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Una tarde en el Museo Nacional

Wendy Ramirez

 

Sábado, 12 del mediodía, empezaba a llover en la fría Bogotá, una ciudad que en los 60 dejaba de ser gris, para integrar diversidad de colores en sus calles y en su gente.Una tarde en el museo nacional. Foto 1

Wen y yo, Dana, queríamos entrar al Museo Nacional, justo en la entrada se posó una gran nube opaca y todo el cielo parecía gris, lo cual era anuncio de una fuerte lluvia, entramos y en repetidas ocasiones analizamos que en los rostros de algunas personas.

El clima se refleja en sus ojos, y no nos referimos a que tienen tristeza en sus almas. O que quizá las gotas de agua representan sus lágrimas, queremos decir que algunos tienen sequía en sus corazones y podemos ver como sus ojos brillan al ver la lluvia.

Hicimos la fila, nos dieron los brazaletes de recorrido de ingreso al museo, en la primera sesión era todo lo relacionado con Bolívar y Policarpa Salavarrieta, había distintos cuadros de fotografías y pintura, una pequeña máquina de coser muy antigua y billetes con los rostros ya modificados según pasa el tiempo sobre la Pola.

Había un grupo grande de personas, entre esas un chico con un comportamiento un tanto extraño, todo lo miraba de manera distinta, se perdía y volvía en sí, sus ojos no eran neutros, daba la sensación de que estaba en muchos lugares, menos en el presente, parecía que venía solo, su mirada era fija y penetrante, algo incómoda. Solo lo observamos durantes unos minutos largos, llamó nuestra atención.Una tarde en el museo nacional. Foto 2

Seguimos en el recorrido, encontramos máscaras de las antiguas culturas de Colombia, trajes y pequeñas maquetas de los hogares indígenas, cuadros que rememoran momentos y utensilios que nos hacían percatar de nuestros avances tecnológicos que usamos actualmente.

Había un cuarto con distintos televisores, en los cuales salían antiguos videos a color, blanco y negro, donde relataban la historia de la colonización, Wen y yo observamos detenidamente cada vídeo, de repente sentimos que alguien estaba detrás de nosotras, giramos el cuerpo un poco y era ese chico, sentimos los pelos de punta, quizá era el miedo que nos produjo, de inmediato abandonamos ese cuarto.

Nos dirigimos a la exposición del meteorito que cayó en Boyaca, Colombia, un sábado santo de 1810. Justo cuando ya se iba terminar el recorrido, el chico pone la mano sobre el hombro de Dana y frunce el ceño, parpadeamos unos segundos y la mirada se mantuvo fija con él, se desploma, suenan las tabletas del piso muy duro, él cayó al piso, le empezaron a dar ataques epilépticos o eso parecía, de inmediato le prestaron ayuda médica en el museo.

Nos quedamos un rato más para saber qué había ocurrido con el chico. Mientras esperábamos, observamos con Wen el cuadro de un hombre desnudo, que estaba de pie y le faltaba una pierna. Wen no dejaba de ver su miembro, luego se dio cuenta que le faltaba una pierna a lo que dijo que igualmente seguía teniendo dos y que positiva siempre, me causo gracias, al parecer a ella también.

Una tarde en el museo nacional. Foto 3Finalmente decidimos ir a averiguar por el misterioso joven, así decidimos llamarle, no hace falta explicar por que, solo bastaba su mirada perdida y su acercamiento repentino, nos dijeron que el joven se pudo estabilizar y que su ataque había terminado, él ya no se encontraba allí, no sabíamos si sentir alivio o más intriga.

Iban a ser las 2 de la tarde, ya era hora de irnos, pero… ¿por qué no arreglarnos antes?, así que fuimos al baño y de la nada, sale él, es él saliendo del baño de hombres, nos vuelve a abordar, nos explica que le producimos confianza y no sabía a quién más recurrir, a lo que lo molestamos con comentarios alusivos al tema y le damos el consejo de no llegar de la nada o mirar como desquiciado.

Nos invita un café, respondemos que no, pues teníamos que irnos y la gran nube opaca ya estaba causando sus estragos con la lluvia, mientras entramos al baño él nos espera y aún sentimos un poco de angustia, es un extraño esperándonos, nos arreglamos y salimos.

Este hombre solo se comienza a reír, dice que nuestras caras de angustia son graciosas, que mejor vamos al transmilenio, él también tiene afán, nos comenta que su mamá ya lo llamó, nos dirigimos a la estación Museo Nacional mientras nos da su número, ya sentimos confianza, entramos y cada uno se despide como una escena de película. Adiós Miguel. Adiós Dana. Terminando así, la odisea de una salida tranquila al museo Nacional. 

