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RECUERDO DE UNA GUERRA COLOR AZUL Y ROJO

ACN CRONICAS

Tenía seis años en ese entonces, pero los recuerdos siguen instaurados en mi mente repitiéndose como una película archivada en algún lugar de mi memoria, la guerra por el color azul y rojo se provocaría después de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, político liberal por elección y líder popular por convicción, el 9 de abril de 1948 en la ciudad de Bogotá, sin embargo, no imaginábamos que las consecuencias llegarían a San Cayetano-Cundinamarca, sino hasta el día posterior a su asesinato.

Mi padre era conservador, sus convicciones políticas no habían resultado peligrosas hasta el momento, pero ese sábado –día de mercado-  se podía percibir en el aire cierto tipo de recelo entre los pueblerinos, ese día a las doce de la tarde, tomarían represalias en la plaza principal de San Cayetano a los seguidores del partido conservador, y mi padre seria llevado preso junto con ellos.

Eso no sería nada comparado con lo que se vería dos años más adelante, pues la oleada de violencia por una corona manchada de sangre que delimitaba poder, no se “disiparía” sino hasta el gobierno del dictador Gustavo Rojas Pinilla. Ese 11 de marzo de 1950, no se tomarían la molestia de retenerlos, se dedicarían a terminar con sus vidas justo en frente de sus esposas e hijos, como si la más mínima pizca de piedad hubiera sido negada por la sed de venganza.

Yo, José Campo Elías Castro, era el sexto entre siete hermanos, y como era costumbre a todos nos repartían entre las tres fincas que tenía mi padre. Para ese momento yo me encontraba viviendo con mi hermana mayor, Rosa, tenía veinte años y estaba embarazada de seis meses de Nemesio Rodríguez, quien más tarde se vería obligado a esconderse en el monte para no ser llevado a la cárcel junto con los demás conservadores de la época.

Ese 9 de abril que retuvieron a mi padre en la plaza principal, mi madre llegó a la finca llorando: “Tienen amenazado a su papá y lo van a matar”, le decía a Rosa. A pesar de la corta edad, pude sentir como se erizaba mi piel con tan solo escuchar las palabras muerte y padre en una misma oración y ni pensar en lo que significaban estas palabras para mi pobre madre. La orden de apresar a los conservadores, se rumoreaba que venía directamente desde la alcaldía, y entonces el pueblo se cubrió de un aire turbio que entre viento y viento gritaba violencia.

El mes posterior a su apresamiento se sintió de una manera apabullante a nivel emocional, pues la incertidumbre crecía cada día de una manera hostil. Gracias al duro trabajo de mi padre como campesino, no nos faltó un pan en la boca, había buen ganado y mi madre se las encargó para cuidar de siete muchachos por su cuenta. Había días más difíciles que otros, por lo general mi madre llegaba con un gesto de amor y dulzura en su cara -a pesar de que en sus ojos se notaba la desesperación y el cansancio de ese peso que llevaba en los hombros-, sin embargo había días en los cuales se rompía y llegaba contando historias terribles después de ir a visitar a mi papá a la cárcel. Hubo una vez en que llego con el rostro impávido, se sentó por unos minutos mirando a la ventana y después de unos segundos empezó a llorar, mi padre le había contado que los habían amenazado con nada más ni nada menos que con quemarlos vivos, y es ahí donde uno se da  cuenta que el maltrato psicológico también deja una cicatriz en el alma.

Recuerdo que un día tocaron a la puerta, me parece ver las gotas de lluvia caer por la ventana y escuchar los perros ladrar como si supiesen que la muerte venía a buscar algo de su propiedad. Dos hombres de un aspecto serio que no reflejaban ser perturbados por el clima de tal día, preguntaron por mi padre y mi cuñado. “Ellos no se encuentran aquí” fue lo único que supo responder mi joven hermana, a cambio de esa respuesta nos vimos obligados a dejarlos pasar y que inspeccionaran un rato mientras cesaba la lluvia. Aún recuerdo la mirada de uno de ellos, muy penetrante, una mirada que parecía no transmitir sentimiento alguno.

Pasaron los días, y los recuerdo casi como un sueño, pues para un niño de seis años las líneas de tiempo y los acontecimientos son un tanto confusos. Aproximadamente al mes de estar preso, por fin decidieron dejarlos ir. Había llegado una orden desde Bogotá donde objetaban la libertad inmediata para con los retenidos. Recuerdo el día en que vi cruzar a mi padre por la puerta, pareció casi una eternidad desde de la última vez. La barba larga, los ojos agotados y el cuerpo un poco más delgado que de costumbre dejaban al descubierto la dureza de tales días de agobio.

