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La chiva de la nostalgia

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

Sección: CIUDAD DE PAPEL, reconociendo nuestra ciudad a través del activismo gráfico y narrativo

 

Diseño sin título

 

 

 

En la tierra de la impunidad

Realizado por: Angie Vargas Ballestero y Alejandra Páez Bravo.

 

 

La Chiva de la Nostalgia es un colectivo que se dedica a narrar a la capital y cada uno de sus rincones desde la forma más artística. Narramos sus historias, sus aventuras, sus protagonistas, aquellos que hacen de Bogotá una ciudad maravillosa e inspiradora, que todos los días nos hacen enamóranos de ella, claro está, sin dejar a un lado crueles realidades que de igual forma construyen un país de guerra, un país de violencia, un país con aspectos negativos que le estamos dejando a los más pequeños.

Nosotres, los jóvenes, quienes pensábamos que, íbamos en el mejor camino, construyendo un país en Paz, una sociedad encaminada en erradicar la violencia, día tras día, nos damos cuenta que este difícil camino, tardará un poco más de lo prometido.

Este largo y doloroso camino hacia La Paz, interrumpido por masacres casi diarias, nos conmueve, todo lo que vemos, todo lo que imaginamos, todo lo que vivimos, se pinta de ira, rabia, miedo, incertidumbre; todo lo que sentimos se pierde en la magnitud del problema, el no poder hacer nada desde la ciudad, tener que ver a diario en la prensa la impunidad que se vive en los pueblos, en los rincones más alejados de Colombia.

Es por ello que, desde nuestros lugares de privilegio, con la finalidad de generar empatía en quienes nos observan y siendo consientes de lo que pasa en nuestro país, frente a la negatividad de ser ciegos ante la sangre que se derrama a diario por una guerra sin fin, nos unimos a la mejor forma de protesta y visibilización. Así es como les presentamos la historia de una joven campesina catatumbera, de nacimiento del corregimiento de el Aserrío, víctima de la cruel y extensa violencia que, sin pausa alguna, sacude a Colombia.

 

 

LA HISTORIA DE LA ÚLTIMA GELATINA

 

“Soy campesina catatumbera. Nací el 17 de febrero de 2003 en el corregimiento de El Aserrío. Soy la menor de cuatro hijos: dos hombres, otra mujer y yo. Mis materias favoritas son el español y las ciencias naturales, y las comidas que más me gustan son la rampuchada y la arepa de maíz con queso que prepara mi mamá para el desayuno ….

El otro día Ricardo, mi hermano mayor, contó una historia mientras almorzábamos. Dijo que cuando estaba en segundo de primaria mi papá los llevaba a él y a Jairo, mi otro hermano, a la escuela. Cuando pasaban por enfrente de la tiendita de doña Carmen, mi papá les compraba pan y, a veces, unos tarritos de gelatina que venían de muchos colores y sabían delicioso. Mi hermano dijo que eso era como un secreto entre los tres, una forma que tenía mi papá de consentirlos ….

Qué hermosas estas historias, pensé yo. Deseé tener más recuerdos de mi papá, tener historias como esas para contárselas a mis amigas; pero yo crecí sin padre, pero no porque él o yo lo quisiéramos así: fue la violencia la que nos separó. Aunque yo tenía un año y no estaba con mi papá cuando nos dejó para siempre, he oído varias veces la historia y casi puedo reconstruir las cosas como pasaron... las lágrimas de mi nona, de mi mamá, la forma en que Ricardo cuenta lo que le tocó vivir.

