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Los secretos del silencio

ACN CRONICAS

1

-Es una niña.

La madre arrugó su frente, consumida por el dolor al escuchar esas simples tres palabras. Porque para personas como ella, como su hija recién nacida, no hay escapatoria. A cualquier lado donde vayan, las perseguirán, las atraparán. No quiere ese futuro para esa pequeña niña que ahora carga en sus brazos. Sus sollozos, sus tiernas manos, todo en ese pequeño ángel, le produce dolor.

-Te protegeré –le susurró ella al bebé-. Lo prometo.

Es una lástima, que se haya quedado en simples palabras.

2

Doce años después, estaba ahí, junto a mi madre. Observé su tumba justo antes de lanzar la última rosa de aquel día. Dejé caer unas pequeñas lágrimas, tomé la mano de mi hermano pequeño y nos fuimos del cementerio. Era un día nublado, hacía un poco de frío, sentí como mi piel, ante su contacto, se erizó. Lo bueno era que no tardaría mucho en llegar a casa con nuestra abuela, la cual seguramente a esa hora, estaría durmiendo. Pensé en que quizás debía comprarle algo de comer, ya que tardaría un poco en preparar el almuerzo y no quería dejarla aguantar. Así que compré pan y leche; luego, continúe mi camino, observando hacia el frente, en dirección a las montañas. Entre los árboles y arbustos del fondo, percibí un movimiento. Extrañada, traté de esforzar más mi vista, intentando identificar qué era lo que veía. Nos acercamos un poco, pues el camino a nuestra casa, nos llevaba justo donde en ese momento, podía percibir una silueta.

Era un hombre.

Instantáneamente, bajé la mirada, pues sabía que no debía hablar con extraños y si era posible, debía alejarme. Con disimulo, proseguí caminando. Mi corazón, empezó a latir descontrolablemente, como si quisiera escapar de mi pecho. Mi respiración se cortó y a pesar del frío que hacía, pude sentir como el sudor empezaba a deslizarse por cada rincón de mi cuerpo. Comencé a rezar.

-¿A dónde va?

Por su voz, pude saber que pasaba de los cuarenta años, sonaba cansada, profunda, con un toque de autoridad. Estaba congelada en mi lugar, con el aire retenido. Cerré los ojos por unos segundos, deseando que me dejara en paz y pudiera seguir caminando, pero me tomó fuertemente del brazo.

 Había escuchado cuentos, de que al ser una niña y salir sola, se podían correr riesgos. Yo solo quería ir al cementerio, porque ese día hace unos cinco años, mi madre había muerto. Y yo la extrañaba, demasiado. No pensé que ocurriera nada porque apenas era mediodía y la verdad, creía que esos riesgos solo se podrían tener al estar adentrada la noche o al inicio de una fría mañana en la vereda.

Tenía miedo. Volví a rezar.

-Cuando le haga una pregunta, debe contestar.

-Perdón. No lo escuché –respondí, intentando que no se me notara el temblor de la voz.

-Pues ahora haré que me escuche. Debe aprender modales. Debe entender, que se me debe respetar, ¿me escuchó?

Me limité a asentir.

-Sí, señor.

Vi como en su curtido rostro, una sonrisa apareció. En mi sistema, inició a crecer el asco al ver esa repugnante mueca. Tenía un mal presentimiento.

Mi hermano empezó a llamarme, me pidió que nos fuéramos. Pude notar como el hombre  dirigió su otra mano al arma que tenía a un costado; levanté la mirada hacia su cara, en la que ya no estaba la asquerosa sonrisa. Había un ceño arrugado y fruncido, con sus ojos gélidos, sin alma, que miraron con odio a mi hermano. No lo pensé, ni analicé, no me di cuenta de lo que hice hasta que escuché mis palabras salir de mis temblorosos labios:

-Dani, corre.

