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La chiva de la nostalgia

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

 

 

 

“Sí, a Dios le gusta el rock”

 

Por: María Camila Hernández Lastra

Laura Victoria Polanco Echeverry

Nicolás David Rincón Ortiz

 

 

Sinopsis: En Lourdes, don Carlos logra apaciguar el peso de la ausencia que le dejó la guerra conquistando el corazón  rockerito de Perlita con un tocadiscos ingles de los años 50s.

 

El sol del mediodía se impone con grandeza en el cielo para obsequiarle a la fría Bogotá un poquito de calidez. En la plaza de Lourdes se puede inhalar una mezcla de aromas a resistencia, a café  y a pan que se esparcen rápidamente por el aire del lugar. Emanan en conjunto de algunos de los sitios para merendar que se encuentran ya hace bastante tiempo en el lugar, sitios que por navidades ha alimentado a los Rodríguez, a los Gonzáles y a los García que se niegan tras las continuas transformaciones dejar a su barrio morir, porque saben que, si esto sucede, sus recuerdos también lo harán y estos son los únicos que los han mantenido en pie.

En la sombrita de la esquina de la 63 con 13, Don Carlos se toma ya su segundo tinto, a ver si logra hacerle trampa al hambre unas horitas más, mientras espera algún citadino que se detenga a comprarle por lo menos un libro. “esta vaina esta jodida, ya nadie lee, ¿o usted lee don Jorge?”, el viejo lo observa con su rostro inexpresivo mientras acomoda los betunes en su caja para embolar, “si claro, los titulares y las noticias de la primera página del periódico de mis clientes, que dijo, hay que estar bien informado mijo”. Don Carlos no se desanima, se acaba el tintico, alza la mirada y entre la gente alcanza a divisar a Perlita que con afán se pierde por una de las cuadras de la iglesia. Disponiéndose a volver a trabajar después de un merecido almuerzo. “Ay Perlita, con su alma rockerita, ¿Qué hizo usted para enamorarme así? Solo mi Diosito sabe que mi corazón es suyo; y es esta iglesia, alma vieja detenida en el tiempo, testigo de mis suspiros”.

Para Carlos hoy no es un día cualquiera, es el cumpleaños de Perlita y el día perfecto para que, por fin, le declare su amor.  Con la barriga llenita de mariposas, se echa la bendición y emprende su camino. La plaza se ha vestido hoy de indignación. Es 30 de Agosto, día mundial de los desaparecidos, varias personas se han reunido y se han convertido en pintores de batallas, en escultores de su dolor. Turbios están el aire y el duelo, ocurren escenas tan humanas como la proximidad de la muerte y el amor; y los sonares de la guerra son nublados ahora por un canto colectivo de protesta. Don Carlos se detiene y saca del bolsillo la foto su hijo con su uniforme de soldado. Ya van doce años desde que la guerra se lo llevó, doce años de sentarse solo en las bancas de los parques, de caminar solo por las frías calles de Lourdes, de esperar su regreso aunque en el fondo sabe que es en vano, de buscar entre rostros desconocidos alguna pizca de compañía que le quite de encima esa nostalgia que pesa tanto. Guarda la foto y piensa que quizás desde donde quiera que su hijo esté, sea en el cielo o en esta tierra violenta, él que hoy le dé la valentía suficiente para conquistar a su rockerita y tal vez así pese a la ausencia pueda de otra forma volver a ser feliz.  

Su amor por Perla no tiene límites y  lleva ya más de un año ahorrando juicioso para poder darle un regalo que la ponga vibrar. Camina por la caseta de Don Humberto, un vendedor de cigarrillos y dulces que tiene por costumbre pelear con las palomas, pasa por medio d peatones agitados y de los carros atrapados en el tráfico, finalmente  llega al lugar indicado, frente a él se despliegan un gran número de reliquias, estatuas rotas que guardan el misterio de su época, unos cuantos cachivaches que siempre encontraran un alma a quien gustar, libros franceses y alemanes que reposan olvidados pues se equivocaron de país, pinturas de un antiguo mundo, teléfonos que hace más de una década dejaron de sonar, máquinas de escribir que encerraron adentro las palabras que nunca se escribieron, y allá, en el fondo, lo que el buscaba: un viejo tocadiscos ingles de los 50, perdido en el tiempo, con el que espera conquistarla y ponerla a recordar y cantar esos clásicos que aún guarda ella en su colección personal de acetatos.

