logo ucentral

logo sintopia acn

acnfacebookacnyoutubeacninstragram

COM_MINITEKLIVESEARCH_RESULTADOS
Joomla Categories

LogoACN Movil

fb  tweet  youtube  instagram 

La chiva de la nostalgia

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

 

 

 

EN EL CORAZÓN DE LA CIUDAD

 

Por: María Camila Hernández Lastra.

María Fernanda Alzamora Mahecha.

María Fernanda Riaño Molina.

Natalia Beltrán García.

Laura Victoria Polanco Echeverry.

 

 

Sinopsis: En el barrio Santa Fe, jóvenes ajenas a la realidad de un lugar de su propia ciudad, viven una experiencia mágica con una comunidad llena de alma y anécdotas por contar, donde la sensibilidad, la violencia, el estigma y el olvido convergen en un mismo lugar.

 

 

Por: María Camila Hernández Lastra.

 

 

El tiempo transcurre con prisa, vistiéndose de espía para intentar averiguar lo que ocurre aquí, en el corazón de la ciudad. El Transmilenio pinta de rojo la Caracas y el cielo se engalana con cables eléctricos para dar la bienvenida; paredes antiguas de ladrillos de terracota y barrotes en las ventanas cuentan la historia que por casi un siglo han guardado; mientras otros muros reventados de color, se atreven a relatar el sentir más profundo de esta selva de concreto.

Las calles, venas abiertas de este barrio, se contagian de la fiebre intensa de quienes las transitan con gracia, con afán, con euforia, con miedo. La música proveniente de los bares ubicados entre la 19 y la 24 se expande con las corrientes del frío aire; los pitos de los carros que transitan despacio por las vías se hacen constantes, y los coqueteos murmurados viajan a oídos que los esperan ansiosos cargando el aire de lujuria. En los andenes, miradas perdidas entre el espeso humo dejan huella del desamparo, y misteriosos comportamientos permiten sospechar lo que ocurre en La Fortaleza y los otros escondites de quienes buscan huir de la realidad. Las madres se dirigen a la iglesia María Reina para pedirle a la virgen unos cuantos milagros; en el parque, los niños juegan basquetbol apostando la gaseosa con pan, mientras en la tarima, voces protesta se alzan con fuerza para gritar al mundo cada una de sus batallas. 

Afuera, muchos vociferan sobre una democracia que no existe, al menos no para todos; sobre una infinidad de promesas que el distrito arroja encanastadas como políticas públicas que rara vez se cumplen; sobre cientos de derechos escritos en papel que, a la hora de la verdad, se desvanecen… y los habitantes de este territorio, quedan encerrados en una realidad que nadie quiere conocer, atrapados bajo la etiqueta de “Zona de tolerancia”, bajo el recelo y el ojo mal justiciero del resto de la ciudad.

****

Ojos vendados han decidido no mirar y la fuerza implacable de la indiferencia ha crecido hasta convertirse en un monstruo tirano que no escucha, no entiende, no siente. Cada rincón del barrio se ha llenado de gritos mudos, evidencia de que a veces la suerte es una simple cuestión de azar; que Dios jugó a los dados y a ellos les tocó perder ante el filo de las injusticias; que son, ante todo, sobrevivientes de los estragos de una desigualdad social anunciada y residentes de una violencia que se pavonea intrépida a la luz del día, pero que también arremete en la oscuridad, dentro de cientos de corazas de estuco que sirven para ocultar lo que nadie quiere ver.

Personas con empleos informales viviendo de lo que el día a día les depare, de la incertidumbre del no empleo, de la suerte del rebusque o de la necesidad de una limosna para surtir el pan de cada día. 

Madres abandonadas con sus niños a su suerte.

Padres que ven a sus hijos irse por caminos empedrados, difíciles, inciertos. ¿Cómo salvarlos? 

Hijos que cuentan las largas horas para que vuelvan a casa sus padres y poder cobijarse en sus abrazos de nuevo. Otros que lloran desamor por los gritos y los golpes que poco a poco han reemplazado el afecto. 