Y él lo hizo. Y yo, me quedé ahí parada, sintiendo lágrimas caer por mis mejillas mientras lo vi alejarse. No tuve que pensarlo mucho, sabía que me esperaba lo peor. Lo sentí en mí ser. Y al ver al señor de nuevo, lo confirmé.

3

Esa noche, estaba en mitad de los árboles de la montaña. Tenía miedo. Terror. Llevaba ahí por horas, sentada en un tronco, esperando. El señor que me trajo, dijo que después me enseñaría de modales, que primero, necesitaba que me conociera el jefe. De camino a ahí me hizo varias preguntas, sobre mi familia, mis gustos, que si ya salía con alguien. Le mentí en todo. Y creo que él lo supo.

Ahora se encontraba a unos cuantos pasos de mí, con otros hombres igual de uniformados. Constantemente, me estaban vigilando, murmurado cosas que preferí ignorar, se burlaron, y soltaron algunos halagos asquerosos.

Planee intentar escapar de nuevo, huir, a pesar de que no sabía hacia dónde. Pero no quería que me dieran otra paliza.

Unos minutos más tarde, vino otro señor. Su cabello estaba cubierto por algunas canas, tenía insignias distintas a las de los demás. Su porte demostraba que él era el que estaba a cargo de ese lugar. Se acercó hacia mí después de hablar con el hombre que me trajo. Me sonrío. Y si la otra sonrisa me produjo nauseas, con esa me dieron ganas de morir.

Sin darme cuenta, de un momento a otro, entre extrañas palabras, terminamos en una tienda de acampar, y antes de poder preguntarle por qué estábamos aquí, me besó. Sus labios estaban rasposos, al igual que su bigote. Traté de apartarme, fundida en el pánico, pero él me sujetó con fuerza, con tanta, que creía que me quedarían marcas.

Desgarró mi ropa, caí en la cama. Con temor, me quedé quieta. Miré al techo de la carpa, sintiendo como sus labios y manos, recorrían todo mi cuerpo. Lo rasguñaban, lo mordían. Tenía ganas de vomitar. Pensé en que quizás, se acabaría rápido y me dejarían ir. Pensé que si obedecía esa vez, sería libre. Además, creí que quizás solo serían unos besos y ya…

Pero entonces, sus dedos fríos, recorrieron mis muslos, luego fueron más allá. Y después, algo más grande entró, con rudeza, fuerza. Dolió demasiado. Lágrimas empezaron a brotar de mis ojos, pues sentí como desgarraban algo en mi interior. Seguía doliendo.

Grité. Supliqué. Pero ese infierno no acababa. Y él me golpeó para que me callara. Me dijo que lo que estaba haciendo, no era nada malo y que lo estaba disfrutando. Que para ese tipo de cosas, nací. Que soy mujer y debía complacer.

Prosiguió, violentamente.

Por un rato más, que se sintieron como horas, como siglos, como la eternidad. Y luego, me dejó ahí tirada, sobre la cama, con las cobijas llenas de sangre.

-Cómo me encantan las vírgenes –dijo antes de irse.

4

Esa noche, no dormí. No porque el sueño no llegara, sino porque no tuve la oportunidad. Fueron diez. Los conté a todos. Cada uno, repitió lo mismo que el anterior. Noche tras noche.

Cada una, peor que la otra. Y así fue a partir de ese entonces, pues nadie me buscó; me tocó quedarme y aprender a obedecer. Me obligué a olvidarme de tener la oportunidad de ser feliz y libre, pues me dejaron en claro que ahora, esa era mi casa, al igual que la de otras mujeres y niñas. Porque ahora sabía que no era la única víctima, que a todas nos trataban igual.

Y a nadie le importa.

Aprendí también a manejar un fusil y que, si intento llevar la contraria, volveré a  sentir como la madera de un grueso palo, atraviesa el interior de mi cuerpo. De igual forma, aprendí que lo peor no son las torturas ni las constantes violaciones.

Es quedarse embarazada.

