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La chiva de la nostalgia

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

 

Mamá Luna

 

 

MAMÁ LUNA 

Por: María Camila Hernández

    Valentina Prieto Soler

    María Fernanda Riaño

 

 

Sinopsis: Faltan 15 para las 9 y la luna, amorosa y muy gordita, se sostiene en lo más alto del cielo. Inés camina con afán por las encharcadas calles del barrio con el deseo de llegar pronto a su casa y poder ver nuevamente a sus hijos después de ocho largas horas de trabajo, pues sabe con certeza que la mejor parte del día aparece siempre con sus abrazos, esos que curan cualquier dolor que haya podido arrugarle el corazón durante el día, que borran los malos momentos, los enojos, el estrés, el trabajo acumulado, los regaños del jefe, el café frío, la soledad de a ratos y la ausencia de sonrisas que a veces causa habitan su monotonía. Crónicas citadinas, en su primera entrega, cuenta la historia de Inés, una mujer cabeza de hogar que nos relata los amores, los miedos, las ilusiones y las luchas que envuelven su cotidianidad día a día.

 

MAMÁ LUNA 

Por: María Camila Hernández

 

La lluvia se desborda rebelde sobre los tejados de zinc de las casas de la cuadra, tic tac, tic tac, tic tac, caen las gotas al compás de las agujas del reloj de Inés. En la ventana de la casa de la esquina se alcanza a divisar la figura de Don Armando asomándose, un risueño hombre ya entrado en los 70, viudo desde hace 5 años y cuyas únicas compañías parecen ser Toby, un perrito picarón con solo 3 patitas que vivió en la calle mucho tiempo hasta que el viejo lo adoptó y Federica, una lora que se sabe todos los chismes del barrio. -¡Tic tac, tic tac Inesita!-, le grita don armando siempre que la ve pasar a la misma hora y con el mismo afán de quien quiere llegar rápido a su hogar después de 8 horas de trabajo. Faltan 15 para las 9 y la luna, amorosa y muy gordita, se sostiene en lo más alto del cielo.


Inés camina rápido mientras sus zapatos se encharcan poco a poco con el agua que reposa ya en los andenes. Dobla la esquina de la 25 y alcanza a divisar a doña Margarita, que ya cansada y bostezando se dispone a bajar la reja de su local. Inés aprieta los codos, agiliza el paso, atraviesa la calle y alcanza a hacerle exageradas señas para que la atienda. - ¡1.000 de pan hojaldrado y una colombiana! ¡Ah, y dos bubalus! ¡Gracias doña Margarita! -

Su hijo se asoma a la ventana husmeando, quizás el muy vivo ha percibido con antojo el olor del pan, seguramente ya no tan fresquito, pero sí muy rico. Los saluda, a él y a Valen, su otra hija. Valen tiene 11 y una sonrisa con hoyuelos que siempre aparece gigante cuando ve llegar a su mamá, Samuel por su parte en 5 días cumplirá 14, aunque él ya se considera un hombre hecho y derecho, capaz de cuidar muy bien a su hermanita y a los dos arbolitos de su pequeño patio.

Beso en la mejilla para el uno, beso en la frente para el otro, y abrazos para los dos. Inés sabe que lo mejor de llegar a casa es el abrazo de sus hijos, ese que cura cualquier dolor que haya podido arrugarle el corazón durante el día, que borra los malos momentos, los enojos, el estrés, el trabajo acumulado, los regaños del jefe, el café frío, la soledad de a ratos y la ausencia de sonrisas que a veces causa la monotonía. ¡Y bueno! - Pónganme los cuadernos sobre la mesa para revisar que todas las tareas estén hechecitas para mañana y a dormir - les dice Inés mientras los acelera con sus manos. ¡Ah! ¡y a afananarle a sentarse ella para no perderse más la novela!


Los cuadernos se esparcen de par en par sobre la mesa. Hojas medio arrugadas, letras chonetas, números enredados, mapas en papel mantequilla coloreados a la carrera, cuentos por un lado, poemas por el otro, dibujos reteñidos, planas y sueños, ¡Muchos sueños reposando con ansias en cada página! Samuel anhela ser historiador y escribirlo todo en la libreta de papel antiguo que le regalaron hace ya tres navidades y Valentina, planea ser maestra de biología y enseñarles a sus estudiantes sobre las células, las flores y los feroces animales de la selva.


De vez en cuando la nostalgia invade el corazón de Inés y al mirarlos fijamente, sus ojos se encharcan con disimulo. Entre el trabajo, los buses, las rutinas medidas, las horas contadas y la presión angustiosa de tener que sostener sola su hogar, poco tiempo le queda entre semana para poder compartir con sus hijos, y decir “los extrañé” cada noche al llegar a casa parece ser cada vez menos suficiente.