El 11 de marzo de 1950, día de la masacre a los veinte campesinos del pueblo de San Cayetano, nos encontrábamos con mi madre y dos hermanos mayores. Mi padre -quien tal vez para su suerte- había decidido comprar una potranca y a su vez decidido llevarla a un potrero situado a las afueras del pueblo, sería salvado de tal sanguinario encuentro como si hubiera sido un regalo enviado desde el cielo.

Al llegar a la finca, se podían escuchar los disparos provenientes de la plaza, disparos que serían confundidos con pólvora pues mi padre deducía que el cura Sánchez, había regresado de sus misiones religiosas. Se veía a lo lejos correr a los jinetes, se sentía el caos, pero no sabríamos la verdadera historia sino hasta el caer  del cielo obscuro, cuando los vecinos de fincas aledañas se acercaron a comentarnos la despreciable muerte de nuestros queridos amigos campesinos. Tenían una lista con los nombres de las víctimas y solo unos pocos nombres no fueron tachados de esta, entre esos el de Luis Antonio Castro Santana, mi padre.

El pueblo despertó a la mañana siguiente, con un miedo y con una tristeza súbita, tantos padres, esposos, hijos, hermanos, sobrinos habían sido arrebatados la tarde anterior y ese vacío y horror impuestos por una guerra que no se escogió vivir, serían impregnados en el corazón de aquellas familias crecidas bajo el resplandor de una vida humilde.

El ejército se hizo presente ese día, pero ya era demasiado tarde, los asesinos habían huido, y a cambio de justicia recibíamos más muerte. Los roles habían sido invertidos esta vez, pues esa misma tarde empezarían a preguntar las preferencias políticas de cada campesino que iban encontrando, y si este era liberal, sería llevado, torturado y posteriormente asesinado.

La violencia se puso en guerra con la muerte, pues esta última fue despertada mucho antes de lo premeditada. Y la vida se vio triste al ser arrebata justo cuando más quería quedarse. San Cayetano, quedaría con una herida voraz en sus entrañas, aquel pueblo viejo que un día fue cálido y alegre, quedaría marcado con el sello de la destrucción  por un país armado hasta el tuétano por la indiferencia

Realizada por : Luna Isabella Mora Albarracin 

CULTURA

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Tenía seis años en ese entonces, pero los recuerdos siguen instaurados en mi mente repitiéndose como una película archivada en algún lugar de mi memoria, la guerra por el color azul y rojo se provocaría después de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, político liberal por elección y líder popular por convicción, el 9 de abril de 1948 en la ciudad de Bogotá, sin embargo, no imaginábamos que las consecuencias llegarían a San Cayetano-Cundinamarca, sino hasta el día posterior a su asesinato.

Mi padre era conservador, sus convicciones políticas no habían resultado peligrosas hasta el momento, pero ese sábado –día de mercado-  se podía percibir en el aire cierto tipo de recelo entre los pueblerinos, ese día a las doce de la tarde, tomarían represalias en la plaza principal de San Cayetano a los seguidores del partido conservador, y mi padre seria llevado preso junto con ellos.

Eso no sería nada comparado con lo que se vería dos años más adelante, pues la oleada de violencia por una corona manchada de sangre que delimitaba poder, no se “disiparía” sino hasta el gobierno del dictador Gustavo Rojas Pinilla. Ese 11 de marzo de 1950, no se tomarían la molestia de retenerlos, se dedicarían a terminar con sus vidas justo en frente de sus esposas e hijos, como si la más mínima pizca de piedad hubiera sido negada por la sed de venganza.

Yo, José Campo Elías Castro, era el sexto entre siete hermanos, y como era costumbre a todos nos repartían entre las tres fincas que tenía mi padre. Para ese momento yo me encontraba viviendo con mi hermana mayor, Rosa, tenía veinte años y estaba embarazada de seis meses de Nemesio Rodríguez, quien más tarde se vería obligado a esconderse en el monte para no ser llevado a la cárcel junto con los demás conservadores de la época.

Ese 9 de abril que retuvieron a mi padre en la plaza principal, mi madre llegó a la finca llorando: “Tienen amenazado a su papá y lo van a matar”, le decía a Rosa. A pesar de la corta edad, pude sentir como se erizaba mi piel con tan solo escuchar las palabras muerte y padre en una misma oración y ni pensar en lo que significaban estas palabras para mi pobre madre. La orden de apresar a los conservadores, se rumoreaba que venía directamente desde la alcaldía, y entonces el pueblo se cubrió de un aire turbio que entre viento y viento gritaba violencia.