Sucedió dos veces, y a la primera, no me importó; incluso lo agradecí, porque no quería tener el hijo de un diablo. Me dio asco, así que estuve de acuerdo a pesar de que doliera. Pero más tarde, me di cuenta de que esa decisión, la debía tomar yo. Al pensar eso, me reí de mi propia desgracia, pues mi cuerpo dejó de ser mío hace muchos años.

A la segunda vez, pensé en mi hermano, en un niño pequeño e inocente, que ya debía tener la edad que yo tuve cuando vine a parar a ese infierno. Esa vez, me planteé si en serio quería perder al ser que crecía en mi interior, pues me sentía sola y pensé que al menos, al cuidarlo, podría distraerme e imaginarme que vivía otra clase de vida. Así que traté de ocultarlo por un tiempo, por unos meses. Pero el jefe se dio cuenta.

Y aunque arrodilla supliqué y rogué, dio igual.

Ahí, en una camilla, después de despertar de una anestesia, vi algo que al día de hoy, no he podido borrar de mi mente, por más veces  que lo haya intentado.

Las gruesas manos que por primera vez me enseñaron que era ser lastimada, destriparon la pequeña criatura. Me obligaron a presenciarlo, a ver como lo que estaba tomando forma de un humano, era deshuesada como si de un pollo se tratara. Luego lo tiraron frente a mí, me dejaron caer sobre él. Mis lágrimas bañaron lo que quedaba.

Eso me derrumbó. Pero me abrió los ojos.

Me robaron mi vida, me maltrataron y violaron, me quitaron a mi familia, a mi bebé, mis derechos, mi felicidad, mi infancia, mis ganas de vivir, mi cuerpo. Se lo llevaron todo. Dejaron un alma rota.

Y una fuente descontrolable de ira pura.

Porque no interesa el tiempo que ya haya pasado, les haremos pagar.

Sí, en plural.

Porque esta no es una única historia.

Y yo no soy solo una.

Soy todas esas mujeres que no volverán a callar jamás.

Realizado por:  Nicole Rivera Diaz

 

CULTURA

ACTUALIDAD

Los secretos del silencio

ACN CRONICAS

1

-Es una niña.

La madre arrugó su frente, consumida por el dolor al escuchar esas simples tres palabras. Porque para personas como ella, como su hija recién nacida, no hay escapatoria. A cualquier lado donde vayan, las perseguirán, las atraparán. No quiere ese futuro para esa pequeña niña que ahora carga en sus brazos. Sus sollozos, sus tiernas manos, todo en ese pequeño ángel, le produce dolor.

-Te protegeré –le susurró ella al bebé-. Lo prometo.

Es una lástima, que se haya quedado en simples palabras.

2

Doce años después, estaba ahí, junto a mi madre. Observé su tumba justo antes de lanzar la última rosa de aquel día. Dejé caer unas pequeñas lágrimas, tomé la mano de mi hermano pequeño y nos fuimos del cementerio. Era un día nublado, hacía un poco de frío, sentí como mi piel, ante su contacto, se erizó. Lo bueno era que no tardaría mucho en llegar a casa con nuestra abuela, la cual seguramente a esa hora, estaría durmiendo. Pensé en que quizás debía comprarle algo de comer, ya que tardaría un poco en preparar el almuerzo y no quería dejarla aguantar. Así que compré pan y leche; luego, continúe mi camino, observando hacia el frente, en dirección a las montañas. Entre los árboles y arbustos del fondo, percibí un movimiento. Extrañada, traté de esforzar más mi vista, intentando identificar qué era lo que veía. Nos acercamos un poco, pues el camino a nuestra casa, nos llevaba justo donde en ese momento, podía percibir una silueta.

Era un hombre.

Instantáneamente, bajé la mirada, pues sabía que no debía hablar con extraños y si era posible, debía alejarme. Con disimulo, proseguí caminando. Mi corazón, empezó a latir descontrolablemente, como si quisiera escapar de mi pecho. Mi respiración se cortó y a pesar del frío que hacía, pude sentir como el sudor empezaba a deslizarse por cada rincón de mi cuerpo. Comencé a rezar.

