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"Ícaro", más que un documental deportivo

 Icaro foto Netflix

Por: Daniela Sánchez Martínez


Al ver Ícaro, ganador de un Oscar como mejor producción en la categoría de documental largo, en el año 2018, son muchos los elementos que se vienen a la cabeza, pues al ver el breve resumen que ofrece Netflix sobre él, se da a entender que es una inmersión en el mundo del dopaje en el ciclismo inicialmente, poniendo este punto como centro del documental en el que el espectador deberá fijar su atención y, por lo tanto, posiblemente, deberá ser amante de este deporte y al menos tener algo de interés en el tema para darle clic a un contenido de 121 minutos, lo que sucede con la mayoría de los documentales, no solo del ámbito deportivo sino de temáticas generales.

Sin embargo, y hablo desde mi perspectiva, encontrar que esta producción le otorga un premio Oscar a la plataforma Netflix sin ser ninguna de sus series “consentidas” o películas populares, sino un documental y además deportivo, causa una gran intriga y curiosidad al querer ver qué es lo que contiene y por qué es tan diferente de otros grandes documentales en la historia del deporte.

Sin buscar spoilers, es bueno dar un vistazo a los datos generales de este documental antes de verlo. Uno de los datos más atrayentes es saber que su director (Bryan Fogel), es además el protagonista del mismo y, lo más interesante, es que no lo hace desde su posición de cineasta sino, desde su lugar de deportista aficionado que se cohibirá de ver uno de los hechos más polémicos del deporte desde detrás de una cámara y pasará a vivirlos propiamente. Este es, creo yo, el factor más interesante que trae esta historia, pues sus protagonistas ayudan al público a irse sumergiendo poco a poco en la situación real que ellos viven, generando una empatía entre el espectador y quien está al otro lado de la pantalla, y dejándose llevar incluso más por la subjetividad que por la realidad de los hechos escandalosos que están alrededor de sus vidas constantemente.

En ese orden de ideas, el hecho que más resalto y que se convierte en el abrebocas del documental, es esa curiosidad e incluso “morbo” que forja, no en un sentido antimoralista o antiético, sino más como un contexto que genera atracción e intriga al espectador para saber más, entender y conocer las diferentes razones que sostienen el dopaje en el deporte, y que a pesar de tildarlo como una acción prohibida es más común de lo que parece, y que desde otra perspectiva no es tan siniestro ni oculto como lo hacen ver.

La trama principal realmente no es mostrar lo malo del dopaje en el deporte: es mostrar cómo el nombre de las instituciones oficiales del deporte olímpico y también del mismo Estado se va diluyendo con el pasar de los años que en el documental se resumen en minutos, iniciando con una simple prueba experimental que tiene de protagonistas al ya mencionado Bryan Fogel; esto, junto con el coprotagonista Grigory Rodchenkov, científico y químico ruso que fue el anterior director del Centro Antidopaje de Moscú, de donde se desprende gran parte de la historia.

Algo que yo rescato grandemente, es la forma en la que enganchan al público; es bastante particular, pues, su estructura se forja desde lo micro a lo macro, es por eso que ver desde el momento inicial en que se conocen estos dos personajes y empiezan a interactuar, hace que el espectador se sienta como alguien más dentro de la historia; las sustancias químicas que se deben usar, las muestras de orina, los cronogramas, la forma de inyección, todo esto es tan visible, que casi podría decirse que dan vía libre para que alguien que lo vea pueda hacerlo, es decir, no de una forma clandestina, pues allí eso es lo que resaltan, que hay acompañamiento real para esto, desde químicos especializados, doctores, directores, etc., que dan un acompañamiento a los deportistas con el único fin de que tengan un mejor rendimiento.