Me da risa acordarme que, cuando estaba más pequeña y me portaba juiciosa en la escuela, escuchaba que las amigas de mi mamá decían: “Claro, ella no se acuerda de nada de lo del papá, ella no sabe nada, a ella no le afectó”. Pero ellas no se imaginan cuánto lo recuerdo y cómo siento su ausencia, especialmente en Navidad, cuando se hacen las novenas. Ya más grandecita, cuando quería salir a jugar, y a veces llegaba sin hacer las tareas al colegio, empezaron a decir que yo me portaba mal y, otra vez, escuché que hablaban de mi papá. Recuerdo oír a mi mamá que le decía a mi madrina: “Ella se porta mal por la falta del papá, es que eso me la afectó mucho”. Hablaban bajito, pero yo escuchaba todo. Ahora entiendo que los adultos creen que cuando uno es niño no entiende, no se da cuenta de lo qué pasa y que no le afecta. Hoy en día está muy claro, por lo menos en mi familia, que la muerte de mi papá nos afecta muchísimo a todos, incluida yo, que apenas alcancé a jugar con él.

Este pedazo de mi historia empezó cuando yo apenas tenía un año, en 2004, y se teje con las historias de muchos de mis amigos de esta región y con las de mis compañeros del salón, que también han perdido a seres queridos por causa de la violencia. Me gustaría que esta historia se convirtiera en un libro, y si eso pasara yo le pondría de título La última gelatina.

Era miércoles y mi papá venía de regreso desde Ocaña para El Aserrío con mi hermano Ricardo, que para entonces tenía 8 años. Antes de subir al bus de línea, Ricardo empezó a pedirle a mi papá que le comprara una gelatina, de las mismas que él le regalaba de camino a la escuela, “una de sabor a fresa, papá, por fa, por fa”. Mi papá estaba muy embolatado y le pidió que se esperara, pero Ricardo pida y pida la gelatina.

Cuando ya se acomodaron los pasajeros en el bus, entre los cuales venían vecinos suyos, mi papá cogió a mi hermano de la mano y se fueron a una tienda a comprar la famosa gelatina, y ahí a mí papá se le ocurrió comprar para todos en la casa, incluida yo. La mujer que los atendió echó las cinco gelatinas de distintos sabores en una bolsita de plástico transparente y Ricardo dice que eso parecía un arcoíris: se veían muchos colores por donde uno mirara, y él se entretuvo dándole vueltas a la bolsa y enrollándosela en el brazo, hasta que se quedó dormido.

A medio camino, cuando ya el bus cogió la carretera destapada, el conductor tuvo que parar en uno de los famosos retenes de los paramilitares de Juancho Prada. Un hombre encapuchado se subió al bus y les dijo a todos que se bajaran, incluido Ricardo. Él se despertó, tuvo miedo, pero se sujetó fuerte de la mano de mi papá y se sintió protegido. A los hombres les dijeron que se hicieran atrás del bus, y Ricardo no se quiso soltar del brazo de mi papá. Entonces les pidieron la cédula y empezaron a preguntar que qué traían en las maletas y en las cajas y costales que habían guardado en el baúl, que si ellos eran gente de la región, de Teorama o de San Calixto, y que qué habían ido a hacer a Ocaña. Dice mi hermano que los tipos se reían, hablaban con muchas groserías y empujaban a la gente. También recuerda muy bien que, a una señora embarazada, los paracos la tumbaron en un potrero y ella empezó a decir que le dolía la barriga, pero nadie podía hacer absolutamente nada para ayudarla.

Entonces les ordenaron a los hombres que hicieran una fila. Ricardo no se soltó de mi papá por más que él le pidiera que se quitara de ahí y que fuera a esconderse al monte. Los paracos se reían de Ricardo. Le decían cosas como que ya estaba grandecito para andar entre las enaguas del papá, que parecía maricón. La cosa empezó a ponerse peor porque la mamá de uno de los hombres empezó a llorar y a decir que no, que ellos no debían nada, que los dejaran ir. Los paracos le pegaron y le dieron un tiro, ahí, delante de todos. El pitido del tiro se le metió en los oídos a Ricardo. Silencio.

“¡Guillermo Quintero! ¡Ah, con que escondiéndose este perro! De rodillas, las manos en la nuca”, le gritaron en un momento los paracos a mi papá. Su nombre aparecía en una lista, y entonces Ricardo se llenó de pavor. Cuando él nos cuenta la historia se queda callado en este momento. Pobrecito mi hermano... yo a veces quisiera que él no siguiera hablando, siento que le duele mucho, pero él respira y sigue...