-¿A dónde va?

Por su voz, pude saber que pasaba de los cuarenta años, sonaba cansada, profunda, con un toque de autoridad. Estaba congelada en mi lugar, con el aire retenido. Cerré los ojos por unos segundos, deseando que me dejara en paz y pudiera seguir caminando, pero me tomó fuertemente del brazo.

 Había escuchado cuentos, de que al ser una niña y salir sola, se podían correr riesgos. Yo solo quería ir al cementerio, porque ese día hace unos cinco años, mi madre había muerto. Y yo la extrañaba, demasiado. No pensé que ocurriera nada porque apenas era mediodía y la verdad, creía que esos riesgos solo se podrían tener al estar adentrada la noche o al inicio de una fría mañana en la vereda.

Tenía miedo. Volví a rezar.

-Cuando le haga una pregunta, debe contestar.

-Perdón. No lo escuché –respondí, intentando que no se me notara el temblor de la voz.

-Pues ahora haré que me escuche. Debe aprender modales. Debe entender, que se me debe respetar, ¿me escuchó?

Me limité a asentir.

-Sí, señor.

Vi como en su curtido rostro, una sonrisa apareció. En mi sistema, inició a crecer el asco al ver esa repugnante mueca. Tenía un mal presentimiento.

Mi hermano empezó a llamarme, me pidió que nos fuéramos. Pude notar como el hombre  dirigió su otra mano al arma que tenía a un costado; levanté la mirada hacia su cara, en la que ya no estaba la asquerosa sonrisa. Había un ceño arrugado y fruncido, con sus ojos gélidos, sin alma, que miraron con odio a mi hermano. No lo pensé, ni analicé, no me di cuenta de lo que hice hasta que escuché mis palabras salir de mis temblorosos labios:

-Dani, corre.

Y él lo hizo. Y yo, me quedé ahí parada, sintiendo lágrimas caer por mis mejillas mientras lo vi alejarse. No tuve que pensarlo mucho, sabía que me esperaba lo peor. Lo sentí en mí ser. Y al ver al señor de nuevo, lo confirmé.

3

Esa noche, estaba en mitad de los árboles de la montaña. Tenía miedo. Terror. Llevaba ahí por horas, sentada en un tronco, esperando. El señor que me trajo, dijo que después me enseñaría de modales, que primero, necesitaba que me conociera el jefe. De camino a ahí me hizo varias preguntas, sobre mi familia, mis gustos, que si ya salía con alguien. Le mentí en todo. Y creo que él lo supo.

Ahora se encontraba a unos cuantos pasos de mí, con otros hombres igual de uniformados. Constantemente, me estaban vigilando, murmurado cosas que preferí ignorar, se burlaron, y soltaron algunos halagos asquerosos.

Planee intentar escapar de nuevo, huir, a pesar de que no sabía hacia dónde. Pero no quería que me dieran otra paliza.

Unos minutos más tarde, vino otro señor. Su cabello estaba cubierto por algunas canas, tenía insignias distintas a las de los demás. Su porte demostraba que él era el que estaba a cargo de ese lugar. Se acercó hacia mí después de hablar con el hombre que me trajo. Me sonrío. Y si la otra sonrisa me produjo nauseas, con esa me dieron ganas de morir.

Sin darme cuenta, de un momento a otro, entre extrañas palabras, terminamos en una tienda de acampar, y antes de poder preguntarle por qué estábamos aquí, me besó. Sus labios estaban rasposos, al igual que su bigote. Traté de apartarme, fundida en el pánico, pero él me sujetó con fuerza, con tanta, que creía que me quedarían marcas.