Niños que, aunque intentan, ya no pueden escapar de las manos de metal frío que corta corazones e inocencias. Ni de la maldad que poco a poco va sacudiendo su interior.

Indígenas que transitan este territorio mientras viven una lucha interna por no olvidar sus raíces en medio de esta sombría modernidad. 

Afros que al son de tamboras y marimbas mueven sus caderas y les piden a sus ancestros la voluntad suficiente para poder mantener su identidad en medio de esta sociedad racista. 

Desplazados provenientes de todas partes del país que han llegado a este barrio escapando de la ferocidad de la guerra y la sevicia de los fusiles.

Inmigrantes que dejaron su país esperando tener una nueva oportunidad aquí y solo han encontrado el rencor nacido de la monstruosa xenofobia.

Trans que conviven con la ira de quienes buscan despojarlos de su magia de ser sirenas; con los murmullos que se expanden buscando quebrantar el orgullo con el que viven el amor sin prejuicios. 

Niñas y adolescentes que por mucho tiempo fueron buscadas y no se encontraron, y ahora las nubes no dejan de recordarlas.

Mujeres presas de cuatro paredes; llenas de heridas que se pudren, se infectan y parecen no sanar. Con huellas imborrables de espinas que se clavan bien adentro, con sonrisas rotas, con frío en la mirada. Mujeres que fueron obligadas a decir que porque, dicen, andaban solas en una esquina, porque usaban faldas cortas, porque su trabajo no era digno, porque se metieron donde no debían. Mujeres a las que sellaron sus bocas con pétalos de sangre, muertas en vida de tantos golpes provocados por los hombres que dijeron amarlas. Mujeres que tuvieron miedo de no alcanzar a llegar a casa; y otras, que nunca regresaron. 

Hoy, llora el cielo sobre la ciudad intentando lavar tanto dolor.

****

Sin embargo, en este pequeño trozo de ciudad la vida se despierta todos los días rebosante de ganas de vencer al dolor, la soledad y la muerte. Reinas y reyes del caos que los habitan, se rebelan, no se callan, no se rinden. Secan sus lágrimas, respiran y continúan caminando e imaginando cosas que parecen imposibles, porque aquí, también los sueños bailan al ritmo de la música y a veces incluso ponen a danzar al recuerdo de León de Greiff. 

La lucha por el reconocimiento viaja con la ventisca y queda inmortalizada en los rostros que conocemos, en las voces que se alzan, en las manos que se ayudan, en las familias que se protegen, en los abuelos y las abuelas que recuerdan, en las mujeres que se empoderan, en los niños que sonríen, que estudian, que anhelan un futuro… en cada trabajo, en cada canto, en cada baile, en cada amistad, en cada histeria, en cada denuncia y en cada muestra de amor. En la diversidad, en la interculturalidad, en la otredad, en el que es lo que quiere ser, en el que abraza lo que el otro es, en los que lo dan todo sin esperar nada a cambio, en los que se levantan y le dicen NO a la violencia. En los parceros, en los vecinos, en los hermanos; en los que, aún en medio de ruinas, todavía se aferran a su corazón.

Muchos guerreros, y también muchos amantes. Que saben que las batallas se pelean juntos; que se unen para transformar sus realidades, para que las circunstancias se hagan menos pesadas, menos hirientes, menos violentas.

Almas que con picardía y desparpajo se abren paso con esfuerzo entre la desmemoria del pasado y lo incierto del futuro; entre la segregación y la esperanza, que a pesar de todo continúa germinando en su interior para no parar de florecer. Almas a las que no les importa si la ciudad los sentencia al olvido... siempre estarán dispuestos a narrar sus historias, sus vidas y su barrio para quien desee escuchar la verdad del corazón de la ciudad. 

CULTURA

ACTUALIDAD

La chiva de la nostalgia

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

 

 

 

EN EL CORAZÓN DE LA CIUDAD

 

Por: María Camila Hernández Lastra.