Ricardo sintió que el tiempo se congelaba. Ricardo se orinó en sus pantalones por el miedo que le entró al ver que uno de los paracos alistaba su fusil.

Miró a mi papá y se dio cuenta de que en ese momento ambos tenían la misma estatura, que eran iguales. Ricardo escuchó varios tiros, tiros que llegaron hasta muy adentro del cuerpo de mi papá. Cierra los ojos y siente de cerca cada una de las detonaciones. Le retumba el pecho, se le mueven las tripas. Escucha risas. Papá cae al suelo, pero Ricardo sigue ahí, aferrado a su lado. Se mira su brazo derecho y ve la bolsita plástica llena de gelatinas de colores que se había enrollado, el arcoíris que lleva pegado a él.

Mi mamá siempre cuenta que era tanto el dolor que sentía, que lo único que la animó a continuar era vernos a nosotros, sus hijos, y el hecho de tenerme a mí en brazos: “Los hijos míos son la fuerza mía”, todavía la escucho que dice. Desde que me acuerdo, Ricardo me regala una gelatina en mi cumpleaños. Es como si sintiera que debe terminar de hacerme el regalo que mi papá me iba a hacer aquel día terrible de su muerte.Al principio no entendía muy bien por qué lo hacía, pero ahora comprendo que es para enviarme un mensaje: la memoria de mi papá sigue acompañándonos, él sigue estando en medio de nosotros. Mi hermanito a veces se queda callado, como ido, como muy pensativo, y yo sé que es por lo que le tocó vivir. Cuando lo veo así yo me voy al lado de él y me le monto a tuche, lo hago reír, le cuento algún chiste bien bueno para que se distraiga y recuerde que aquí, en su casa, siempre lo vamos a querer. “

Historia recopilada de: HISTORIAS Y COLORES DE MI REGIÓN VOCES Y MEMORIAS DE NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES DEL CATATUMBO Catatumbo: memorias de vida y dignidad.

CULTURA

ACTUALIDAD

La chiva de la nostalgia

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

Sección: CIUDAD DE PAPEL, reconociendo nuestra ciudad a través del activismo gráfico y narrativo

 

Diseño sin título

 

 

 

En la tierra de la impunidad

Realizado por: Angie Vargas Ballestero y Alejandra Páez Bravo.

 

 

La Chiva de la Nostalgia es un colectivo que se dedica a narrar a la capital y cada uno de sus rincones desde la forma más artística. Narramos sus historias, sus aventuras, sus protagonistas, aquellos que hacen de Bogotá una ciudad maravillosa e inspiradora, que todos los días nos hacen enamóranos de ella, claro está, sin dejar a un lado crueles realidades que de igual forma construyen un país de guerra, un país de violencia, un país con aspectos negativos que le estamos dejando a los más pequeños.

Nosotres, los jóvenes, quienes pensábamos que, íbamos en el mejor camino, construyendo un país en Paz, una sociedad encaminada en erradicar la violencia, día tras día, nos damos cuenta que este difícil camino, tardará un poco más de lo prometido.

Este largo y doloroso camino hacia La Paz, interrumpido por masacres casi diarias, nos conmueve, todo lo que vemos, todo lo que imaginamos, todo lo que vivimos, se pinta de ira, rabia, miedo, incertidumbre; todo lo que sentimos se pierde en la magnitud del problema, el no poder hacer nada desde la ciudad, tener que ver a diario en la prensa la impunidad que se vive en los pueblos, en los rincones más alejados de Colombia.

Es por ello que, desde nuestros lugares de privilegio, con la finalidad de generar empatía en quienes nos observan y siendo consientes de lo que pasa en nuestro país, frente a la negatividad de ser ciegos ante la sangre que se derrama a diario por una guerra sin fin, nos unimos a la mejor forma de protesta y visibilización. Así es como les presentamos la historia de una joven campesina catatumbera, de nacimiento del corregimiento de el Aserrío, víctima de la cruel y extensa violencia que, sin pausa alguna, sacude a Colombia.