Desgarró mi ropa, caí en la cama. Con temor, me quedé quieta. Miré al techo de la carpa, sintiendo como sus labios y manos, recorrían todo mi cuerpo. Lo rasguñaban, lo mordían. Tenía ganas de vomitar. Pensé en que quizás, se acabaría rápido y me dejarían ir. Pensé que si obedecía esa vez, sería libre. Además, creí que quizás solo serían unos besos y ya…

Pero entonces, sus dedos fríos, recorrieron mis muslos, luego fueron más allá. Y después, algo más grande entró, con rudeza, fuerza. Dolió demasiado. Lágrimas empezaron a brotar de mis ojos, pues sentí como desgarraban algo en mi interior. Seguía doliendo.

Grité. Supliqué. Pero ese infierno no acababa. Y él me golpeó para que me callara. Me dijo que lo que estaba haciendo, no era nada malo y que lo estaba disfrutando. Que para ese tipo de cosas, nací. Que soy mujer y debía complacer.

Prosiguió, violentamente.

Por un rato más, que se sintieron como horas, como siglos, como la eternidad. Y luego, me dejó ahí tirada, sobre la cama, con las cobijas llenas de sangre.

-Cómo me encantan las vírgenes –dijo antes de irse.

4

Esa noche, no dormí. No porque el sueño no llegara, sino porque no tuve la oportunidad. Fueron diez. Los conté a todos. Cada uno, repitió lo mismo que el anterior. Noche tras noche.

Cada una, peor que la otra. Y así fue a partir de ese entonces, pues nadie me buscó; me tocó quedarme y aprender a obedecer. Me obligué a olvidarme de tener la oportunidad de ser feliz y libre, pues me dejaron en claro que ahora, esa era mi casa, al igual que la de otras mujeres y niñas. Porque ahora sabía que no era la única víctima, que a todas nos trataban igual.

Y a nadie le importa.

Aprendí también a manejar un fusil y que, si intento llevar la contraria, volveré a  sentir como la madera de un grueso palo, atraviesa el interior de mi cuerpo. De igual forma, aprendí que lo peor no son las torturas ni las constantes violaciones.

Es quedarse embarazada.

Sucedió dos veces, y a la primera, no me importó; incluso lo agradecí, porque no quería tener el hijo de un diablo. Me dio asco, así que estuve de acuerdo a pesar de que doliera. Pero más tarde, me di cuenta de que esa decisión, la debía tomar yo. Al pensar eso, me reí de mi propia desgracia, pues mi cuerpo dejó de ser mío hace muchos años.

A la segunda vez, pensé en mi hermano, en un niño pequeño e inocente, que ya debía tener la edad que yo tuve cuando vine a parar a ese infierno. Esa vez, me planteé si en serio quería perder al ser que crecía en mi interior, pues me sentía sola y pensé que al menos, al cuidarlo, podría distraerme e imaginarme que vivía otra clase de vida. Así que traté de ocultarlo por un tiempo, por unos meses. Pero el jefe se dio cuenta.

Y aunque arrodilla supliqué y rogué, dio igual.

Ahí, en una camilla, después de despertar de una anestesia, vi algo que al día de hoy, no he podido borrar de mi mente, por más veces  que lo haya intentado.

Las gruesas manos que por primera vez me enseñaron que era ser lastimada, destriparon la pequeña criatura. Me obligaron a presenciarlo, a ver como lo que estaba tomando forma de un humano, era deshuesada como si de un pollo se tratara. Luego lo tiraron frente a mí, me dejaron caer sobre él. Mis lágrimas bañaron lo que quedaba.

Eso me derrumbó. Pero me abrió los ojos.

Me robaron mi vida, me maltrataron y violaron, me quitaron a mi familia, a mi bebé, mis derechos, mi felicidad, mi infancia, mis ganas de vivir, mi cuerpo. Se lo llevaron todo. Dejaron un alma rota.

Y una fuente descontrolable de ira pura.

Porque no interesa el tiempo que ya haya pasado, les haremos pagar.

Sí, en plural.

Porque esta no es una única historia.

Y yo no soy solo una.

Soy todas esas mujeres que no volverán a callar jamás.

Realizado por:  Nicole Rivera Diaz

 

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