de un pueblo para que sus mujeres no se pierdan en las hojas vacías de un libro que nadie abrirá. Una única esperanza para recuperar, así sea un poco, la humanidad que se ha marchado de esta tierra. Hacer del dolor poema y recuperar de entre las cenizas perdidas en esa hoguera, la verdad de nuestras mujeres, y gritar fuerte, muy fuerte para que por el viento ahora pueda viajar su historia, que no han muerto las brujas, porque por más que lo intenten, por más sangre que se derrame y más llanto que se escuche, la magia de las ideas es invencible, el poder femenino es más fuerte, y el legado que nos han dejado es indestructible. 

Que esta historia se escuche y se quede en cada corazón. Mujeres Wayuu, líderes de nuestra comunidad, asesinadas el 18 de abril de 2004 en Bahía Portete, La Guajira, por miembros paramilitares. Y que esta historia, que no es la única que ha sucedido en estas tierras colombianas, crueles y asesinas, contribuya, hacia sea un poco, a que la memoria tenaz de este pueblo machista y violento caiga, pedazo a pedazo, y de allí, pueda florecer con valentía la dignidad femenina necesaria para seguir dando la batalla y nuestra humanidad, la que hace tanto se marchó, y en esta tierra pueda volver a comenzar la vida. 

 

Prólogo de MEMORIAS DE UNAS WAYÚU

Producción audiovisual por María Camila Hernández y Santiago Pérez.

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PARA QUE VUELVA A COMENZAR LA VIDA

PARA QUE VUELVA A COMENZAR LA VIDA

Por: María Camila Hernández Lastra 

 

 

La humanidad ya se ha ido de esta tierra. Tierra del olvido, desértica, árida, desolada de amor, enferma de violencia. Cada rincón de esta tierra ya se ha ahogado en dolor. Cada cultivo sembrado aquí sólo cosechará más violencia. Las flores han dejado de crecer, los pájaros vuelan en manada, anticipando el peligro, la tragedia. Por el cielo se esparce la ira. Por el mar, los ríos, los lagos, y los charcos fluye la sangre de nuestras mujeres. Por el viento viaja el sonido de los disparos, de los gritos, de los llantos. Se ha atentado contra la vida, contra el sostén de ella, contra nuestras raíces, nuestras mujeres. El ciclo se ha roto. Y observando perspicazmente caigo en cuenta que las personas han sido contagiadas del virus más infeccioso y pestilente: el importaculismo.

Ciegos, sordos y mudos, pero no humanos. Ovejas de un rebaño al que su pastor abandonó. Ovejas egoístas, que no han querido mirar más allá de sus narices. Eso no es historia nueva, aquí nunca ha importado el otro. Y resulta importar menos si tiene otro color de piel, otra ideología, otra creencia, otra cultura. Importa mucho menos si es mujer. 

El amarillo y el azul de esta bandera parecen hacerse cada vez más pequeños. Solo el rojo crece. Rojo fuerte y vivo. Y en ese rojo, escritos con sangre, están los nombres de las hijas de esta tierra asesinadas. Asesinadas, y también ignoradas y olvidadas por ser parte de la otredad, de los que a esta sociedad no le importamos. 

Cuánto engaño, al decirnos que la inquisición había acabado. Aún se escuchan los susurros de la hoguera encendida, esperando que las grandes instituciones, y ya no solo la iglesia, lancen al fuego, con rabia, a aquellas mujeres que a través de la magia del conocimiento, cuál sea ese, han sobresalido. La hoguera siempre ha estado ahí, y a las mujeres empoderadas, aún hoy, las siguen quemando vivas bajo el único prejuicio de ser brujas. 

Condenadas. Nuestras mujeres han sido condenadas a la muerte y al olvido como tantas otras mujeres de la historia. Condenadas por su conocimiento, por su fuerza, por sus ideas, por decir lo que creen, por su poder ancestral. Condenadas a la luz del día por ser mujeres, por ser indígenas, y por ser líderes. Nada raro nos parece, son razones por las que continuamente se riega la sangre en esta tierra.

La muerte se ha impuesto ya sobre la vida. Una tragedia anunciada que nadie quiso ir. Con la sangre de ellas han manchado nuestro hogar para despedazar violentamente nuestra cultura y obligarnos a partir. Ya nos hemos ido, quizás al mismo lugar al que han volado los pájaros previniendo el dolor que ha hecho agonizar nuestro hogar. La guerra, la corrupción y la ilegalidad por fin ha podido adueñarse de esta tierra y nadie se ha enterado, nadie ha hecho nada. 

Y los culpables, no solo han sido quienes dispararon. Culpables han sido todos los que han ignorado. Rebaño que no solo ha normalizado la violencia ideológica, sino que también, aun en estos tiempos donde se grita la igualdad de género, continúa despreciando el valor de ser mujer. Tierra sin memoria, que ha olvidado lo que ha sucedido. Hoy el sol ya se ha escondido. Y la luna, al ver el destino de nuestras mujeres ha renunciado a iluminarnos. Por vergüenza tal vez, por decepción, porque quizás tiene miedo de que la maten y luego olviden también. 

En la historia han quedado como Brujas. Y si, eran brujas. Verdaderas brujas. La tierra, el mar y el cielo lo saben porque ellos si las recuerdan. Lo eran por la misma razón que lo han sido tantas mujeres en la historia. Por su fuerza, por su valentía, por su conocimiento. Porque invocaban la vida, la unión, y el poder para mantener viva nuestra cultura, aun en medio del caos donde estamos sentenciados al olvido. 

¿Y ahora que nos queda? ¿Puede quedarnos algo? La última esperanza de un pueblo para que sus mujeres no se pierdan en las hojas vacías de un libro que nadie abrirá. Una única esperanza para recuperar, así sea un poco, la humanidad que se ha marchado de esta tierra. Hacer del dolor poema y recuperar de entre las cenizas perdidas en esa hoguera, la verdad de nuestras mujeres, y gritar fuerte, muy fuerte para que por el viento ahora pueda viajar su historia, que no han muerto las brujas, porque por más que lo intenten, por más sangre que se derrame y más llanto que se escuche, la magia de las ideas es invencible, el poder femenino es más fuerte, y el legado que nos han dejado es indestructible. 

Que esta historia se escuche y se quede en cada corazón. Mujeres Wayuu, líderes de nuestra comunidad, asesinadas el 18 de abril de 2004 en Bahía Portete, La Guajira, por miembros paramilitares. Y que esta historia, que no es la única que ha sucedido en estas tierras colombianas, crueles y asesinas, contribuya, hacia sea un poco, a que la memoria tenaz de este pueblo machista y violento caiga, pedazo a pedazo, y de allí, pueda florecer con valentía la dignidad femenina necesaria para seguir dando la batalla y nuestra humanidad, la que hace tanto se marchó, y en esta tierra pueda volver a comenzar la vida. 

 

Prólogo de MEMORIAS DE UNAS WAYÚU

Producción audiovisual por María Camila Hernández y Santiago Pérez.

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