Sin embargo, aunque quizás ellos no lo sepan, los cuida con fervor, con todo lo que puede dar y también con todo lo que puede pedir prestado. Los cuida con los ojos de Maritza, la vecina que le hace el favor de recibirlos del colegio y darles el almuercito caliente cada día; con la sonrisa de doña Margarita fiándoles en la tienda todo lo que necesiten; con la camaradería del viudo de don Armando, cuando se pasa por la casa algunas tardes a echarles un ojito, contarles chistes y prestarles algún libro; o con la amabilidad de los Jiménez, que con gentileza suelen prestarles el internet para las tareas cuando Inés aún no ha podido pagarlo.


Inés los cuida, los cuida con la fuerza que logra tener aún entre sus manos maltratadas y encalladas por el trajín diario de su oficio, con su corazón aún adolorido por el abandono de su marido, con su alma aferrada a la esperanza de que al final del día todo salga bien y que sus niños puedan comprender que todos los sacrificios son por ellos, para que la sonrisa de Valen y el coraje de Samuel, no se borren jamás.


Sabe bien que si diosito se lo permite, despertará todos los días agradecida de poder tener un sueldo fijo cada mes. Que espera seguir llegando a casa de afán cada noche solamente para poder recibir esos besos y esos abrazos, comer ese pan con colombiana y revisar las tareas hechas… Seguir anhelando que llegue el domingo para no despegarse de sus hijos, para ir al asadero de don Danilo y su familia por ese pollo jugosito que les alegra las tardes y dirigirse después por el parque del barrio para jugar un rato, acostarse en el pasto, volar cometa y comer helado de fresa… Seguir viendo a sus hijos crecer y que con el tiempo, su niña se convierta en la mejor profesora de biología, y su hijo, logre viajar por el mundo para anotar en la vieja libreta todo lo que su corazón le dicte.


Por ahora, solo les queda irse a dormir, pues mañana muy temprano a la escuela y al trabajo deben llegar. Como de costumbre, beso en la mejilla para el uno, beso en la frente para el otro y la bendición para que las pesadillas se espanten. Igual no pasa nada, se asegura ella, pues sabe que, aunque parezca el cielo roto y el aguacero no muestre señas de escampar, los vigila y los protege nada más y nada menos que la amorosa y gordita luna de Bogotá.

 

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La chiva de la nostalgia

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

 

Mamá Luna

 

 

MAMÁ LUNA 

Por: María Camila Hernández

    Valentina Prieto Soler

    María Fernanda Riaño

 

 

Sinopsis: Faltan 15 para las 9 y la luna, amorosa y muy gordita, se sostiene en lo más alto del cielo. Inés camina con afán por las encharcadas calles del barrio con el deseo de llegar pronto a su casa y poder ver nuevamente a sus hijos después de ocho largas horas de trabajo, pues sabe con certeza que la mejor parte del día aparece siempre con sus abrazos, esos que curan cualquier dolor que haya podido arrugarle el corazón durante el día, que borran los malos momentos, los enojos, el estrés, el trabajo acumulado, los regaños del jefe, el café frío, la soledad de a ratos y la ausencia de sonrisas que a veces causa habitan su monotonía. Crónicas citadinas, en su primera entrega, cuenta la historia de Inés, una mujer cabeza de hogar que nos relata los amores, los miedos, las ilusiones y las luchas que envuelven su cotidianidad día a día.

 

MAMÁ LUNA 

Por: María Camila Hernández

 

La lluvia se desborda rebelde sobre los tejados de zinc de las casas de la cuadra, tic tac, tic tac, tic tac, caen las gotas al compás de las agujas del reloj de Inés. En la ventana de la casa de la esquina se alcanza a divisar la figura de Don Armando asomándose, un risueño hombre ya entrado en los 70, viudo desde hace 5 años y cuyas únicas compañías parecen ser Toby, un perrito picarón con solo 3 patitas que vivió en la calle mucho tiempo hasta que el viejo lo adoptó y Federica, una lora que se sabe todos los chismes del barrio. -¡Tic tac, tic tac Inesita!-, le grita don armando siempre que la ve pasar a la misma hora y con el mismo afán de quien quiere llegar rápido a su hogar después de 8 horas de trabajo. Faltan 15 para las 9 y la luna, amorosa y muy gordita, se sostiene en lo más alto del cielo.


