logo ucentral

logo sintopia acn

acnfacebookacnyoutubeacninstragram

COM_MINITEKLIVESEARCH_RESULTADOS
Joomla Categories

LogoACN Movil

fb  tweet  youtube  instagram 

EL ESPEJO DE MARÍA

ACN CRONICAS

 

Siempre me consideré una persona con carácter y autoestima, sin importar los comentarios de mi familia por ser una chica voluptuosa, a los 15 años medía 1.76 y eso produjo que adelgazara por el famoso estirón, pero nunca sentía que fuera bella, delgada e inteligente o no como mi hermana, una modelo despampanante cada vez más reconocida en la industria de la moda. La gente a causa de esto ya no podía disimular ni evitar compararme con ella, vivía rodea de preguntas como: ¿Estás segura de que ella es tu hermana?  O incluso unas más directas ¿Por qué tu hermana es tan bonita y tú no? Me conocían por el parentesco con ella mas no por ser María Fernanda. Cuando esto ocurría me refugiaba en recordar que el amor era más fuerte que los sentimientos que generaban las palabras que escuchaba, admito que anhelaba ser de cierta manera como ella y que en ocasiones los comentarios hirientes lograban afectarme y cuestionarme sobre cómo sería ser diferente o en efecto hasta donde tenía que llegar porque para la gente nunca nada era suficiente, estos pensamientos invadían mi mente, pero nunca supuse vivir algo así.

Fue el 22 de enero del año pasado después de un viaje de tres meses a Ecuador y de ganar algunos kilos que el sentimiento de inseguridad y frustración detonaron, decidí bajar de peso para sentirme por fin a gusto conmigo y tal vez llenar los vacíos con los que había vivido, sin imaginar que justo en ese momento le abriría la puerta a la anorexia. Según la psicóloga Lucia Prendes: “la anorexia es un trastorno de la conducta alimentaria que se caracteriza por el rechazó a mantener el peso corporal normal y el miedo intenso a ganar peso, sin dejar de lado que el 90% de personas que padecen esto son mujeres”.

Y fue justamente este miedo por el que comencé a dejar de comer las cantidades habituales a reducir los carbohidratos, a hacer ejercicio todos los días y tomar agua sin parar. Hasta ese punto parecía normal mi nueva rutina, pero fue cuando inicié con los ayunos desde las cuatro de la tarde hasta las seis de la mañana durante dos largos meses que mis padres notaron que algo no estaba bien, además de empezar a tener una hija con cambios de humor y completamente distinta a la que conocían, mi padre creyó correcto llevarme  con una especialista en  adolescencia y decirle  sobre su preocupación por mi comportamiento, pero terminé manipulando  a la doctora diciéndole que no sentía hambre y que mi madre me servía tanto en el almuerzo que en la noche ya estaba satisfecha.

Confiando en mi argumento me dejó ir con la advertencia de que debía comer algo antes de dormir así fuera en porciones pequeñas, yo le dije que lo haría y la convencí con mi falso arrepentimiento, pero mi papá no se fiaba de mi historia, entonces vigilaba todo lo que comía y en la noche revisaba la nevera y la basura para ver si notaba algo fuera de lo común. Él pensaba que yo no me daba cuenta pero como no podía permitirme subir de peso, ni que me controlaran y mucho menos dañar mi esfuerzo, me inventaba múltiples estrategias que  hasta el día de hoy siguen avergonzándome aceptarlas, solía repetirme esto todos los días cuando tenía ganas de  caer en el atracón de comer compulsivamente, entonces como sabía que debía llegar a casa y que me iban a obligar a cenar, restringía mis alimentos de otra manera  regalando las onces a mis amigas con la excusa de que ya había comido y que me habían enviado muchas cosas y por eso les compartía, procuraba que mis cenas no pasaran de las 200 calorías y no podía dormirme antes de haber reposado tres horas, intenté muchas veces purgarme y vomitar pero por alguna razón sobrenatural mi cuerpo no respondía a este tipo de estímulos.

Los síntomas eran cada vez más notorios, mi cabello se empezó a caer, no podía comer nada sin contar sus calorías, sentía hambre, cansancio y rabia, pero el poder que mi mente ejercía sobre mí era más grande, mi piel estaba todo el tiempo seca, mis ojos perdían su vitalidad y el frío penetraba mis huesos a tal punto que mi cuerpo producía más vello corporal como mecanismo de supervivencia, pero lo más complicado era el surgimiento de la amenorrea debido a la falta de grasa.

