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Anécdotas de una peluquería afro.

acn Barberia

Desde hace unos años, siendo más exactos, en el 2016, en mi barrio abrieron una barbería a dos cuadras de mi casa. Conformada mayormente por trabajadores afros, de cierto modo no es una peluquería cualquiera, ya que, le queda bien un dicho que decía un amigo de la infancia ‘‘a mí me gusta ir a peluquearme donde haya negros, porque cortan muy bien el cabello’’ y no es para menos, porque por eso me volví un cliente frecuente en ese establecimiento para ir a peluquearme.

No es que tenga el pensamiento de creer que porque alguien sea negro ya es un experto en temas de cabello, en absoluto, no soy de generalizar a las personas, pero le tengo cariño a ese lugar, porque lo descubrí en una época donde no tenía un lugar fijo para peluquearme, es algo curioso, pero antes solía ir al salón de belleza de una mujer que tenía una clientela extensa, ella cortaba de manera excepcional el cabello, escogía qué corte le quedaba mejor a uno, y no cobraba caro, pero había un problema con ella, y es que no respetaba el tiempo de los demás ¿cómo que no respetaba el tiempo? Pues bien, la última vez que fui a ese establecimiento, tuve que esperar dos horas para que me atendiera, eso fue en el 2015, en mis épocas de ir a los quinceañeros a los que mis compañeras de colegio me invitaban, e imagínense, era un sábado y había sido invitado a una fiesta de esas e iniciaba a las siete de la noche, fui a las cuatro de la tarde y salí atendido a las seis y media, casi salgo echando humo de ahí, porque atendió primero a ocho personas que llegaron después de mí, y no sé qué es peor, que yo haya esperado tanto tiempo para ser atendido sin haberme ido, o mi terquedad de no haber buscado otra de las decenas de peluquerías que habían en el barrio sólo porque ella sabía cuál era el corte que mejor me quedaba.

Al final, bastaron casi cinco meses para que yo terminara encontrándome con la barbería, en un principio la ignoré, pero terminé acudiendo a ella porque ya mi cabello era molesto, ya faltaba poco para tenerlo largo al nivel de un metalero, con la excepción de que estaba descuidado y seco.

El lugar no es muy grande, pero sí supera en tamaño a las peluquerías de turno, en aquél entonces solamente estaban atendiendo cuatro personas, tres de ellos eran de raza negra, uno era alto con cabello corto y cuerpo promedio, otro era de una baja estatura pero poseía un cuerpo grueso, siempre portaba una gorra así que no sé cómo sería su cabello, el afro restante, era alto, flaco, con el pelo tinturado de rubio, era el que más hablaba de todos, mientras que el restante era un mestizo

 

alto y flacucho, los negros tenían acento costeño, pero nunca llegué a saber de qué parte del caribe venían, mientras que el mestizo si se notaba que era de Bogotá, porque su acento más neutro lo delataba.

Lo que más caracterizaba al local, era la gran influencia de la cultura afro estadounidense presente, ya que en una pared había cuadros con fotografías de raperos famosos, tales como 50 Cent, Dr. Dre, Tupac, Snoop Dogg entre otros más que no llegué a reconocer a simple vista, así mismo, en otra pared del local, se encontraba una vitrina con varios tipos de gorras y ropa a la venta, pero no eran prendas ordinarias, porque había vestimenta deportiva, gorras y ropa de la línea vieja guardia también, ese tipo de vestimenta está rodeado de prejuicios, ya que las personas que son categorizadas como ‘‘ñeros’’ suelen usar este tipo de prendas.

A pesar de tener este prejuicio encima, es curioso, porque investigando en Internet me percaté que esas prendas llegan a ser de colección, y no son para nada baratas, gracias a Mercadolibre pude ver que una gorra puede costar $250.000 pesos, e incluso hay colecciones que llegan hasta el millón y medio, entonces sí, esos buzos con los logos de Looney Tunes, esa gorra del demonio de Tasmania, a pesar de verse como algo económico tienen su valor, aunque en esta barbería todo era bastante barato, entonces queda en duda si era original o no lo que vendían.