 

 

LA HISTORIA DE LA ÚLTIMA GELATINA

 

“Soy campesina catatumbera. Nací el 17 de febrero de 2003 en el corregimiento de El Aserrío. Soy la menor de cuatro hijos: dos hombres, otra mujer y yo. Mis materias favoritas son el español y las ciencias naturales, y las comidas que más me gustan son la rampuchada y la arepa de maíz con queso que prepara mi mamá para el desayuno ….

El otro día Ricardo, mi hermano mayor, contó una historia mientras almorzábamos. Dijo que cuando estaba en segundo de primaria mi papá los llevaba a él y a Jairo, mi otro hermano, a la escuela. Cuando pasaban por enfrente de la tiendita de doña Carmen, mi papá les compraba pan y, a veces, unos tarritos de gelatina que venían de muchos colores y sabían delicioso. Mi hermano dijo que eso era como un secreto entre los tres, una forma que tenía mi papá de consentirlos ….

Qué hermosas estas historias, pensé yo. Deseé tener más recuerdos de mi papá, tener historias como esas para contárselas a mis amigas; pero yo crecí sin padre, pero no porque él o yo lo quisiéramos así: fue la violencia la que nos separó. Aunque yo tenía un año y no estaba con mi papá cuando nos dejó para siempre, he oído varias veces la historia y casi puedo reconstruir las cosas como pasaron... las lágrimas de mi nona, de mi mamá, la forma en que Ricardo cuenta lo que le tocó vivir.

Me da risa acordarme que, cuando estaba más pequeña y me portaba juiciosa en la escuela, escuchaba que las amigas de mi mamá decían: “Claro, ella no se acuerda de nada de lo del papá, ella no sabe nada, a ella no le afectó”. Pero ellas no se imaginan cuánto lo recuerdo y cómo siento su ausencia, especialmente en Navidad, cuando se hacen las novenas. Ya más grandecita, cuando quería salir a jugar, y a veces llegaba sin hacer las tareas al colegio, empezaron a decir que yo me portaba mal y, otra vez, escuché que hablaban de mi papá. Recuerdo oír a mi mamá que le decía a mi madrina: “Ella se porta mal por la falta del papá, es que eso me la afectó mucho”. Hablaban bajito, pero yo escuchaba todo. Ahora entiendo que los adultos creen que cuando uno es niño no entiende, no se da cuenta de lo qué pasa y que no le afecta. Hoy en día está muy claro, por lo menos en mi familia, que la muerte de mi papá nos afecta muchísimo a todos, incluida yo, que apenas alcancé a jugar con él.

Este pedazo de mi historia empezó cuando yo apenas tenía un año, en 2004, y se teje con las historias de muchos de mis amigos de esta región y con las de mis compañeros del salón, que también han perdido a seres queridos por causa de la violencia. Me gustaría que esta historia se convirtiera en un libro, y si eso pasara yo le pondría de título La última gelatina.

Era miércoles y mi papá venía de regreso desde Ocaña para El Aserrío con mi hermano Ricardo, que para entonces tenía 8 años. Antes de subir al bus de línea, Ricardo empezó a pedirle a mi papá que le comprara una gelatina, de las mismas que él le regalaba de camino a la escuela, “una de sabor a fresa, papá, por fa, por fa”. Mi papá estaba muy embolatado y le pidió que se esperara, pero Ricardo pida y pida la gelatina.

Cuando ya se acomodaron los pasajeros en el bus, entre los cuales venían vecinos suyos, mi papá cogió a mi hermano de la mano y se fueron a una tienda a comprar la famosa gelatina, y ahí a mí papá se le ocurrió comprar para todos en la casa, incluida yo. La mujer que los atendió echó las cinco gelatinas de distintos sabores en una bolsita de plástico transparente y Ricardo dice que eso parecía un arcoíris: se veían muchos colores por donde uno mirara, y él se entretuvo dándole vueltas a la bolsa y enrollándosela en el brazo, hasta que se quedó dormido.