 La gente ya se cuestionaba la razón de mi delgadez, pero lograba envolver a los demás en la idea de que era un nuevo estilo de vida que había adoptado. Las noches se volvieron mi mayor tortura porque el hambre me hacía estremecer de dolor y la única manera de conciliar el sueño era imaginando un delicioso platillo o mirando alguna imagen de mis comidas favoritas que antes solía disfrutar. Me convertí en una persona solitaria prefería no salir con nadie y así evitar esas calorías de más, aún no reconocía que yo sufría de este trastorno, me encontraba en un frenesí en donde todavía algo me faltaba. Sentía una tristeza indescriptible que no solo me hacía sufrir a mí sino a mis padres que no comprendían la razón de mi peso tan bajo y por qué mi ciclo hormonal se encontraba tan alterado, mi madre lloraba desesperada y me llevaba a diferentes doctores en busca de respuestas hasta que uno de ellos decidió remitirme al psicólogo por sospecha de inicio de anorexia. Cuando escuché esa palabra, la mentira en la que había vivido por todo un año se derrumbó, no podía parar de llorar durante todo el camino por el fondo que había tocado y el daño que le había hecho a mi cuerpo y de paso a mi familia a la cual había hundido conmigo. Al llegar a casa mi madre no lo asimilaba y lo único que se le ocurrió fue decirme que nadie podía saber mi diagnóstico porque debía darme vergüenza mi situación, no la juzgo por decirme palabras tan frívolas como esas y menos después de lo que tuvo que vivir por mis malas decisiones y excesos.

En definitiva, ya no podía negar lo que ocurría y menos después de los resultados de los exámenes, que decían explícitamente como la pérdida de peso, la falta de comida, grasa y nutrientes eran los responsables de todo lo que me estaba ocurriendo. No voy a mentir. Es difícil la recuperación absoluta en este tipo de desórdenes, además, vivir en una sociedad en la cual los estereotipos y las dietas se vuelven cada vez más comunes y exigentes hacen el proceso más complejo. Sigo luchando contra la herida más grande que es la de mi mente y con la culpa que siento cuando veo la báscula en aumento y el de la desesperación de comer cuando no cuento las calorías, pero mi autodeterminación, y el recordatorio todos los días de las consecuencias que me dejó esta enfermedad, me hacen desear jamás volver a experimentar la crudeza de la anorexia y a apreciar esta nueva oportunidad de vivir y ser feliz.

Realizado por María Fernanda Rodriguez López 

CULTURA

ACTUALIDAD

EL ESPEJO DE MARÍA

ACN CRONICAS

 

Siempre me consideré una persona con carácter y autoestima, sin importar los comentarios de mi familia por ser una chica voluptuosa, a los 15 años medía 1.76 y eso produjo que adelgazara por el famoso estirón, pero nunca sentía que fuera bella, delgada e inteligente o no como mi hermana, una modelo despampanante cada vez más reconocida en la industria de la moda. La gente a causa de esto ya no podía disimular ni evitar compararme con ella, vivía rodea de preguntas como: ¿Estás segura de que ella es tu hermana?  O incluso unas más directas ¿Por qué tu hermana es tan bonita y tú no? Me conocían por el parentesco con ella mas no por ser María Fernanda. Cuando esto ocurría me refugiaba en recordar que el amor era más fuerte que los sentimientos que generaban las palabras que escuchaba, admito que anhelaba ser de cierta manera como ella y que en ocasiones los comentarios hirientes lograban afectarme y cuestionarme sobre cómo sería ser diferente o en efecto hasta donde tenía que llegar porque para la gente nunca nada era suficiente, estos pensamientos invadían mi mente, pero nunca supuse vivir algo así.

Fue el 22 de enero del año pasado después de un viaje de tres meses a Ecuador y de ganar algunos kilos que el sentimiento de inseguridad y frustración detonaron, decidí bajar de peso para sentirme por fin a gusto conmigo y tal vez llenar los vacíos con los que había vivido, sin imaginar que justo en ese momento le abriría la puerta a la anorexia. Según la psicóloga Lucia Prendes: “la anorexia es un trastorno de la conducta alimentaria que se caracteriza por el rechazó a mantener el peso corporal normal y el miedo intenso a ganar peso, sin dejar de lado que el 90% de personas que padecen esto son mujeres”.

Y fue justamente este miedo por el que comencé a dejar de comer las cantidades habituales a reducir los carbohidratos, a hacer ejercicio todos los días y tomar agua sin parar. Hasta ese punto parecía normal mi nueva rutina, pero fue cuando inicié con los ayunos desde las cuatro de la tarde hasta las seis de la mañana durante dos largos meses que mis padres notaron que algo no estaba bien, además de empezar a tener una hija con cambios de humor y completamente distinta a la que conocían, mi padre creyó correcto llevarme  con una especialista en  adolescencia y decirle  sobre su preocupación por mi comportamiento, pero terminé manipulando  a la doctora diciéndole que no sentía hambre y que mi madre me servía tanto en el almuerzo que en la noche ya estaba satisfecha.