En la pared restante, se encontraba el área de corte, no había nada del otro mundo, espejos grandes, sillas, maquinillas de cortar cabello, recipientes con gel, lo normal de cualquier peluquería, también había un televisor cerca, bastante pequeño, conectado a unos parlantes, donde comúnmente colocan música, el género que más acto de presencia tenía, era el Rap, aunque de vez en cuando colocaban Trap también, únicamente lo escuchaban todo en inglés, en todas las ocasiones que acudí, nunca llegué a escuchar música local.

La vestimenta de los trabajadores era simple, casi todos portaban un uniforme de peluquería, el único que no lo hacía era el cachaco, de igual forma no había necesidad, él no cortaba el cabello, su labor era más que todo ayudar en el local con tareas de conseguir vueltas para un billete grande o estar pendiente si alguien necesitaba algo.

Todo era simple, solamente iba, pedía el corte de cabello que más me gustara, ellos lo hacían, yo pagaba y ya está, nunca hubo ningún tipo de conversación con ellos, no pasaba del saludo a la despedida, pero como me volví un cliente frecuente, ya más o menos era más conocido por ellos.

 

En tres años pueden pasar muchas cosas, algunos de los trabajadores originales no los volví a ver, más personas llegaron, incluso por un tiempo estuvo trabajando un muchacho más joven que los demás, rondaba los 21 aproximadamente, también era de raza negra, pero no duró mucho en el trabajo, en los pocos cortes que me llegó a hacer se la pasaba quejándose de todo, de la paga, de las horas que tenía que trabajar, de los clientes, incluso me llegó a molestar, porque además de tener esa actitud, también se la pasaba revisando sus redes sociales cada treinta segundos, mis cortes de cabello en promedio duran diez minutos, pero este muchacho, con todo lo que acabé de describir, lo alargó hasta los veinte, yo en ese momento tenía un compromiso, y se me hizo tarde, hasta se me pasó por la cabeza quejarme de él, pero no me tomé la molestia, no me gusta buscar problemas, de igual forma, se fue rápido, porque no estuvo ni tres meses en el negocio.

Todo siempre fue normal por unos años, hasta que el pasado martes, primero de mayo, me encontraba en la labor de hacer una observación más profunda, llevé a mi hermano de 14 años para que le cortaran el cabello, eran las tres de la tarde, comparado a otras ocasiones, el local se encontraba en silencio, no había ningún tipo de música sonando, y el televisor se encontraba sintonizando un capítulo de Dragon Ball Z, en la peluquería estaban solo dos afros, uno era el de baja estatura con un cuerpo formado, mientras que el otro era el flaco con cabello tinturado, y este último fue quién atendió a mi hermano, mientras que el otro estaba sentado en una silla mirando con emoción la televisión, apoyando a su luchador favorito, ya que el Anime estaba en un capítulo de una batalla decisiva.

Al observarlo comportarse así, pude ver cómo él dejaba salir a su niño interior, y no lo culpo, yo crecí viendo Dragon Ball, así que me da un sentimiento de nostalgia completo al ver los capítulos antiguos de este programa de televisión.

Pero no todo quedó ahí, el ambiente se encontraba un poco tenso, el corte de cabello de mi hermano tardó veinte minutos en completarse, no se debía a que tuviera una cabellera inmensa, si no que, hubo un conflicto en el local.

Llegó un niño a la entrada y se asomó, de unos nueve años o menos, con tez mestiza y cabello con rulos, se quedó mirando de forma maliciosa a uno de los peluqueros, y alzó su voz en el local.

—¡Oiga! Que mi mamá manda a decir que me preste el celular.

 

Como si fuera un instinto, el peluquero se volteó, lo miró mal y le respondió de una manera alterada.

—¿Cómo que te preste el celular? —reprochó—, ¡si tú te llevaste un celular que era mío y nunca lo volví a ver!

El niño, se notaba que era bastante malcriado, y sin temor le respondió también.