El mes posterior a su apresamiento se sintió de una manera apabullante a nivel emocional, pues la incertidumbre crecía cada día de una manera hostil. Gracias al duro trabajo de mi padre como campesino, no nos faltó un pan en la boca, había buen ganado y mi madre se las encargó para cuidar de siete muchachos por su cuenta. Había días más difíciles que otros, por lo general mi madre llegaba con un gesto de amor y dulzura en su cara -a pesar de que en sus ojos se notaba la desesperación y el cansancio de ese peso que llevaba en los hombros-, sin embargo había días en los cuales se rompía y llegaba contando historias terribles después de ir a visitar a mi papá a la cárcel. Hubo una vez en que llego con el rostro impávido, se sentó por unos minutos mirando a la ventana y después de unos segundos empezó a llorar, mi padre le había contado que los habían amenazado con nada más ni nada menos que con quemarlos vivos, y es ahí donde uno se da  cuenta que el maltrato psicológico también deja una cicatriz en el alma.

Recuerdo que un día tocaron a la puerta, me parece ver las gotas de lluvia caer por la ventana y escuchar los perros ladrar como si supiesen que la muerte venía a buscar algo de su propiedad. Dos hombres de un aspecto serio que no reflejaban ser perturbados por el clima de tal día, preguntaron por mi padre y mi cuñado. “Ellos no se encuentran aquí” fue lo único que supo responder mi joven hermana, a cambio de esa respuesta nos vimos obligados a dejarlos pasar y que inspeccionaran un rato mientras cesaba la lluvia. Aún recuerdo la mirada de uno de ellos, muy penetrante, una mirada que parecía no transmitir sentimiento alguno.

Pasaron los días, y los recuerdo casi como un sueño, pues para un niño de seis años las líneas de tiempo y los acontecimientos son un tanto confusos. Aproximadamente al mes de estar preso, por fin decidieron dejarlos ir. Había llegado una orden desde Bogotá donde objetaban la libertad inmediata para con los retenidos. Recuerdo el día en que vi cruzar a mi padre por la puerta, pareció casi una eternidad desde de la última vez. La barba larga, los ojos agotados y el cuerpo un poco más delgado que de costumbre dejaban al descubierto la dureza de tales días de agobio.

El 11 de marzo de 1950, día de la masacre a los veinte campesinos del pueblo de San Cayetano, nos encontrábamos con mi madre y dos hermanos mayores. Mi padre -quien tal vez para su suerte- había decidido comprar una potranca y a su vez decidido llevarla a un potrero situado a las afueras del pueblo, sería salvado de tal sanguinario encuentro como si hubiera sido un regalo enviado desde el cielo.

Al llegar a la finca, se podían escuchar los disparos provenientes de la plaza, disparos que serían confundidos con pólvora pues mi padre deducía que el cura Sánchez, había regresado de sus misiones religiosas. Se veía a lo lejos correr a los jinetes, se sentía el caos, pero no sabríamos la verdadera historia sino hasta el caer  del cielo obscuro, cuando los vecinos de fincas aledañas se acercaron a comentarnos la despreciable muerte de nuestros queridos amigos campesinos. Tenían una lista con los nombres de las víctimas y solo unos pocos nombres no fueron tachados de esta, entre esos el de Luis Antonio Castro Santana, mi padre.

El pueblo despertó a la mañana siguiente, con un miedo y con una tristeza súbita, tantos padres, esposos, hijos, hermanos, sobrinos habían sido arrebatados la tarde anterior y ese vacío y horror impuestos por una guerra que no se escogió vivir, serían impregnados en el corazón de aquellas familias crecidas bajo el resplandor de una vida humilde.

El ejército se hizo presente ese día, pero ya era demasiado tarde, los asesinos habían huido, y a cambio de justicia recibíamos más muerte. Los roles habían sido invertidos esta vez, pues esa misma tarde empezarían a preguntar las preferencias políticas de cada campesino que iban encontrando, y si este era liberal, sería llevado, torturado y posteriormente asesinado.

La violencia se puso en guerra con la muerte, pues esta última fue despertada mucho antes de lo premeditada. Y la vida se vio triste al ser arrebata justo cuando más quería quedarse. San Cayetano, quedaría con una herida voraz en sus entrañas, aquel pueblo viejo que un día fue cálido y alegre, quedaría marcado con el sello de la destrucción  por un país armado hasta el tuétano por la indiferencia

Realizada por : Luna Isabella Mora Albarracin 

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