En el foco crucial del documental, cuando esta práctica “inocente” pero que el mismo Rodchenkov llama como el “erotismo y la pornografía del deporte”, se convierte en eso precisamente, se torna un poco más complejo de entender y confuso para unir puntos, pues en un panorama más amplio, se destapan los trabajos hechos “por debajo de la mesa” especialmente en el Comité Olímpico Ruso, en donde empiezan a explotar una a una pequeñas bombas, y junto con ellas, van rodando cabezas, y van apareciendo cada vez más y más nombres de implicados, desde un vigilante de seguridad hasta al mismo presidente Putin; tanto así, que hay un punto en el que no se sabe quién es quién, si es inocente o no, si los deportistas tienen voz y voto dentro de sus deportes o no, quién carga a quién a la hora de pagar y dar la cara a la que se cree que es la justicia, y es allí, entonces, donde el deporte, como contexto cultural y de entretenimiento, queda un tanto relegado de esta pieza audiovisual y trasciende a un hecho social, político y hasta económico.

Desde una mirada más objetiva, podría decir que ese giro que toma el documental en ese momento es fundamental, pues se puede pensar que si el deporte netamente no es el protagonista de un contenido que es deportivo, no funciona; pero al contrario, esta pieza es realmente seductora por esa misma razón, ya que amplía el entorno deportivo y da a entender a las personas que lo ven, que el deporte puede ser un universo hermoso, pero que sin dejar de lado el funcionamiento jerárquico y “torcido” que rodea al mundo en general, también llega a ser sucio y escabroso. Con algo así se concluye el documental, pues dentro de la polémica por dopaje en Rusia específicamente, muchos pagaron (los más vulnerables); otros no (los de “arriba”), las familias sufrieron, los deportistas fueron suspendidos, algunos volvieron y algunos, o la mayoría, siguen en el mismo camino de antes, pues quienes desvían la normativa, son quienes más la conocen y más fácil pueden acceder a ella para burlarla.

Es por eso que el trabajo realizado por Bryan Fogel es impecable, se aleja de las formalidades y los tapujos, para mostrar a los que son aficionados del deporte y a los que no, que todo tiene su lado agradable y satisfactorio; sin embargo, es muy difícil lograr vivirlo sin untarse un poco de esa “mermelada” que tanto odiamos, y por eso la supervivencia en el deporte termina siendo una alianza permanente entre el “bien y el mal”.

Foto: Netflix

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"Ícaro", más que un documental deportivo

 Icaro foto Netflix

Por: Daniela Sánchez Martínez


Al ver Ícaro, ganador de un Oscar como mejor producción en la categoría de documental largo, en el año 2018, son muchos los elementos que se vienen a la cabeza, pues al ver el breve resumen que ofrece Netflix sobre él, se da a entender que es una inmersión en el mundo del dopaje en el ciclismo inicialmente, poniendo este punto como centro del documental en el que el espectador deberá fijar su atención y, por lo tanto, posiblemente, deberá ser amante de este deporte y al menos tener algo de interés en el tema para darle clic a un contenido de 121 minutos, lo que sucede con la mayoría de los documentales, no solo del ámbito deportivo sino de temáticas generales.

Sin embargo, y hablo desde mi perspectiva, encontrar que esta producción le otorga un premio Oscar a la plataforma Netflix sin ser ninguna de sus series “consentidas” o películas populares, sino un documental y además deportivo, causa una gran intriga y curiosidad al querer ver qué es lo que contiene y por qué es tan diferente de otros grandes documentales en la historia del deporte.

Sin buscar spoilers, es bueno dar un vistazo a los datos generales de este documental antes de verlo. Uno de los datos más atrayentes es saber que su director (Bryan Fogel), es además el protagonista del mismo y, lo más interesante, es que no lo hace desde su posición de cineasta sino, desde su lugar de deportista aficionado que se cohibirá de ver uno de los hechos más polémicos del deporte desde detrás de una cámara y pasará a vivirlos propiamente. Este es, creo yo, el factor más interesante que trae esta historia, pues sus protagonistas ayudan al público a irse sumergiendo poco a poco en la situación real que ellos viven, generando una empatía entre el espectador y quien está al otro lado de la pantalla, y dejándose llevar incluso más por la subjetividad que por la realidad de los hechos escandalosos que están alrededor de sus vidas constantemente.