Don Carlos  sale de la antigua tienda con el tocadiscos entre sus manos. Atraviesa de nuevo la plaza y llega a la esquina, sorprende a Perlita por la espalda y antes de que ella pueda reaccionar, la envuelve en un viaje del que, pueden estar seguros, no regresarán igual. Corren como si fueran  niños, se abren paso entre señores que parecen sostener conversaciones muy importantes; entre madres, padres y esposas de colombianos que nunca volvieron a sus casas; entre jóvenes, con cerveza en mano, repletos de ideales que algún día cambiarán el mundo; entre habitantes perdidos de una ciudad invisible, olvidada. Corren tan rápido que Zeus, un cachorrito que ha hecho de Lourdes su casa, decide unirse a su travesía y emprende la persecución a cuatro patas. Esquivan susurros, palomas, estatuas, una que otra persona desprevenida, y por fin, llegan a su destino final.

Suben unas escaleras pequeñitas, misteriosas, oscuras. La música empieza a escucharse cada vez más fuerte, suena “Baby I love you, The Ramones” y los ojos de perla brillan como si fueran un pedacito de cielo, de sol, de luna, de un planeta que aún no han descubierto. Su alma joven y rebelde, habitante de un cuerpo al que los años ya le han dejado huella de lo vivido y lo sufrido, parece ser libre en aquel lugar, en aquel bar de Rock en el que solo están los dos. “Mi florecita Rockera. Mi arrullo de estrellas. Mi muchacha de almendra. Mi mujer amante ¡Cuantas veces te he soñado! Hoy estoy seguro que a mi Dios le gusta el Rock, porque existes tú y te puso en mi camino”. Don Carlos pone el Tocadiscos sobre la mesa, toma la mano de perlita, y un beso lo sorprende justo al lado del letrero que dice “ROCK” y frente a la ventana se ve la iglesia de Lourdes, imponente, hacerle venia al amor que acaba de florecer. “Sí, a dios le gusta el rock”. El día comienza a llegar a su final, y aunque medio corazón de Don Carlitos aun viaja con el viento esperando encontrar algún día a su hijo, ahora la otra mitad ya está habitada y quizás hoy, el cólera, la ausencia, las hojas desmayadas por tanto dolor, las alas rotas por el peso de sus lágrimas, el monstruo de la guerra pisando fuerte en su memoria y los días tristes que su alma guardó, puedan en este amor encontrar, al fin, un poquito de paz.

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La chiva de la nostalgia

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

 

 

 

“Sí, a Dios le gusta el rock”

 

Por: María Camila Hernández Lastra

Laura Victoria Polanco Echeverry

Nicolás David Rincón Ortiz

 

 

Sinopsis: En Lourdes, don Carlos logra apaciguar el peso de la ausencia que le dejó la guerra conquistando el corazón  rockerito de Perlita con un tocadiscos ingles de los años 50s.

 

El sol del mediodía se impone con grandeza en el cielo para obsequiarle a la fría Bogotá un poquito de calidez. En la plaza de Lourdes se puede inhalar una mezcla de aromas a resistencia, a café  y a pan que se esparcen rápidamente por el aire del lugar. Emanan en conjunto de algunos de los sitios para merendar que se encuentran ya hace bastante tiempo en el lugar, sitios que por navidades ha alimentado a los Rodríguez, a los Gonzáles y a los García que se niegan tras las continuas transformaciones dejar a su barrio morir, porque saben que, si esto sucede, sus recuerdos también lo harán y estos son los únicos que los han mantenido en pie.

En la sombrita de la esquina de la 63 con 13, Don Carlos se toma ya su segundo tinto, a ver si logra hacerle trampa al hambre unas horitas más, mientras espera algún citadino que se detenga a comprarle por lo menos un libro. “esta vaina esta jodida, ya nadie lee, ¿o usted lee don Jorge?”, el viejo lo observa con su rostro inexpresivo mientras acomoda los betunes en su caja para embolar, “si claro, los titulares y las noticias de la primera página del periódico de mis clientes, que dijo, hay que estar bien informado mijo”. Don Carlos no se desanima, se acaba el tintico, alza la mirada y entre la gente alcanza a divisar a Perlita que con afán se pierde por una de las cuadras de la iglesia. Disponiéndose a volver a trabajar después de un merecido almuerzo. “Ay Perlita, con su alma rockerita, ¿Qué hizo usted para enamorarme así? Solo mi Diosito sabe que mi corazón es suyo; y es esta iglesia, alma vieja detenida en el tiempo, testigo de mis suspiros”.