—¡No diga mentiras! —seguía asomado por fuera del local— que yo se lo devolví con mi mamá.

El peluquero, trató lo posible en mantenerse firme en el corte, pero prefirió parar un momento para no causar accidentes y así contestarle al niño.

—¡A mí nunca me llegó nada —comenzó a renegar con las manos—, ese celular me costó muy caro y lo pagué con el sudor de mi trabajo para que un chino venga a robármelo!

El niño no le dijo nada, pero se quedó mirándolo y le respondió con un breve gesto, levantó su brazo, empuñó su mano y alzó el dedo medio de la misma, se giró y comenzó a irse.

Esto ofendió tanto al peluquero, que de inmediato le gritó.

—¡Este careverga! ¡No sea cobarde y dígamelo en la cara chino marica!

El infante se esfumó en cuestión de segundos, el pobre peluquero quedó renegando por un buen rato, pero continuó el corte, mientras tanto, el afro que estaba viendo a gusto Dragon Ball Z se quedó mudo y no respondía ninguna a las quejas de su compañero.

Todo parecía que había terminado ahí, nada interesante sucedió por un par de minutos, hasta que de pronto, regresó el chico, pero no venía solo, estaba acompañado de una mujer un poco voluptuosa, vestida con un short acompañado de un escote, tenía cabello negro y estaba suelto, venía muy molesta.

—¿¡Usted qué es lo que me le está diciendo al niño?! ¿¡Cómo así que le dijo chino marica y careverga?! ¡Dígamelo en la cara que ahora estoy yo con él, tenga pantalones!

Por su acento, se notaba que no era de Bogotá, si no que venía de Antioquia.

—¡Yo solamente quiero mi celular de vuelta! —contestó el peluquero—, ¡Páguenme mi celular!

¡Usted está criando a un chino malcriado, ahorita él me faltó el respeto!

 

—¡Me hace el favor y me respeta al niño! ¡Yo no sé de qué celular me está hablando si él se lo devolvió!

—Mujer —comenzó a renegar con sus manos—, ¡su hijo nunca me devolvió mi celular y se lo chorió, yo no sé en qué se encaletó el celular y lo necesito!

—¡A mi hijo no me lo trata de ladrón! ¡usted tiene una cara de negro ladrón que no puede con ella!

En ese momento, sentí bastante pena por el peluquero, incluso mi sangre llegó a hervirse un poco, pero no podía meterme, esa no era mi pelea.

—¡Respéteme mujer! —su rostro se enrojeció por completo—, ¡usted está criando a un ladrón! Y a los ladrones nadie los quiere en la calle, si usted no le pone cuidado a ese muchachito lo van a desaparecer tarde o temprano, hágame caso antes de lamentarse.

—¡Para eso él tiene a su papá que trabaja en la policía para que lo defienda! —le respondió con un tono repleto de soberbia—.

—¡Qué papá ni qué mondá! ¿Usted cree que en la calle le tienen miedo a eso? En un dos por tres lo desaparecen y nadie se da cuenta, pero eso es problema suyo, más bien ¡págueme mi celular y no me joda más!

Al final la discusión lentamente comenzó a calmarse, luego de casi cinco minutos repletos de gritos e insultos, la mujer terminó aceptando el hecho de pagar el celular, pero con la condición de que no se volviera a meter con su hijo, cosa que él aceptó.

Al presenciar toda esta situación, me acordé de cómo la comunidad afro a veces es invisible ante la sociedad, incluso me hizo reflexionar, acerca de los demás como sujetos, me explico, para mí él antes era simplemente un peluquero, pero no veía más allá de eso, ahora, al haber visto cómo llega a ser el entorno en el que tiene que convivir me generó un sentimiento de empatía inmenso, lo veo más como un ser humano, y esta forma de insensibilidad con los demás es un problema que he visto muy marcado en la sociedad, incluso yo lo padezco, pero gracias a esta experiencia, entendí que ya es hora de romper con esta problemática que azota más que todo a las minorías.

Por Joshua Felipe Delgado, Lorena Torres, Paula Cetares.