En ese orden de ideas, el hecho que más resalto y que se convierte en el abrebocas del documental, es esa curiosidad e incluso “morbo” que forja, no en un sentido antimoralista o antiético, sino más como un contexto que genera atracción e intriga al espectador para saber más, entender y conocer las diferentes razones que sostienen el dopaje en el deporte, y que a pesar de tildarlo como una acción prohibida es más común de lo que parece, y que desde otra perspectiva no es tan siniestro ni oculto como lo hacen ver.

La trama principal realmente no es mostrar lo malo del dopaje en el deporte: es mostrar cómo el nombre de las instituciones oficiales del deporte olímpico y también del mismo Estado se va diluyendo con el pasar de los años que en el documental se resumen en minutos, iniciando con una simple prueba experimental que tiene de protagonistas al ya mencionado Bryan Fogel; esto, junto con el coprotagonista Grigory Rodchenkov, científico y químico ruso que fue el anterior director del Centro Antidopaje de Moscú, de donde se desprende gran parte de la historia.

Algo que yo rescato grandemente, es la forma en la que enganchan al público; es bastante particular, pues, su estructura se forja desde lo micro a lo macro, es por eso que ver desde el momento inicial en que se conocen estos dos personajes y empiezan a interactuar, hace que el espectador se sienta como alguien más dentro de la historia; las sustancias químicas que se deben usar, las muestras de orina, los cronogramas, la forma de inyección, todo esto es tan visible, que casi podría decirse que dan vía libre para que alguien que lo vea pueda hacerlo, es decir, no de una forma clandestina, pues allí eso es lo que resaltan, que hay acompañamiento real para esto, desde químicos especializados, doctores, directores, etc., que dan un acompañamiento a los deportistas con el único fin de que tengan un mejor rendimiento.

En el foco crucial del documental, cuando esta práctica “inocente” pero que el mismo Rodchenkov llama como el “erotismo y la pornografía del deporte”, se convierte en eso precisamente, se torna un poco más complejo de entender y confuso para unir puntos, pues en un panorama más amplio, se destapan los trabajos hechos “por debajo de la mesa” especialmente en el Comité Olímpico Ruso, en donde empiezan a explotar una a una pequeñas bombas, y junto con ellas, van rodando cabezas, y van apareciendo cada vez más y más nombres de implicados, desde un vigilante de seguridad hasta al mismo presidente Putin; tanto así, que hay un punto en el que no se sabe quién es quién, si es inocente o no, si los deportistas tienen voz y voto dentro de sus deportes o no, quién carga a quién a la hora de pagar y dar la cara a la que se cree que es la justicia, y es allí, entonces, donde el deporte, como contexto cultural y de entretenimiento, queda un tanto relegado de esta pieza audiovisual y trasciende a un hecho social, político y hasta económico.

Desde una mirada más objetiva, podría decir que ese giro que toma el documental en ese momento es fundamental, pues se puede pensar que si el deporte netamente no es el protagonista de un contenido que es deportivo, no funciona; pero al contrario, esta pieza es realmente seductora por esa misma razón, ya que amplía el entorno deportivo y da a entender a las personas que lo ven, que el deporte puede ser un universo hermoso, pero que sin dejar de lado el funcionamiento jerárquico y “torcido” que rodea al mundo en general, también llega a ser sucio y escabroso. Con algo así se concluye el documental, pues dentro de la polémica por dopaje en Rusia específicamente, muchos pagaron (los más vulnerables); otros no (los de “arriba”), las familias sufrieron, los deportistas fueron suspendidos, algunos volvieron y algunos, o la mayoría, siguen en el mismo camino de antes, pues quienes desvían la normativa, son quienes más la conocen y más fácil pueden acceder a ella para burlarla.

Es por eso que el trabajo realizado por Bryan Fogel es impecable, se aleja de las formalidades y los tapujos, para mostrar a los que son aficionados del deporte y a los que no, que todo tiene su lado agradable y satisfactorio; sin embargo, es muy difícil lograr vivirlo sin untarse un poco de esa “mermelada” que tanto odiamos, y por eso la supervivencia en el deporte termina siendo una alianza permanente entre el “bien y el mal”.

Foto: Netflix

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