Confiando en mi argumento me dejó ir con la advertencia de que debía comer algo antes de dormir así fuera en porciones pequeñas, yo le dije que lo haría y la convencí con mi falso arrepentimiento, pero mi papá no se fiaba de mi historia, entonces vigilaba todo lo que comía y en la noche revisaba la nevera y la basura para ver si notaba algo fuera de lo común. Él pensaba que yo no me daba cuenta pero como no podía permitirme subir de peso, ni que me controlaran y mucho menos dañar mi esfuerzo, me inventaba múltiples estrategias que  hasta el día de hoy siguen avergonzándome aceptarlas, solía repetirme esto todos los días cuando tenía ganas de  caer en el atracón de comer compulsivamente, entonces como sabía que debía llegar a casa y que me iban a obligar a cenar, restringía mis alimentos de otra manera  regalando las onces a mis amigas con la excusa de que ya había comido y que me habían enviado muchas cosas y por eso les compartía, procuraba que mis cenas no pasaran de las 200 calorías y no podía dormirme antes de haber reposado tres horas, intenté muchas veces purgarme y vomitar pero por alguna razón sobrenatural mi cuerpo no respondía a este tipo de estímulos.

Los síntomas eran cada vez más notorios, mi cabello se empezó a caer, no podía comer nada sin contar sus calorías, sentía hambre, cansancio y rabia, pero el poder que mi mente ejercía sobre mí era más grande, mi piel estaba todo el tiempo seca, mis ojos perdían su vitalidad y el frío penetraba mis huesos a tal punto que mi cuerpo producía más vello corporal como mecanismo de supervivencia, pero lo más complicado era el surgimiento de la amenorrea debido a la falta de grasa.

 La gente ya se cuestionaba la razón de mi delgadez, pero lograba envolver a los demás en la idea de que era un nuevo estilo de vida que había adoptado. Las noches se volvieron mi mayor tortura porque el hambre me hacía estremecer de dolor y la única manera de conciliar el sueño era imaginando un delicioso platillo o mirando alguna imagen de mis comidas favoritas que antes solía disfrutar. Me convertí en una persona solitaria prefería no salir con nadie y así evitar esas calorías de más, aún no reconocía que yo sufría de este trastorno, me encontraba en un frenesí en donde todavía algo me faltaba. Sentía una tristeza indescriptible que no solo me hacía sufrir a mí sino a mis padres que no comprendían la razón de mi peso tan bajo y por qué mi ciclo hormonal se encontraba tan alterado, mi madre lloraba desesperada y me llevaba a diferentes doctores en busca de respuestas hasta que uno de ellos decidió remitirme al psicólogo por sospecha de inicio de anorexia. Cuando escuché esa palabra, la mentira en la que había vivido por todo un año se derrumbó, no podía parar de llorar durante todo el camino por el fondo que había tocado y el daño que le había hecho a mi cuerpo y de paso a mi familia a la cual había hundido conmigo. Al llegar a casa mi madre no lo asimilaba y lo único que se le ocurrió fue decirme que nadie podía saber mi diagnóstico porque debía darme vergüenza mi situación, no la juzgo por decirme palabras tan frívolas como esas y menos después de lo que tuvo que vivir por mis malas decisiones y excesos.

En definitiva, ya no podía negar lo que ocurría y menos después de los resultados de los exámenes, que decían explícitamente como la pérdida de peso, la falta de comida, grasa y nutrientes eran los responsables de todo lo que me estaba ocurriendo. No voy a mentir. Es difícil la recuperación absoluta en este tipo de desórdenes, además, vivir en una sociedad en la cual los estereotipos y las dietas se vuelven cada vez más comunes y exigentes hacen el proceso más complejo. Sigo luchando contra la herida más grande que es la de mi mente y con la culpa que siento cuando veo la báscula en aumento y el de la desesperación de comer cuando no cuento las calorías, pero mi autodeterminación, y el recordatorio todos los días de las consecuencias que me dejó esta enfermedad, me hacen desear jamás volver a experimentar la crudeza de la anorexia y a apreciar esta nueva oportunidad de vivir y ser feliz.

Realizado por María Fernanda Rodriguez López 

ESPECIALES

PLAYLIST                                            

Logo ACN Pata Blanco


NAVEGACIÓN       

 

Inicio
Actualidad
Cultura
Opinión
Deportes


CONTÁCTENOS            

 

Conmutadores: 323 98 68 y 326 68 20
Extensión 4060 / 4063
Correo: agenciacentraldenoticias@ucentral.edu.co

© 2017 Todos los derechos reservados. ACN | Agencia Central de Noticias. Sede Norte: Calle 75 n.º 16-03 Edificio Violi piso 5, Bogotá - Colombia