María Fernanda Alzamora Mahecha.

María Fernanda Riaño Molina.

Natalia Beltrán García.

Laura Victoria Polanco Echeverry.

 

 

Sinopsis: En el barrio Santa Fe, jóvenes ajenas a la realidad de un lugar de su propia ciudad, viven una experiencia mágica con una comunidad llena de alma y anécdotas por contar, donde la sensibilidad, la violencia, el estigma y el olvido convergen en un mismo lugar.

 

 

Por: María Camila Hernández Lastra.

 

 

El tiempo transcurre con prisa, vistiéndose de espía para intentar averiguar lo que ocurre aquí, en el corazón de la ciudad. El Transmilenio pinta de rojo la Caracas y el cielo se engalana con cables eléctricos para dar la bienvenida; paredes antiguas de ladrillos de terracota y barrotes en las ventanas cuentan la historia que por casi un siglo han guardado; mientras otros muros reventados de color, se atreven a relatar el sentir más profundo de esta selva de concreto.

Las calles, venas abiertas de este barrio, se contagian de la fiebre intensa de quienes las transitan con gracia, con afán, con euforia, con miedo. La música proveniente de los bares ubicados entre la 19 y la 24 se expande con las corrientes del frío aire; los pitos de los carros que transitan despacio por las vías se hacen constantes, y los coqueteos murmurados viajan a oídos que los esperan ansiosos cargando el aire de lujuria. En los andenes, miradas perdidas entre el espeso humo dejan huella del desamparo, y misteriosos comportamientos permiten sospechar lo que ocurre en La Fortaleza y los otros escondites de quienes buscan huir de la realidad. Las madres se dirigen a la iglesia María Reina para pedirle a la virgen unos cuantos milagros; en el parque, los niños juegan basquetbol apostando la gaseosa con pan, mientras en la tarima, voces protesta se alzan con fuerza para gritar al mundo cada una de sus batallas. 

Afuera, muchos vociferan sobre una democracia que no existe, al menos no para todos; sobre una infinidad de promesas que el distrito arroja encanastadas como políticas públicas que rara vez se cumplen; sobre cientos de derechos escritos en papel que, a la hora de la verdad, se desvanecen… y los habitantes de este territorio, quedan encerrados en una realidad que nadie quiere conocer, atrapados bajo la etiqueta de “Zona de tolerancia”, bajo el recelo y el ojo mal justiciero del resto de la ciudad.

****

Ojos vendados han decidido no mirar y la fuerza implacable de la indiferencia ha crecido hasta convertirse en un monstruo tirano que no escucha, no entiende, no siente. Cada rincón del barrio se ha llenado de gritos mudos, evidencia de que a veces la suerte es una simple cuestión de azar; que Dios jugó a los dados y a ellos les tocó perder ante el filo de las injusticias; que son, ante todo, sobrevivientes de los estragos de una desigualdad social anunciada y residentes de una violencia que se pavonea intrépida a la luz del día, pero que también arremete en la oscuridad, dentro de cientos de corazas de estuco que sirven para ocultar lo que nadie quiere ver.

Personas con empleos informales viviendo de lo que el día a día les depare, de la incertidumbre del no empleo, de la suerte del rebusque o de la necesidad de una limosna para surtir el pan de cada día. 

Madres abandonadas con sus niños a su suerte.

Padres que ven a sus hijos irse por caminos empedrados, difíciles, inciertos. ¿Cómo salvarlos? 

Hijos que cuentan las largas horas para que vuelvan a casa sus padres y poder cobijarse en sus abrazos de nuevo. Otros que lloran desamor por los gritos y los golpes que poco a poco han reemplazado el afecto. 

Niños que, aunque intentan, ya no pueden escapar de las manos de metal frío que corta corazones e inocencias. Ni de la maldad que poco a poco va sacudiendo su interior.

Indígenas que transitan este territorio mientras viven una lucha interna por no olvidar sus raíces en medio de esta sombría modernidad. 