CULTURA

ACTUALIDAD

Anécdotas de una peluquería afro.

acn Barberia

Desde hace unos años, siendo más exactos, en el 2016, en mi barrio abrieron una barbería a dos cuadras de mi casa. Conformada mayormente por trabajadores afros, de cierto modo no es una peluquería cualquiera, ya que, le queda bien un dicho que decía un amigo de la infancia ‘‘a mí me gusta ir a peluquearme donde haya negros, porque cortan muy bien el cabello’’ y no es para menos, porque por eso me volví un cliente frecuente en ese establecimiento para ir a peluquearme.

No es que tenga el pensamiento de creer que porque alguien sea negro ya es un experto en temas de cabello, en absoluto, no soy de generalizar a las personas, pero le tengo cariño a ese lugar, porque lo descubrí en una época donde no tenía un lugar fijo para peluquearme, es algo curioso, pero antes solía ir al salón de belleza de una mujer que tenía una clientela extensa, ella cortaba de manera excepcional el cabello, escogía qué corte le quedaba mejor a uno, y no cobraba caro, pero había un problema con ella, y es que no respetaba el tiempo de los demás ¿cómo que no respetaba el tiempo? Pues bien, la última vez que fui a ese establecimiento, tuve que esperar dos horas para que me atendiera, eso fue en el 2015, en mis épocas de ir a los quinceañeros a los que mis compañeras de colegio me invitaban, e imagínense, era un sábado y había sido invitado a una fiesta de esas e iniciaba a las siete de la noche, fui a las cuatro de la tarde y salí atendido a las seis y media, casi salgo echando humo de ahí, porque atendió primero a ocho personas que llegaron después de mí, y no sé qué es peor, que yo haya esperado tanto tiempo para ser atendido sin haberme ido, o mi terquedad de no haber buscado otra de las decenas de peluquerías que habían en el barrio sólo porque ella sabía cuál era el corte que mejor me quedaba.

Al final, bastaron casi cinco meses para que yo terminara encontrándome con la barbería, en un principio la ignoré, pero terminé acudiendo a ella porque ya mi cabello era molesto, ya faltaba poco para tenerlo largo al nivel de un metalero, con la excepción de que estaba descuidado y seco.

El lugar no es muy grande, pero sí supera en tamaño a las peluquerías de turno, en aquél entonces solamente estaban atendiendo cuatro personas, tres de ellos eran de raza negra, uno era alto con cabello corto y cuerpo promedio, otro era de una baja estatura pero poseía un cuerpo grueso, siempre portaba una gorra así que no sé cómo sería su cabello, el afro restante, era alto, flaco, con el pelo tinturado de rubio, era el que más hablaba de todos, mientras que el restante era un mestizo

 

alto y flacucho, los negros tenían acento costeño, pero nunca llegué a saber de qué parte del caribe venían, mientras que el mestizo si se notaba que era de Bogotá, porque su acento más neutro lo delataba.

Lo que más caracterizaba al local, era la gran influencia de la cultura afro estadounidense presente, ya que en una pared había cuadros con fotografías de raperos famosos, tales como 50 Cent, Dr. Dre, Tupac, Snoop Dogg entre otros más que no llegué a reconocer a simple vista, así mismo, en otra pared del local, se encontraba una vitrina con varios tipos de gorras y ropa a la venta, pero no eran prendas ordinarias, porque había vestimenta deportiva, gorras y ropa de la línea vieja guardia también, ese tipo de vestimenta está rodeado de prejuicios, ya que las personas que son categorizadas como ‘‘ñeros’’ suelen usar este tipo de prendas.

A pesar de tener este prejuicio encima, es curioso, porque investigando en Internet me percaté que esas prendas llegan a ser de colección, y no son para nada baratas, gracias a Mercadolibre pude ver que una gorra puede costar $250.000 pesos, e incluso hay colecciones que llegan hasta el millón y medio, entonces sí, esos buzos con los logos de Looney Tunes, esa gorra del demonio de Tasmania, a pesar de verse como algo económico tienen su valor, aunque en esta barbería todo era bastante barato, entonces queda en duda si era original o no lo que vendían.