A medio camino, cuando ya el bus cogió la carretera destapada, el conductor tuvo que parar en uno de los famosos retenes de los paramilitares de Juancho Prada. Un hombre encapuchado se subió al bus y les dijo a todos que se bajaran, incluido Ricardo. Él se despertó, tuvo miedo, pero se sujetó fuerte de la mano de mi papá y se sintió protegido. A los hombres les dijeron que se hicieran atrás del bus, y Ricardo no se quiso soltar del brazo de mi papá. Entonces les pidieron la cédula y empezaron a preguntar que qué traían en las maletas y en las cajas y costales que habían guardado en el baúl, que si ellos eran gente de la región, de Teorama o de San Calixto, y que qué habían ido a hacer a Ocaña. Dice mi hermano que los tipos se reían, hablaban con muchas groserías y empujaban a la gente. También recuerda muy bien que, a una señora embarazada, los paracos la tumbaron en un potrero y ella empezó a decir que le dolía la barriga, pero nadie podía hacer absolutamente nada para ayudarla.

Entonces les ordenaron a los hombres que hicieran una fila. Ricardo no se soltó de mi papá por más que él le pidiera que se quitara de ahí y que fuera a esconderse al monte. Los paracos se reían de Ricardo. Le decían cosas como que ya estaba grandecito para andar entre las enaguas del papá, que parecía maricón. La cosa empezó a ponerse peor porque la mamá de uno de los hombres empezó a llorar y a decir que no, que ellos no debían nada, que los dejaran ir. Los paracos le pegaron y le dieron un tiro, ahí, delante de todos. El pitido del tiro se le metió en los oídos a Ricardo. Silencio.

“¡Guillermo Quintero! ¡Ah, con que escondiéndose este perro! De rodillas, las manos en la nuca”, le gritaron en un momento los paracos a mi papá. Su nombre aparecía en una lista, y entonces Ricardo se llenó de pavor. Cuando él nos cuenta la historia se queda callado en este momento. Pobrecito mi hermano... yo a veces quisiera que él no siguiera hablando, siento que le duele mucho, pero él respira y sigue...

Ricardo sintió que el tiempo se congelaba. Ricardo se orinó en sus pantalones por el miedo que le entró al ver que uno de los paracos alistaba su fusil.

Miró a mi papá y se dio cuenta de que en ese momento ambos tenían la misma estatura, que eran iguales. Ricardo escuchó varios tiros, tiros que llegaron hasta muy adentro del cuerpo de mi papá. Cierra los ojos y siente de cerca cada una de las detonaciones. Le retumba el pecho, se le mueven las tripas. Escucha risas. Papá cae al suelo, pero Ricardo sigue ahí, aferrado a su lado. Se mira su brazo derecho y ve la bolsita plástica llena de gelatinas de colores que se había enrollado, el arcoíris que lleva pegado a él.

Mi mamá siempre cuenta que era tanto el dolor que sentía, que lo único que la animó a continuar era vernos a nosotros, sus hijos, y el hecho de tenerme a mí en brazos: “Los hijos míos son la fuerza mía”, todavía la escucho que dice. Desde que me acuerdo, Ricardo me regala una gelatina en mi cumpleaños. Es como si sintiera que debe terminar de hacerme el regalo que mi papá me iba a hacer aquel día terrible de su muerte.Al principio no entendía muy bien por qué lo hacía, pero ahora comprendo que es para enviarme un mensaje: la memoria de mi papá sigue acompañándonos, él sigue estando en medio de nosotros. Mi hermanito a veces se queda callado, como ido, como muy pensativo, y yo sé que es por lo que le tocó vivir. Cuando lo veo así yo me voy al lado de él y me le monto a tuche, lo hago reír, le cuento algún chiste bien bueno para que se distraiga y recuerde que aquí, en su casa, siempre lo vamos a querer. “

Historia recopilada de: HISTORIAS Y COLORES DE MI REGIÓN VOCES Y MEMORIAS DE NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES DEL CATATUMBO Catatumbo: memorias de vida y dignidad.

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