Afros que al son de tamboras y marimbas mueven sus caderas y les piden a sus ancestros la voluntad suficiente para poder mantener su identidad en medio de esta sociedad racista. 

Desplazados provenientes de todas partes del país que han llegado a este barrio escapando de la ferocidad de la guerra y la sevicia de los fusiles.

Inmigrantes que dejaron su país esperando tener una nueva oportunidad aquí y solo han encontrado el rencor nacido de la monstruosa xenofobia.

Trans que conviven con la ira de quienes buscan despojarlos de su magia de ser sirenas; con los murmullos que se expanden buscando quebrantar el orgullo con el que viven el amor sin prejuicios. 

Niñas y adolescentes que por mucho tiempo fueron buscadas y no se encontraron, y ahora las nubes no dejan de recordarlas.

Mujeres presas de cuatro paredes; llenas de heridas que se pudren, se infectan y parecen no sanar. Con huellas imborrables de espinas que se clavan bien adentro, con sonrisas rotas, con frío en la mirada. Mujeres que fueron obligadas a decir que porque, dicen, andaban solas en una esquina, porque usaban faldas cortas, porque su trabajo no era digno, porque se metieron donde no debían. Mujeres a las que sellaron sus bocas con pétalos de sangre, muertas en vida de tantos golpes provocados por los hombres que dijeron amarlas. Mujeres que tuvieron miedo de no alcanzar a llegar a casa; y otras, que nunca regresaron. 

Hoy, llora el cielo sobre la ciudad intentando lavar tanto dolor.

****

Sin embargo, en este pequeño trozo de ciudad la vida se despierta todos los días rebosante de ganas de vencer al dolor, la soledad y la muerte. Reinas y reyes del caos que los habitan, se rebelan, no se callan, no se rinden. Secan sus lágrimas, respiran y continúan caminando e imaginando cosas que parecen imposibles, porque aquí, también los sueños bailan al ritmo de la música y a veces incluso ponen a danzar al recuerdo de León de Greiff. 

La lucha por el reconocimiento viaja con la ventisca y queda inmortalizada en los rostros que conocemos, en las voces que se alzan, en las manos que se ayudan, en las familias que se protegen, en los abuelos y las abuelas que recuerdan, en las mujeres que se empoderan, en los niños que sonríen, que estudian, que anhelan un futuro… en cada trabajo, en cada canto, en cada baile, en cada amistad, en cada histeria, en cada denuncia y en cada muestra de amor. En la diversidad, en la interculturalidad, en la otredad, en el que es lo que quiere ser, en el que abraza lo que el otro es, en los que lo dan todo sin esperar nada a cambio, en los que se levantan y le dicen NO a la violencia. En los parceros, en los vecinos, en los hermanos; en los que, aún en medio de ruinas, todavía se aferran a su corazón.

Muchos guerreros, y también muchos amantes. Que saben que las batallas se pelean juntos; que se unen para transformar sus realidades, para que las circunstancias se hagan menos pesadas, menos hirientes, menos violentas.

Almas que con picardía y desparpajo se abren paso con esfuerzo entre la desmemoria del pasado y lo incierto del futuro; entre la segregación y la esperanza, que a pesar de todo continúa germinando en su interior para no parar de florecer. Almas a las que no les importa si la ciudad los sentencia al olvido... siempre estarán dispuestos a narrar sus historias, sus vidas y su barrio para quien desee escuchar la verdad del corazón de la ciudad. 

ESPECIALES

PLAYLIST                                            

Logo ACN Pata Blanco


NAVEGACIÓN       

 

Inicio
Actualidad
Cultura
Opinión
Deportes


CONTÁCTENOS            

 

Conmutadores: 323 98 68 y 326 68 20
Extensión 4060 / 4063
Correo: agenciacentraldenoticias@ucentral.edu.co

© 2017 Todos los derechos reservados. ACN | Agencia Central de Noticias. Sede Norte: Calle 75 n.º 16-03 Edificio Violi piso 5, Bogotá - Colombia