En la pared restante, se encontraba el área de corte, no había nada del otro mundo, espejos grandes, sillas, maquinillas de cortar cabello, recipientes con gel, lo normal de cualquier peluquería, también había un televisor cerca, bastante pequeño, conectado a unos parlantes, donde comúnmente colocan música, el género que más acto de presencia tenía, era el Rap, aunque de vez en cuando colocaban Trap también, únicamente lo escuchaban todo en inglés, en todas las ocasiones que acudí, nunca llegué a escuchar música local.

La vestimenta de los trabajadores era simple, casi todos portaban un uniforme de peluquería, el único que no lo hacía era el cachaco, de igual forma no había necesidad, él no cortaba el cabello, su labor era más que todo ayudar en el local con tareas de conseguir vueltas para un billete grande o estar pendiente si alguien necesitaba algo.

Todo era simple, solamente iba, pedía el corte de cabello que más me gustara, ellos lo hacían, yo pagaba y ya está, nunca hubo ningún tipo de conversación con ellos, no pasaba del saludo a la despedida, pero como me volví un cliente frecuente, ya más o menos era más conocido por ellos.

 

En tres años pueden pasar muchas cosas, algunos de los trabajadores originales no los volví a ver, más personas llegaron, incluso por un tiempo estuvo trabajando un muchacho más joven que los demás, rondaba los 21 aproximadamente, también era de raza negra, pero no duró mucho en el trabajo, en los pocos cortes que me llegó a hacer se la pasaba quejándose de todo, de la paga, de las horas que tenía que trabajar, de los clientes, incluso me llegó a molestar, porque además de tener esa actitud, también se la pasaba revisando sus redes sociales cada treinta segundos, mis cortes de cabello en promedio duran diez minutos, pero este muchacho, con todo lo que acabé de describir, lo alargó hasta los veinte, yo en ese momento tenía un compromiso, y se me hizo tarde, hasta se me pasó por la cabeza quejarme de él, pero no me tomé la molestia, no me gusta buscar problemas, de igual forma, se fue rápido, porque no estuvo ni tres meses en el negocio.

Todo siempre fue normal por unos años, hasta que el pasado martes, primero de mayo, me encontraba en la labor de hacer una observación más profunda, llevé a mi hermano de 14 años para que le cortaran el cabello, eran las tres de la tarde, comparado a otras ocasiones, el local se encontraba en silencio, no había ningún tipo de música sonando, y el televisor se encontraba sintonizando un capítulo de Dragon Ball Z, en la peluquería estaban solo dos afros, uno era el de baja estatura con un cuerpo formado, mientras que el otro era el flaco con cabello tinturado, y este último fue quién atendió a mi hermano, mientras que el otro estaba sentado en una silla mirando con emoción la televisión, apoyando a su luchador favorito, ya que el Anime estaba en un capítulo de una batalla decisiva.

Al observarlo comportarse así, pude ver cómo él dejaba salir a su niño interior, y no lo culpo, yo crecí viendo Dragon Ball, así que me da un sentimiento de nostalgia completo al ver los capítulos antiguos de este programa de televisión.

Pero no todo quedó ahí, el ambiente se encontraba un poco tenso, el corte de cabello de mi hermano tardó veinte minutos en completarse, no se debía a que tuviera una cabellera inmensa, si no que, hubo un conflicto en el local.

Llegó un niño a la entrada y se asomó, de unos nueve años o menos, con tez mestiza y cabello con rulos, se quedó mirando de forma maliciosa a uno de los peluqueros, y alzó su voz en el local.

—¡Oiga! Que mi mamá manda a decir que me preste el celular.

 

Como si fuera un instinto, el peluquero se volteó, lo miró mal y le respondió de una manera alterada.

—¿Cómo que te preste el celular? —reprochó—, ¡si tú te llevaste un celular que era mío y nunca lo volví a ver!

El niño, se notaba que era bastante malcriado, y sin temor le respondió también.