Inés camina rápido mientras sus zapatos se encharcan poco a poco con el agua que reposa ya en los andenes. Dobla la esquina de la 25 y alcanza a divisar a doña Margarita, que ya cansada y bostezando se dispone a bajar la reja de su local. Inés aprieta los codos, agiliza el paso, atraviesa la calle y alcanza a hacerle exageradas señas para que la atienda. - ¡1.000 de pan hojaldrado y una colombiana! ¡Ah, y dos bubalus! ¡Gracias doña Margarita! -

Su hijo se asoma a la ventana husmeando, quizás el muy vivo ha percibido con antojo el olor del pan, seguramente ya no tan fresquito, pero sí muy rico. Los saluda, a él y a Valen, su otra hija. Valen tiene 11 y una sonrisa con hoyuelos que siempre aparece gigante cuando ve llegar a su mamá, Samuel por su parte en 5 días cumplirá 14, aunque él ya se considera un hombre hecho y derecho, capaz de cuidar muy bien a su hermanita y a los dos arbolitos de su pequeño patio.

Beso en la mejilla para el uno, beso en la frente para el otro, y abrazos para los dos. Inés sabe que lo mejor de llegar a casa es el abrazo de sus hijos, ese que cura cualquier dolor que haya podido arrugarle el corazón durante el día, que borra los malos momentos, los enojos, el estrés, el trabajo acumulado, los regaños del jefe, el café frío, la soledad de a ratos y la ausencia de sonrisas que a veces causa la monotonía. ¡Y bueno! - Pónganme los cuadernos sobre la mesa para revisar que todas las tareas estén hechecitas para mañana y a dormir - les dice Inés mientras los acelera con sus manos. ¡Ah! ¡y a afananarle a sentarse ella para no perderse más la novela!


Los cuadernos se esparcen de par en par sobre la mesa. Hojas medio arrugadas, letras chonetas, números enredados, mapas en papel mantequilla coloreados a la carrera, cuentos por un lado, poemas por el otro, dibujos reteñidos, planas y sueños, ¡Muchos sueños reposando con ansias en cada página! Samuel anhela ser historiador y escribirlo todo en la libreta de papel antiguo que le regalaron hace ya tres navidades y Valentina, planea ser maestra de biología y enseñarles a sus estudiantes sobre las células, las flores y los feroces animales de la selva.


De vez en cuando la nostalgia invade el corazón de Inés y al mirarlos fijamente, sus ojos se encharcan con disimulo. Entre el trabajo, los buses, las rutinas medidas, las horas contadas y la presión angustiosa de tener que sostener sola su hogar, poco tiempo le queda entre semana para poder compartir con sus hijos, y decir “los extrañé” cada noche al llegar a casa parece ser cada vez menos suficiente.


Sin embargo, aunque quizás ellos no lo sepan, los cuida con fervor, con todo lo que puede dar y también con todo lo que puede pedir prestado. Los cuida con los ojos de Maritza, la vecina que le hace el favor de recibirlos del colegio y darles el almuercito caliente cada día; con la sonrisa de doña Margarita fiándoles en la tienda todo lo que necesiten; con la camaradería del viudo de don Armando, cuando se pasa por la casa algunas tardes a echarles un ojito, contarles chistes y prestarles algún libro; o con la amabilidad de los Jiménez, que con gentileza suelen prestarles el internet para las tareas cuando Inés aún no ha podido pagarlo.


Inés los cuida, los cuida con la fuerza que logra tener aún entre sus manos maltratadas y encalladas por el trajín diario de su oficio, con su corazón aún adolorido por el abandono de su marido, con su alma aferrada a la esperanza de que al final del día todo salga bien y que sus niños puedan comprender que todos los sacrificios son por ellos, para que la sonrisa de Valen y el coraje de Samuel, no se borren jamás.


Sabe bien que si diosito se lo permite, despertará todos los días agradecida de poder tener un sueldo fijo cada mes. Que espera seguir llegando a casa de afán cada noche solamente para poder recibir esos besos y esos abrazos, comer ese pan con colombiana y revisar las tareas hechas… Seguir anhelando que llegue el domingo para no despegarse de sus hijos, para ir al asadero de don Danilo y su familia por ese pollo jugosito que les alegra las tardes y dirigirse después por el parque del barrio para jugar un rato, acostarse en el pasto, volar cometa y comer helado de fresa… Seguir viendo a sus hijos crecer y que con el tiempo, su niña se convierta en la mejor profesora de biología, y su hijo, logre viajar por el mundo para anotar en la vieja libreta todo lo que su corazón le dicte.


Por ahora, solo les queda irse a dormir, pues mañana muy temprano a la escuela y al trabajo deben llegar. Como de costumbre, beso en la mejilla para el uno, beso en la frente para el otro y la bendición para que las pesadillas se espanten. Igual no pasa nada, se asegura ella, pues sabe que, aunque parezca el cielo roto y el aguacero no muestre señas de escampar, los vigila y los protege nada más y nada menos que la amorosa y gordita luna de Bogotá.

 

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