 

 

 

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Una tarde en el Museo Nacional

Wendy Ramirez

 

Sábado, 12 del mediodía, empezaba a llover en la fría Bogotá, una ciudad que en los 60 dejaba de ser gris, para integrar diversidad de colores en sus calles y en su gente.Una tarde en el museo nacional. Foto 1

Wen y yo, Dana, queríamos entrar al Museo Nacional, justo en la entrada se posó una gran nube opaca y todo el cielo parecía gris, lo cual era anuncio de una fuerte lluvia, entramos y en repetidas ocasiones analizamos que en los rostros de algunas personas.

El clima se refleja en sus ojos, y no nos referimos a que tienen tristeza en sus almas. O que quizá las gotas de agua representan sus lágrimas, queremos decir que algunos tienen sequía en sus corazones y podemos ver como sus ojos brillan al ver la lluvia.

Hicimos la fila, nos dieron los brazaletes de recorrido de ingreso al museo, en la primera sesión era todo lo relacionado con Bolívar y Policarpa Salavarrieta, había distintos cuadros de fotografías y pintura, una pequeña máquina de coser muy antigua y billetes con los rostros ya modificados según pasa el tiempo sobre la Pola.

Había un grupo grande de personas, entre esas un chico con un comportamiento un tanto extraño, todo lo miraba de manera distinta, se perdía y volvía en sí, sus ojos no eran neutros, daba la sensación de que estaba en muchos lugares, menos en el presente, parecía que venía solo, su mirada era fija y penetrante, algo incómoda. Solo lo observamos durantes unos minutos largos, llamó nuestra atención.Una tarde en el museo nacional. Foto 2

Seguimos en el recorrido, encontramos máscaras de las antiguas culturas de Colombia, trajes y pequeñas maquetas de los hogares indígenas, cuadros que rememoran momentos y utensilios que nos hacían percatar de nuestros avances tecnológicos que usamos actualmente.

Había un cuarto con distintos televisores, en los cuales salían antiguos videos a color, blanco y negro, donde relataban la historia de la colonización, Wen y yo observamos detenidamente cada vídeo, de repente sentimos que alguien estaba detrás de nosotras, giramos el cuerpo un poco y era ese chico, sentimos los pelos de punta, quizá era el miedo que nos produjo, de inmediato abandonamos ese cuarto.

Nos dirigimos a la exposición del meteorito que cayó en Boyaca, Colombia, un sábado santo de 1810. Justo cuando ya se iba terminar el recorrido, el chico pone la mano sobre el hombro de Dana y frunce el ceño, parpadeamos unos segundos y la mirada se mantuvo fija con él, se desploma, suenan las tabletas del piso muy duro, él cayó al piso, le empezaron a dar ataques epilépticos o eso parecía, de inmediato le prestaron ayuda médica en el museo.

Nos quedamos un rato más para saber qué había ocurrido con el chico. Mientras esperábamos, observamos con Wen el cuadro de un hombre desnudo, que estaba de pie y le faltaba una pierna. Wen no dejaba de ver su miembro, luego se dio cuenta que le faltaba una pierna a lo que dijo que igualmente seguía teniendo dos y que positiva siempre, me causo gracias, al parecer a ella también.

Una tarde en el museo nacional. Foto 3Finalmente decidimos ir a averiguar por el misterioso joven, así decidimos llamarle, no hace falta explicar por que, solo bastaba su mirada perdida y su acercamiento repentino, nos dijeron que el joven se pudo estabilizar y que su ataque había terminado, él ya no se encontraba allí, no sabíamos si sentir alivio o más intriga.

Iban a ser las 2 de la tarde, ya era hora de irnos, pero… ¿por qué no arreglarnos antes?, así que fuimos al baño y de la nada, sale él, es él saliendo del baño de hombres, nos vuelve a abordar, nos explica que le producimos confianza y no sabía a quién más recurrir, a lo que lo molestamos con comentarios alusivos al tema y le damos el consejo de no llegar de la nada o mirar como desquiciado.

Nos invita un café, respondemos que no, pues teníamos que irnos y la gran nube opaca ya estaba causando sus estragos con la lluvia, mientras entramos al baño él nos espera y aún sentimos un poco de angustia, es un extraño esperándonos, nos arreglamos y salimos.

Este hombre solo se comienza a reír, dice que nuestras caras de angustia son graciosas, que mejor vamos al transmilenio, él también tiene afán, nos comenta que su mamá ya lo llamó, nos dirigimos a la estación Museo Nacional mientras nos da su número, ya sentimos confianza, entramos y cada uno se despide como una escena de película. Adiós Miguel. Adiós Dana. Terminando así, la odisea de una salida tranquila al museo Nacional. 

 

 

 

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