Para Carlos hoy no es un día cualquiera, es el cumpleaños de Perlita y el día perfecto para que, por fin, le declare su amor.  Con la barriga llenita de mariposas, se echa la bendición y emprende su camino. La plaza se ha vestido hoy de indignación. Es 30 de Agosto, día mundial de los desaparecidos, varias personas se han reunido y se han convertido en pintores de batallas, en escultores de su dolor. Turbios están el aire y el duelo, ocurren escenas tan humanas como la proximidad de la muerte y el amor; y los sonares de la guerra son nublados ahora por un canto colectivo de protesta. Don Carlos se detiene y saca del bolsillo la foto su hijo con su uniforme de soldado. Ya van doce años desde que la guerra se lo llevó, doce años de sentarse solo en las bancas de los parques, de caminar solo por las frías calles de Lourdes, de esperar su regreso aunque en el fondo sabe que es en vano, de buscar entre rostros desconocidos alguna pizca de compañía que le quite de encima esa nostalgia que pesa tanto. Guarda la foto y piensa que quizás desde donde quiera que su hijo esté, sea en el cielo o en esta tierra violenta, él que hoy le dé la valentía suficiente para conquistar a su rockerita y tal vez así pese a la ausencia pueda de otra forma volver a ser feliz.  

Su amor por Perla no tiene límites y  lleva ya más de un año ahorrando juicioso para poder darle un regalo que la ponga vibrar. Camina por la caseta de Don Humberto, un vendedor de cigarrillos y dulces que tiene por costumbre pelear con las palomas, pasa por medio d peatones agitados y de los carros atrapados en el tráfico, finalmente  llega al lugar indicado, frente a él se despliegan un gran número de reliquias, estatuas rotas que guardan el misterio de su época, unos cuantos cachivaches que siempre encontraran un alma a quien gustar, libros franceses y alemanes que reposan olvidados pues se equivocaron de país, pinturas de un antiguo mundo, teléfonos que hace más de una década dejaron de sonar, máquinas de escribir que encerraron adentro las palabras que nunca se escribieron, y allá, en el fondo, lo que el buscaba: un viejo tocadiscos ingles de los 50, perdido en el tiempo, con el que espera conquistarla y ponerla a recordar y cantar esos clásicos que aún guarda ella en su colección personal de acetatos.

Don Carlos  sale de la antigua tienda con el tocadiscos entre sus manos. Atraviesa de nuevo la plaza y llega a la esquina, sorprende a Perlita por la espalda y antes de que ella pueda reaccionar, la envuelve en un viaje del que, pueden estar seguros, no regresarán igual. Corren como si fueran  niños, se abren paso entre señores que parecen sostener conversaciones muy importantes; entre madres, padres y esposas de colombianos que nunca volvieron a sus casas; entre jóvenes, con cerveza en mano, repletos de ideales que algún día cambiarán el mundo; entre habitantes perdidos de una ciudad invisible, olvidada. Corren tan rápido que Zeus, un cachorrito que ha hecho de Lourdes su casa, decide unirse a su travesía y emprende la persecución a cuatro patas. Esquivan susurros, palomas, estatuas, una que otra persona desprevenida, y por fin, llegan a su destino final.

Suben unas escaleras pequeñitas, misteriosas, oscuras. La música empieza a escucharse cada vez más fuerte, suena “Baby I love you, The Ramones” y los ojos de perla brillan como si fueran un pedacito de cielo, de sol, de luna, de un planeta que aún no han descubierto. Su alma joven y rebelde, habitante de un cuerpo al que los años ya le han dejado huella de lo vivido y lo sufrido, parece ser libre en aquel lugar, en aquel bar de Rock en el que solo están los dos. “Mi florecita Rockera. Mi arrullo de estrellas. Mi muchacha de almendra. Mi mujer amante ¡Cuantas veces te he soñado! Hoy estoy seguro que a mi Dios le gusta el Rock, porque existes tú y te puso en mi camino”. Don Carlos pone el Tocadiscos sobre la mesa, toma la mano de perlita, y un beso lo sorprende justo al lado del letrero que dice “ROCK” y frente a la ventana se ve la iglesia de Lourdes, imponente, hacerle venia al amor que acaba de florecer. “Sí, a dios le gusta el rock”. El día comienza a llegar a su final, y aunque medio corazón de Don Carlitos aun viaja con el viento esperando encontrar algún día a su hijo, ahora la otra mitad ya está habitada y quizás hoy, el cólera, la ausencia, las hojas desmayadas por tanto dolor, las alas rotas por el peso de sus lágrimas, el monstruo de la guerra pisando fuerte en su memoria y los días tristes que su alma guardó, puedan en este amor encontrar, al fin, un poquito de paz.

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