—¡No diga mentiras! —seguía asomado por fuera del local— que yo se lo devolví con mi mamá.

El peluquero, trató lo posible en mantenerse firme en el corte, pero prefirió parar un momento para no causar accidentes y así contestarle al niño.

—¡A mí nunca me llegó nada —comenzó a renegar con las manos—, ese celular me costó muy caro y lo pagué con el sudor de mi trabajo para que un chino venga a robármelo!

El niño no le dijo nada, pero se quedó mirándolo y le respondió con un breve gesto, levantó su brazo, empuñó su mano y alzó el dedo medio de la misma, se giró y comenzó a irse.

Esto ofendió tanto al peluquero, que de inmediato le gritó.

—¡Este careverga! ¡No sea cobarde y dígamelo en la cara chino marica!

El infante se esfumó en cuestión de segundos, el pobre peluquero quedó renegando por un buen rato, pero continuó el corte, mientras tanto, el afro que estaba viendo a gusto Dragon Ball Z se quedó mudo y no respondía ninguna a las quejas de su compañero.

Todo parecía que había terminado ahí, nada interesante sucedió por un par de minutos, hasta que de pronto, regresó el chico, pero no venía solo, estaba acompañado de una mujer un poco voluptuosa, vestida con un short acompañado de un escote, tenía cabello negro y estaba suelto, venía muy molesta.

—¿¡Usted qué es lo que me le está diciendo al niño?! ¿¡Cómo así que le dijo chino marica y careverga?! ¡Dígamelo en la cara que ahora estoy yo con él, tenga pantalones!

Por su acento, se notaba que no era de Bogotá, si no que venía de Antioquia.

—¡Yo solamente quiero mi celular de vuelta! —contestó el peluquero—, ¡Páguenme mi celular!

¡Usted está criando a un chino malcriado, ahorita él me faltó el respeto!

 

—¡Me hace el favor y me respeta al niño! ¡Yo no sé de qué celular me está hablando si él se lo devolvió!

—Mujer —comenzó a renegar con sus manos—, ¡su hijo nunca me devolvió mi celular y se lo chorió, yo no sé en qué se encaletó el celular y lo necesito!

—¡A mi hijo no me lo trata de ladrón! ¡usted tiene una cara de negro ladrón que no puede con ella!

En ese momento, sentí bastante pena por el peluquero, incluso mi sangre llegó a hervirse un poco, pero no podía meterme, esa no era mi pelea.

—¡Respéteme mujer! —su rostro se enrojeció por completo—, ¡usted está criando a un ladrón! Y a los ladrones nadie los quiere en la calle, si usted no le pone cuidado a ese muchachito lo van a desaparecer tarde o temprano, hágame caso antes de lamentarse.

—¡Para eso él tiene a su papá que trabaja en la policía para que lo defienda! —le respondió con un tono repleto de soberbia—.

—¡Qué papá ni qué mondá! ¿Usted cree que en la calle le tienen miedo a eso? En un dos por tres lo desaparecen y nadie se da cuenta, pero eso es problema suyo, más bien ¡págueme mi celular y no me joda más!

Al final la discusión lentamente comenzó a calmarse, luego de casi cinco minutos repletos de gritos e insultos, la mujer terminó aceptando el hecho de pagar el celular, pero con la condición de que no se volviera a meter con su hijo, cosa que él aceptó.

Al presenciar toda esta situación, me acordé de cómo la comunidad afro a veces es invisible ante la sociedad, incluso me hizo reflexionar, acerca de los demás como sujetos, me explico, para mí él antes era simplemente un peluquero, pero no veía más allá de eso, ahora, al haber visto cómo llega a ser el entorno en el que tiene que convivir me generó un sentimiento de empatía inmenso, lo veo más como un ser humano, y esta forma de insensibilidad con los demás es un problema que he visto muy marcado en la sociedad, incluso yo lo padezco, pero gracias a esta experiencia, entendí que ya es hora de romper con esta problemática que azota más que todo a las minorías.

Por Joshua Felipe Delgado, Lorena Torres, Paula Cetares.

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